17 julio 2017

No es oro todo lo que reluce

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


Este amanecer, al abrir mis ojos al nuevo día, portaba consigo auras de vidas nuevas. El verde de los árboles de la calle se había vuelto, como por arte de magia, más brillante y suave; al rato, una lluvia fina tocaba grácilmente los cristales de mi ventana. Hacia la luz y la vida que se anuncia encaminan esta mañana también esas hojas de verde pastel y las minutas gotas de agua fina que las visitan para darles vida y luz. Reluciente se vuelve por fuera lo que ya reluce por dentro…

Sn embargo, y por desgracia, no es oro todo lo que reluce; y menos oro es cuanto más se fija uno en ello, aunque circule por la cresta de la ola. No siempre la primavera formal se corresponde con la primavera real, ni los olmos secos se prestan siempre a esperar las primaveras para renovarse, o porque están ya demasiado añosos, o porque su madera –o decrépita o inservible para ser vida riente- espera sólo “el hacha del leñador” que la disponga para ser –como genialmente expresa el poeta- “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”; o eso otro de peor destino: alimento del fuego en el hogar campestre o de fogata a la vera de un camino. Que no es oro todo lo que reluce.

Y esta misma mañana se perciben oropeles donde debiera brillar el oro puro.

Dos realidades me importunaban en efecto esta mañana. A una de ellas se la titulaba en la radio “guerra de fiscales”. A la otra la titulo yo “mi problema con la loca de la casa”.

Si, al referirse a esa guerra, se vislumbraban chispas –en toda guerra de verdad saltan cuando menos chispas-, como el riesgo de la politización de la justicia, la lacra social de las corrupciones –poner esta palabra en singular me parecería un reduccionismo sectario-, o ese real peligro –susceptible de atentar contra la dignidad humana- de las susodichas imputaciones (esta mañana he escuchado una estadística: el año pasado, de 340 imputados sólo 19 resultaron condenados, con la secuela para los imputados y no condenados de haber sido socialmente masacrados. ¿No puede haber lugar a una acción civil o penal de resarcimiento de daños?); en cuanto a la segunda –mis conflictos con “la loca de la casa”-, la inquietud no tanto me amilanaba como me encorajinaba: ¿será posible que me siga jugando malas pasadas y, en ocasiones, no pueda con ella?

Pero, ¿qué es un fiscal y a quién llamo la loca de la casa?. Como lo primero daría para una monografía jurídica y lo segundo, para un extenso reportaje psicológico, cuatro ideas basten para salir del apuro.

El fiscal es –en el específico argot procesal un órgano de la Justicia, como lo es el juez o lo son el llamado secretario judicial y, en otra escala, el cursor. En el fondo, un servidor de la Justicia con servicio reducido al ámbito de sus competencias. Vamos, un instrumento de impulso, de acusación y hasta de prueba encaminado a que, por el Tribunal, se administre bien y pronto la justicia con el único objetivo final de que efectivamente se haga la justicia o lo que piide y exige la justicia en una concreta sociedad. 

Si de los jueces, afirma Montesquieu, que son “la boca que dice la ley”, de los fiscales habría de decirse que son los ojos de la misma ley, que observan los desmanes para ponerlos en las manos del juez y darle ayuda para que se haga la justicia efectiva.

La expresión con que, en el ordenamiento canónico se designa al fiscal procesal es la de promotor de la justicia. Y si la palabra fiscal se conecta linguísticamente con el verbo fiiscaliizar que significa “ejercer sobre una persona o cosa una vigilancia crítica”, es decir racional y razonable, esa otra nominación, promotor, afina seguramente más y mejor en lo que está llamado a ser en el procedimiento judicial el papel o “munus” del fiscal. 

Por ello, más que fiiscal a secas que puede inducir a parcialidades de significado, parece mejor la de “promotor-fiscal” porque engloba tanto la vertiente de vigilar-controlar-acusar como la más sustancial de ser parte pública en los procesos de bien público.

Y “loca de la casa” –lejos del drama del mismo nombre de Pérez Galdós- llamo a la imaginación o la capacidad humana de fantasear lejos o al margen de la realidad. Y no por otra cosa sino porque anda a su aire, es con frecuencia una intrusa que aliena o enajena, y –por eso- necesita el freno constante de la inteligencia y la voluntad para que no se vaya por los cerros de Úbeda, como se dice. Hay días –sin saberse el porqué exacto- en que la imaginación desborda y te disipa impidiendo que te concentres y te fijes del todo en lo que haces. 

Y eso me ha pasado esta mañana, no sé si por la euforia de este primoroso amarecer primaveral, de neto claroscuro vital, o por lo que acababa de oír sobre la “guerra de los fiscales” en curso de actualidad. Es posible que los dos alicientes hayan tenido parte en la causa. Lo seguro es que esta mañana “la fiera” andaba más suelta que de costumbre.

A todo esto y sin embargo, a media mañana, brillaba el sol entre nubes amenazantes y el verde brillante de los árboles se pavoneaba de nuevo, aunque pequeñas rachas de viento no lo dejaban posar a gusto. Es decir, todo un claroscuro en la naturaleza como los que a diario muestra la vida humana.

Mi frase del día? Como –procesalmente- los indicios no son prueba sino, a lo más, arranque o base de prueba (a veces, ni eso), y sólo -si son “fuertes, vehementes y afinados”- abonan el derecho, o la razón mejor, para componer presunciones que, a partir de ellos, permitan o probar lo justo o apuntarse a pruebas, para estas reflexiones sobre la guerra de los fiscales o las intromisiones excesivas de la “loca de la casa” en el orden de la conciencia, mi frase la tomo del criterio que varias veces escuché de labios de uno de mis recordados maestros de Procesal, el prof. L. Prieto Castro: “El que, para juzgar o tomar decisiones, solo se basa en indicios rara vez acertará”.

Yo creo que la Semiótica es una buena ciencia, pero, como todas las ciencias, ha de ser bien manejada para que produzca resultados de verdadera ciencia.

Me confirmo en el rótulo del inicio. No es oro todo lo que reluce.