02 agosto 2018

El colapso

Hermann Tertsch
ABC


Cuando las autoridades violan las leyes, la sociedad considera rota toda regla.

Los taxistas consideran que ellos y nadie más que ellos deben decidir cuánta competencia tienen en el sector del transporte en alquiler de coche con conductor. 

Como son muchos y se les tiene miedo, los políticos les dieron la razón en un principio. Y ahora nadie tiene coraje para decirles que lo que pretenden no puede ser. Ellos han decidido que ahora todo es posible. Y quieren aprovechar el momento actual en España, que ha extendido la convicción generalizada de que vivimos un momento extraordinario en el que las leyes, la razón, las formas y modos, las costumbres y el sentido común han quedado eclipsados o suspendidos por el tumulto político. 

Es general la impresión de que todo es posible porque ya no hay frenos, ni límites ni anclajes, ni reglas ni hay leyes que lo impidan. Solo hay que plantearlo con la suficiente osadía, la correspondiente voluntad de transgresión y la necesaria falta de escrúpulos y violencia.

Esto antes se llamaba un periodo prerrevolucionario. Lo es. En esta situación el jefe del Gobierno se va tres semanas de vacaciones cuando apenas lleva ocho en el cargo. Se nota que ha estado en su vida más tiempo en el paro que con empleo el señor Pedro Sánchez. Si no, sabría que esas vacaciones, en sus circunstancias, son una falta de respeto. Más o menos como irse de parranda playera en avión de las Fuerzas Armadas el mismo día en que el jefe de la UCO de la Guardia Civil firma la paralización de todas las operaciones por falta de fondos. 

Lo cierto es que se ha instalado en España un ambiente de perfecta anomalía desde que Mariano Rajoy entregó -sepa Judas por qué- el poder a un siniestro Frente Popular en vez de forzar elecciones. Desde entonces todo es posible. Y las leyes ya apenas sirven como referencia de lo que se está violando. Unos 700 jóvenes africanos pueden atacar a la Guardia Civil, herir a 22 agentes, violar la frontera española «con la ayuda de Alá» y después ser agasajados por Televisión Española. 

Y por unos ministros pendientes del estado de los agresores y absolutamente indiferentes ante la suerte de unos agentes agredidos a los que nadie del Gobierno fue a visitar. También Sánchez dijo que los asaltantes merecían un respeto. Se le olvidó decir si la Guardia Civil también.

Lo dicho, todos saben lo que hay, un inmenso agujero de poder, y quieren aprovecharlo para lo suyo. Los golpistas catalanes saben lo débil e incapaz que es el Gobierno de Pedro y sus ninfas, ese extraño contubernio de zafiedad personal, resentimiento social, incompetencia y empacho ideológico paleomarxista. 

Por eso advierte Puigdemont a Sánchez que prepare las trampas inconstitucionales para un referéndum que es traición o sepa que su tiempo se acaba. 

Por eso el PNV consigue un cheque en blanco con la retirada del recurso de inconstitucionalidad para su fantasmal ley de acoso a la Policía y Guardia Civil. Por eso los repartidores de prensa llevan quince días de violentísima huelga. 

Por eso el portavoz de los taxistas en Barcelona amenaza con maneras de chantajista para exigir que Gobierno y sociedad se humillen y cumplan todos sus deseos. O asuman que se hará todo el daño posible al mayor número posible de ciudadanos. 

Cuando el Gobierno está aliado a prófugos y delincuentes golpistas, los ayuntamientos llaman a violar las leyes por sistema y las televisiones justifican los delito, unos terroristas apoyados por un socio del Gobierno pueden perseguir a cara descubierta en un restaurante a un juez del Supremo para agredirle. Y no pasa nada. Hasta que pase de todo.