01 mayo 2018

El miedo milagroso

Hermann Tertsch
ABC


Fue una jornada histórica con mayúsculas, de inmensas consecuencias, todas esperanzadoras, para Asia y el mundo, la vivida ayer en el paralelo 38, en la línea de frente y frontera entre las dos Coreas. 

El dictador comunista Kim Jong-un y el presidente democrático Moon Jae-in, juntos de la mano, rompieron ayer la terrible parálisis en esa desgraciada franja de tierra fortificada que divide a los coreanos desde 1945.

Desde la guerra de Corea en 1953 nada se había movido. De golpe se da una situación impensable. Con la firma de un «acuerdo para una paz permanente» se abre la puerta a la desnuclearización de la península, el fin de la mayor pesadilla para Asia.

Nadie ha pedido aun el Premio Nobel de la Paz para el artífice de esta nueva y extraordinaria situación, que no es otro que el presidente de EE.UU., Donald Trump. El presidente surcoreano sí ha dejado claro que el mérito recae en Trump. Pero los mismos que le regalaron un Premio Nobel ridículo a su antecesor Obama al cargo y sin mérito ninguno jamás reconocerán el mérito de alguien tan distinto a ellos. Llevan semanas los medios occidentales buscando «otros factores» para explicar lo sucedido. 

Trump amenazó con credibilidad al tirano norcoreano e impuso durísimas sanciones que todos, China incluida, ayudaron a cuajar. Hasta convencer al caudillo del peor infierno comunista aun existente, de que su única posibilidad de subsistir es su desmilitarización. Su futuro, ese fue el mensaje de Trump, está en un acuerdo de paz, desnuclearización y apertura hacia Seúl. No en una agonía bajo implacables sanciones a las que no podría escapar con amenazas de ataques nucleares, porque enfrente le garantizaban su total exterminio. 

Trump, que celebró ayer «el fin de la guerra de Corea» se verá con Kim Jong Un en mayo. El camino será largo y difícil. Y todo puede encallar. El sátrapa es imprevisible. Y no es menos asesino hoy que ayer. Pero el malo tiene miedo. Le tiene miedo a Trump como nunca se lo tuvo a nadie. Es el arma decisiva y piedra angular de la esperanza.