27 junio 2018

Los caídos del Valle

José F. Serrano Oceja
ABC


Lo que da sentido a la presencia de la Comunidad de Benedictinos en ese lugar es la cruz.


Juan XXIII, el Papa del Concilio Vaticano II, el papa santo de la renovación de la Iglesia, amaba a España. 


Tuvo oportunidad de manifestar ese afecto en repetidas ocasiones, por ejemplo con su mensaje al Congreso Eucarístico Nacional de Zaragoza de 1961. 

O en el texto con motivo de la consagración de la Basílica Menor de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en junio de 1960. 

Entonces quizá recordara la visita que hizo en 1950, siendo Nuncio en París, a Cuelgamuros acompañado por el ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, y don Ángel Herrera Oria, figuras principales de los Propagandistas. Monseñor Roncalli se mostró impresionado por el hecho de que los caídos de ambos bandos reposaran a la sombra de la cruz. 

Se marchó convencido de que esa obra arquitectónica, espiritual y cultural, era un gran proyecto de reconciliación, de paz social y de progreso. De hecho, sus intelocutores, los Propaganditas, trabajaron por crear en la Abadía un Centro de estudios de Doctrina social de la Iglesia puntero. A lo largo del pontificado de Juan XXIII no fueron pocos sus gestos de afecto hacia la Basílica de la Santa Cruz.

Mientras se fragua la exhumación de los restos de Francisco Franco de la Basílica, y ese lugar ahora sagrado se convierte en un parque temático de la memoria histórica, la Comunidad de Benedictinos ora en silencio acosada por la incomprensión también de algunos de los suyos. 


Lo que da sentido a la presencia de la Comunidad de religiosos en ese lugar es la cruz, símbolo de reconciliación última, de una utopía de hermandad entre los españoles. Quizá haya algún miembro de la Comunidad que esté dudando sobre el sentido de su presencia en ese paraje. 

Los monjes saben bien por el estudio de la historia que quien no respeta a los muertos, no respeta a los vivos, característica esta de las ideologías totalitarias. La razón última del odio acabará siendo la cruz y, por tanto, los religiosos. 

Dios quiera que no se conviertan en víctimas del Valle quienes han entregado su vida al ejercicio de la misericordia.