08 mayo 2018

La identidad del obrero y la caída del PSC

Roger Senserrich
Politikon


Hace años, en un tiempo muy, muy lejano, el PSC ganaba elecciones en Cataluña. 

En esa época legendaria, los socialistas catalanes llegaron a controlar amplias instancias de poder municipal tanto en el área metropolitana como en lugares tan exóticos como Girona. 

En sus momentos de máximo esplendor cuentan las crónicas que el partido llegó a ocupar el gobierno de la Generalitat, aunque eso resulte difícil de creer.

Eran días distintos, sin duda. Otro país, otro partido.

De acuerdo, es fácil ser un poco cruel con los pobres socialistas catalanes, incluso cuando en las últimas elecciones al menos salvaron los muebles. Es interesante detenerse a pensar, sin embargo, el motivo por el que un partido que llegó a ser casi hegemónico en el control de la agenda política
catalana languidece hoy en cuarta posición y sin apenas poder municipal.

Un buen punto de partida, creo, es el gráfico del inicio, comparando la proporción de votantes por clase social del PSC y su gran rival en el espacio no-independentista, Ciudadanos, utilizando datos del CIS:

No es una historia novedosa, pero el gráfico no deja de ser sorprendente. Ciudadanos, el teórico partido de derechas, saca un porcentaje de voto similar al PSC en clases altas. Al hablar de clase obrera, sin embargo, están 7-10 puntos por delante. Los socialistas, como partido de izquierdas, están haciendo algo horrorosamente mal.

La clave, me temo, es otra vuelta de tuerca más (la énesima) a la aparente incapacidad de la izquierda española de acordarse a quién están representando. Hablé de ello en un artículo en El País no hace demasiado, concentrándome en temas económicos; aunque mencioné de pasada cuestiones identitarias, este gráfico es un recordatorio que estamos ante una dinámica parecida.

Aunque el nacionalismo catalán alardea de ser transversal, la realidad es que tiene un fuerte componente de clase. En una escala de 1-10 (con diez siendo más nacionalista) los votantes de clase alta se situan en un 6,04 de media; los obreros no cualificados en un 3,89.

Los votantes de clase baja se sienten por mayoría aplastante como mínimo tan españoles como catalanes (74%), mientras que los de clase alta se siente más catalanes que españoles o sólo catalanes (61%). Un 86% de votantes de clase alta escribe en catalán correctamente; sólo un 41% de votantes de clase obrera lo hace.

Esto los votantes lo saben. Cuando los partidos independentistas apelan a la república catalana, democracia, nación y patria, el electorado de clase obrera en el cinturón industrial de Barcelona sabe que no se refieren a ellos. Estos votantes son españoles, se sienten españoles y están a gusto formando parte de España, y entienden perfectamente que cuando los secesionistas hablan de “gente que no se ha adaptado”, les están señalando.

Entienden también que en caso de que se produjera la independencia las instituciones catalanas estarían controladas por estos partidos que a veces parecen incapaces de esconder las ganas que tienen que se marchen, y que llevan años tratándoles como catalanes de segunda por no aplaudirles todas sus gracias y hablar el catalán con acento. Cuando ven que estos partidos parecen estar dispuestos a romper el país por las bravas, incluso cuando no tienen ni la mitad de los votos, se sienten amenazados por un buen motivo.

¿Qué ha hecho el PSC durante estos últimos años? hablar de pactos y acuerdos, una y otra vez, sin cesar. Desde el punto de vista político y de cómo solucionar este desastre constitucional donde estamos metidos, es indudable que es una posición sensata; tarde o temprano independentistas y unionistas deberán sentarse a hablar; y no con Madrid, sino dentro de Cataluña.

Decir que quieres arreglar el problema hablando, sin embargo, no quiere decir que debas olvidar a quién estás representando. El PSC, desgraciadamente, parece haber decidido que su electorado natural es el colegio de árbitros de la provincia de Barcelona, no los votantes de clase media y obrera que están comprensiblemente asustados por la deriva autoritaria del procés.

Respeto enormemente a Miquel Iceta; el tipo tiene un trabajo imposible, y parece ser de los pocos capaces de decir en voz alta lo que todo el mundo sabe y no quiere admitir sobre cómo acabará esto.

El problema es que el PSC, como partido, lleva cinco años sonando más como si quisiera pedir disculpas por las cada vez más delirantes idas de la olla de los nacionalistas catalanes que como si quisiera representar a nadie en particular. Para un votante obrero, castellanoparlante, harto de ser ninguneado y que no para de escuchar a tertulianos en TV3 diciendo que “els carrers sempre seran nostres“, el mensaje de que es hora de dialogar, etcétera le parecerá francamente pusilánime.

Ciudadanos, mientras tanto, ha tenido un mensaje muy simple: sabemos que esto no os gusta, y nosotros estamos aquí para evitar la secesión y dejar que os traten como parias. Serán un partido de centro-derecha (lo son), pero en este caso están defendiendo una preocupación muy real y muy directa de un electorado que se siente vulnerable y quiere que le hagan caso. Cuando miran hacia el PSC, por desgracia, lo que ven es un partido que parece sentirse avergonzado de que alguien de L´Hospitalet les vote.

En épocas pasadas, en esa era legendaria en la que los socialistas catalanes ganaban elecciones, el PSC era una coalición entre dos bloques bien definidos. Por un lado un aparato compuesto por gente como Manuela de Madre, Celestino Corbacho o José Montilla, alcaldes rotundamente castellanohablantes y orgullosos de serlo.

Por otro la izquierda intelectual barcelonesa aristocrática de siempre, con Pasqual Maragall, el nieto del poeta, realeza burguesa de la ciudad ccondal, como buque insignia. La lucha entre los dos bloques costó la caída de dos presidentes de la Generalitat, uno de cada bando, y la ruptura de esta coalición.

Quizás sería cuestión de recuperarla.

Una nota final: el gráfico de clase social y voto de los partidos nacionalistas es francamente algo digno de ver. ERC es el partido más burgués del país.