16 abril 2018

Alemania y nosotros

Serafín Fanjul 
De la Real Academia de la Historia
ABC


«Se pone de manifiesto algo muy sabido, aunque el eterno escapismo español simule creer lo contrario: de los europeos no podemos esperar ayuda alguna para sostener una unidad nacional que nosotros no queremos defender»

"Buen humor» fue la definición de España que me ofreció una señora alemana en uno de mis primeros viajes por su tierra. Aparentemente, un cumplido, como sería sin duda su intención. 

En el fondo, una reducción a lo superficial e irrelevante, un país sin otro interés que playas, sol y manga ancha para gamberrear por las noches, como en modo alguno se tolera en Alemania. Y con mucha lógica. Cuando se insiste a algún alemán muy amigo para que diga su opinión profunda, acaba admitiendo que no estamos a la altura y merecimientos de otros miembros de la UE, los de primera. 

Tal vez con razón y razones, si por nuestra parte somos capaces de reflexionar en torno a debilidades, corruptelas, inconsistencia, chapuzas,más allá y más acá del mero folclore y de los estereotipos. Y en el toma y daca, concluyo que mi simpatía, admiración y afecto, por motivos personales -personalísimos- hacia ese país no se van a conmover por una ministra más o menos, aunque inquieta que nuestra habitual rifa de incompetentes (e incompetentas) intercambiables para los ministerios haya alcanzado a una gente a la que consideramos paradigma y suma de seriedad y perfecciones: da lo mismo Juana que su hermana, también en Alemania. 

¿Y qué decir de los campanudos jueces de Schleswig-Holstein, que enmiendan la plana a nuestro Tribunal Supremo en tiempo récord de dos días?

Desde los prerrománticos del Sturm und Drang (ca. 1770), contrarios al academicismo y racionalismo del XVIII y entusiastas cantores de subjetividades y rebeldías, en Alemania ya se consideraba a España modelo de exotismo, aventura y autenticidad irracional. 

Y por ese camino transitan Goethe, Klinger, Klopstock, Schiller: la trascendentalidad de los hechos históricos reside en el pueblo y así se mantendrá hasta los neorrománticos, aunque estas visiones coexisten con otras más apegadas a la realidad, obra sobre todo de viajeros (J. Hager, Ch. A. Fischer, Wilhelm von Humboldt) que hablan de ateneos, jardines botánicos, academias, obras públicas, datos económicos, monumentos; o, como A. von Humboldt que, en la América hispana a principios del XIX, describe escuelas de minería, teatros, magníficas colecciones y academias artísticas, culminando en su admiración por la ciudad de México. 

Bien es cierto que a mediados del XIX Maximiliano de Austria (que no era alemán pero sí de cultura germánica) contribuye a realimentar la imagen que hemos dado en simplificar como charanga y pandereta y que tanto daño hizo y sigue haciendo.

Un notable ejemplo de quedarse en los tópicos es el de Hitler que, en sus Conversaciones de sobremesa, reproduce la visión vulgar y bien vulgar, a base de textos y refritos de segunda o tercera mano: fatalismo, vagancia, desorden, etc., lo cual nada bueno dice sobre la lucidez y capacidad discursiva del perorante y sus limitaciones intelectuales, aunque no creo que Churchill alimentara ideas muy diferentes sobre España y los españoles.

En todo caso, en las Conversaciones se reflejan ideas corrientes en la Alemania de su tiempo. Y siempre presididas por una noción de superioridad, que ni se saca a relucir ni se discute por estimarse fuera de toda objeción.

En el caso del jefe nazi la explicación es cómoda y fácil: presidía un movimiento de ideología etnicista y despectiva con todos los pueblos no germánicos, que le arrastraba, por ejemplo en el caso de los eslavos, a necedades como considerar imposible -por dogma- que la URSS fabricase muchos más carros y aviones de combate que Alemania, trágico error que acabó reconociendo en sordina cuando ya no había remedio, para él ni para su pueblo. 

Pero en el país actual el panorama debe ser más complejo, para sustentar el intervencionismo -al menos moral- y, en el fondo, la sobrevaloración de sí mismos, si bien una ojeada a la prensa anglosajona, con los famosos The Times y The New York Times a la cabeza y con su regodeo permanente por nuestros problemas y el consiguiente dictado de veredictos inapelables, nos obliga a relativizar el asunto, pensando en nuestra propia responsabilidad en todo el dislate de Cataluña.

Por más que, como sostiene Hermann Tertsch -que sí sabe de Europa Central- el entusiasta ardor neorromántico alemán, de biempensantes y generosos con las cosas ajenas, puede estar jugándoles una mala pasada, con los refugiados musulmanes (El lamentable Wir schaffen es de Angela Merkel, cifra de prepotencia autosatisfecha) o con España. 

Y sin embargo, es preciso formular algunas preguntas. Queridos alemanes que puedan leerme: ¿Qué opinarían ustedes sobre un movimiento separatista y agresivo que pretendiese independizar el Saarland? ¿Y si ese mismo movimiento, siguiendo los métodos de la S.A. (chantajes, palizas, amenazas, boicots) proscribiera la enseñanza en alemán, pongamos en Franconia, sustituyéndola a la fuerza por otra en el divertido dialecto local, ¿qué harían ustedes?

Pero no culpemos a los alemanes de nuestras cuitas, por desinformados que estén o desfacedores de entuertos que se crean. La responsabilidad principal en todo este drama es nuestra. 

No sólo es que tres jueces alemanes lancen un torpedo contra la línea de flotación de la supuesta Unión Europea y muestren qué clase de papel mojado es la Euroorden -que nos publicitaron a bombo y platillo en su momento-, o que la opinión pública de ese país sea claramente favorable a los separatistas, o que Bélgica haya probado cuán relativo es eso de que todos somos uno, como los mosqueteros. 

Simplemente, se pone de manifiesto algo muy sabido, aunque el eterno escapismo español simule creer lo contrario: de los europeos no podemos esperar ayuda alguna para sostener una unidad nacional que nosotros no queremos defender. 

Si no nos respetan y nos toman por el pito del sereno no hay que mirar a los alemanes, sino a la tibieza del Gobierno en la respuesta, fuera y… dentro.

Y tampoco basta con reclamar al PP por incumplimiento de contrato con sus votantes al tirar a la basura su mayoría absoluta, arrumbando sus promesas electorales de 2011 e ignorando el conflicto catalán hasta el 1 de octubre de 2017. 

Sin el discurso del Rey el día 3, seguido de las gigantescas manifestaciones de catalanes hartos de ser rehenes de los separatistas, el resultado que se avizoraba habría sido trágico para España. Pero no es suficiente apuntar sólo al actual PP y su gobierno, último eslabón de una cadena que empieza en 1976: desde los días de Suárez todos los gobiernos centrales -todos- han incurrido, sin parar, en cesiones, concesiones y rendiciones ante los separatistas vascos y catalanes, entregando a veces parcelas de poder y competencias que ni siquiera habían pedido. 

Clama al cielo que la primera ocasión en que oigo formular la pregunta «¿Dónde están los 900 heridos del 1 de octubre?» haya tenido que salir de la boca del actor Antonio Banderas, mientras el delegado del gobierno en Cataluña pedía perdón a la chusma que acosaba a la Guardia Civil y el ministro del Interior sólo se ocupaban de ésta y de la Policía Nacional para maniatarlos e impedirles actuar. 

Y hasta la aparición de Don Felipe, los españoles silbando, o rezongando por lo bajo, que eso sí se nos da bien.