06 mayo 2018

Atrevernos a creer

Fernando García de Cortázar
Alfa y Omega


Porque nuestra fe va sustancialmente unida a la esperanza y a la caridad, no somos creyentes que buscamos ahogar nuestra frustración, ni lo somos alentando un fanatismo que nos permita despreciar a quienes no comparten el significado último que damos a la vida humana.

¿De dónde procede nuestra fe? Desde luego, no surge del miedo a la naturaleza, del temor a la muerte, del espanto ante nuestra insignificancia individual. A pesar de ello, el catolicismo es presentado, por muchos militantes del ateísmo más sectario, como el estuario acogedor de un largo curso fluvial de ignorancia y represión. 

A estos ojos adversos y burlones, nuestra fe solo responde a la indigencia de una humanidad adolescente, antes de que se divulgara el “sapere aude” ilustrado. “Atrévete a saber”, ten el valor de usar tu propia razón, es, según esta arrogante consigna de un mal entendido progresismo, el rechazo aliviado y moderno del “resígnate a creer” en el que el hombre vivió durante milenios. Poco parece importarles que los mismos filósofos que practicaron el pensamiento racionalista e idealista nunca abandonaran su confianza en el mensaje de Jesús. 

Menos parece interesarles que el propio desarrollo de la Ilustración resulte del todo incomprensible sin el marco histórico y el ancho surco cultural que proporcionó la tradición humanista cristiana en Occidente. Lo que interesa, en los abrevaderos de la crisis intelectual de hoy, es tergiversar el auténtico fundamento de nuestra existencia como civilización y de una vida inspirada en la esperanza y el amor.

Porque nosotros nos atrevemos a creer: “credere aude!” Creer no es un acto regido por el miedo, sino un ejercicio espiritual impulsado por el coraje y la osadía de quien desea verificar su libertad. En momentos de incertidumbre, de penalidad, de duras pruebas personales, agradecemos nuestra fe. Y no lo hacemos bajo los efectos de un opio anímico que trastorna la mente. 

Nuestra fe golpea las tinieblas cuando el infortunio nos amenaza, pero no nos agarramos a la penumbra indolora de una entrega servil, ni al silencio sostenido de la humillación. Rezamos. Alzamos la oración, en la que toma cuerpo el diálogo con el Creador. Nos escuchamos pronunciando la plegaria, nos vemos descendiendo hasta el fondo del corazón, siguiendo el eco de nuestra voz despeñada en busca del alma inmortal. 

No, no es el miedo, ni la ignorancia, ni la desesperación lo que nos embarga cuando acudimos en busca de refugio. Es la valentía espiritual, es el saber de una tradición, es la confianza en nuestro destino.
Nuestra fe procede del milagro diario del mundo y se ha desarrollado moldeando una cultura. A lo largo de la historia sostuvimos los valores permanentes del hombre que no admiten discusión ni pueden someterse a mayorías parlamentarias o decisiones del Estado. 

Aceptamos, no obstante, formas diversas de organización política y criterios diferentes respecto de sistemas sociales y económicos. Pero siempre empuñamos los derechos de las criaturas de Dios denunciando toda agresión a la integridad humana procedente de cualquier gobierno. Nuestra fe no se limita a ser la defensa de un orden moral. Es su fundamento, su razón última. 

 Mas no acaba en una pura acción humanitaria protectora de la dignidad de todos los hombres. Nuestra fe se basa en que ese orden moral defendido tiene una raíz mucho más honda, por la que hay que empezar siempre: somos portadores de un alma capaz de salvarse. Somos personas dotadas de trascendencia, llamadas a la vida eterna, que en cada uno de nuestros instantes de existencia individual hemos de afirmar.

El amor que nos hace preservar un orden moral no puede separarse de la fe ni de la esperanza. No se trata del humanismo fraterno que concluye en nuestra experiencia terrena y que convertiría a la Iglesia en una encomiable aunque insuficiente trabajadora por el bienestar de los hombres. Nuestro humanismo es el que procede de la fe en el acto de la creación y de la esperanza en la promesa de ser redimidos.

 Y, en esa medida, es mucho más intransigente con todo aquello que se refiera a la coherencia de la vida pública del cristiano. 

Porque no negociará nunca la dignidad del hombre, que no le pertenece solo a él, sino que es parte de la obra de Dios. Y el honor de Dios no se mercadea. 

Porque estamos empeñados en la obra de la salvación, hemos de sublevarnos contra la inmunda miseria a la que se somete a tantas personas. 

Porque creemos en la vida eterna, hemos de ser intolerantes en todo lo concerniente a la sagrada existencia de quienes a ella están destinados.

Nosotros no pensamos que nuestra vida es casual ni que estamos destinados a ser ceniza mezclada con el polvo, el sudor y la descomposición inconsciente de la materia orgánica. Esta vida preciosa que sostenemos y que tendemos a Dios todos los días es, en sí misma, un acto de fe. 

Es una proclamación de nuestra existencia llena de significado. Es una ansiosa inclinación a la plenitud y a la perfección. 

Es una constante prueba para hacernos dignos de la eternidad. Tengamos el valor de mantener esa antigua promesa. 

Atrevámonos a creer.