01 diciembre 2021

Adviento: un tiempo para afinar el oído

Editorial


Se nos invita a no dejarnos deslumbrar por luces pasajeras, a reducir el ritmo y a afrontar la Navidad en su sentido verdadero.

De Vigo a Madrid, pasando por cualquier pueblo o ciudad, las calles españolas se han llenado de luces de colores y de adornos. 

La programación televisiva incluye ya numerosas películas con papanoeles, parejas con jerséis rojos y verdes, y finales almibarados. 

Y las tiendas nos bombardean con ofertas al calor del importado Black Friday, confiando en animar el consumo en estas fechas y en despejar las nubes que todavía persisten por la pandemia. 

A los cristianos se nos invita a no dejarnos deslumbrar por luces pasajeras y a ser sobrios, a reducir el ritmo en esta vorágine, a afinar el oído en medio del ruido y, en definitiva, a afrontar la Navidad en su sentido verdadero.

Aunque no ocupe grandes titulares y muchos no reparen en ello, este domingo, 28 de noviembre, arranca el Adviento y, con él, el año litúrgico con el que la Iglesia celebra los acontecimientos clave de la vida de Jesús y de la historia de la salvación e «ilumina el camino de nuestra existencia», «nos sostiene en las ocupaciones» diarias y «nos orienta hacia el encuentro final con Cristo» –en palabras del Papa–. 

Estos primeros compases, como también subrayó Francisco en su cuenta de Twitterhace un año, son una ocasión para «acoger al Señor que viene a nuestro encuentro», «verificar nuestro deseo de Dios», «mirar hacia adelante» y «prepararnos para el regreso de Cristo».

Tenemos por delante cuatro semanas de espera, de una espera confiada, durante las que recordar que el Señor nos acompaña, que se hace presente en nuestra vida y en nuestro tiempo, y que no podemos dejarnos llevar por el pesimismo por muchas dudas e incertidumbres que aparezcan en el horizonte. 

Son cuatro semanas en las que abrir el corazón y prepararlo para un verdadero encuentro con el Señor que nos lleve a un encuentro con los demás. Él es la verdadera Luz. Y esta es una historia que merece ser vivida y contada, sin descuentos ni regateos.

Al servicio del Gobierno

Jesús Cacho


Revueltas bajan las aguas del Ibex, ese ramillete de grandes empresas a las que el Gobierno Sánchez decidió el martes gratificar con la extensión, durante un año más, del paraguas anti-Opa que les protege de operaciones hostiles por parte de esos grandes fondos de capital riesgo a la caza y captura de empresas cuya foto en Bolsa resulte poco favorecedora.

Dice la ministra de Economía, la inefable Calviño, que la decisión de prolongar ese escudo anti-Opa "estaba sobre la mesa" desde hacía semanas o meses, lo que no deja de ser una más de las mentiras con las que este Ejecutivo albarda la tapia de nuestra paciencia, porque la tal decisión no figuraba, según diversas fuentes, en el orden del día del Consejo de Ministros del martes y fue introducida a toda velocidad el lunes 22, nada más conocerse la noticia de que el fondo KKR acababa de lanzar una OPA por importe de 10.800 millones sobre Telecom Italia. Curioso: la italiana ha mantenido siempre buenas relaciones con Telefónica, y KKR es un private equity también cercano a la operadora con sede en el madrileño Distrito C.

La nueva provocó algo parecido a un shock en el despacho de José María Álvarez-Pallete, primer ejecutivo de Telefónica, esa gran compañía cuya obligación, en palabras de Javier de Paz, miembro del Consejo y go-between entre la operadora y Moncloa, es "estar al servicio del Gobierno". 

De modo que el Ejecutivo se dio prisa en extender el manto anti-OPA en previsión de que el mismo KKR o cualquier otro de los buitres sobrados de liquidez que desde lo alto del roquedal otean el páramo bursátil en busca de bicocas, repitiera el golpe sobre Telefónica, la mayor ganga que ahora mismo se pasea por el parqué, con la acción, que en su mejor momento llegó a valer 30 euros, cotizando el viernes por debajo de los 4, y con una capitalización bursátil, que en sus días de gloria alcanzó los 100.000 millones, estancada en poco más de 22.000. 

Como era de prever, por el Madrid canalla se extendió como la pólvora la especie de que el escudo anti-Opas era "un traje a la medida" de Telefónica, insinuación no del todo cierta en tanto en cuanto parece también llamada a proteger a otros ilustres nombres de un Ibex en horas bajas, fiel reflejo de la pérdida de tamaño y pujanza de un país que ha empequeñecido, se ha venido abajo como un azucarillo derretido por el calor de la crisis.

La sensación en el Madrid empresarial es que, a cambio de ese papel de soporte que juega Telefónica, el Ejecutivo echa su cuarto a espadas y se apresura a proteger a la operadora de eventuales buitres dispuestos a caer sobre ella. De ese escudo anti-OPA, con todo, no se beneficia en exclusiva Telefónica. 

También, sin ir más lejos, la propia Prisa, en cuyo accionariado figura el grupo francés Vivendi (9,93%), propiedad del multimillonario conservador galo Vincent Bolloré. El paraguas citado es una advertencia en toda regla de Sánchez a los franceses, dispuestos a llegar hasta el 30% (comunicación a la CNMV del 25 de octubre pasado): "En Prisa entrará quien yo quiera que entre y nadie más". 

Proteger a Telefónica, a Prisa, y hacer lo propio con el Santander, el banco a quien Telefónica ha desplazado como prima ballerina en Prisa, que el viernes cerró a 2,78 euros la acción, dirigido por una mujer que oficia como activista del "movimiento woke" (ya saben, la homosexualidad, el feminismo, la raza y lo trans, más el cambio climático) o el insólito caso de una banquera convertida en propagandista de "la nueva religión de la justicia social, con una clara subestructura marxista en todas sus partes" (Douglas Murray, La masa enfurecida)

Telefónica, Prisa, Santander y también BBVA, con la acción por debajo de los 5 euros, apenas 32.000 millones de capitalización y un Carlos Torres del que nadie sabe con certidumbre cuánto tiempo durará como presidente ejecutivo en la sede de Las Tablas.

Nadie con un papel tan incómodo como el de Pallete, paradójicamente el presidente mejor preparado técnica y profesionalmente, seguramente el de mayor visión estratégica de los que han desfilado por la operadora. "La casa está hoy bastante más tranquila que años atrás, aunque es justo reconocer que todo lo que podía salir mal ha salido. La decisión del Gobierno nos ha perjudicado en el corto plazo, porque la acción se había puesto a 4,22 tras lo de Telecom Italia y eso nos hizo perder lo ganado. Me preocupa lo justo: somos más grandes, estamos más saneados y hemos adoptado los cambios estratégicos que aquí podría introducir cualquier venture capital recién llegado. ¿Si hoy soy más optimista que hace cinco años? Rotundamente sí. Esta es una compañía puntera, con la mejor red de fibra de la Unión y una capa de inteligencia artificial sobre la misma sin parangón. Padecemos, como todo el sector, la ausencia de un gran proyecto industrial en la UE, pero esta es una Telefónica distinta a la que conocimos. También lo es su Consejo, la mitad del cual se ha renovado con profesionales independientes. Ninguno es amigo mío y los debates en su seno así lo reflejan. Inevitablemente, también el mercado terminará reflejándolo algún día en el precio de la acción".

Un Pallete obligado a recuperar autonomía, a ganar altura sobre la melé política patria y a escapar de la mordedura de la serpiente marcando distancias con los "prisauros" que lo han utilizado para medrar, y hacer lo propio con un Javier de Paz hoy dedicado en exclusiva a pastorear las relaciones institucionales de la operadora con Moncloa y que, estratégicamente posicionado entre Zapatero y Sánchez, ha aprovechado la coyuntura para blindarse en un Consejo que le permite ganarse muy bien la vida. 

Y seguramente a poner cierto orden dentro de la casa, acabar con las agendas personales que algunos manejan dentro. ¿La cuadratura del círculo para un Pallete que tiene muy difícil zafarse del cerco Prisa, con una participación (9,44%) convertida, además, en bisagra? Muchos son los peligros que le acechan, muy potente el cerco que pretende echarlo a la cuneta y grandes las apetencias que despierta una presidencia como la de Telefónica entre los cazadores de gangas de este país venido a menos pero plagado de reptiles en espera de su hora. Todos ahora a la sombra de Sánchez.

A cambio de protección (que, por otro lado, cualquier Gobierno consciente de su papel otorgaría), Sánchez espera que el Ibex siga acudiendo en bloque a la llamada a filas en todo tipo de actos y saraos donde el bandolero que nos preside, nuestro apuesto Príncipe de la Infamia, necesite presumir de la aplastante superioridad del BOE sobre el poder aleatorio y vicario del dinero. 

Un Ibex que se ha ido empequeñeciendo conforme se achicaba el prestigio y el papel de España en el exterior. De aquel Ibex que hace 20 años se hizo multinacional desembarcando en Europa y sobre todo en América, apenas queda rastro. Hay que ponerse "a la capa" del Gobierno, de este o del que venga, porque soplan vientos de fronda. 

El pequeño accionista protesta, y con razón: "Los grandes ya son fondos extranjeros, fondos pasivos que levantan el vuelo si no les gusta lo que ven, pero que no entran a destituir a unos gestores que se comportan como auténticos dueños de las sociedades, cobrando sueldos estratosféricos, sin tener un euro invertido en ellas y con el apoyo de consejeros 'independientes' elegidos por ellos mismos. El único límite a su poder es la amenaza de una OPA", se preguntaba esta semana un forero en un medio de internet. 

"¿Por qué tengo que financiar con mis impuestos que el Estado proteja a empresas que no saben competir y a directivos qué no saben hacer esas empresas competitivas? ¿Por qué como pequeño accionista de Telefónica no puedo desinvertir mitigando mis perdidas al calor de una OPA?".

Los grandes capos de entonces han sido sustituidos por una nueva generación que no estaba, no está, madura, y nadie sabe si con ella se podrá elaborar un vino digno de ser trasegado o se quedará en sempiterno agraz. Quedan algunos grandes de la vieja generación, gente -los Amancio o los Roig- que siempre se ha negado a pisar moqueta madrileña, y algún extravagante "outsider", tipo Sánchez Galán, que ha sido capaz de hacer de Iberdrola una gran multinacional, algo que le permite "pasar" de las presiones de quien en Madrid maneja la tarifa

El resto es un mundo pequeño en un país pequeño, un país que ha perdido brillo, se ha jibarizado. Un país, supremo ejemplo de miniatura, cuyas esperanzas están puestas en la llegada de unos dineros que no acaban de llegar y con los que los sinvergüenzas de siempre esperan hacerse ricos a sotavento de las necesidades del país y de su modelo económico. El objetivo de casi todos es durar, la regla de oro, mantenerse apalancado al sillón, empezando por el desvergonzado que nos gobierna. Una historia triste. Todos al servicio del Gobierno.

El sorprendente antifranquismo de la izquierda

Amando de Miguel


Manifestación por la "memoria histórica" en Sevilla | EFE 

El antifranquismo hodierno y traspapelado se concreta en la "ley de memoria histórica" de Zapatero, luego, reconsiderada, para mayor inri, como "ley de memoria democrática".

Es claro que, a la izquierda española, en sus distintas versiones, se le acaban las ideas. La cosa es grave, porque, en una política sana, se necesitan vigorosos partidos a la izquierda y a la derecha.

La izquierda española actual se encuentra hora de conceptos; sus pensadores clásicos ya no sirven para entender el mundo actual. Nuestros gobernantes y gobernantas deberían haber estudiado un poco más. Así, que la salida de pata de banco es desarrollar una sistemática campaña de acoso al franquismo, eludiendo el detalle de que Franco murió hace cuarenta y tantos años. No importa, "a moro muerto, gran lanzada", se dice para expresar el aparente valor del guerrero acabado.

No es fácil explicar este contrasentido del artificioso antifranquismo de la izquierda española actual. Puede que responda a las trazas de autoritarismo, tan características del Gobierno socialista-comunista-separatista. Se hallan muy lejos de sus iniciales aspiraciones socialdemócratas, más verbales que otra cosa. En el fondo, muy subrepticiamente, los socialistas actuales quisieran lavar la culpa colectiva de que sus antecesores, en tiempos de Franco, no fueran los adalides de la oposición. Sin ir más lejos, como símbolo, Felipe González no pasó por la cárcel.

El antifranquismo hodierno y traspapelado se concreta en la "ley de memoria histórica" de Zapatero, luego, reconsiderada, para mayor inri, como "ley de memoria democrática". Parece una ilustración caricaturesca de la novela crítica de Orwell en 1984. Consiste en el denodado esfuerzo por borrar de la historia los 40 años de Franco y su régimen. Se arrumban estatuas y monumentos, se alteran los nombres de las calles, se intenta que los españoles se olviden de cuatro décadas de su historia reciente. En el fondo, se trata de reescribir la historia "como si" el franquismo no hubiera existido, incluidos, los últimos lustros de desarrollo económico. Es más, ese caprichoso empeño totalitario lleva a exaltar la II República con el oculto deseo de restaurarla, es de suponer, que sin sus sonoros fracasos.

Lo malo de este desvarío intelectual del prepóstero antifranquismo es que significa el exterminio de la Transición democrática. En cuyo caso, se fomenta (otra vez, ¡Dios mío!) la dialéctica de la guerra civil de 1936. Que no la ganó Franco, sino que la perdió la República, con los socialistas, comunistas y separatistas al frente. No puede ser más desgraciado un empeño de tal guisa.

Lo peor es que el nuevo antifranquismo se ve acompañado de una verdadera hecatombe económica, para la cual el Gobierno socialista-comunista-separatista carece de recetas. El último Gobierno de la Transición fenece en medio de un clima de protestas inéditas de distintos conjuntos profesionales, desde los policías a los trabajadores industriales y los agricultores. La justificación de tales desasosiegos es el inesperado aumento de las tasas anuales de inflación más la subida de los impuestos de toda índole. 

Se sigue suponiendo que el aumento de los precios va a ser del 2% anual, cuando la realidad triplica ese cálculo y la brecha se seguirá ampliando. Por tanto, no salen las cuentas de las previsiones oficiales. Tampoco cuadran las cifras declaras del desempleo. Aunque, retocadas, superan a las de la mayor parte de los países europeos. Es decir, hay una proporción desusada de empleados insatisfechos con las condiciones de su trabajo, especialmente, los jóvenes. 

Lo malo es que, también, se encuentran descontentos los empleadores, pues necesitarían personas más calificadas y con mayor espíritu de esfuerzo.

Puestos a rememorar los tiempos anteriores al franquismo y la guerra civil, no debe olvidarse el fracaso de la República. El cual se debió, en primera instancia, a que los gobernantes de entonces no se percataron de la crisis económica, que se les había venido encima. 

Claro, que, entonces, había poquísimos políticos y altos funcionarios con formación económica. En cambio, ahora, por primera vez en la historia, nuestro amado presidente del Gobierno es doctor en Economía. Es una esperanza.

Gases venenosos

P. Santiago Martín FM


A finales de los años 80, el filósofo judío de origen polaco Zygmunt Bauman empezó a desarrollar la tesis de que la sociedad actual había dejado de ser sólida para convertirse en líquida, debido a los cambios tan frecuentes que ocurrían en su interior y que exigían una adaptación continua. 

Si eso escribía Bauman hace 30 años, hoy su pensamiento se ha quedado anticuado y ya no es una sociedad líquida y fluctuante, sino una sociedad gaseosa, sin punto alguno de apoyo. Así lo ha reconocido el Papa en la audiencia de este miércoles. Estamos permanentemente en el aire. Además, los gases pueden ser buenos (el aire que respiramos, cuando no está contaminado, lo es), pero pueden ser venenosos. El de la actual sociedad -incluida una parte de la Iglesia-, lo es.

Por ejemplo, un adolescente norteamericano ha sido expulsado de su colegio por haberse atrevido a decirle a un compañero, en una conversación en el autobús escolar, que él creía que sólo era matrimonio la unión de un hombre y una mujer. Fue denunciado por opinar así, en una charla en un autobús, y finalmente fue expulsado. Esta sociedad que dice de sí misma que es muy tolerante, no acepta de ningún modo que alguien pueda discrepar de los nuevos dogmas que se ha dado a sí misma.

Otro ejemplo, que raya en lo ridículo. En Alemania, el presidente de la Academia de la Lengua Alemana -el equivalente a la Real Academia de la Lengua Española- ha sido también expulsado, pero en esta ocasión de la Iglesia católica. Ante los cambios introducidos por los obispos en la liturgia para adaptarse a las exigencias del colectivo LGBT, el mayor experto lingüista alemán, en función de su competencia, ha dicho que no eran correctos desde el punto de vista técnico. 

Sólo por eso, le han dicho que no puede pagar el impuesto religioso, lo cual equivale a declararle automáticamente apóstata en contra de su voluntad. Cuando la víctima ha pedido que se le permita pagarlo en otra diócesis para poder seguir siendo católico, le han contestado que no. A ese punto de esperpento hemos llegado.

Más ejemplos, a la escritora J.K.Rowling, autora de los libros de Harry Potter, no se le ha permitido asistir al acto conmemorativo del 20 aniversario del estreno de la primera película de la saga, por haberse atrevido a decir que era la biología y no el deseo de cada uno lo que determinaba si se era hombre o mujer. 

Aunque no es de extrañar, si se tiene en cuenta que Shakespeare también está bajo la lupa de los censores porque le acusan de ser machista y racista. Es lo que se conoce con el nombre de “cancel cultur”, que como aquellos censores del siglo XVII que pintaban pudorosos velos sobre los desnudos de Miguel Ángel, van ahora suprimiendo cualquier rastro de argumento políticamente incorrecto, provenga de donde provenga.

Menos mal que en algunos sitios aún queda algo de cordura. Por ejemplo, en Francia había sido denunciado el editor de una revista católica por incluir un texto recordando cuál es la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio. El tribunal le ha absuelto recordando que aún no es un delito pensar que el matrimonio es la unión de un hombre y de una mujer. 

O en Colombia, donde la Corte Constitucional ha tenido que intervenir contra el dictamen de un tribunal que había prohibido un vídeo de una youtuber en el que se decía que Dios creó al hombre y a la mujer para estar el uno con el otro, aunque en este caso la sentencia se haya basado más en argumentos de procedimiento que en el amparo a la libertad de expresión.

Recuerdo cuando, hace tan solo unos años, se nos acusaba a los católicos de intolerantes porque estábamos en contra del aborto, por ejemplo, y se nos decía: si no quiere usted hacerlo no lo haga, pero permita a los demás que lo hagan si quieren. 

Ahora, esos que nos llamaban intolerantes porque defendíamos la vida del inocente, no nos dejan ni opinar y quieren echar a la hoguera de sus vanidades incluso a Shakespeare, y con él a todos los que se atrevan a expresar una opinión diferente de la suya. Una sociedad donde la libertad de expresión es perseguida se ha convertido realmente en una sociedad gaseosa, pero de gases venenosos.


Columna para no dormir

Carlos Esteban

Ahora que estás solo y nadie te oye: ¿no tienes a veces una ligerísima sospecha de que nos están tomando el pelo?

No respondas en alto, no me respondas. Yo no soy nadie y no voy a oírte. 

Esta es una pregunta para cuando has apagado la luz y vas a dormirte, nada que tengas que refutar o defender en la arena pública o con tus amigos.

No hablo de ninguna teoría de la conspiración; ni siquiera de ninguna teoría, de ningún relato que explique lo que pasa. Solo la duda, la perplejidad.

Siempre te has tenido por un ciudadano sensato, y has hecho caso a los mensajes de arriba, como casi todo el mundo. 

Bien. Pero cada vez es más difícil seguirlos, con sus vueltas y revueltas, con lo que tienes que creer hoy, tan contrario a lo que había que creer ayer y, sospechas, de lo que podrían decir mañana.

Algo no cuadra. ¿No?

Y ahora, alergia a la Navidad

Luís Ventoso


Ositos blancos en lugar de belenes y la palabra «fiestas» en vez de Navidades, el «progresismo» no soporta lo trascendente, salvo si no es cristiano.

La Navidad no va de ponerse morado con la familia en cuatro banquetes y discutir un poco con el cuñado una vez que todos estamos pertinentemente achispados. 

La Navidad no va de renos, ni de jerséis rojos de colorines de estética anglosajona, ni de bucólicas escenas alpinas, con nieve y abetos escandinavos. 

La Navidad no va de pegarse un atracón consumista dejando las tarjetas tiritando, ni de distraer el resacón del día 1 viendo el concierto de Navidad de Viena (o lo que es peor: los saltos de esquí que suelen emitir ese día en bucle en algunas televisiones). 

La Navidad no va de felicitarse «las fiestas», ver pelis navideñas relamidas de Hollywood o debatir el manido pedrochismo campanero y su facilona aversión textil. 

La Navidad no va tampoco de la Lotería del Niño y los discursos institucionales de los gobernantes (a los que se han sumado un rosario de ridículas alocuciones de Estado –o de estadillo– de los inefables presidentes autonómicos).


Entonces, ¿de qué va la Navidad? Pues huelga la pregunta, porque la respuesta es obvia: va de conmemorar el nacimiento de Jesucristo. Ahí comienza y acaba todo su sentido e importancia. Lo demás es folclore.

Pero esa evocación de Dios y del origen del cristianismo desagrada al «progresismo», porque entre sus principios medulares figura cepillarse lo trascedente para propugnar una autonomía absoluta del individuo. Se trata de una liberación falsaria, que a la postre no es tal, pues paradójicamente la izquierda delega la tarea libertadora en papá Estado, que acaba sometiendo bajo su batuta al individuo al que supuestamente está liberando (y disculpen el trabalenguas digresivo pero creo que nos entendemos).

La ola antinavideña ha ido creciendo año a año. En la penosa etapa en que el populismo podemita gobernó algunas capitales españolas, las luces de Navidad eran tan psicodélicas que podían haber servido para una bolingón rave con el DJ David Jeta (y disculpen mi mala memoria, igual es Guetta). Las cabalgatas de Reyes perdieron también su significación cristiana. Con Manuela Carmena parecían desfiles de La Guerra de las Galaxias de gira por Chueca. 

En el servicio de música por streaming del que soy suscriptor, y con el que estaba encantado, me he encontrado que en la zona donde agrupan los discos de Navidad la progresista compañía de la manzana ha omitido dicha palabra para poner en su lugar «Holiday», vacación, no vaya a ser que algún cliente se moleste con tanto cristianismo.

Dentro de esta ola de idiocia, que olvida que toda nuestra civilización occidental reposa sobre dos pilares (el cristianismo y el derecho romano), la comisaria de Igualdad de la Comisión Europea, la socialista maltesa Helena Dalli, ha sido sorprendida enviando una circular interna donde pedía a los funcionarios comunitarios que no hablasen de Navidad, sino de «periodo de vacaciones», pues lo navideño podía resultar «estresante» para personas de credos diferentes. Afortunadamente la UE frenó el dislate. Pero solo tras ser destapado por el Corriere della Sera.

Sánchez no felicitará la Navidad, solo hablará de «las fiestas». Pocos serán los mandatarios autonómicos que en sus rimbombantes alocuciones osen a mostrar al fondo algún símbolo navideño nítidamente cristiano. Renos y bolas doradas. Cursiladas eufemísticas para escapar de la buena nueva que dio a la humanidad la mayor y única de sus esperanzas. El «progresismo» no soporta lo trascendente. Salvo si es musulmán, budista, hinduista... Entonces, todos encantados.


30 noviembre 2021

La vigencia del franquismo

Tom Burns Marañón


El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Alberto Ortega Europa Press 

La conducta política de Pedro Sánchez no es tan ajena a la de quien desenterró en un morboso ejercicio propagandístico. La mejora de la calidad democrática es imposible mientras siga vigente tanta cultura política franquista.

Las enmiendas que han presentado los socios y los aliados del Gobierno a su funesta Ley de Memoria Histórica no es más que la última ignominiosa manifestación de la ideología totalitaria que desordena el pensamiento y lo turba todo. Si se quiere retrospectivamente abrir la veda a la revisión del pasado se puede también meter el dedo en la llaga contemporánea que desde hace tiempo lesiona el cuerpo de la España constitucional.

Se trata de la herida que el actual Gobierno socialcomunista ha disparatadamente abierto en canal con su premeditado desprecio de la historia, porque eso es precisamente en lo que consiste legislar su memoria y ponerle calificativos. Al hurgar en la lesión se puede palpar lo que pocos están dispuestos a reconocer porque es políticamente incorrecto en grado máximo.

El diagnóstico más perturbador que se puede extraer de tal exploración es que sobreviven muchas malas prácticas que estuvieron vigentes durante el régimen que construyó el dictador, el aniversario de cuya muerte hace cuarenta y seis años se cumple mañana. La conducta política de Pedro Sánchez no es tan ajena a la de quien desenterró en un morboso ejercicio propagandístico.

Se denomina Frankenstein al Ejecutivo que preside Sánchez y el apodo, como se sabe, se debe a Alfredo Pérez Rubalcaba, el anterior secretario general del Partido Socialista que dirige el actual presidente del Gobierno. De vivir, es posible que el siempre ingenioso Pérez Rubalcaba asentiría hoy que el apelativo más preciso, más exacto, de la coalición gobernante sería el de franquista. 

No cabe imaginarse una agrupación más iliberal ejerciendo el poder sobre lo que formalmente es una sociedad plural que, al año de extinguirse biológicamente la dictadura, abrazó la concordia como conducta y la Monarquía parlamentaria como forma de estado.

Al igual que Franco jugó con combinaciones de democristianos que estaban cómodos con el nacional catolicismo, de tecnócratas del Opus Dei, de falangistas que soñaban con la "revolución pendiente", y de tradicionalistas y nostálgicos de la España Imperial, una, grande y libre, Sánchez reparte el juego entre socialdemócratas a la defensiva y ligeros de criterios, entre izquierdistas descerebrados que fantasean con la ingeniería social de un mundo feliz, y entre entusiastas de muy particulares, trasnochadas y excluyentes esencias nativistas. Y, por descontado, en ambos banquillos hubo y siguen habiendo trepas muy leales a la autoridad que más calienta. De estos hay todos los que se quiera y siempre los ha habido.

Franco contó con la mitad y pico de españoles que secundaron su golpe militar contra una República que se despeñaba como consecuencia de su disfuncionalidad. Y Sánchez cuenta con la mitad y pico de diputados que en un Parlamento irremediablemente atascado apoyaron su moción de censura contra un Gobierno completamente desacreditado y sin solución de continuidad. Franco consideraba que sus nada representativas Cortes no pasaban de ser una claque y Sánchez corre el riesgo de pensar que su mayoría parlamentaria también lo es.

El dictador estableció un régimen que reunió a los victoriosos del fratricidio. Gobernó con ellos y para ellos. El breve experimento democrático fue demonizado como el culpable de una España rota y de un millón de muertos. Y de la misma manera la política de Sánchez está enraizada en los principios y en los valores del intervalo republicano que ensalzan sus socios y sus aliados. Su prioridad es escucharles y compensarles, porque de ellos depende su poder. Se ha dado la vuelta a la tortilla y del centralismo represor del bando vencedor se ha virado hacia la balcanización del vencido.

Salvadas todas la distancias que hay entre una dictadura convicta y confesa y un Gobierno legítimamente democrático, lo que tienen en común ambos antagónicos sistemas políticos es la persistente aplicación de la estrategia del enfrentamiento y de la polarización. Es la eterna historia de las dos rencorosas Españas que hiela corazones. Ellos los malos. Nosotros los buenos.

Si aquellos fueron devotos de Frascuelo y de María, folclóricos de cerrojo asfixiante y confesionales a machamartillo que secuestraron los símbolos patrios, el sanchismo es militantemente laico, absurdamente relativista y adicto hasta decir basta a los preceptos cool del posmodernismo. La meta de su contundente progresismo puede ser la república confederal.

La percepción de la amenaza y la divulgación revanchista del odio para rebatirla se impone de arriba abajo a través de la instrucción pública. Hoy en las escuelas se adoctrina contra los "fachas" como antes se hacía contra los "rojos". Ser conservador no es, como saben los conservadores, preferir lo familiar a lo desconocido, lo ensayado a lo que no lo ha sido y lo conveniente y apropiado a lo perfecto. El conservador es un ser despreciable, un elitista, un opresor, un supremacista y un machista cuando no un desviado sexual.

En la España de hoy la derecha podrá disimular, pero los voceros oficialistas instan que no hay que dejarse engañar. La derecha en España es siempre la codiciosa extrema derecha, el dóberman que se disfraza de cordero. De parecido modo, para el franquismo los demócratas no dejaron nunca de ser los tontos útiles del judeomarxismo, enfrascados en contubernios y, por añadidura, masones.

Se moldea una sociedad de una manera o de otra cuando una incuestionada jerarquía establece qué se ha de pensar, lo que está permitido decir y cómo se debe actuar. El orden sobrepuesto va, lógicamente, de arriba abajo y asegura que el que se mueve, como mínimo, no sale en la foto. Esta constatación que se extrae de la exploración de la llaga en el cuerpo político es importante. La política española de hoy, al igual que la del franquismo, emana del mando único y el requerimiento es siempre el de la unidad. No hay debate y la disensión, hoy como entonces, equivale a la deslealtad. Quienes se niegan a remar en el barco de la progresista coalición gobernante traicionan el bien común.

Lo que no hay es una sociedad civil que confiadamente asume la responsabilidad de fortalecer la democracia. No hubo lugar en el ordenamiento político de entonces para una ciudadanía empeñada en fiscalizar la actuación del Gobierno y con posibilidades de controlarla y limitarla. Tampoco cabe en el de hoy.

Se suceden en el mando los enemigos de la sociedad abierta y, a fuerza de longevidad, la democracia orgánica de la dictadura y la de los aparatos partidistas de la Monarquía parlamentaria han conseguido desmovilizar la colectividad. Lo que hay es una mansa manada de ciudadanos que busca el amparo del Estado benefactor. Ya no se puede contar con las remesas de emigrantes para proveer la beneficencia, pero el sanchismo puede acudir directamente a las subvenciones de Bruselas. Libertad, ¿para qué?

Lo público y lo privado

Un elemento llamativo en este ejercicio comparativo se centra en el debate entre lo público y lo privado. El franquismo se levantó sobre los cimientos del corporativismo y los poderes del régimen edificaron una fachada de bienestar. Lo "social" ocupaba un espacio relevante en el discurso de la dictadura. A veces era un párrafo preñado de cinismo, a veces no lo era y, eso sí, en ambos casos estuvo siempre envuelto por el paternalismo. 

Quienes en la izquierda actual no cesan de enaltecer las bondades de lo "público" deberían saber que las mismas alabanzas estuvieron siempre en boca de los propagandistas del régimen. El franquismo desconfiaba del sector privado y lo regulaba con ahínco. Y nunca mostró interés por incentivar el emprendimiento individual. Eso no se estilaba entonces ni se contempla con mucho entusiasmo hoy.

La fecha del 20-N provoca, al menos en los viejos del lugar, reflexiones en torno al franquismo. Y también conmemora la celebración en ese mismo mes de 2015 del entierro del arreglo bipartidista que estrenó la Transición política a la democracia. A los cuarenta años de la muerte del dictador, el Parlamento de la Corona constitucional quedó irremediablemente fracturado.

El debate político del último lustro debería haber estado primordialmente centrado en la adecuación de la Ley Electoral para sortear la sobrerrepresentación, y el consiguiente chantaje, de partidos minoritarios y fomentar amplias, y nada Frankensteinianas, coaliciones gobernantes.

Sin embargo, no se ha curado esa herida congénita del sistema parlamentario. No se ha sanado porque la mejora de la calidad democrática es imposible mientras siga vigente tanta cultura política franquista.

Predicar el Apocalipsis

Juan Manuel de Prada


Cuando el creyente deja de esperar, o no sabe a ciencia cierta lo que espera, acaba reduciendo su fe a un código de buena conducta.

Se ha impuesto en muchos ámbitos católicos la estrambótica creencia de que el Apocalipsis es un libro ininteligible. Pero resulta grotesco (amén de ilógico) pensar que un libro cuyo título significa “Revelación” esté velado al entendimiento. 

Y resulta todavía más grotesco pensar que el Apocalipsis es un libro sombrío y desolador en el que solo se relatan calamidades; cuando su finalidad no es otra sino llevar esperanza y consuelo en medio de la tribulación.

Además, el Apocalipsis está contenido de forma abreviada en los Evangelios (Mc 13, Mt 24); y uno de estos pasajes se lee en las iglesias, en la misa del penúltimo domingo del tiempo ordinario. ¡Pero luego, en la predicación, el asunto central de este pasaje evangélico se evita, edulcora y embrolla! 

 Y lo mismo ocurre con las predicaciones del Adviento, que es el tiempo litúrgico establecido para recordar la primera venida de Cristo y anunciar su segunda; pero de la segunda nada se dice. ¿Por qué?

Podría esgrimirse que la Iglesia ha dejado de predicar tales misterios por prudencia, para evitar una confrontación conflictiva con el racionalismo propio de la época, como los cristianos de los primeros siglos se acogían a la “disciplina del arcano” para evitar las persecuciones de los emperadores romanos. Pero la disciplina del arcano aconsejaba callar sobre determinados puntos del dogma cuando se habla a los incrédulos; no cuando se predicaba o catequizaba a los fieles.

Al dejarse de explicar, en la predicación y en la catequesis, el Apocalipsis, se han desarrollado –también en ámbitos católicos– dos adulteraciones desquiciadas: por un lado, una visión eufórica, que preconiza que la humanidad se perfeccionará, a lomos de un progreso indefinido, hasta instaurar el paraíso en la tierra; y por otro lado, una visión nihilista, que pinta un porvenir de calamidades y hecatombes, al estilo de las distopías de la ciencia ficción.

Frente a estas visiones aberrantes –y desesperadas– se alza la visión que nos ofrece el libro de San Juan que, a la vez que nos anuncia los acontecimientos luctuosos que precederán al fin del mundo, nos brinda la esperanza del triunfo final.

En su discurso del Areópago, San Pablo trata de predicar su fe con palabras accesibles a su auditorio. Al principio, su discurso resulta plenamente aceptable para esos hombres, formados en la filosofía griega, pues San Pablo aporta reflexiones en las que paganos y cristianos podían converger sin excesiva discrepancia; pero, llegado el momento, no tiene rebozo en hablar del Juicio Final, piedra de escándalo para sus oyentes, que podían aceptar la inmortalidad del alma, pero no la resurrección de la carne. Y, naturalmente, sus palabras causan entonces rechazo.

Quizá por miedo a ese rechazo y escándalo, por temor a no ser aceptada en un mundo “racionalista”, la Iglesia titubea en su predicación de la Parusía de Cristo; y, tras el titubeo, volver a predicarla resulta cada vez más difícil, pues el espíritu de nuestra época prefiere soslayar cualquier asunto aflictivo (y la gloria de la Parusía vendrá precedida de acontecimientos luctuosos).

Así, despojada de su horizonte escatológico (de su clave de bóveda), la fe acaba desustanciada, porque la fe “es sustancia de lo que se espera”. Y cuando el creyente deja de esperar, o no sabe a ciencia cierta lo que espera, acaba reduciendo su fe a un código de buena conducta, aderezado por una vaga afirmación de trascendencia; y vive con mayor miedo y zozobra, pues la persecución más o menos declarada o sibilina que padece su fe deja de tener un sentido teológico, y no le queda otra solución sino pasar inadvertida hasta que amaine el temporal (que no amainará nunca, mientras el mundo sea mundo), convirtiéndose en una fe encogida, emboscada o inane. Hay que volver a predicar el Apocalipsis.

La izquierda hace el ridículo con la energía solar

Daniel Rodríguez Herrera


Pocas cosas hay más ridículas que demostrar tu propia ignorancia cuando crees estar señalando la ignorancia ajena. 

Y ha bastado con que Pablo Casado dijera una obviedad que rompe con el discurso de buenos y malos de la izquierda y nos devuelve a las complejidades del mundo real para que, una vez más, políticos y periodistas demuestren una vez más que no saben de lo que hablan. 

El líder del PP recordó este domingo la obviedad de que cuando no hay sol no hay energía solar que valga.

Pues ya tuvimos a los tontos habituales, desde el Huffington Post a Iñaki López, de La Sexta a Pablo Echenique, de Antonio Maestre a Anabel Alonso, de Gerardo Tecé a Podemos, de Pedro Vallín a Ramón Lobo, de Gabriel Rufián a Ana Pardo de Vera, burlándose de él con argumentos tan sesudos como que el líder del PP seguramente se sorprende al ver agua saliendo del grifo si no ha llovido. No, en serio, que lo han dicho desde actores hasta consejeras autonómicas.

Vamos con lo obvio: sí, ya sabemos todos que si tienes una placa en tu casa también puedes instalar una batería y almacenar energía en ella durante el día para gastarla por la noche. Pero cuando eres un poco cortito no te das cuenta de que una solución válida para un individuo o una persona no tiene por qué escalar y servir igualmente para un país entero. Y no lo hace. No tenemos ni materias primas ni capacidad de fabricación para emplear plantas de baterías de ión litio en las redes eléctricas del mundo desarrollado con el objetivo de almacenar energía solar. 

La enorme planta de Tesla instalada en Australia no sirve para eso, sino para estabilizar la red eléctrica de la región, que sufría continuos apagones. A falta de que una tecnología revolucionaria de baterías cambie por completo el panorama, lo que ha dicho Casado es completamente cierto: la energía solar no sirve de nada durante la noche. Y todos esos listillos se han revelado como lo que son: ignorantes a tiempo completo que se creen que saben mucho de todo porque lo buscan en Google.

La izquierda funciona muchas veces como ese hombre mágico del país feliz de la casa de gominola de la calle de la piruleta. Quiere luchar contra el cambio climático, sin costes para nadie y sin recurrir a una fuente de energía que lleva décadas demonizando, desde que ETA paró a tiros la construcción de la central de Lemóniz. 

Así, defienden las renovables, que es muy bonito, y están en contra de la nuclear porque es una cosa fea y desagradable que suena a apocalipsis. Pero en el mundo real necesitas disponer de fuentes fiables que te proporcionen energía base para poder añadir, cual guinda del pastel, aquellas centrales cuya producción varía dependiendo de cómo sople el viento, o en qué hora estamos. 

Y como hemos apostado por ellas para reemplazar al carbón, el petróleo y la nuclear, cuando no responden hay que tirar del mismo gas que usamos para la calefacción y para el que dependemos de países tan fiables como Argelia y Marruecos. Estos meses hemos visto lo equivocado de la apuesta. Vendrán tiempos aún peores.

Durante años, la izquierda se ha esforzado con notable éxito en identificar a la derecha con el mal. No tenía otra, porque tras la caída del comunismo se quedó sin modelos que defender. Esa campaña permanente ha tenido un gran éxito en casi todo Occidente, y la respuesta de la derecha ha sido casi siempre la de desarmarse ideológicamente. 

En España hemos podido ver que el PP se ha ido quedando, poco a poco, en unas pocas ideas fuerza que permitan que Feijoò y Ayuso compartan siglas y no estén en el PSOE: derecho a la vida, defensa de la familia, España, ley y orden, una gestión de la economía que pretende ser racional... Algo desideologizado, sí, en muchas ocasiones nada liberal, desde luego, pero que es lo que la mayoría de la gente entiende por bueno. 

Pero como la izquierda sólo le queda oponerse a la derecha, se tiene que oponer a eso, lo cual la obliga a defender la inmigración ilegal, declarar un derecho irrenunciable que se mate a 100.000 fetos al año, destruir todos los modelos público-privados que encuentren aún a costa de empeorar la sanidad, cargarse la ley de seguridad pública, etc. 

En definitiva, demonizar lo que quiere de sus gobernantes la clase media, que aspira a vivir razonablemente bien, tener su piso y su trabajo razonablemente estable, que no le atraquen por la calle, etc.

Y una de las cosas que la clase media quiere es que no le saquen los higadillos con la factura de la luz, como es lógico y normal. Y la misma izquierda que se quejaba de la "pobreza energética" ahora entra en cólera por que se sugiera que para solucionarla igual hay que apostar por la nuclear, aunque sea un poquito. Ni siquiera por quemar carbón, no. 

Simplemente por construir centrales suficientes de la única fuente de energía que tenemos hoy día que no emite CO2 y es al mismo tiempo estable y confiable. Pablo Casado lo único que ha pedido es que la apuesta de los políticos por reducir emisiones no se haga a costa de la factura. Pero eso interfiere con la historia de buenos y malos que alimenta a aquellos que marcan la agenda política en España. 

Al reírse de Casado, se han reído de todos nosotros; especialmente de ti, votante de izquierda, a quien consideran tan idiota como para no rebelarte ante su prepotencia y arrogancia. Lo peor es que seguramente tengan toda la razón al hacerlo.

Tiempos de gratuidad

Alfonso Alústiza


San Dimas, crucificado a la derecha de Jesús, obtuvo la salvación en mérito a su fe. Detalle de la Crucifixión en el fresco sobre la vida de Cristo que pintó Gaudenzio Ferraro en 1513 en la iglesia de Santa María de las Gracias en Varallo (Piamonte, Italia)

El punto de partida de las últimas centurias: fe racional, legalista, de méritos propios y esfuerzo. Frente a la gratuidad de la salvación, el famoso Dimas Way, que ha caído en el olvido.

Venimos de generaciones de ascéticos atletas con mayor o menor fortuna, acumulando méritos pretéritos en una especie de medallero espiritual de objetivos y manos llenas.

El top 40 de nuestras melodías favoritas: "Obras son amores y no buenas razones", o el clásico de "A Dios rogando y con el mazo dando". Y nos olvidamos de Dimas.

Cuando leí la exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco de finales de 2013, me llamó la atención una frase que anoté en un cuaderno de esos que luego nunca relees: "Neopelagianismo autorreferencial y prometeico".

Me pareció que había miga y que era algo relevante. Pero, a decir verdad, es muy probable que lo memorizase para poder soltar la frasecita como un cultismo pedante con el que presumir si la ocasión lo requería. Evidentemente no me di por aludido allá por 2014, cuando quedó grabado en mi memoria.

Y ahí quedaron esas tres palabras tan molonas, criando malvas en mi agenda y carentes de sentido. Años después, el Ruah Power sopló en mi corazón de piedra desvelando poco a poco algo así como la vida en el Espíritu. Y digo poco a poco porque en estas seguimos, un pasito p’alante y dos para atrás. 

Porque pese a nuestra dureza de corazón, somos muchos cristianos los que sentimos que tras centurias de Fe racional, de normas y leyes, donde la tentación era un semipelagianismo práctico en búsqueda de méritos propios, estamos en plena renovación. Son los tiempos del Espíritu. 

Tiempos de redescubrir la gratuidad de la salvación del viejo Dimas, que no merecía estar en tiempo real en el reino de los Cielos. Y le fue dado gratis tras su profesión de fe.

Aunque parezca extraño, ya sea por el pecado original, o por el pecado original, no nos gusta la gratuidad en la vida en el Espíritu. Tampoco en nuestra vida corriente. Lo que recibimos gratis lo vestimos de derechos y méritos porque nos cuesta reconocer que somos criaturas y no dioses. Queremos creer que es por nuestros méritos y no por Providencia.

Y es que cuando relees a San Pablo, cartas a Gálatas, Efesios y demás compañeros mártires con los ojos del Espíritu, la cosa cambia. Y mucho.

Una vez me tocó la lotería de Navidad. Un quinto premio en plena universidad da bastante juego, como es de imaginar. Era de una asociación con la que colaboraba (y colaboro). Y como otras tantas, vende participaciones para sacar un dinerillo. Ese año, en vez de ir vendiendo las participaciones a dos euros y pico, por comodidad, pagué el taco entero y lo encerré en un cajón.

El sábado -día del sorteo- mi amigo Miguel, también de la asociación, me despertó temprano preguntando si jugaba algo. Le dije que sí, sin mucha convicción y un poco molesto por la hora. Un tanto ladino me preguntó que cuánto jugaba y ante mis evasivas y por la impaciencia me dijo que nos había tocado.

Ese sábado por la noche quedamos toda la cuadrilla para celebrarlo. Quien más quien menos había comprado alguna participación, ya sea por afinidad o por compromiso. Y como la ocasión lo merecía, lo celebramos en el Bar Tropicana de la Plaza del Castillo de Pamplona pidiendo champán para todos. Era 22 de diciembre; que yo recuerde, fue la primera y última vez que pedimos espumoso en nuestro garito favorito ante la sorpresa del barman regente, más acostumbrado a nuestros regates que a nuestras dádivas.

Esas navidades, el debate y análisis se centraron en justificar el merecimiento de nuestra pequeña fortuna. En mi caso, la tesis común se basó en mi habilidad de generar una "fortuna pasiva accidentalmente buscada". En otros casos el mérito era "fidelidad merecidísima" debido a que todos los años compraba a la asociación. Otros, porque habían sido lo suficientemente hábiles comprando participaciones que sin compartir los fines de la asociación fueron llevados por un olfato intuitivo y una corazonada. Incluso hubo algún cachondo que decía que compró el número porque le gustaba. Pálpito le llamó entonces.

Pasadas las navidades nadie quería reconocer que aquella lotería fue pura gratuidad no merecida. Que en aquella lotería no hubo mérito ninguno por nuestra parte para merecerlo, fue algo accidental o como decimos los cristianos: providencial.

En la vida espiritual pasa algo parecido. Nuestra soberbia y nuestro orgullo quieren hacernos creer que somos prometeicos por nuestros méritos y esfuerzos. Nos tienta más ser autorreferenciales que Cristocéntricos. Buscamos más a Pelagio que a Dimas.

Pero a pesar de nuestra naturaleza caída, el Espíritu Santo ha venido a efusionarnos en estos tiempos de apostasía y de sequía. Ha venido la caballería, preludio de esa victoria final.

Quizá todavía no sea tu experiencia, pero el Espíritu de Dios sopla imparable, con fuerza y con poder para quien no esté cerrado al nuevo Pentecostés.

Eso sí, que no se nos suba el pavo, porque esa salvación es gratis et amore.

28 noviembre 2021

Covidiotas

Jesús Laínz


El presidente regional de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. | EF 

Quienes lanzan sus totalitarias proclamas exigiendo la vacunación universal 'manu militari' quizá debieran informarse y ser algo más prudentes.

El diccionario de la Real Academia Española acaba de dar entrada a un nuevo vocablo: covidiota. 

Según afirma la alta institución lingüística, se trata de un calco estructural del inglés covidiot, surgido el año pasado por motivos pandémicos que no hará falta explicar. La definición es tan breve como diáfana:

Persona que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid.

La verdad es que idiota es el más suave de los insultos emanados de todos los ámbitos. A quienes desconfían de estas vacunas se les ha llamado de todo: insolidarios, majaderos, medievales, imbéciles e incluso asesinos. Y arrecian las voces que claman por su señalamiento, su reclusión, su discriminación y su vacunación a la fuerza. 

Dos ejemplos recientes, elegidos casi al azar: el presidente cántabro Miguel Ángel Revilla y el exministro socialista Miguel Sebastián. El primero ha pedido que se vacune a todo el mundo "por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar". 

Aparte de la valoración moral que merezca este afán totalitario tan irrespetuoso con la libertad de cada uno para cuidar su salud como mejor le parezca, sólo con recordar que dicha propuesta no cabe en nuestro ordenamiento jurídico bastará para descalificarla. Aunque todo se andará, vista la insistencia de muchos en reclamar para España las drásticas medidas que ya han empezado a aplicarse en Austria y que están levantando oleadas de indignación por toda Europa.

También algunos científicos comparten ese afán totalitario. Por ejemplo, el epidemiólogo italiano Pier Luigi Lopalco ha propuesto que esta Navidad, como medida de presión sobre familiares y amigos no vacunados, ni se les invite ni se acuda a sus casas. Lo que Lopalco pretende, por lo tanto, es que este año, con la mayoría de la gente ya vacunada, no tengamos trato con quienes sí lo tuvimos el año pasado, cuando todavía no existían las vacunas. 

¿Para qué sirven éstas, entonces? ¿Por qué este año hay riesgo y el pasado no? Y ya metidos en harina, ¿cómo es posible que Europa, el continente más vacunado, encabece la lista de contagiados y fallecidos en todo el mundo?

El virólogo Luis Enjuanes ha propuesto que la Seguridad Social no atienda a los no vacunados. ¿Deduciremos, pues, que tampoco debería atender a los pacientes hepáticos como castigo por haber abusado del vino, a los que padezcan cáncer de pulmón como castigo por haber fumado, a los que hayan contraído el sida como castigo por haber echado polvos sin condón y a los que tengan esguinces como castigo por haber corrido, saltado o jugado al tenis?

Por lo que se refiere al arriba mencionado exministro de Industria en tiempos de Zapatero, se ha extendido un poco más en reflexiones dignas de felice recordación:

El que está vacunado también puede transmitir el covid. Eso es correcto. Pero yo creo que la idea del pasaporte Covid es hacerles la vida imposible a los que no se quieren vacunar. Eso es de lo que se trata. Es decir, que pueda ir al parque y al supermercado y poco más. Como cuando estábamos más o menos confinados. Que no pueda ir ni a los gimnasios, ni a los restaurantes, ni a los conciertos, ni al fútbol, ni viajar en avión, ni viajar en tren y, si me apuras, incluso ni viajar en metro o en autobús. Ése es el objetivo del pasaporte covid: hacerle la vida imposible porque no es de recibo que tengamos a 4.022.000 españoles mayores de 12 años que no están vacunados porque no les da la gana, y están poniendo en riesgo la salud y la economía del resto de los españoles.

¿En qué quedamos? ¿Se admite que los vacunados pueden seguir contagiando pero se concluye que el peligro para los demás son los no vacunados? Por otro lado, si la única virtud de las vacunas –que no es la de impedir el contagio– consiste en atenuar los síntomas, lo que, según las estadísticas, parece innegable, ¿por qué tanto miedo a ser contagiados? Y si un vacunado puede seguir siendo contagiado tanto por vacunados como por no vacunados, ¿dónde está el problema, en los contagiadores o en las vacunas?

Vayamos ahora a fuentes científicas en busca de información sobre un amplio sector de la población que, junto a los más jóvenes, no parece que debiera ser vacunado: quienes ya han pasado la enfermedad. Y para que nadie acuse a este ignaro juntaletras de no jugar limpio, esas fuentes serán las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo.

En primer lugar, The New England Journal of Medicine publicó el 11 de febrero de 2021 un minucioso estudio cuyas conclusiones consistieron en que "la presencia de anticuerpos IgG está asociada a una reducción notable de reinfecciones por SARS-CoV-2 al menos durante seis meses" y en que "las reinfecciones de SARS-CoV-2 han sido muy pocas, la mayoría de ellas tras una primera infección asintomática o leve, lo que sugiere que pasar la enfermedad provee inmunidad contra la reinfección en la mayoría de las personas".

Por su parte, Biorxiv, revista del Cold Spring Harbor Laboratory, entidad puntera en los campos de la oncología y la genética, publicó el 11 de octubre un estudio cuyas conclusiones pueden resumirse en que "los datos sugieren que la inmunidad antiviral específica, especialmente las células de memoria B en personas que hayan padecido la covid-19, es muy duradera" y de alta intensidad durante al menos de seis a ocho meses.

Finalmente, la prestigiosa revista médica británica The Lancet ha publicado el 8 de noviembre un artículo en el que se aportan datos muy importantes. En primer lugar, que numerosos estudios realizados en todo el mundo han evidenciado que quienes hayan pasado la enfermedad tienen bajos índices de reinfección. 

Estos estudios biológicos, epidemiológicos y clínicos han averiguado que el riesgo de contraer la enfermedad se redujo entre un 80,5 y un 100% en los que ya la han padecido. En concreto, un estudio elaborado por la Cleveland Clinic mostró que la incidencia de la covid-19 en quienes no la habían pasado anteriormente era de 4,3 personas por cada cien, mientras que en las que sí la habían contraído dicho índice caía al 0%. En una investigación llevada a cabo en Austria se ha evidenciado que la frecuencia de hospitalización por una segunda infección fue de cinco personas por cada 14.840, es decir, un 0,03%. Y la de fallecimientos, de uno por cada 14.840, un 0,01%.

Estos estudios demuestran que la protección por memoria inmune humoral de largo recorrido es fuerte tanto en quienes tuvieron síntomas graves como en quienes los tuvieron leves. Dicho largo recorrido alcanza más de diez meses, aunque se sospecha que durará más puesto que, lógicamente, todavía no se tienen datos sobre plazos más largos. Y también se ha comprobado la larga duración de la inmunidad en las células T. Otro hecho muy esperanzador es el de que personas que contrajeron la primera versión del SARS-CoV en 2002-2003 siguen teniendo células T activas contra las proteínas del virus dieciocho años después.

Otro dato, de especial importancia para lo tratado en estas líneas, es que "algunas personas que se hayan recuperado de la covid-19 podrían no beneficiarse de la vacuna. De hecho, existen estudios que demuestran que haber padecido la enfermedad está relacionado con reacciones adversas tras la vacunación".

La conclusión final de The Lancet es que "la inmunidad grupal puede conseguirse tanto vacunándose como habiendo pasado la enfermedad". Y aunque la inmunidad adquirida mediante vacunación sea la preferida por ahorrarse contraer la enfermedad, "los gobernantes, a efectos de autorización de movimientos, trabajo, lugares públicos y viajes, deberían equiparar la inmunidad postenfermedad con la provista por las vacunas". Como ya se está haciendo, por ejemplo, en Suiza.

Si a los 5.100.000 españoles –un 11% de la población– que ya han pasado la covid-19 les sumamos los más jóvenes, que no necesitan vacunas debido al despreciable índice de contagios y de desarrollo de la enfermedad, habrá que deducir que hay muchos millones de españoles que no necesitan ser vacunados y que, de serlo, probablemente experimenten efectos indeseables.

Quienes lanzan sus totalitarias proclamas exigiendo la vacunación universal manu militari quizá debieran informarse y ser algo más prudentes antes de seguir repitiendo sus covidioteces.

El proceso sobre el turbio asunto vaticano tiene un convidado de piedra: el cardenal Pell

Sandro Magister


Mientras en el Vaticano el proceso al cardenal Giovanni Angelo Becciu y otros imputados se encamina a su quinta audiencia, sin que esta empiece nunca realmente, en Estados Unidos ha salido el tercer y último volumen del “Prison Journal”, el diario de prisión del cardenal George Pell, que en algunas de sus páginas traza un perfil de Becciu no muy halagüeño precisamente.

Básicamente, Pell señala al que fue sustituto de la Secretaría de Estado de 2011 a 2018 como el más tenaz opositor al trabajo de limpieza y reorganización de las cuentas vaticanas confiado en 2014 por el papa Francisco a Pell, como prefecto de la recién nacida Secretaría de Economía.

Más adelante se pueden leer las páginas del diario en las que Pell hace referencia a esta resistencia, la cual tenía en la Secretaría de Estado su baluarte.

Pell no entra en el asunto del proceso que ahora está teniendo lugar en el Vaticano, centrado principalmente en la compra mal organizada de un edificio en Londres por parte de la Secretaría de Estado. Solo se limita a aclarar que había intuido desde el principio que esa operación era un error y que no deberían haberla hecho, y que lo había dicho, pero desgraciadamente no lo escucharon, es más, le privaron rápidamente de sus poderes.

Por tanto, es comprensible que en su diario Pell se alegre de que ese turbio asunto haya terminado bajo proceso, gracias también a la personal “insistencia” del papa Francisco.

Pero de este proceso, que llegó el 17 de noviembre a su cuarta audiencia, Pell no podía conocer, cuando escribía su diario en prisión, el descoordinado sistema judicial, ni la flagrante violación de los derechos de la defensa, ni mucho menos el posible desarrollo que podría llegar a salpicar al propio papa Francisco.

Porque ha sido precisamente esto lo que ha provocado la audiencia del 17 de noviembre.

Cuando el presidente del tribunal vaticano, Giuseppe Pignatone, abrió el debate, las incógnitas ya eran muy elevadas, como ha reconstruido punto por punto este post de Catholic News Agency publicado esa misma mañana:

> Vatican finance trial: What’s happened so far and where is it heading?

Pero luego resulta que Luigi Panella, abogado defensor de un imputado, extrajo de la torrencial declaración del principal acusado del cardenal Becciu y los demás imputados, el prelado Alberto Perlasca, la siguiente frase del promotor de justicia Alessandro Diddi que lo estaba interrogando: “Monseñor, lo que dice no tiene nada que ver. Hemos ido a ver al Santo Padre y le hemos preguntado lo que ha pasado, y yo puedo dudar de todo el mundo, menos del Santo Padre”. Pero de esta llamada a testimoniar del papa Francisco –ha objetado el abogado Panella –, “nosotros no tenemos ningún acta”, y esto impediría la continuación del proceso.

Después de la suspensión de la audiencia, Diddi negó que hubiera un acta “de lo que dijo” el papa a los promotores de justicia, porque para ellos era suficiente con lo que había dicho en la rueda de prensa durante el vuelo de Tailandia a Japón, el 26 de noviembre de 2019” (en realidad de Tokio a Roma).

Pero es bien sabido que Francisco no solo había sido informado de cada paso de la operación londinense, que de hecho había aprobado, sino que además intervino en persona al menos en uno de los momentos neurálgicos del asunto, el de la negociación de la Secretaría de Estado para comprar las acciones del edificio de Londres todavía en posesión del bróker Gianluigi Torzi, por las que al final pagaron 15 millones de euros. Y era precisamente de esta negociación de la que estaba hablando Perlasca, interrogado por Diddi, en la parte de su declaración recordada por el abogado Panella.

Era finales de 2018 y Francisco se dejó fotografiar con Torzi, recibido amablemente en Santa Marta el día de San Esteban. Respondiendo más tarde a la Associated Press, el tribunal vaticano confirmó que el papa había entrado en la habitación en la que se estaban llevando a cabo las negociaciones, invitando a todos a encontrar una solución. 

Giuseppe Milanese, uno de los presentes, declaró a “Report”, programa de la televisión pública italiana, que Francisco también había animado a dar a Torzi “el justo salario”. La intervención del papa fue confirmada además por Edgar Peña Parra, sucesor de Becciu como sustituto de la Secretaría de Estado, en un memorándum de unas veinte páginas sobre todo el asunto, con varios documentos adjuntos.

En vista del cariz que estaba tomando la audiencia, el presidente del tribunal vaticano Pignatone se ha dado cuenta de que el proceso no podía continuar “si antes la defensa no tenía completo conocimiento de los hechos” y ha aplazado todo al 1 de diciembre.

Veremos. Pero volviendo a los diarios del cardenal Pell, he aquí lo que escribió, antes de que comenzase el proceso, en estas tres páginas seguidas cada una por nuestras breves anotaciones.

*

1. “UNA DECLARACIÓN PROVOCATIVA Y REVELADORA”
(Miércoles, 11 de diciembre de 2019, pp. 33-35)

Me ha llegado hoy de Roma una declaración provocativa y reveladora del cardenal [Giovanni Angelo] Becciu. […] El cardenal Becciu es diferente de la mayor parte de los demás personajes vaticanos implicados en asuntos financieros, que están ocultos y en silencio hasta que no cesan las ráfagas de artillería, para después volver a su vida cotidiana. 

Este cardenal hace declaraciones con frecuencia. En esta ocasión le ha escrito a Sandro Magister de “L’Espresso” […] que no había tenido en cuenta «la opinión contraria del cardenal Pell” sobre la compra [del edificio] de Londres porque sencillamente ni siquiera le había consultado sobre el asunto, “ya que no está dentro de sus competencias controlar las cuentas de la Secretaría de Estado”, una autoridad que el papa nunca le había dado.

La locución italiana utilizada es “controlar las cuentas de la Secretaría de Estado”. Aunque no tengo acceso a un diccionario de italiano, el estatuto de nuestra Secretaría [de Economía] nos daba de manera explícita la autoridad “to supervise”, controlar, todas las cuentas del Vaticano, incluidos los de la Secretaría de Estado; y también necesitaban nuestra aprobación las compras de propiedades, etc., por encima de los 500 mil euros. No nos pidieron esta última aprobación, pero lo que provocó nuestra contrariedad fue la equivocada gestión contable de la operación, en la que el desembolso estaba enmascarado y compensado por el valor (teórico) de la compra, en contra de las normas de la contabilidad. Nuestro punto de vista no prevaleció, pero hay tres cosas claras:

1. Según el estatuto, la Secretaría de Estado nunca ha estado exentada de la supervisión de la Secretaría de Economía;

2. Nuestras actividades han sido obstaculizadas regularmente, aunque no de manera totalmente eficaz, por algunos, no todos, en la Secretaría de Estado. En esta había elementos hostiles a cualquier mirada externa a sus actividades (y ahora entendemos mejor el porqué);

3. El sustituto de la Secretaría de Estado anuló la auditoría externa y obligó al auditor a que dimitiera. Él no niega directamente nuestra oposición y no dice nada sobre las enormes pérdidas de la inversión (un 15 por ciento por la devaluación del Brexit y al menos otro 15 por ciento por la caída de la burbuja inmobiliaria londinense, es decir, al menos 60 millones de euros de pérdidas sobre los iniciales 200 millones de euros invertidos), ni sobre los mal llevados asuntos relacionados, como honorarios y comisiones excesivas.

*

(s.m.) Más exactamente, esta es la parte de la declaración del cardenal Becciu refutada por Pell:

“Es infundada la acusación de que yo no tuve en cuenta la opinión contraria del cardenal Pell sobre la operación de la compra del edificio de Londres, por el simple motivo de que nunca se le consultó al entonces prefecto de la SPE [Secretaría de Economía] sobre el tema, ya que no estaba dentro de sus competencias controlar las cuentas de la Secretaría de Estado. Para hacerlo habría necesitado la autorización del papa, algo que nunca le fue concedido”.

Pero además de confutar dichas afirmaciones, el cardenal Pell señala a Becciu como el más irreducible opositor a cualquier supervisión de la Secretaría de Economía –instituida en 2014 por el papa Francisco y presidida por el propio Pell– de las cuentas de la Secretaría de Estado. La compra del edificio de Londres fue uno de los motivos del enfrentamiento, pero no el único.

En concreto, Pell le atribuye a Becciu la expulsión del auditor general Libero Milone, producida el 19 de junio de 2017, cuyo trasfondo fue revelado por el propio Milone en una entrevista del 24 de septiembre siguiente al “Wall Street Journal”,Reuters”, el “Corriere della Sera” y SkyTg24. Después llegó, el mismo día, un polémico comunicado de la Santa Sede y un comentario aún más venenoso de Becciu, según el cual Milone estaba espiando las vidas privadas de sus superiores y del personal, yo incluido”.

Settimo Cielo contó todo detalladamente en el siguiente post, incluido el apoyo que el papa Francisco le dio a Becciu cuando echó a Milone y en el enfrentamiento con Pell, entonces privado de sus poderes antes incluso de regresar a Australia para el proceso por el que estaba imputado:

> El brazo armado del Papa, en el relato del exauditor de las cuentas vaticanas

En otra página de su diario de prisión, escrita el 22 de febrero de 2020, Pell señala también a Alberto Perlasca como “un fanático opositor de cualquier tipo de auditoría externa de las finanzas de la Secretaría de Estado”. Recuerda que durante los años del turbio asunto de Londres era él quien “guiaba las operaciones financieras en la Secretaría de Estado del Vaticano “. Escribe que habían registrado su despacho. Y comenta: “La historia se volverá todavía más interesante si mons. Perlasca empieza a hablar”.

Y así fue. Perlasca se convirtió poco después en el principal acusador de Becciu y de los demás imputados en el proceso del turbio asunto de Londres. Sus declaraciones han llenado ciento quince horas de grabaciones de video.

*

2. LA VISITA EN LA CÁRCEL DEL PRESIDENTE DEL IOR
(Lunes, 16 de diciembre de 2019, pp. 47-48)

El punto culminante del día ha sido la visita de Jean-Baptiste de Franssu, presidente del IOR, el llamado banco del Vaticano, que ha venido a verme desde Bruselas. […] Su visita es un maravilloso gesto de apoyo, que aprecio profundamente. […] Jean-Baptiste y yo hemos trabajado juntos por la reforma de nuestras diferentes áreas. Aunque lo han difamado muchas feces, lo han maltratado y amenazado físicamente por lo menos en una ocasión, él ha sido más eficaz eliminando la corrupción del banco de lo que lo he sido yo en todo el Vaticano, aunque ninguno de los dos ha sido capaz de descubrir toda la verdad sobre algunos grandes escándalos del pasado, cuyos hechos reales seguramente seguirán enterrados.

Fue el rechazo del IOR a colaborar para proporcionar 150 millones de euros más [a la Secretaría de Estado] para la desastrosa compra en el barrio de Chelsea en Londres el que ha sacado el caso a la luz recientemente. Me ha alegrado saber que el propio Santo Padre no solo ha autorizado las “irrupciones” en la Secretaría de Estado y en las oficinas de la AIF [Autoridad de Información Financiera], sino que también ha insistido para que se interviniese. 

Jean-Baptiste también está de acuerdo con el hecho de que hay pruebas “a primera vista” de delitos en la AIF y que si René Brüelhart, el presidente de la AIF, ha dimitido, ha sido porque no tenía otra alternativa. El IOR ha sido sometido a considerables presiones para colaborar, y a uno de sus funcionarios lo han amenazado e intimidado, aunque no le han invitado a echar un vistazo en el cajón y encontrar ahí una pistola, como pasaba en los buenos viejos tiempos. […]

Jean-Baptiste ha consultado al papa Francisco sobre su viaje para hacerme una visita y este lo ha apoyado firmemente. Espero que también siga recibiendo el apoyo oficial que se merecen sus esfuerzos y que el Vaticano necesita, mientras va saliendo poco a poco como de una vorágine de sus problemas financieros.

Me he alegrado oír que un cierto número de cardenales, no todos con mi misma forma de pensar, ahora admiten que lo que yo estaba sugiriendo hace años se está produciendo y que mis, o nuestros, esfuerzos para la reforma han sentado las bases para los recientes hallazgos.

Aún más grata ha sido la noticia de que ha salido un decreto que prevé que las inversiones de la APSA [Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica] se consoliden y usen de manera coordinada, como […] nos habían impedido hacer. A ello se opondrá ferozmente la vieja guardia de la APSA, y habrá que ver si las aptitudes y una cantidad suficiente de buena voluntad serán capaces de conseguirlo.

Como Jean-Baptiste está en contacto con el cardenal [Philippe] Barbarin, arzobispo de Lion, le he preguntado por su caso judicial y le he dicho que le transmitiera mis mejores deseos. Por lo visto el veredicto de “no culpabilidad” se anunciará el próximo año, aunque el caso ha sometido a dura prueba la salud de Barbarin. Le pido a Dios que el veredicto de «no culpabilidad» sobre su gestión de un caso particular de pedofilia sea confirmado. Jean-Baptiste ha prometido que llamará por teléfono a Lion cuando regrese.

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(s.m.) En esta otra página de su diario el cardenal Pell reconoce en el presidente del IOR Jean-Baptiste de Franssu –que había ido a visitarle a la cárcel con el permiso previo del papa– uno de los pocos que se unió a él en la obra de reforma de las finanzas vaticanas. Le reconoce especialmente el mérito de haber negado los 150 millones de euros solicitados por la Secretaría de Estado para cerrar la compra del edificio de Londres.

Pell alaba también la resolución –la verdad es que poco respetuosa con los más elementales derechos– con la que el papa Francisco ordenó los registros de las oficinas de la Secretaría de Estado y de la AIF que han servido de preludio al proceso sobre el turbio asunto de Londres.

En esta página del diario de Pell aparece también un juicio no halagüeño sobre la AIF y su presidente de entonces, el financiero suizo René Brüelhart, que también ha terminado entre los imputados del proceso, así como un pésimo juicio sobre la “vieja guardia” de la APSA, otro baluarte de la resistencia a su obra reformadora, pero que –observa– está felizmente en vías de desmantelamiento.

En cuanto al cardenal Barbarin, el ruego de Pell para que le reconocieran la “no culpabilidad” fue atendido el 30 de enero de 2020, con la sentencia de absolución.

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3. “EL RESULTADO DE UNA HIPÓCRITA INCOMPETENCIA”
(Cuarto Domingo de Adviento, 22 de diciembre de 2019, p. 62)

La única novedad [de hoy] han sido las noticias sobre el caso judicial de Malta, en el que el IOR se queja de haber sufrido un fraude en una inversión de 30 millones de euros por parte de dos grupos, Future Investment Manager y Optimum Management, que estaba destinada a la compra del 84 por ciento del Palacio de la Bolsa de Budapest. Optimum contraatacó, aunque las autoridades italianas ya lo habían identificado en 2015 como un inversor fraudolento, en una ocasión utilizando la Athena Global Fund de [Raffaele] Mincione.

Antes de que [en 2017] yo volviese a casa, las autoridades del IOR habían negociado una composición de esta controversia, preparada para la firma y ejecución, cuando las autoridades vaticanas lo impidieron. Esta decisión ha sido sin duda un error y ha sido tal vez el resultado de una hipócrita competencia; pero es difícil evitar la sospecha de que las fuerzas de las tinieblas estaban trabajando para lograr sus nefastos propósitos. […]

Es increíble que, treinta años después del escándalo del Banco Ambrosiano, durante el cual [Roberto] Calvi fue encontrado muerto debajo del Blackfriars Bridge de Londres y el Vaticano tuvo que desembolsar cientos de millones de dólares, los canallas que controlan algunas secciones del Vaticano hayan seguido haciendo negocios con agentes financieros de mala fama, que les han dejado sin más de 100 millones de euros (por lo menos) en los últimos diez años. Es necesario detener la corrupción, también en la Secretaría de Estado, como ha pasado en el IOR y la APSA.

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(s.m.) Aquí Pell recuerda el caso de Malta como otra prueba de la “hipócrita competencia” de la Secretaría de Estado en el ámbito financiero, agravada por su pertinaz rechazo a hacer en su interior esa limpieza que por lo menos han iniciado en otras oficinas del Vaticano.

El caso es que el golpe de gracia para la Secretaría de Estado llegó el 28 de diciembre de 2020 por orden del papa Francisco, con el traslado forzoso de toda su caja fuerte a la APSA, es decir, buena parte de ese millardo y 400 millones de euros que el cardenal Pell -en los pocos meses en los que, al inicio de su pontificado, pudo actuar con el pleno acuerdo del papa para hacer limpieza- había encontrado fuera de los presupuestos oficiales vaticanos.

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El diario del cardenal Pell termina en la Semana Santa de 2020, cuando el Tribunal Supremo australiano reconoció su inocencia con sentencia unánime y recobró la libertad después de 404 días pasados en la cárcel en Melbourne.

Este es el post que Settimo Cielo publicó el 7 de diciembre de 2020, cuando salió el primer volumen del diario:

> Anticipo. Los diarios de la prisión del cardenal Pell