08 mayo 2018

La mujer, en caída libre, nos arrastra a todos

Humberto Pérez-Tomé
Hispanidad


Sobre los populismos se ha dicho mucho y se ha escrito en todos los sentidos posibles. 

Se ha alarmado del peligro que expone al pensamiento social y nos hacen recordar épocas no más gloriosas que tanto daño han hecho a la humanidad, tanto moralmente como cobradas en vidas, como el comunismo, el nazismo y el fascismo.

Sabemos que en el enfrentamiento los políticos siempre sacan rédito electoral. Lo ha practicado la izquierda de forma histórica y ahora la socialdemocracia lo ha convertido en su maquinaria habitual para acceder al poder. 

La baja calidad humana y moral de la clase política y la caída libre de las ideas políticas que sean capaces de regenerar el pensamiento social, se encarga de engrasar la batalla dialéctica del pueblo para luego exprimir a la masa enfurecida y un sin fin de sinrazones para argumentar.

Pero nunca hasta esta última década se había conseguido que los populismos enfrentaran hombres contra mujeres como lo está haciendo el feminismo radical, es decir, el femininazismo, que nada tiene que ver con las mujeres y mucho menos con lo femenino.

Esta corriente cada vez más agria y radical se ha convertido en la voz justiciera que determina qué es justo y qué no lo es. Igual que la Revolución Francesa, al grito de libertad, igualdad y fraternidad convirtió la plaza del pueblo en juicios sumarísimos y determinaba quién debía dar un paseo hasta la guillotina. Ahora este populismo de corte fascista decide quién tiene razón y quién no la tiene; quién está incluido entre los “buenos” y quién debe ser echado al fuego del ostracismo social. Un movimiento que no solo lo componen algunas mujeres, sino que son además inquietadas y movilizadas por hombres de partidos de corte neocomunista.

Eslóganes diseñados para la ocasión hacen uso partidario de casos que interesan para encender las ínfulas del pueblo olvidando otras situaciones similares como ha sucedido con el caso de La Manada, que sin embargo en el caso “Alsasua”, después de haber apaleado a las novias de los guardias civiles nadie ha dicho ni mú; o el caso que ha pasado sin pena ni gloria de los 10 argelinos que secuestraron y violaron a tres menores durante 24 horas por los miembros de la banda. ¿Alguien conoce alguna declaración de alguna asociación feminista? ¿Alguien ha oído alguna declaración política repudiando el acto vandálico? Ya me hice esta pregunta hace semanas: ¿por qué unos casos sí y otros no?

Pero que algunas mujeres, una minoría subvencionada para hacer ruido, estén convirtiéndose en la fuerza inquisidora del siglo XXI no es baladí, y por supuesto ni si quiera sin querer. Este movimiento tiene mucho que ver con las corrientes generadas por la ideología de género, porque anulan al hombre y destroza a la mujer, a ellas mismas y a las que no piensan como ellas.

Pero eso es lo de menos, los que manipulan al ser humano con la reingeniería social antropológica no les importa, como nos les importa los millones de abortos provocados en el mundo, las operaciones de sexo de tantos para hundirse en una depresión o la hipersexualización de los menores.

Si estos movimientos de mujeres verdaderamente lucharan en pro de la mujer, sus derechos y la dignidad, lucharían contra la pornografía y la prostitución poligonera, máximo exponente de la cosificación de la mujer y gritarían menos con los pechos al aire por el mito de la igualdad salarial... ¡por ejemplo!

Una revolución silenciosa (Libros Libres), de Jesús Trillo-Figueroa. Aunque se trata de un libro con años, sigue siendo de rabiosa actualidad porque además de contar cómo el PSOE introdujo el concepto feminista con absurdos como la paridad, también comenzó a socavar la idea de que la mujer debería empoderarse sabiendo que sería una palanca electoral importante... Y de esos polvos, estos lodos.

En defensa de la vida y de la mujer (Criteria), de María Lacalle (ed.). La autora y sus compañeros de obra, se preguntan cómo en tan poco tiempo se ha conseguido cambiar la mentalidad social como el hecho que asume que matar al hijo que está en el vientre de una madre, sin que nadie pestañee, porque se considera un derecho adquirido. La respuesta está en la manipulación de la conciencias, especialmente de la mujer, quien toma la decisión última sobre este asunto. Y yo me sigo preguntando: ¿realmente son libres cuando deciden algo así?

Padres fuertes, hijas felices (Ciudadela), de Meg Meeker. Quizá la solución al problema de la radicalización de la mujer pase por ser casera. Que los que somos padres seamos más auténticos con nuestra vida familiar, en el matrimonio, en nuestras relaciones sociales y muy especialmente con los hijos y en concreto -como dice Meg Meeker- con las hijas. La recuperación de la mujer comienza en casa, cada vez menos en el colegio, ni locos en la calle y menos en la televisión... Atención con las series televisivas, los dibujos animados y las horas delante del monitor, los dispositivos móviles y las redes sociales. ¡Ojo conque todo esto nos sustituya a los padres de estar con ellas, con nuestras hijas!