16 abril 2018

Atrévete a creer

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


Los seres humanos disponen y tienen, entre otras varias, una virtud o fuerza que no tienen los animales; que los diferencia y eleva sobre ellos: la de ser audaces, es decir, capaces de acciones fuera de lo común, de aceptar envites “contra la corriente”, de romper esquemas y evadirse de moldes convencionales y plebeyos. 

 Enmarcado en la quietud de sus instintos, el animal se mueve dentro de sus casillas y –por mucho que lo intente o evolucione- no las puede trascender como los humanos, ni ir más allá de lo que huelen sus narices o gusta su paladar.

Los humanistas cristianos –hay otros humanismos. como el ateo, el comunista, el existencialista y hasta el nihilista…; los humanistas cristianos lo vieron claro mucho antes de los racionalismos y de las “ilustradas” maneras de ver al hombre, de mayores utopías que verdad. Lo plasma certeramente uno de los más conspicuos, Pic de la Mirandola, en su espléndida “Oración sobre la dignidad del hombre:

No te di, Adán, un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel pesito, aquella función, aquel aspecto por el que te decidieras, los obtuvieras según tu deseo y designio.

La naturaleza limitada de los otros se halla limitada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sion estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado.

No te hice ni celestial ni tenerla, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que hubieras elegido.

Podrás degenerar hasta la cosas inferiores que son los brutos; podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores, que son las divinas…”.


Realmente, todo un canto al hombre, hechura de Dios, y sin embargo hacedor de sí mismo, al aire y movimiento acompasado a la batuta de Dios.

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Tras la cruz y el entierro de Jesús, los discípulos andaban sobresaltados, como animales enjaulados o acosados, rotos en sus ansias de volar, recelando hasta de su sombra… Ante el propio Jesús resucitado, los “dedos se les volvían huéspedes” y las verdades, fantasmas o volaterías sin cuerpo. No creen ni en las evidencias. Dicen “¡bah…!” cuando debiera decirse “¡qué bien!”


Estaban acomplejados y con miedo. La cruz había sido para ellos el desengaño del que sueña y, al despertar, no ve nada de los sueños pasados. Es el “descreimiento” por el desencanto de los miedos y de los complejos, y no tanto el que llega desde la suficiencia o la soberbia del “super-hombre”…

Pienso yo que tener fe es una cualidad liberadora y fascinante en la vida de un hombre o mujer realistas. Porque la fe saca al ser humano de su marco reducido y enclaustrado para permitirle volar…, y la ausencia ded fe achica los horizontes

Es fiarse de otro, pero no es negarse a uno mismo…

Es filigrana de amor, porque –para creer- hay que amar antes; y amas porque te fías y gustas, ya antes de creer, el arrebato de saber que, estando en buenas manos, no tienes nada que perder al fiarte… Y por eso ni aman ni creen los tan seguros de sí mismos que hasta el ansia o la gana de creer se les antoja una abdicación en su hombría.

Por eso mismo creo yo que el hombre de fe no es el clásico “chalao” que se aviene a complace en vivir asido al espectro de un fantasma. Es muy distinto; es más bien el ser audaz que –viéndose tal como es- lucha por ir más allá de sí mismo, de su ciencia, de sus artes, de sus precariedades, de sus limitaciones…. El hombre de fe quiere volar más alto de su propio techo o mirar más al fondo de sus posibles o capaciaddes.

¿Un loco soñador? ¿Un idiota de libro de psiquiatría ? ¿Un “minusvalens” que ha de agarrarse a lo que salga?

No. El hombre o la mujer de fe son los que, llevados del afán de creer para poder subir –ese “incroyable besoin de croire” que titula y preside el hermoso libro del mismo nombre de Julia Kristeva-, no quieren defraudar unas ansias que sienten dentro aunque no sepan muy bien donde nacen y a dónde van.

“Atrévete a saber” gritó Kant cuando las Luces de la Ilustración parecían ser las únicas luces…

“Atrévete a creer” es o puede ser el grito de la angustia de los hombres del “nihilismo” que, insatisfechos por no resignarse a ser “nada”, no desdeñan otear horizontes que puedan suponer ser algo más que “nada”.

La estela de Cristo resucitado –es decir, Dios sacando vida de la muerte (eso es la redención)- es la nueva frontera, el gran reto, el gran salto que el hombre de fe es capaz de dar sin que se le caigan los anillos de sus egocentrismos y vulgaridades, aunque sean los de la ciencia o del arte; sobre todo si esas ciencias y esos artes no le sacan –como la historia demuestra que ha sido- de sus miserias. Luchar contra los fantasmas es cosa de hombres de porvenir; de progreso, como dirían los “modernos” señores de la tierra…

Jesús resucitado no era un fantasma, como en sus miedos y complejos creyeron los discípulos…

Como el evangelio de este domingo de Pascua patenta con razones “en bárbara”, “los fantasmas –dice a los desconcertados discípulos- no tienen carne y huesos como veis que yo tengo. Soy yo en persona”. Lo estaban viendo y no se lo creían. Lo tocaban pero hasta la cercanía les despertaba sospechas. Les pidió de comer y le dieron de lo que ellos comían…; hasta que –como el Evangelio dice- se les abrieron los ojos y comprendieron que estaban en otro sistema solar….

“Pour vous, qui est Jesús Christ?”: con esta gran pregunta retaba –en el año 1970- la revista Fêtes et saisons a los hombres y mujeres de entonces para que tomaran posición. Las hay para todos los gustos, hasta la de uno que, al ser preguntado, responde: “¿Y quién es ese señor?”. Merece –ahiora mismo- la pena releerlas porque enseñan que, para casi todos, Jesús no es un “cualquiera”. Hasta mirado de tejas abajo –que no es lo suyo- sobresale entitativa y cualitativamente.

Conestar tan grave pregunta a tono con uno mismo y unas querencias humanas de progrteso humano es una clave maestra para ser hombre de fe.

Un fantasma, dirán algunos, como los discìpulos a pesar de las evidencias… Dios hecho Hombre, dirán también algunos, porque –de no ser así- no cuadra para nada el relato

Encogerse de hombros es otra postura. La de los que no se atreven.

“Atreverse a creer” es –creo yo- trascender las limitaciones humanas para alistarse y embarcarse en retadoras, pero fascinantes y soberbias singladuras hacia mares más calientes que los helados barbechos de esta post.modernidad líquida, gaseosa y sin pizca de porvenir, como no sean los 105 “misiles” lanzados “a lo loco” sobre Siria para causar efecto y tal ves ni eso.

Por ciero, algunos hablan ya del “hombre post-atómico”. ¿No hemos detenido un momento para pensar en esto?

El punto final a estas reflexiones de hoy me viene con este otro pensamiento.

“Levantar barricadas” suelen hacerlo los “conservadores” de toda laya y tiempos.

En cambio, “saltar las basrricadas” lo hacen más bien los rebeldes y los revolucionarios: o sea, todos los que aspiran a ir más allá de sus posiciones fijas.

El “Dios a la vista” del genial ensayo de Ortega y Gasset de hace un siglo, gritado desde la cofa del barco de una vida cualquiera, bien puede ser un reto de audacias infinitas. Un grito, en tiempos convulsos como los actuales, de los que no se conforman con ser “nada”.

Dios no es un “fantasma”. Fantasmas y “fantasmones” quizá mejor, lo pudieran ser otros que aspiran a deshacerse de Dios a sabiendas de que eso –la historia lo demuestra siglo a siglo- es imposible.

Bien por aquellos que, sin haber visto, entienden que es necesario creer; por la insaciable necesidad de creer que se lleva dentro aunque a veces no se entere su portador.