09 mayo 2018

Los problemas que dan los amigos

Santiago Martín
Católicos ON LINE


Al Santo Padre le llueven los problemas. Si quisiéramos aplicar una vieja broma diríamos que ha puesto un circo y le crecen hasta los enanos. 

Pero los problemas no se los están dando sus enemigos, que los tiene, sino sus amigos. Creo, además, que siempre ha sido así y que tendría menos enemigos si sus amigos no se empeñaran en crearle problemas.

Por ejemplo, el cardenal Nichols, de Londres, primado de Inglaterra, que antes, y sobre todo después de la muerte de Alfie Evans, ha hecho unas duras declaraciones contra los que han luchado para que tuviera una oportunidad para vivir llevándoselo al hospital de la Iglesia en Roma. Pero es que entre estos estaba por encima de todos el Santo Padre, que fue el que pidió al hospital que acogiera al niño, tuviera un avión médico preparado, y envió a Inglaterra a su directora. Pues según Nichols, supuestamente íntimo del Papa, todo eso ha sido publicidad política, sentimentalismo barato o incluso encarnizamiento terapéutico.

Otro amigo que le está causando problemas es el alemán Marx. Ha tenido una semana muy “productiva”. Primero se opuso a que hubiera cruces en los lugares públicos de la región más católica de Alemania, Baviera, como ha aprobado su parlamento regional, siendo él el arzobispo de la principal ciudad de esa región, Munich. A esto, por cierto, le ha contestado con firmeza y claridad el nuncio en Austria.

Luego se declaró admirador de Carlos Marx, con el que hasta ahora compartía el apellido y desde ahora se ve que comparte muchas más cosas. Dijo incluso que los crímenes que los partidos marxistas han llevado y siguen llevando a cabo (Venezuela y Nicaragua, sin ir más lejos) no son culpa del fundador del marxismo sino de sus intérpretes, olvidando aquello de la lucha de clases que preconizaba el teórico del sistema y olvidando también, por lo que se ve, la definición que dio de la religión como opio del pueblo que había que erradicar.

Aunque el colmo ha sido lo de la hospitalidad eucarística con los luteranos. Con ese bonito nombre, él y la mayoría de los obispos alemanes aprobaron un proyecto para que pudieran comulgar los protestantes casados con católicos. Como siete obispos no estaban de acuerdo, apelaron a Roma, y así pusieron en las manos del Papa la patata caliente de tomar una decisión que, esa sí, hubiera dado paso a un cisma con toda seguridad. 

Francisco podía haber dado una respuesta más clara, diciendo que eso la intercomunión no es posible, pero ha preferido decir que no de otra manera. Ha jugado admirablemente sus cartas y, apoyado por el prefecto de Doctrina de la Fe, monseñor Ladaria, les ha devuelto la pelota a los alemanes, poniendo dos condiciones imposibles de cumplir: que haya unanimidad entre los obispos de ese país -lo cual ya se ha visto que no es posible- y que lo que se apruebe en Alemania sirva para el resto del mundo, pues no tiene sentido que allí comulguen los protestantes y en Holanda, Francia o Estados Unidos, por ejemplo, no lo puedan hacer. 

Es decir, ha pedido unanimidad dentro de Alemania y fuera de ella. En otras palabras, le ha dicho a su amigo Marx (el cardenal) que no le puede dar lo que le pide y que mejor habría hecho si no se lo hubiera pedido, poniéndole en un compromiso.

Y aún queda otro amigo, por lo menos, que le ha dado y le puede dar problemas al Santo Padre. Y no me refiero al cardenal Pell. Pero de ese otro amigo hablaremos otro día. De momento y como siempre, recemos por el Papa, para que sus amigos no le compliquen demasiado la vida