10 julio 2018

¿Pudo el franquismo sobrevivir a Franco?

Pío Moa
Dichos, Actos y Hechos


 Aunque por comodidad empleamos el término “franquismo”, sugiriendo una doctrina política ligada a la personalidad de Franco, nunca hubo tal. Franco ocupó una posición política central durante casi cuarenta años, pero no fue nunca un ideólogo. El problema de definir al franquismo ha traído de cabeza a muchos tratadistas. 

Por un tiempo se autodeclaró totalitario, pero por tal cosa no hay que entender un estado que ocupa una sociedad más un partido que ocupa el estado, al modo de los países comunistas o, bastante más atenuadamente, del nacionalsocialismo. 

Su “totalitarismo” consistía en hacer del estado un árbitro entre los intereses del capital y del trabajo, supeditando los conflictos entre ambos al “interés general”, para, teóricamente, evitar el predominio excesivo de uno de ellos y acabar con “la lucha de clases” promovida por los comunistas. Evitando el término, el sociólogo J. J. Linz lo definió como “autoritario”, que le valió, siendo quizá el sociólogo más importante de España, la animadversión de la izquierda cultural (más o menos culta, eso es otra cosa). 

En Los mitos del franquismo acepté el calificativo de Linz, aunque con alguna reticencia: las democracias pueden ser extremadamente autoritarias, como estamos comprobando actualmente en la UE con la ideología LGTBI, su signo de identidad más preciso, y por supuesto en España, con la misma ideología o la “memoria histórica” aceptada e impuesta por casi todo los partidos.

Tampoco fue un régimen de partido único, pues representó a los grupos vencedores en la guerra civil, cuatro básicamente y no bien avenidos: Falange, carlismo, monarquismo juanista y catolicismo político. Aunque teóricamente asociados en el Movimiento Nacional, cada uno de ellos tenía sus propios órganos de expresión y organizaciones, e incluso un sector contrario a Franco; y el Movimiento Nacional era un ministerio más, no muy dotado económicamente y en la práctica manejado por la Falange. Estos grupos políticos no se llamaban partidos, sino “familias”, y la diferencia con los partidos era que sus conflictos y luchas por el poder no se dirimían en elecciones sino por el arbitraje y decisión de Franco.

Que el franquismo no fuera una ideología no quiere decir que careciera de fundamentos ideológicos. Estos evolucionaron a lo largo del tiempo, pero básicamente podrían definirse como catolicismo, especialmente en sus directrices “sociales”, con una aleación de falangismo, próximo al fascismo italiano. La economía, como recuerda Julián Marías, era básicamente liberal con reglamentaciones y limitaciones de tipo social que han llevado al escritor Francisco Torres a hablar de un “Franco socialista” en un libro reciente así titulado. Llamar socialista a Franco es exagerar un tanto, pero no cabe duda de que su régimen estableció reglamentaciones e instituciones antes pedidas y nunca realizadas por los socialistas.


Con todo, el elemento ideológico fundamental del régimen fue el catolicismo tanto religioso como en sus derivaciones sociales. Era inevitable porque el catolicismo constituía también el elemento básico común entre aquellas “familias”, junto con el respeto a la persona de Franco (y excluyendo, como señalamos a sus sectores antifranquistas, que en el carlismo derivaron a algo semejante al trotskismo). Así, el estado se hizo confesional, y muy fuerte la influencia directa e indirecta de la jerarquía eclesiástica, un tanto enfrentada a la Falange en los primeros tiempos.

Ahora bien, después de haber salvado del exterminio a la Iglesia, otorgándole grandes cuotas de poder, el Concilio Vaticano II rompió de hecho con el franquismo. No solo renunció a la confesionalidad, impuso a obispos enemigos del régimen y en amplios sectores le mostró hostilidad. Y, por el contrario, apoyo a los separatistas, terroristas, y particularmente a los marxistas, precisamente los que habían protagonizado una de las mayores y más feroces persecuciones religiosas de la historia. 


El Vaticano II prefirió el “diálogo con los marxistas”, por un cálculo político que terminaría saliéndole caro. (Por cierto que algo semejante le había ocurrido a la liberal Restauración después del 98, cuando los intelectuales e ideólogos le abandonaron para hostigarle a fondo bajo el lema del regeneracionismo y la europeización).

Por tanto, el régimen perdió su principal sustento ideológico. Una ideología puede adaptarse y desarrollarse, y el franquismo lo había hecho, pero el Vaticano II cortó ya toda posibilidad en ese sentido. Y por otra parte la Falange se había anquilosado en unas ideas de combate propias de los años 30, cuando Europa había sufrido una intensísima crisis de supervivencia, abocada a una II Guerra Mundial que le hizo perder su primacía política, militar y cultural en el mundo. Las ideas falangistas eran vistas por gran parte de la sociedad como algo anacrónico, ritual, estancado. Un chiste de la época lo expresaba de modo pintoresco. “¿Sabes por qué han propuesto a Franco para el Premio Nobel de Física? Porque ha demostrado la inmovilidad del Movimiento


En aquellas circunstancias, el régimen no podía sobrevivir largo tiempo, y estaba expuesto incluso a un derrumbe catastrófico. No fue así porque sobrevivieron dos elementos clave: el avance económico, que frenaba en gran medida las demagogias comunistas y, en general, antifranquistas; y el prestigio de Franco.


Los enormes ataques, calumnias y distorsiones sufridos por la memoria de Franco desde la transición, hacen difícil entender a la gente de ahora el respeto de que gozó hasta el final, pese al abandono de la Iglesia y de la mayor parte de las propias familias. La misma intensidad de ese antifranquismo post mortem indica ese prestigio. 


El respeto a Franco era, por paradoja, especialmente fuerte en la oposición, comunista o de cualquier tipo: nadie creía seriamente poder derrocarlo, y todos los movimientos en marcha trataban de prepararse para después de su muerte, cuando el régimen, anquilosado y sin futuro, tendría necesariamente que democratizarse.

 Carrillo, el héroe de Paracuellos, decía que le encantaría firmar la sentencia de muerte a Franco, pero desde luego era el primero en juzgarlo imposible. Y, bueno, algunos creíamos posible derrocarle por entonces, y causamos daños muy considerables poco antes y al principio de la transición; pero éramos cuatro gatos aislado incluso del resto de la oposición, que hasta el final temblaba ante la posibilidad de una involución.

De modo casi instintivo, el pueblo se decantó por el cambio a la democracia “de la ley a la ley”, frente a los locos y demagogos de la Junta y la Plataforma “democráticas” (conjunto de comunistas, marxistas, terroristas, maoístas socialdemócratas y sinvergüenzas varios) que no habían aprendido nada de la historia y querían enlazar con un Frente Popular realmente criminal. De la ley a la ley significaba desde el franquismo y no contra el franquismo, de la legitimidad franquista a la democrática.


Bastante gente, desde Blas Piñar a Julián Marías, percibió el peligro de una deriva que volviera a traer los tiempos caóticos y separatismos de la república, pero muchos de quienes veían el peligro fueron incapaces de entender el mensaje popular. Las críticas falangistas y otras a la democracia carecían de sustancia histórica y teórica, y ayudaron a la demagogia, que empezó muy pronto, según la cual democracia y antifranquismo venían a ser sinónimos. Pocas cosas han hecho más daño.


Con su infantil ataque a la democracia (debían de creer en la posibilidad de continuar el franquismo), utilizando retórica antigua, la llamada extrema derecha favorecía la demagogia de un antifranquismo que no solo no había sido nunca democrático, sino que había sido la mayor amenaza a las libertades y seguiría siéndolo. 

Por otra parte, la transición, salida de la entraña del franquismo, cayó enseguida, después de Fernández Miranda, en manos de frívolos e indocumentados como Suárez, el rey y otros parecidos. Estos no tuvieron inconveniente en entregar la bandera de la democracia a la oposición, volviéndose poco a poco casi igual de antifranquistas. Y es que para ellos, “la economía lo era todo”, y dado que la situación económica heredada era tan buena, a pesar de una crisis que se esperaba pasajera, no había que preocuparse por “nimiedades” ideológicas.

La retórica al uso dice que en la transición se reconciliaron los españoles. Nada podría ser más falso. Los españoles, muy mayoritariamente, se reconciliaron en los años cuarenta sobre la base de la derrota de totalitarios y separatistas y la abstención en la guerra mundial, que hizo de España un país privilegiado en Europa. Aquellas hazañas están simbolizadas en el magnífico Valle de los Caídos. 


Quienes se reconciliaron en la transición fueron los políticos. Y lo hicieron sobre bases falsas. Y hoy todos son comparten las mismas ideas “democráticas”: “memoria histórica”, LGTBI, rescate y recompensa a la ETA, entrega de soberanía a Bruselas, multiculturalismo, engorde de Gibraltar, cipayización del ejército y tantas cosas “democráticas” más. Aquí todos son demócratas: ETA, PP, Podemos, separatistas vascos y catalanes, separatistas gallegos y canarios, andaluces de Blas Infante, PSOE, C´s… 

El concepto “democracia” se ha transformado en una palabra mágica que cada cual usa e interpreta –si se molesta en hacer el esfuerzo de interpretarla– como mejor le parezca. He esbozado un nuevo enfoque del asunto en La Guerra Civil y los problemas de la democracia en España, esfuerzo vano, al menos por el momento. Es precisa una reelaboración política que vaya más allá de reacciones sueltas ante los abusos más evidentes.

Uno debe preguntarse por qué, pese a todo, esos demócratas han tardado tanto en crear crisis tan graves como la actual. Creo que la respuesta está en la herencia de Franco. Ha costado mucho iría socavándola, ir rompiendo su inercia, como la de una nación ya muy antigua y consolidada. Pero estamos llegando a un punto crucial. Conviene darse cuenta de ello a tiempo.