02 mayo 2018

Camellos y mosquitos

Luís Herrero
ABC


Mariano Rajoy, junto a la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes - EFE

La actualidad política apesta. 

El hedor es tan irrespirable que acabará, antes o después, por obligar a los votantes a acudir a las urnas con máscaras antigás.

Y el problema no es la corrupción, entendida como sinónimo de mangancia, sino algo más profundo. Lo que convierte la fosa séptica del sistema en un devastador foco de contaminación para el medio ambiente de la vida pública es la falta de principios. A los gobernantes actuales parece importarles un rábano, aunque en este contexto lo suyo sería decir una mierda, la diferencia entre el bien y el mal. 

La única distinción que les importa es la que discrimina lo que es útil de lo que es perjudicial para la consecución de sus intereses umbilicales. Esta semana, dos acontecimientos vuelven a colocar esa peste insoportable enfrente de nuestras narices: el mutis de Cifuentes y la entrada en escena de los Presupuestos.

Cuando pase el tiempo, el nombre de Cifuentes no quedará asociado al de una gestora razonablemente buena de los intereses madrileños, a pesar de haberlo sido, sino al de una tramposa desvergonzada que consiguió un máster por la jeta y fue sorprendida mangando cremas en un supermercado. En sí mismos, esos dos pecados son veniales y carecen de entidad suficiente para acabar con la carrera política de un presidente autonómico. 

Y aún menos para hacerlo con el estruendo horrísono que ha rodeado este caso. Si para poder lapidar a Cifuentes tuviera que ser necesario estar libre de esos mismos pecados, o de otros equivalentes, su escarnio hubiera decaído por falta de verdugos. Y sin embargo, ¡qué terrible paradoja!, fue el video del hurto frustrado lo que movió al PP a pasar del aplauso atronador de Sevilla a su ejecución inmediata.

El pecado mortal de Cifuentes fue el de haberse parapetado en la mentira y la negación para justificar sus errores de menor cuantía. Y ante ese hecho de profunda gravedad, sin embargo, tanto Rajoy como la mandamás del partido decidieron protegerla bajo su poderoso manto. 

¿Por qué? ¿Qué mueve a ese extraño comportamiento de ser indulgente con la categoría y a ser implacable con una infracción anecdótica cuya existencia, para más inri, ellos ya conocían? ¿A qué viene esa hipócrita idiotez de colar los mosquitos y tragarse los camellos? ¿Por qué es menos grave mentir en un Parlamento que dejarse llevar por una pulsión cleptómana del pasado? 

La respuesta, me temo, hay que buscarla entre las tinieblas tenebrosas donde los príncipes del mal, los ajustadores de cuentas, los traficantes de dossiers, los mafiosos extorsionistas y los matones sin escrúpulos ventilan venganzas y lanzan mensajes de advertencia. El cadáver político de Cifuentes no es otra cosa que el badajo de la campana de Huesca.

En el oscuro episodio de la negociación presupuestaria con el PNV, la defensa de los principios también ha brillado por su ausencia. Lo único que parece importarle a Rajoy es resistir en el cargo hasta el final de su mandato. El precio es lo de menos. La consistencia de su discurso sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones no ha resistido la prueba del algodón de la exigencia nacionalista. 

Haberlo mantenido hubiera sido bueno para el país, al menos de acuerdo al punto de vista de las políticas que siempre ha defendido el Gobierno, pero malo para la longevidad de la legislatura. Ante esa tesitura, las prioridades del presidente del Gobierno han quedado manifiestamente claras. Lo menos malo que se puede decir de ese trueque es que se ha producido, al menos, con luz y taquígrafos. Otros, en cambio, se han sellado con opacidad clandestina.

El PNV había puesto como condición indispensable para apoyar las cuentas del PP que decayera la aplicación del 155. Y -oh, casualidad- ahora sabemos que podrá haber Gobierno catalán en segunda vuelta gracias a la habitación del voto a distancia del prófugo Comín que el Gobierno, inopinadamente, ha renunciado a recurrir ante el TC. 

¿Cabe o no cabe la sospecha razonable de que se ha producido, entre bambalinas, un quid pro quo de naturaleza miserable? Pincho de tortilla y caña a que el Gobierno lo niega. Ya sabemos que la mentira, en su código ético, no es merecedora de castigo. Gracias a Dios, a juzgar por las encuestas, los votantes no piensan lo mismo.