10 mayo 2018

La eutanasia forma parte del problema, no de la solución

Editorial
Forum Libertas


La vida es el derecho humano fundamental porque de ella dependen todos los demás derechos. La sociedad ha visto con el paso del tiempo que la muerte nunca es solución, ni siquiera para condenar los crímenes más abyectos. 

Los obispos portugueses aciertan cuando recuerdan que en las sociedades primitivas, también en Grecia y Roma era practicada la eutanasia, volver a aquellos usos hoy en día es un retroceso de civilización.

La lucha contra el sufrimiento humano es una prioridad irrenunciable. En el caso de las enfermedades y de la fase terminal de la vida este sufrimiento se hace presente. De hecho, se hace presente en muchos otros momentos de nuestra existencia. El final no tiene por qué ser más doloroso que en otras ocasiones en las que hemos pasado por una enfermedad difícil, un accidente grave o hemos perdido a una persona muy querida. 


Desde este punto de vista, el de la experiencia humana, es evidente que el homicidio provocado o el suicidio asistido no son la solución. Tampoco tiene porqué serlo en el período final. En otras épocas combatir el dolor era costoso y difícil y en ocasiones imposible. Hoy la situación es radicalmente diferente.

Las atenciones paliativas cuando son bastante generalizadas pueden garantizar un final muy digno. Lo afirmó con claridad la OMS en 1990 cuando se publicaron unas conclusiones de un comité de expertos que afirmaban que la eutanasia no se debe legalizar, que lo mejor son los cuidados paliativos De esto hace ya casi 30 años, ahora son mucho mejores… sobre todo allí donde no se ha legalizado la eutanasia.

La eutanasia en los países donde se ha aprobado presenta graves problemas. Uno es el abuso y arbitrariedad en el uso de la ley. El caso de Bélgica es, en este sentido, terrible, y también se han consignado abusos en Holanda. En un país como el nuestro, donde el fraude de ley y la corrupción están muy extendidos, nos parece de una imprudencia radical que se apruebe una norma de este tipo. “Hecha la ley, hecha la trampa” es una expresión muy nuestra.

La eutanasia presenta también otras múltiples contraindicaciones. En Holanda se han llegado a legalizar eutanasias aduciendo alcoholismo. Se utiliza para resolver problemas de sufrimiento psicológico y soledad, es decir, de déficit de solidaridad en nuestra sociedad, que así quedan enmascarados. Es una manifestación más de la desigualdad porque quien se acoge a ella es mayoritariamente la población de más bajos ingresos.

En una sociedad envejecida como la nuestra, con un sistema público de pensiones en crisis, la eutanasia se convertirá en un formidable instrumento de presión familiar y social para que las personas mayores descartadas, como dice el Papa Francisco, se acojan a su práctica, porque en definitiva la decisión de provocar la muerte obedece sobre todo a causas psicológicas y sociales. En Estados Unidos allí donde está legalizada -que es en pocos lugares- el seguro médico deniega tratamientos costosos, pero ofrece los fármacos para que se suicide con un coste que no alcanza los dos dólares.

En definitiva, la eutanasia causa daño y enmascara diversas causas que inducen a la muerte, pero que la sociedad puede evitar. Y sobre todo, como la pena de muerte y la presunción de inocencia, es irreversible, el error no tiene enmienda. La vida siempre tiene una posibilidad más. La respuesta esta en la universalización de la atención paliativa y la construcción de una sociedad más solidaria y atenta a las necesidades de acompañamiento de muchas personas que el único daño que sufren es la soledad.