11 agosto 2017

La impunidad de Maduro, vergüenza mundial

Joaquín Vila
El Imparcial

Nicolás Maduro ha aplastado con puño de hierro todo vestigio de oposición a su siniestro régimen. Hasta los más valientes se parapetan para salvar el pellejo. 

Leopoldo López y Antonio Ledezma, las voces más autorizadas frente al chavismo, parecen apagadas después de volver a la cárcel, donde a buen seguro les han leído la cartilla a porrazos y saben que a la próxima va la vencida, que si vuelven a las andadas les espera un pelotón de fusilamiento que les asesinará sin contemplaciones. 

El mismo pelotón que muy pronto ejecutará a los ingenuos militares que amagaron con rebelarse en el cuartel de Valencia. Ya solo la fiscal general destituida y el valiente Ernesto Capriles claman contra el régimen. Pero suenan como el canto del cisne.

También los manifestantes se van disolviendo por la impotencia y la frustración de no haber conseguido nada más allá que enterrar a cien compañeros en el último mes. Pues mientras ellos protestaban airadamente en las calles de Caracas, el chavismo tomó el Parlamento con los nuevos diputados de la Asamblea Nacional Constituyente, elegidos tras un infame pucherazo. Pero ahí están y ahí seguirán como si hubieran ganado el escaño democráticamente. Por triste que sea, el gobierno de Maduro se ha hecho fuerte a sangre y fuego. La dictadura se consolida.

El mundo entero clama contra la brutalidad comunista. La ONU (este mismo martes), la UE, Estados Unidos, España y otros muchos países han emitido duros comunicados de rechazo, pero sin tomar decisión alguna que pueda revertir la situación. Los embajadores de todos los países siguen en sus puestos, el petróleo venezolano fluye como siempre y el negocio chavista del narcotráfico llena las arcas del régimen. Hoy, Maduro controla la situación mejor que nunca. Su impunidad es una vergüenza mundial.

La última esperanza de rescatar a Venezuela de las garras del tirano estaba en manos del Ejército. Pero los mandos militares son los funcionarios mejor pagados, los que tienen más privilegios, los pocos que viven holgadamente en un país que se muere de hambre. El amago de asonada del cuartel de Valencia duró dos horas. Nadie llegó a escuchar el ruido de sables. También Maduro controla las fuerzas armadas. Lo controla todo. Y Trump jugando al golf.

Dentro de unos meses, nadie se acordará de Venezuela. Como ya nadie se acuerda de la cárcel cubana. Y dentro de unos años, el comunismo totalitario seguirá esclavizando y asesinando a orillas del Caribe. Pero la ONU hablará de paz y Pablo Iglesias, de democracia.