24 junio 2018

Y el punto de mira en las raíces

Santiago Panizo Orallo
Periodista Digital


El “Ya estoy aquí” fue un cumplido aserto de Joseph Tarradellas en ocasión solemne; y lo repito yo ahora en una ocasión vulgar, pero sensible para mis afectos.

Tras una semana en Madrid, por azares de salud y otros menesteres de circunstancia, hoy retorno a mi pueblo, a mi tierra, a mi patria chica, al Bierzo de mis raíces, de mis ancestros y de mis amores.

El viaje de regreso, en el autobús, una mitad contemplativo y la otra mitad -como suele acaecerme- de percepciones y nota de las sensaciones e impresiones que las cosas del día –las de dentro y las de fuera- me van sugiriendo al pasar a mi lado; que, aunque algunas no digan nada o casi nada, otras hay que se vuelven dicharacheras a poco que se percaten de ser miradas con interés o una pizca de ilusión. 
Poco exigen -la verdad- para volverse locuaces. Poco piden para lo mucho que pueden dar…

Cuán distinta, de todos modos, esta ronda contemplativa de hoy y cuán distantes las sensaciones y las impresiones de lo que fueron en el viaje anterior, a mitad de mayo. Las primaveras castellana y berciana eran entonces sembradura de promesas casi sólo; hoy todo aquello es ya estallido polícromo de flores blancas, amarillas, violetas y el rojo vivo de amapolas enervantes y aterciopeladas. Campos rojos de amapolas. Setos interminables de escobas de un amarillo provocador. Retamas violeta o lila y las blancas y amoratadas flores de los cantuesos llenando los terraplenes y los aledaños de la carretera en luengos tramos de la misma.

Y sobre todo, el sol… Hoy es distinto el sol. Hace un mes andaba rezagado y remiso, como jugando al escondite con la lluvia pertinaz y las nubes grises y voraces. Ahora el sol se ha descarado ya y manda en el día sin tolerar competidores que lo desluzcan. El sol de esta tarde de mi regreso al pueblo es sol de junio y con todas las de la ley, es decir, orgulloso de su fuerza y dispuesto a mandar. ¡Como debe ser!

Además, si la contemplación sigue siendo lujuriante y plena de colores y verdores, las sensaciones –las que nacen del chocar de la idea con la vida y con la realidad- se empeñan también por tirar hacia arriba por las ganas de vivir que dan las amapolas rojas o las sencillas corolas de los cantuesos –entre dichos todos de la contemplación y la tierra que se pisa. Aunque hay veces –como ahora- que las sensaciones que llegan hasta uno, más carnosas o más pegadas a la tierra que las puras ideas, se cansan de ascender, porque la vida –tal como es- con frecuencia se cansa y, descabalgando de las flores, prefiere dialogar con las espinas y con el polvo de los caminos a vérselas con romanticismos demasiado bonitos o estirados…

Y es que las briosas primaveras castellana y berciana, que llenan hoy los ojos del alma, no logran –ni proponiéndoselo- borrar del todo el peso que de los interrogantes que atenúan la fuerza de este decidido sol de junio. Y es todo porque no dan tregua ni respiro los menguados presagios –fruto quizás de sólo temores sin otros fundos- que, a no querer, ponen en guardia siempre que de elegir entre “vivir” y “filosofar” se trata. “Lo primero vivir y más tarde, si acaso, filosofar” tal como mandan los cánones, pero no al revés. Que “el miedo es libre” como se dice, aunque el miedo siempre sea, más o menos, un mal paso de la libertad.

Y es que…. A don Pedro Sánchez, a pesar de “estar” ya instalado en ese celo de sus ansias locas de Moncloa, no se le “espera” todavía…
Al Sr. Torra, el catalán –erudito según cuentan algunos pero zafio como pocos-, se le sigue viendo el plumero de sus “rondas” de celo de pavo real y se le vislumbra –más de la cuenta- con la mano extendida demandando “lo suyo” al novato presidente…

Y los demás, como siempre. Unos, lamiéndose –acríticos, a pesar de todo- las heridas. Otros, tratando de vestir –disfrazar quizá mejor- el populismo de sus amores o de sus entrañas glotonas con ropaje de “gran señor”. Y algunos, desconcertados, cogidos con el pié cambiado, en esta hora -dramática por demás- de nuestra historia patria…

Y es que las políticas que se ven asomar por casi todos los horizontes son mucho más, o casi sólo, de gestos puros, pero no de gestión rigurosa y medianamente seria.

El deporte –otro exponente de la buena o mala salud de los pueblos-, dando que hablar con unas increíbles fintas de una injustificable rusticidad.
La justicia y el derecho –dos cosas muy distintas a pesar de sus proximidades-, levantando sospechas, o a expensas de buenos o malos humores, de discutibles resoluciones a simple vista y con más abonos de pantalla que de razones de su verdad….

Y los inmigrantes -a bandadas diarias siguen intentando colarse en la Europa otrora llamada “civilizada”-, poniendo en disyuntiva permanente la “humanitas” de siempre y la ”razón de “Estado” del pensamiento totalitario modernista o posmoderno.

Y también los titiriteros de todas clases componendo cantigas o bailando coplas de posverdad, como si de recatados salmos de la Biblia se tratara.

Y en éstas, yo estaba otra vez arribando a mi tierra y patria chica. Con sol; con primavera io casi verano.

Eran las siete de la tarde cuando el “bus” callejeaba en busca de la Estación de Autobuses de Ponferrada. Pleno día. Pleno sol. Plena luz y ganas de llegar para ver cumplidos otra vez esos pequeños sueños que son, se quiera o no reconocer, el alma de los que miran la vida con ganas de ser sencillamente “hombres” y menos con las de ser “grandes señores”. Otro día, pronto, os prometo, amigos, contar la diferencia que va de ser un “gran señor” a ser “gran hombre”. Vieja la diferencia, tiene sin embargo gran acomodo en estos tiempos de “quita y pon”.

Como diría para casos así mi predilecto poeta de Castilla, “Hoy es siempre todavía”. A mi amigo Eduardo, este jocundo dicho del gran poeta se le hace feliz y oportuna casi siempre, como divisa breve, hecha para soñar que siempre, a pesar de todo, nos queda –a los humanos- la esperanza; una esperanza. Y si la esperanza es, como se dice, lo “último que se pierde”, es también lo primero que se echa de menos.

Los que tenemos fe, amigos -aunque pueda ser en ocasiones una fe trufada de dudas o de malos momentos –en todo hay malos momentos-; y, aunque no se vea bien el sol, o no se le pueda ver cara a cara por razones obvias- andamos seguros de que, hasta con nublados, vemos acrecerse el vigor y el valor de sus rayos. 

Tal como lo proclama San Pablo y la Iglesia recoge este mismo domingo en una de sus lecturas; esa concretamente, en que se hipnotiza una de los retos más naturales –y por eso mismo más dignos y meritorios de la fe de los creyentes-: “Caminamos a oscuras, llevados por la fe”.

En los que no cuentan –porque no quieren o no les interesa- con la fe para estas travesías endiabladas de la vida humana, el problema quizás no sea, como es para el creyente, el de un gran reto, sino mejor -y conozco más de un caso- escena de comedia, singladura de drama y hasta quizás obertura de tragedia en casos especiales.

Es mi punto de vista; y los que tengan otro distinto, con su libertad ee las hayan, aunque buena verdad es también que el simple uso de la libertad no siempre sirve de colchón para aquietar la conciencia del hombre. Porque entiendo que libertad sin responsabilidad des una pifia humana que, no por extendida y practicada, deja de serlo.

Al recoger la bolsa de libros con que viajaba esta vez desde Madrid a mi pueblo, a pesar de todo y de la placidez del momento, una idea resumiría bastante bien mi viaje: el campo es una sola flor. De mil colores de las muchas flores, pero una flor diversificada.

Y como importan menos los colores –a mí, por supuesto- que la flor, aquello tan redicho del gato del proverbio chino: que importa mehos que sea blanco o negro, si caza ratones, pues quedemos con esa idea: que hay flores… Puede que también haya frutos algún día.

De todos modos, no olvidemos que las flores son poco más que gestos y cosa de primaveras. Ahora que está a la vista ya el verano, recelemos de todas las políticas de gestos y las culturas de solos instrumentos y exijamos a la tierra y a los hombres menos gestos y algo más de obras y de respuestas eficaces a los problemas tan serios que nos acompañan.

Habré de insistir en ello. Es en la hora de la verdad cuando mejor se ve la gran distancia que va de un “gran señor” a un “gran hombre”. Un día de estos, pronto, os contaré, mis amigos, la diferencia entre ambas cosas. Importa mucho para saber distinguir entre un gesto -nada más- y el buen arte de hacer cosas dando cara a los problemas -nada menos.