16 diciembre 2017

Año XIV - Nº 1066

España irá mal si no aborda sus problemas de fondo

Editorial 
Forum Libertas 


España no puede esperar más. Necesita que sus políticos aborden los problemas graves aplazados. 

Esta es la obligación de todos, tanto de los que gobiernan como de los que quieren gobernar. 

No basta con que determinadas macromagnitudes indiquen que la crisis se ha superado, porque hay una mala mar de fondo que no debe pasar desapercibida. 

España viene registrando a escala europea malos resultados en todos los indicadores de bienestar, progreso social y competitividad. A cada nueva presentación de datos que se hace pública se repiten las malas noticias.

El último diagnóstico se refiere al Informe PIRLS 2016. Es el Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora (PIRLS), de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), que se practica al alumnado en su cuarto curso de escolarización obligatoria, lo que en España equivale a cuarto curso de Educación Primaria.

La compresión lectora es el fundamento de todo el proceso educativo. Si no se comprende bien lo que se lee existirá un hándicap formidable para aprender, no solo en humanidades, sino en todo el ámbito científico, del que quizás solo se puede excluir las matemáticas, que son en sí mismas un lenguaje diferente. Sin buena comprensión lectora todo el ámbito educativo tambalea.

Pues bien, los resultados encienden todas las luces rojas. La Unión Europea alcanza 539 puntos, prácticamente los mismos que la OCDE-24 (540). El vértice de la clasificación lo detentan cinco países: Rusia (581), Singapur (576) Irlanda (567), Finlandia (565), con los mismos puntos que Polonia. España (528) se sitúa en la banda media baja de la escala. 

Si observamos el conjunto internacional constataremos con facilidad que alcanzar un buen nivel de comprensión lectora no es una cuestión de renta per cápita – dentro de la OCDE- ni de gasto público, sino un signo del éxito o quiebra del sistema educativo; de bondad o incapacidad de la administración pública que tiene la responsabilidad de enseñar. 

Para acabarlo de arreglar, España tiene un 20% de alumnos en los niveles bajo y muy bajo y solo un 6% en el máximo. Europa y la OCDE se sitúan en el 18% en el primer caso, y nos dobla en términos de alumnos de excelencia, el 12%. El diferencial entre los de los niveles inferiores y el top es de -14, para España y -6 en el caso europeo y de la OCDE. Esta diferencia de más del doble indica una situación francamente mala para un país que de siempre ha tenido en la educación un punto débil.

Este déficit en comprensión lectora se traducirá en el futuro, porque los alumnos de ESO de hoy son los futuros trabajadores. Reproduciremos así un déficit en capital humano, cuando las exigencias en materia de competitividad y productividad son más elevadas. Baste señalar, según los datos de Funcas, solo el 11% de los empleos creados entre 2104 y 2016, es decir, los surgidos después de la gran recesión, han estado ocupados por personas de escasa formación.

La desigualdad social tiene mucho que ver con la desigualdad en el capital humano, y este a su vez se explica por el fracaso escolar que tiene, en la deficiente comprensión lectora, una de sus causas fundamentales. No abordar este problema a fondo significa condenar a una parte de la población del país a la marginalidad y al conjunto a unos costes sociales que impiden el desarrollo en otros aspectos básicos, familia, salud, dependencia, del estado del bienestar.

Black Future

Juan Manuel de Prada
XL Semanal

Señalábamos en un artículo reciente que nuestra época ha alcanzado ese grado máximo de perversidad que le permite ser a un tiempo muy sincera y muy hipócrita, permitiendo a la vez las mayores pamplinas emotivistas y las mayores barbaries. 

Antaño al hipócrita se le distinguía de inmediato, porque sus palabras y sus obras se desmentían mutuamente; pero nuestra época ha urdido subterfugios que disimulan esta contradicción, mediante la expansión universal de un sentimentalismo que nos impide enjuiciar nuestras palabras y nuestras obras, salvo que sean palabras y obras de alguien a quien nos conviene señalar y estigmatizar, para tranquilizar nuestra conciencia.

Hace algunos meses comprobábamos, por ejemplo, cómo media Humanidad plañía y se rasgaba las vestiduras cuando Trump anunció que Estados Unidos se retiraba de un acuerdo internacional contra el cambio climático. Y hace un par de semanas comprobábamos cómo media Humanidad –seguramente la misma media– se lanzaba a una orgía consumista obscena en el llamado Black Friday. 


Y esa media Humanidad hizo ambas cosas sin remordimiento de conciencia; sin detenerse siquiera a pensar que Trump, al anteponer la expansión industrial sobre las calamidades ecológicas, no estaba haciendo otra cosa que condescendiendo a nuestra ansiedad consumista. 

Porque este es el rasgo principal del hombre de nuestra época: la ansiedad de quien ha renunciado al espíritu y se ha convertido en un amasijo de pulsiones que sólo logra aplacar consumiendo desaforadamente, lo mismo las baratijas superfluas que compra en el Black Friday que las sensiblerías emotivistas que le permiten creerse solidario.

En un libro tan brillante como todos los suyos, Capitalismo y nihilismo, Santiago Alba Rico se refería a tres categorías de cosas que los seres humanos siempre habíamos distinguido: cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Las «cosas de comer» estaban asociadas a nuestra supervivencia biológica más inmediata; aunque, desde luego, dependiendo del grado de civilización, esas cosas de comer se acaparan egoístamente o comparten con el prójimo. 


Las «cosas de usar», por su parte, las poseemos no para consumirlas, sino para incorporarlas indefinidamente en nuestra vida: son los utensilios de nuestro trabajo, la ropa con la que cubrimos nuestra desnudez, los libros con los que cubrimos nuestra ignorancia, los muebles en los que guardamos nuestros utensilios, nuestra ropa o nuestros libros; y estas cosas de usar, aunque se desgastan y envejecen, aunque puedan llegar a estropearse, las cuidábamos con esmero, porque en ellas estaba la huella y el poso de nuestra vida. 

Por último, las «cosas de mirar» (las mirabilia, que decían los antiguos) eran maravillas que renunciábamos a consumir o poseer, para que de ellas disfrutase nuestra alma; podían haber sido pergeñadas por el hombre (como el Partenón) o modeladas por Dios (como las estrellas del cielo); y, cuando las contemplábamos, éramos a la vez conscientes de nuestra grandeza e insignificancia.

Todas las formas de civilización que nos antecedieron supieron distinguir entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Menos la nuestra, que convierte todas las cosas en mercancías de consumo: que come bulímicamente hasta esquilmar los mares y devastar los campos; que organiza orgías consumistas obscenas como el Black Friday, para degradar también las cosas fungibles en cosas de usar y tirar; que convierte el mundo entero en un incesante aquelarre turístico, para que podamos también consumir las maravillas divinas y humanas.


Pero una forma de civilización entregada al consumo indiscriminado no merece tal nombre; es, en realidad, un regreso a la animalidad. Y no precisamente a la animalidad de la golondrina o de la abeja, sino a la animalidad de la urraca y la carcoma. Animales que arramplan y devoran cuanto pillan: lo mismo una manzana que una lavadora, lo mismo un teléfono móvil que un promontorio nevado (con nieve artificial, por supuesto).

Nos engañaban –con sincera hipocresía– quienes afirmaban que el capitalismo era una doctrina económica. El capitalismo se ha revelado una antropología devastadora que tritura las cosas, a la vez que nos tritura el alma; una inmensa máquina trituradora que aplasta nuestras inquietudes espirituales y las convierte en ansias nunca saciadas de consumo. Y así, con el alma triturada y las ansias de consumir (cachivaches o emociones) siempre hambrientas, podemos ser sinceros e hipócritas a un tiempo, tapándonos los ojos ante el negro futuro que nos aguarda.

El alcalde tieso

José de Cora 
Bitácora de Cora/El Progreso


Helo ahí 

Me esfuerzo por descifrar con exactitud el mensaje que ha querido transmitir el alcalde de Zaragoza, Pedro Santisteve, cuando después de leerse la declaración institucional de condena por la muerte de Víctor Laínez a manos de Rodrigo Lanza y en pro de la convivencia en la ciudad, permanece impasible el ademán mientras el resto de los concentrados aplauden.

No quisiera deducir de su gesto nada que no estuviese en el ánimo del alcalde comunicar al quedarse tieso e inmóvil, como si todo él hubiese sido impregnado de gomina y ya se hubiese secado.

Es él quien nos obliga a hacer el esfuerzo, porque si las fuerzas municipales se han reunido bajo su presidencia a pie de calle para escuchar ese manifiesto y tras hacerlo, el alcalde es el único que no aplaude, podemos pensar varias animaladas:

A.- Que no está de acuerdo con el espíritu de concordia que contiene el mensaje y quiere que en su ciudad haya un asesinato ideológico como el de Laínez noche sí y noche también.

B.- Que está en contra de la violencia, pero si la víctima lleva unos tirantes con la bandera española, la justifica y le parece de perlas.

C.- Que está de acuerdo con el agresor porque ya han dicho Pablo Iglesias y Ada Colau que se trata de un chico muy, pero que muy majo.

D.- Que no sabe por qué le han dicho que bajase a la calle.

Y E.- Que es gilipollas.

Partiendo de la realidad insoslayable de que algunas opciones son compatibles con otras, podemos dar por sentado que la D y la E son respuestas correctas, mientras las otras tres pueden serlo en su conjunto, o tomadas de una en una.

Cabe una sexta interpretación que no figure en la lista. Ataraxia de ánimo, parálisis de extremidades, etc. Por eso conviene que el alcalde lo haga público cuanto antes y salir así de la zozobra.

En la era de los enanos

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


“Unos pigmeos subidos a los hombros de unos gigantes verán más que los propios gigantes”.

Diego de Estella, en 1578, en sus “Observancias” sobre el arte de predicar y hablar a la gente –Modus contionandi-, parafraseaba de este modo un viejo texto, que utilizaba para exhortara a elevarse de uno mismo, a buscar apoyos en personas o realidades de mayor autoridad y valía,y no sólo para superar las propias y naturales limitaciones, sino para –a partir de lo que ya logrado- ir más allá de lo que otros han comenzado y caminado. Subirse a una montaña, como subirse a los hombros de otro, incluso sin que se trate de un gigante, amplía el campo de visión y agranda los horizontes.

Con ello va la entera dinámica del desarrollo y del progreso humanos.

Ayer, Elena –nuestra enfermera-, al ponernos la vacuna de la gripe, encomiaba un artículo de opinión, que acababa de leer en el Metro camino del ambulatorio. Era del diario “20 minutos” (nro. 4055, p. 18); lo firmaba C. J. Palacios y se titulaba “Se nos va la pinza con las pseudo-ciencias”. 
Elena despertó de inmediato mi curiosidad al repetir de memoria una frase del ensayo que su autor asignaba a un tal Bernardo de Chartres: “Somos enanos aupados a hombros de gigantes”. 

La verdad, me pareció sugerente, rica y enriquecedora, sabia y muy proyectiva la idea que las pocas palabras de la frase mostraban. Sugerente; y no sólo por la elevada estatura humanista que demostraba su autor. Me dije, sobre todo, que la idea de la frase da una clave magistral del progresivo “hacerse” de los hombres en el curso de la Historia. Me pareció un reto a la barrera del “Non Plus Ultra”, grabado por Hércules, según dice la leyenda, en Gibraltar o en Finisterre para indicar el fin de los caminos.

En el actual diseño de la condición humana, si somos realistas, cuando se trata de subir peldaños e ir hacia arriba, nadie va solo a ninguna parte. El “otro”, y lo que el “otro” significa para el “yo” en todos los posibles órdenes o campos de la existencia, es artículo de primera necesidad -ineludible por tanto- para que el hombre “se haga” hombre. 

El “ser sociable” que es todo hombre por imperativos de esencia bastante más que de conveniencia o capricho no se aviene –ni fácil, ni difícilmente, es decir, de ninguna manera- con una esterilizante soledad. Otra cosa será que la soledad como medio de verse uno mismo por dentro haya de tener un espacio medido si ha de ser posible un para un buen equilibrio entre los reclamos de fuera y las querencias interiores y se busquen como alivio del estrés o de la fatiga de las malas compañías.

El autor del ensayo de “20 Minutos” parte, como digo, de la frase del pensador medieval para entonar un canto sin par a la ciencia y programar una radical y absoluta desconfianza hacia lo que llama la “seudo-ciencia”. Pone gran énfasis en los adelantos científicos. Exalta especialmente los de la medicina, y se contrasta el médico con el curandero, los brebajes de hierbas con las medicinas; y, en general, echa patas arriba esos usos populares –hijos casi siempre de supersticiones y falsas creencias-, que las más de las veces son supercherías al cien por cien, ilusas fantasías desprovistas de todo fundamento, para las cuales determinados hechos, ritos o recurrencias llevan consigo automáticamente consecuencias gratas o ingratas, según los casos.

Encierra –creo yo- mucha verdad y acierto el ensayo. Son evidentes –y además benéficos- los adelantos de las ciencias, y los de la medicina, especialmente, saltan a la vista más aún. Es evidente –sigo creyendo- que un cáncer no se cura con hierbabuena ni una tuberculosis se disipa con cataplasmas. 

Como es palpable, así mismo, que los adelantos de la medicina y la sapiencia y buena mano de los médicos, de todos ellos, salvo alguna excepción aislada que sólo confirmaría la regla, no son tan sólo un canto al progreso, sino un orgullo legítimo para la condición humana en cuanto diseñada para “hacerse” en cada hombre o mujer concretos y de este modo crecer y, por medio de la ciencia, la técnica, las artes, desarrollarse y así continuar indefinidamente la obra creadora de Dios, instrumentalizando con cabeza y corazón todos tos recursos posibles para ser hombres y cada vez más hombres. Por tanto, salvo lo que pueda tener de leve desmesura, me place la idea del ensayo.

Pienso yo que a nadie se le ocurre censurar o atribuir la nigromancia o superstición tomarse para las agitaciones una infusión de tila o, para una digestión pesada, una taza de manzanilla. Ni que, si te acatarras, sean maléficos unos vahos de eucalpiptus o romero… De mis años de Sigüenza recuerdo el rótulo –gracioso y nada extraño- de una farmacia de la ciudad diciendo que “Las mejores vitaminas salen de las cocinas”.

Pueden tener su campo estos remedios rústicos y sus utilidades también estas recetas caseras tradicionales. Dentro de el, y sin pedirles más de lo que son capaces de dar de sí, pueden servir para ser algo más de lo que son los placebos, y hasta-, en ciertos casos, evitar tomarse un omeprazol o un paracetamol. Como vacunarse de la gripe no quita que, al acostarte, tomes un vaso de leche caliente con miel, ni que deje de ser fiable la receta de los mayores según la cual un catarro, si se le cuida, dura ocho días y, si se le trata mal, una semana. Como ya dijera bien Aristóteles”, “In medio stat virtus”. Y desmesurar siempre será una cosa mala.

Volvamos al dicho del filósofo medieval. Bernardo de Chartes –llamado Bernardus Carnotensis en el argot del tiempo- vivió en el s. XII; estuvo al servicio de la catedral de Chartres; nos ha llegado tan sólo una de sus varias obras; y la frase de que se hace eco el ensayo de “20 Minutos” nos fue legado por su discípulo Juan de Salisbury en su obra Metalogicum (a. 1159, III, 4). Esta es la referencia que nos trasmite: “Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más y más lajos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura”-

Como se observa, por el tenor del texto original y su contenido, aunque admita el valor del mensaje del artículo de “20 Minutos, no puedo menos de hallarlo, reduccionista en extremo, y alejado por tanto del sentido radical de la frase medieval.

Ese “cientifismo” a ultranza, de que parece hacer gala el ensayo actual, no me convence demasiado. La ciencia, por supuesto, es mucho en la vida y el progreso modernos, pero no lo es todo. La democracia, por ejemplo, es mucho para el buen gobierno de los pueblos, al igual que la política no deja de ser una actividad benéfica, y hasta necesaria para que una sociedad funcione. Pero si la democracia y la política son elevadas a rango de fines cuando sólo son medios, se pueden convertir en morbos graves para las propias esencias de la democracia y de la política. Porque la desmesura es una suerte de gangrena de todo lo que toca.

Los coetáneos del pensador medieval conocieron la frase y la aplicaron programáticamente a la realidad; lo hicieron con mesura y buen sentido. No se puede con verdad llamar “progreso” a hacer “tabla rasa” de todo lo anterior. A parte de ser una enfermedad, de miopía cuando menos, sería una necedad. Nos debemos convencer –con humildad- de que vivimos de lo que otros hicieron. Yo no creo ni en el “super-hombre” ni en “héroes” de carne y hueso. Creo en la dignidad humana y en las respuestas que cada hombre dé -o sepa dar o quiera dar- a esa dignidad. 

Creo en la ciencia y en la técnica, pero sin desdeñar otros caminos hacia la verdad o el bienestar. Puede que mañana la ciencia diga cosas muy distintas de lo que dice hoy; como puede ocurrir que la técnica nos esté apuntando ya con las ojivas nucleares del enano gordinflón de Corea del Norte. Y no es que me fíe más de una infusión de manzanilla o poleo que de un antibiótico. Son cosas distintas y compatibles si se distinguen los tiempos y de concuerdan las edades.

No sé bien porqué –al filo de la frase de Bernardo de Chartres y de mis reflexiones- he ido evocando la letra y la música de la copla o canción de Carlos Cano titulada “Metamorfosis”, bellísima, graciosa y a tono exacto con muchos de los devaneos de tanta suficiencia post-moderna. Para cerrar, no me resisto a reproducir sus versos: 

“¿Dónde va ese muchacho con el triunfo en la cara / subiendo como un gamo la invisible montaña? /¿Qué gloria se reparte? / ¿Qué será lo que dan que le hace perder el culo? Señor, ¡qué barbaridad!. ¿Y ese chico de barba? /De todo se ha olvidado, tiró por la ventana los sueños del pasado. /El mismo que decía:¡compañero a luchar! en la gastronomía encontró su ideal./¿Qué queda de aquel tiempo? ¿Qué fue de la ilusión? ¿Dónde está la esperanza de nuestra generación? Entera a su servicio. / No hay problema zeñó, /para lo que usted guste, /dispuesta, en posición. /Tiempo de los enanos, de los liliputienses, /de títeres, caretas, de horteras y parientes, /de la metamorfosis y la mediocridad /que de birlibirloque te saca una autoridad”. Con la música, esta letra aún sabe mejor

No somos enanos; aunque podemos serlo y a veces parecerlo. Nos aupamos a hombros de gigantes que a su vez se auparon a lomos de otros anteriores. Pero no eran gigantes por sí mismos; sólo “molinos de viento” cuyas aspas fueron paso a paso, a lo largo de los siglos, dando aire para que los hombres de hoy seamos menos enanos y más hombres de verdad. Eran hombres que supieron ser hombres y abonaron la tierra para que ahora, subidos a sus hombros, podamos –al acostarnos- tomar un vaso de leche caliente con miel después de habernos vacunado contra la gripe.

En eso estamos

Alberto Pérez de Vargas
Europa Sur


No hay mal que por bien no venga. Además de que mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos. El “procès” (léase “prusés”, para estar al loro), que algunos analistas finos dan por muerto, ha despertado los instintos patrióticos del personal. 

Son multitud los que se han atrevido a decir sin sonrojarse lo de “soy español” y a exhibir símbolos y banderas nacionales como si tal cosa. La victoria de España en el mundial de fútbol de 2010, fue un primer aviso de cancha para los símbolos nacionales y el “prusés” ha sido su consagración. Seriedad, me refiero al fútbol, y esperpento; para que no nos privemos de nada y sepamos más acerca de la condición humana.

El Partido Popular tiene la fortuna de disponer de un electorado al que no afecta no ya la corrupción o la arrogancia de los jóvenes cachorros de la majada, sino ni siquiera los numerosos errores y dejaciones de esta formación que agrupa a una buena cantidad de españoles. Gracias a ello, mantendrá su vigencia en el medio plazo y superará, como difícilmente podría hacerlo otro colectivo, estos duros momentos y esta crisis de valores que padecemos. La aparición de Ciudadanos ha sido providencial, pues si bien serán los “populares” los que más acusen sus efectos, también es verdad que los jóvenes liberales y europeístas, y aquellos que consideran que siempre hay mucho que conservar, encontrarán una vía abierta para participar en la política.

En Cataluña es bastante probable que nuestra admirable Inés Arrimadas; otra de nuestras grandes donaciones al progreso de esa región; sea la líder más votada, pero no está nada claro, ni mucho menos, que aún así pueda ser presidente de la Generalidad. El Partido Popular está muy flojo de remos y las ambigüedades del PSC y el no sé qué hacer del PSOE no están para pensar en abrigar esperanzas. Porque, ya saben, ni el PP ni Cs son socios válidos, pero en las filas del PSC se cuentan por decenas los descolgados del nacionalismo conservador de Unión Democrática; hasta el mismísimo Durán Lleida anda por esos andurriales chupando rueda y pidiendo árnica.

Suelo decir a los escépticos, a esos que prefieren no votar, que cuando hay unas elecciones, no sólo se trata de elegir sino también de impedir la viabilidad de alternativas de mala catadura. Lo mejor es enemigo de lo bueno, acudiendo otra vez al refranero, y hay opciones que si alcanzaran un poco de poder nos arrastrarían a simas profundas y tenebrosas.

Un reino en guerra civil

Santiago Martín
Católicos ON LINE


Mientras los católicos estamos enzarzados en cuestiones que nos dividen, los que desde fuera promueven dichas discusiones van ganando terreno, no sólo contra la Iglesia sino contra la misma humanidad. No en vano, es el demonio el que mueve sus hilos.

Por ejemplo, esta semana, entre otras cosas, se ha aprobado la ley de la eutanasia en Italia, el Supremo de Argentina ha declarado inconstitucional la clase de Religión en horario escolar y en Australia se ha presentado un informe por parte de la comisión civil que estudia los casos de pederastia que exige que se suprima el secreto de confesión y que los curas denuncien a los pederastas en cuanto alguno vaya al confesonario. Es el laicismo que no cesa, como un rayo demoledor que cae no sólo sobre la Iglesia sino sobre la sociedad en su conjunto.

Lo de Italia es particularmente grave, pues aunque la ley de eutanasia aprobada se presente como “ligth”, la verdad es que es el viejo truco del resquicio en la puerta para irla abriendo luego de par en par. De momento, cualquier puede pedirla, sin importar los motivos, y la obligación de aplicarla afecta incluso a los hospitales y médicos católicos. No se ha aprobado la inyección letal, pero sí la retirada al enfermo de la alimentación y la hidratación, con lo cual, si se le ha sedado antes, se le dejaría morir sin que él se enterase.

En Argentina, el Supremo ha decidido que la religión molesta en los colegios y que hay que sacarla fuera. De momento, sólo la echan del horario escolar. Se ve que como los niños y jóvenes andan sobrados de formación ética, hay que quitarles lo que recién para que no tengan tanta. Así conseguirán el prototipo de hombre que buscan, cada vez más animal y menos racional. Es decir, cada vez más fácilmente manipulable por parte de aquellos que entienden la humanidad como un gran rebaño. Lo que Orwell describió en “1084” es un juego de niños comparado con lo que están implantando los autores de esta ingeniería social que domina el mundo.

Por último, lo de Australia. La llamada “Comisión Real” para el estudio de los abusos a menores ha recomendado, entre otras cosas, que se suprima el secreto de confesión y que los curas tengan la obligación de denunciar al que se acerque a confesarse un pecado-delito de ese tipo. La cosa no puede ser más tonta, pues si eso se aprobara es evidente que nadie se iría a confesar sabiendo que de ahí va a ir a la cárcel. El arzobispo de Melbourne y presidente del Episcopado australiano, monseñor Hart, ha dicho que la Iglesia no va a aceptar eso de ningún modo, aunque ha añadido que él personalmente no daría la absolución al penitente hasta que voluntariamente no acudiera a la policía a entregarse.

Hay muchas más cosas: la ampliación del aborto en Bolivia, el control de los niños por el Estado denunciado por el arzobispo de Trieste, y otras. Todas apuntan a lo mismo: el laicismo se ha lanzado a degüello a domar una sociedad que ya no es defendida por una Iglesia fuerte, porque éste se encuentra casi en estado de guerra civil. Y ya se sabe, lo dijo Cristo: “Un reino en guerra civil se derrumba casa tras casa”. Por el bien de la humanidad, la Iglesia tiene que recuperar su unidad, cuanto antes.

Tapad la muerte del facha

Javier Somalo
Libertad Digital


Esto es España, la de antes y después del 155 que lleva un golpe de Estado a las urnas. A ver qué dicen en Bélgica.

Una persona asesina a otra por la espalda de un golpe en la nuca con una barra de hierro. Tras el garrotazo, quizá ya mortal, la víctima es pateada en el suelo. Patada de gracia. 

Uno de los dos milita en la extrema izquierda y posa con banderas de la CNT, la hoz y el martillo. El otro luce tirantes con los colores de la bandera de España y posa con el yugo y las flechas. Dependiendo de quién haya sido el verdugo y quién la víctima tendremos resultados bien distintos: noticia en primera plana, manifestaciones, iniciativas políticas, condenas generalizadas y programas especiales de televisión o el más asqueroso de los silencios.

Si el muerto llevaba hoz y martillo o asimilados era un antifascista, un activista social o simplemente un joven brutalmente asesinado que ha dado cuenta del odio de la extrema derecha que, aunque no tenga partidos ni demanda de ellos, siempre está vigilante para acabar con las libertades que tanto trabajo ha costado conquistar. Lazos negros, minutos de silencio en toda España. Han matado a un joven por sus ideas, han truncado una vida llena de proyectos, la democracia es una broma de mal gusto. Un antifascista, por definición, jamás puede ser violento: existe porque el fascismo acecha por todas partes. La extrema derecha es el odio y la extrema izquierda el único remedio. Partidos y medios de la izquierda obligarán a la derecha a condenar el franquismo para que pueda librarse de una acusación de inducción al asesinato de la que, de todas formas, no se librará. Aquí o eres normal (izquierda) o eres franquista (derecha).

Si el muerto llevaba la bandera de España y no salía de un estadio, ojo: puede ser un facha y, de ser así, habría que matizar las condenas. Vaya, lo que sospechábamos: un día posó en una tasca con ambiente falangista y le va la Legión. Se lo ha buscado. Que no haya lazos. Que los minutos de silencio sean horas, días. De silencio de verdad. Al fin y al cabo han matado a un facha así que tocará condenar la violencia "venga de donde venga" porque está claro que tanto como la muerte no merecería pero lo mismo había votado a Falange. Claro que si era votante del partido de la "mala puta", casi peor porque esos pueden gobernar y ya se sabe que Albert es primo de Rivera. Partidos y medios de la izquierda harán la vista gorda pero aprovecharán para indagar en el pasado de la víctima y remozar el del verdugo. En la derecha debatirán sobre la necesidad de acabar con los símbolos que nos enfrentan porque ningún extremismo es bueno. Hay que romper esta espiral de odio: insultan a Iceta, se graban encima de un tanque, matan a uno en Zaragoza…


El muerto es Víctor Laínez y llevaba unos tirantes con los colores de la bandera de España. No se le conocen antecedentes delictivos ni actividad política concreta. El detenido por el asesinato es Rodrigo Lanza, militante de extrema izquierda con intensa actividad de proselitismo y condenado años atrás por dejar tetrapléjico a un policía de una pedrada. No estaban en una manifestación, no eran hinchas de equipos rivales, no era una quedada entre bandas. A Rodrigo no le gustaron los tirantes de Víctor porque llevaban los colores de su bandera y lo mató. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo contamos esta historia? Esto es España, la de antes y después del 155 que lleva un golpe de Estado a las urnas. A ver qué dicen en Bélgica.

13 diciembre 2017

Inmunes al desaliento

Fernando García de Cortázar
Alfa y Omega


Antes de que llegara una crisis que nos ha despojado de altanería y nos ha sumido en el desconcierto, ya habíamos asistido a un saqueo intelectual y a un despojo ético apenas denunciado, narcotizada como estaba nuestra sociedad por la radiante expansión del consumo, la confusión entre felicidad y diversión, la exaltación del egoísmo y la renuncia a la reflexión sobre nuestro lugar en el mundo. 

El hecho moral perdió vigencia, los principios tradicionales fueron derogados, la mirada que nos contemplaba desde hacía dos mil años fue apagada por la indiferencia. En la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo, el filósofo Habermas, a comienzos del siglo XXI, denunció el expolio de la tradición cultural inspiradora de la conciencia de Occidente, cuya desaparición estaba provocando la mayor oquedad ideológica de nuestro tiempo. 

Convenía meditar en el vacío que la carencia de una idea de eternidad y de sentido último de la existencia había dejado en el corazón del hombre. Extirpar del mundo a Dios no fue dejarlo a solas. Fue abandonarlo a la exaltación de la injusticia, de la inmoralidad y la desdicha.

Durante estos años hemos perdido el sentido patrimonial de una herencia enriquecida por dos mil años de ejercicio de nuestra condición de seres libres y hemos abandonado ese pulso exigente que, desde el inicio del Occidente cristiano, el hombre le ha echado a la disolución moral, a la corrupción de las costumbres y a la falta de respeto a nosotros mismos y a nuestro prójimo. Quieren hacernos creer que ninguna tradición es realidad viva entre nosotros, ni ningún rasgo identificador de una cultura fundamento de nuestra existencia.

Que perdamos nuestra personalidad labrada en el profundo cauce de la historia, y la cambiemos por una máscara de guateque multicultural en la que no saber quiénes somos parece un signo distintivo de estar a la altura de los tiempos. Como si la madurez de una nación consistiera en averiguar qué es lo que hemos dejado de ser, qué creencias hemos superado para siempre.

En este invierno de nuestra desorientación, sin embargo, hemos asistido al paseo triunfal por las librerías españolas de María Elvira Roca con su “Imperiofobia y leyenda negra” y sus miles de lectores han venido a decirnos que no todo estaba perdido. Volvíamos a tomar conciencia de hasta qué punto toda la historia de España estaba tergiversada y había sido manipulada para ofrecer de ella una visión absolutamente negativa y contraria, por supuesto, al progreso de la civilización.

Si Quevedo, mirando los muros de su patria, que es la nuestra, pudo escribir “y no hallé cosa en que poner los ojos”, nosotros, en estos devastadores años de banalidad y de jovial ausencia de principios nos refugiamos en la lectura para superar la pérdida de referencias que han sumido a buena parte de los ciudadanos no solo en las ásperas penalidades materiales de una depresión, sino también en una indefensión cultural profunda.

La ignorancia que se ha adueñado de nuestro mundo y la insolencia de querer actuar como si nuestras raíces colectivas fueran obstáculo para nuestra realización individual están en el trasfondo de la denuncia que sociólogo americano Rodney Stark hace en su libro Falso Testimonio (editorial Sal Terrae ), que acaba de aparecer en su versión española.

Un alegato contra la arrogancia intelectual y la mentira de quienes consideran que la libertad de las sociedades modernas se ha construido como resultado de la impugnación del cristianismo y de una progresiva pérdida de la influencia de la Iglesia católica en aras de una beneficiosa secularización del mundo.

La obra de Stark ofrece argumentos históricos para defendernos los católicos de las maldades y perversiones que nos atribuyen, desde el antisemitismo hasta la cooperación con los regímenes dictatoriales, pasando por el apoyo a las distintas formas de esclavitud moderna o la incapacidad radical para aceptar el progreso científico y la Ilustración.

Si Gabriel Celaya, impetuoso, escribió “maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales… maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse” hoy, con el libro de Rodney Stark en la mano, exigimos a la Historia que desenmascare falsos enunciados y turbias plegarias, ayudándonos a denunciar las imposturas y apaños de la vida pública y a sacar los colores a nuestros policías del pensamiento que piensan, como escribía Larra, que es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado. El absurdo anticatolicismo que se aloja en la presunción de laicidad es mucho más que un producto obsceno de la estolidez anticlerical. Es una ofensiva contra valores que determinan una forma de vivir, un concepto de la persona, una idea de la libertad. Es una causa general contra una herencia de cultura y civilización.

Tiene la envergadura de un auto de fe, de un siniestro proceso para emprender el vuelo de una existencia sin raíces. Con otras cosas que están sucediendo, esta es una manera de liquidar lo que muchos entendemos como España.

Por unos tirantes

Mariano Gasparet
EL ESPAÑOL


La golpiza mortal al motero Víctor Laínez por llevar unos tirantes con la bandera de España interpela a todos esos políticos y activistas de la frivolidad que, por hacer causa política de la maldad y estirar su gregario prestigio, se afanan en distinguir a unas víctimas de otras con la consideración de “mártires del fascismo”. 

Todo en virtud de sus complejos, de su egolatría, de su afán de protagonismo y de las guerras de sus abuelos.

No se trata de cerrar los ojos al fenómeno singular de la violencia alentada por el fanatismo totalitario de uno u otro signo. Pero sí de extremar la cautelapara no permitir que el inventario ideológico de un delito no acabe disfrazando la repugnante vulgaridad del mal.

En una democracia moderna, o que pretenda serlo, la muerte sobrevenida y violenta de un hombre a manos de un desalmado intoxicado de odio no debería merecer más consideraciones que el duelo por la víctima y el desprecio por su victimario.

En algún momento habrá que preguntarse, aunque pueda resultar incómodo o poco rentable al proselitismo, si cuando tras un acto violento se convocan manifestaciones de carácter partidista, se esgrimen eslóganes caducos y se tributan homenajes políticos a las víctimas, no se excita también la animosidad de los más energúmenos entre los propios. 

Es decir: si esa tendencia a buscar el trasfondo ideológico de la brutalidad no acaba brindando una coartada a los violentos y sirviendo de espoleta a crímenes futuros.

Ignoro, y me resulta repugnante preguntármelo, qué pensaba o con qué causas políticas se identificaba el animal que atacó con una barra de hierro a Víctor Laínez por llevar unos tirantes con la bandera de España. He leído que la víctima era simpatizante de Falange, circunstancia que en nada modifica la percepción lo ocurrido, salvo que se considere que quien no piensa como uno merece la muerte. También he leído que el agresor se pretendía antisistema y antifascista, y ambas etiquetas me bastan para hacerme una idea.

Pero sí me gustaría saber qué piensan, y si se sienten interpelados y concernidos por este crimen, quienes con más fatuidad que razón se manifestación en Valencia y Barcelona contra el auge del fascismodespués de los episodios violentos registrados en ambas ciudades por radicales de extrema derecha.

¿No es comparable la muerte -habría que decir asesinato- de Víctor Laínez a las de Guillem Agulló y Carlos Palomino? ¿Le pondrán una plaza o una calle en Zaragoza o quizá en Terrasa donde nació? ¿Se pedirán comparecencias de ministros para abordar el homicidio de este hombre como un problema nacional? ¿Es éste el primero de los muertos del procés? ¿Sería a ojos de Marta Rovira la primera víctima del genocidi catalán a manos del fascismo de haber llevado al cuello una estelada? ¿Lo tratarán de héroe Pablo Iglesias y Monedero o aplaudirán a sus masas: "No pasarán" y tal? ¿Es alguien responsable de haber despertado el anarquismo? ¿Una manifestación contra la violencia fanática es demasiado sosa, quizá? ¿Hay víctimas de primera y de segunda en este país de todos los demonios?

Este muerto llama a la puerta con preguntas urgentes.

10 diciembre 2017

La Europa que estamos matando

Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal


Es posible que me equivoque; pero creo que a la Europa cultural, a esa antigua, formidable e interesante señora que en sus 3.000 años de memoria incluye desde Homero, Platón, Sócrates, Virgilio y aquellos fulanos -y fulanas- de entonces hasta los de hace pocos días, pasando por Shakespeare, Leonardo, Cervantes, Velázquez, Montaigne, Voltaire, Van Gogh y el resto de la peña, no la matarán el terrorismo islámico, la inmigración o la multiculturalidad; ni siquiera la pandilla de políticos semianalfabetos que legisla y trinca en Bruselas con el objetivo, que se diría deliberado, de igualarlo todo en la mediocridad y aplastar la inteligencia allí donde todavía puede brillar.

En mi opinión, lo que destruye la Europa que en otro tiempo fue faro intelectual y referencia moral del mundo es el turismo de masas: la invasión descontrolada, imparable, de multitudes -entre las que nos contamos ustedes y yo- que circulan arrasándolo todo a su paso.

Transformándolo, allí donde se posan como plaga de langosta, en un escenario diferente al que fue, reconvertido ahora a su, o nuestra, imagen y semejanza.

Nada puede sobrevivir, porque es imposible, a diez o veinte mil turistas arrojados de golpe por cruceros y viajes baratos -suena mejor low cost-, en un solo fin de semana sobre ciudades como Roma, Florencia, París, Madrid o Barcelona.

Y no se trata únicamente del efecto de masas que las hace intransitables, complica el acceso a museos y puntos de interés, degrada el entorno, ensucia y satura. Se trata también, y sobre todo, de cómo los lugares van perdiendo poco a poco, y a veces con extraordinaria rapidez, los rasgos que los hacían singulares, adaptándose, qué remedio, a la nueva situación.

Tiendas de toda la vida, restaurantes, librerías, comercios, establecimientos que durante décadas o siglos dieron carácter local, desaparecen o se adaptan a los nuevos visitantes. Ofreciendo, naturalmente, lo que ese nuevo cliente exige, o exigimos: tiendas de souvenirs, bares y cafeterías impersonales, comida rápida y sobre todo ropa, mucha ropa.

De Algeciras a Estambul, de Palermo a Oslo, de cada dos comercios que cierran y reabren, uno lo hace como tienda de ropa. O de teléfonos móviles, también, a fin de que todos podamos ir dándole con el dedo a la pantallita; e incluso enterarnos, gracias a ella, de lo que tenemos alrededor sin necesitar la tontería viejuna de mirarlo. Paseando por lugares cuya historia ignoramos, fotografiándonos ante monumentos y cuadros que nos importan un carajo, pero que se indican como parada obligatoria. Trofeo del safari.

Pienso en eso en Lisboa, sentado en la terraza de la pastelería Suiça, mientras compruebo en qué hemos convertido, también, esta hermosa ciudad hasta hace poco elegante y tranquila. Los operadores turísticos se lanzan ahora sobre Portugal, y todo está lleno de gente en calzoncillos que bloquea las calles caminando tras guías políglotas que levantan en alto banderitas y paraguas de colores. Eso trae dinero, claro.

A ver quién se resiste a eso, así que toda Lisboa está en fase de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas gentes. No hay un taxi libre, ni una mesa en un café. Los abueletes que necesitan subir al Barrio Alto ya no pueden utilizar el elevador de Santa Justa, porque colas enormes de turistas aguardan turno para subir en él y hacerse una foto.

Frente a La Brasileira, docenas de guiris que ni saben quién fue Pessoa ni les importará jamás se retratan junto a la estatua del escritor que, de verse tan sobado, se ciscaría en su puñetera madre. Y el barrio de Alfama, donde antes te atracaban de noche como Dios manda, y podías pasear a oscuras sólo si te arriesgabas a ello, ahora rebosa de locales de fado, con ingleses y alemanes preguntando dónde pueden comer la típica paella portuguesa.

Esto es hoy Lisboa. En la vieja Suiça, donde intento leer tranquilo, un grupo de anglosajones especialmente escandaloso y bestial bebe alcohol, grita, canta y maltrata al veterano camarero de chaquetilla blanca. Harto de esos animales, entristecido por la suerte de la ciudad antigua y señorial, me levanto y ocupo una mesa que ha quedado libre en el extremo opuesto de la terraza.

Al poco se acerca el camarero, trayendo mi bebida. Entonces miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: «He tenido que venir a una mesa que esté lejos».

Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde:

«Ya no hay mesas lo bastante lejos»


09 diciembre 2017

Sobre la publicación de la carta del Papa a los obispos argentinos en el AAS

Edward Peters
Doctor en Derecho Canónico
Católicos ON LINE


Hace unos tres meses predije que la carta del Papa Francisco a los obispos argentinos, aprobando su implementación de Amoris laetitia, llegaría al Acta Apostolicae Sedis. Ahora lo ha hecho. Una nota adjunta del Cardenal Parolin declara que el Papa desea que el documento argentino goce de «autoridad magisterial» y que su aprobación tiene el estatus de «carta apostólica».
Bien. Estudiemos algunos puntos.

1. Canon 915. Es crucial entender que, en la actualidad, lo que impide a los ministros de la Sagrada Comunión dar la comunión eucarística a los católicos divorciados y casados ​​es el Canon 915 y la interpretación universal y unánime que ese texto legislativo, fundado como está en la ley divina, siempre ha recibido. El Canon 915 y los valores fundamentales sacramentales y morales que están detrás de él podrán ser olvidados, ignorados o ridiculizados, incluso por personas con rango jerárquico en la Iglesia, pero a menos que la ley revoque o modifique ese precepto mediante acción legislativa papal o sea efectivamente anulada mediante «interpretación auténtica» aprobada por el Pontífice (1983 CIC 16), el Canon 915 sigue vigente y obliga a los ministros de la Sagrada Comunión.

[El Canon 915 establece que «No deben ser admitidos a la sagrada comunión [...] los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave».

El Catecismo de la Iglesia Católica describe en su n. 2384 que los divorciados vueltos a casar viven en «adulterio público y permanente». En el n. 2390 dice que «el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental».]

Si ni la carta del Papa a los argentinos, ni el documento de los obispos argentinos, ni siquiera Amoris laetitia mencionan lo que dice el Canon 915, mucho menos estos documentos derogan, abrogan o interpretan de manera auténtica esta norma quitándola del Código de Derecho Canónico. Por supuesto, tampoco nada o poco en estos documentos respalda o reitera el Canon 915, y el silencio aparentemente estudiado que el canon 915 sufre en estos momentos es motivo de profunda preocupación pastoral. Pero la ley no se marchita por estar sometida al silencio.

2. Carta apostólica. Una «carta apostólica» es una especie de mini-encíclica y, a pesar de la atención que las encíclicas suscitan por su enseñanza o valor de exhortación, no son (con raras excepciones) el tipo de texto que se utiliza para formular nuevos preceptos legales. Habitualmente, las «cartas apostólicas» se escriben para grupos más pequeños dentro de la Iglesia y se ocupan de cuestiones más limitadas, no de cuestiones mundiales, como admitir a los católicos divorciados y casados ​​de nuevo a la Sagrada Comunión. Incluso cuando se usa un tipo especial de «carta apostólica» para hacer cambios a la ley, como lo hizo Juan Pablo II en Ad tuendam fidem (1998), como lo hizo Benedicto XVI en Omnium in mentem (2009), o como lo hizo Francisco en Magnum principium (2017), la «carta apostólica» utilizada en tales casos lleva la designación adicional «motu proprio» (es decir, por propia iniciativa del Papa, y no en respuesta a la acción de otra persona), y los cambios hechos a la ley son expresamente identificados por números canónicos, no simplemente implícitos o supuestos, especialmente no por silencio.

La carta del Papa a los argentinos aparece simplemente como una «carta apostólica», no como una «carta apostólica motu proprio», y no hace referencia a ningún canon.

3. Auténtico magisterio. Mucha gente usa el término «magisterio» como si fuera equivalente a «autoridad de gobierno de la Iglesia», pero en su sentido canónico «magisterio» generalmente se refiere a la autoridad de la Iglesia para impartir enseñanzas sobre fe y moral, no a la autoridad de la Iglesia para imponer la disciplina relacionada con asuntos de fe y moral.

Mientras que Francisco, aunque de forma lo más indirectamente posible (a través de un memorando a un funcionario de Dicasterio sobre una carta escrita por una Conferencia episcopal), ha indicado que su carta a los argentinos e incluso la carta de la Conferencia argentina son «magisteriales», lo cierto es que el contenido de cualquier documento de la Iglesia, para poder llevar convenientemente la etiqueta «magisterial», debe contener afirmaciones sobre la fe y la moral, no disposiciones sobre cuestiones disciplinarias relacionadas con la fe y la moral. Los documentos eclesiásticos pueden tener pasajes «magisteriales» y «disciplinarios», por supuesto, pero generalmente solo aquellas partes de dicho documento que enseñan son canónicamente consideradas «magisteriales», mientras que las partes normativas de dicho documento son canónicamente consideradas «disciplinarias».

Francisco ha calificado a algunos otros de sus puntos de vista, en mi opinión demasiado libremente, como poseedores de «autoridad magisterial» (recuérdese sus comentarios sobre el movimiento litúrgico), y no es el único que hace, de vez en cuando, comentarios extraños sobre el uso de la autoridad papal (recuérdese que Juan Pablo II invocó «la plenitud de [su] autoridad apostólica» para actualizar los estatutos de un grupo de expertos pontificio en 1999).

Pero ese uso inconsistente solo subraya que el resto de nosotros debe tratar de leer tales documentos de acuerdo con la forma en que la Iglesia misma los escribe generalmente (desearía que «siempre», pero me contentaré con «generalmente»). Y pregunto ahora ¿hay afirmaciones «magisteriales» en Amoris, el documento de Buenos Aires y la carta de aprobación de Francisco? Sí. Muchas, que van desde lo obviamente cierto, pasando por lo cierto pero de enunciado extraño o incompleto, hasta unas pocas que, si bien pueden ser entendidas en un sentido ortodoxo, se formulan en formas que se prestan a un entendimiento heterodoxo (y que por esta razón deben ser aclaradas, por el bien común eclesial).

En cualquier caso, tales enseñanzas, en la medida en que hacen afirmaciones sobre la fe o la moral y provienen de obispos y/o papas que actúan como obispos o papas, ya disfrutan de al menos algún valor magisterial ordinario (relativamente poco), un valor que no aumenta al pegarle la etiqueta «magisterial».

¿Y hay afirmaciones «disciplinarias» en Amoris, el documento de Buenos Aires y la carta de aprobación de Francisco? Sí, algunas. Pero como he dicho antes, en mi opinión, ninguna de esas afirmaciones disciplinarias (más bien pocas), ni siquiera las que, por ambiguas, dejan la puerta abierta a prácticas inaceptables, es suficiente para revocar, modificar, o de otra manera anular el Canon 915 que, como se ha señalado anteriormente, impide la administración de la sagrada Comunión a los católicos divorciados y casados ​​nuevamente.

Conclusión. Desearía que el Canon 915 no sea el único baluarte contra el abandono de la Eucaristía a los caprichos de las conciencias individuales, a menudo malformadas. Desearía que un sentido animado y pastoral de la permanencia liberadora del Matrimonio cristiano, la necesidad universal de la Confesión para reconciliar a aquellos en pecado grave, el poder de la Eucaristía para alimentar a las almas en el estado de gracia y para condenar a los que la reciben irreverentemente, fuese suficiente para hacer innecesaria la invocación del Canon 915 en la práctica pastoral. Pero aparentemente, en gran parte del mundo católico actualmente, tal no es el caso y el Canon 915 debe señalarse como si fuera la única razón para prohibir la recepción de la Sagrada Comunión en estas situaciones.

¿Pero qué se puede decir? A menos que el Canon 915 en sí mismo sea directamente revocado o anulado, obliga a los ministros de la Santa Comunión a no administrar el augusto Sacramento a, entre otros, los católicos divorciados y casados, excepto cuando esas parejas viven como hermanos y sin escándalo ante la comunidad.

Nada de lo que he visto hasta la fecha, incluida la aparición de las cartas del Papa y de los obispos argentinos en el Acta Apostolicae Sedis, me hace pensar que el Canon 915 ha sufrido tal destino.

07 diciembre 2017

Año XIV - Nº 1065

La defensa de la Constitución en Cataluña

Editorial
Libertad Digital


Ningún homenaje a la Constitución española sería mejor que ver cómo se cumple y se hace cumplir en Cataluña.

No ha sido, lógicamente, equiparable a las multitudinarias manifestaciones que, en defensa de la Constitución y de la unidad de España, abarrotaron las calles de Barcelona antes y después de la ilegal consulta secesionista del 1-O. 

Sin embargo, los miles de catalanes que se han manifestado este miércoles en la Ciudad Condal bajo el lema "Constitución española: la ley de todos. Con la Constitución, por la concordia" han protagonizado uno de los homenajes más meritorios de cuantos ha recibido la Carta Magna en el 39º aniversario de su aprobación.

Y hay que hablar de mérito no sólo por las trabas que ha impuesto la infame alcaldesa Ada Colau, sino porque ni los medios de comunicación ni las formaciones constitucionalistas dieron la menor cobertura a la convocatoria, llevada a cabo por una entidad sin apenas recursos, Espanya i Catalans, y a la que no se han sumado los candidatos a la presidencia de la Generalidad del PSC, Miquel Iceta, y Ciudadanos, Inés Arrimadas. 

Tan sólo los representantes de Ciudadanos y del PP en el Consistorio barcelonés Paco Sierra y Alberto Fernández Díaz, así como el candidato popular al Gobierno regional, Xabier García Albiol, se han dejado caer en una concentración convocada, básicamente, a través de las redes sociales.

Han hecho mal los dirigentes constitucionalistas catalanes y sus medios afines en no volcarse con un acto así en el Día de la Constitución. No sólo porque la Constitución merece homenajes de ese tipo, sino porque es vital que lideren la movilización en defensa de la Carta Magna; más aun en unos momentos en que la esperpéntica aplicación del artículo 155 llevada a cabo por el Gobierno de Rajoy no ha eliminado el tóxico agitprop separatista en los medios públicos del Principado.

Esa repulsiva hostilidad hacia el constitucionalismo está teniendo estos días presencia en los medios en forma, por ejemplo, de anuncio en el que el himno de España sirve de banda sonora para cargas policiales efectuadas durante el pasado 1 de octubre. 

Teniendo en cuenta que el artículo 543 del Código Penal castiga como delito de ultraje a España cualquier ofensa a sus símbolos o emblemas, es sencillo hacerse una idea de la desidia de unas formaciones que ni siquiera se han molestado en denunciarlo ante la Junta Electoral. 

Eso, por no recordar que TV3 ha elegido al vomitivo Quim Masferrer, que tachó a los españoles de "sarnosos y cabrones", como presentador de su programa de Nochevieja; o que un estrecho y conocido colaborador de la televisión pública catalana, Jair Dominguez, ha escrito un artículo en el que expresa su deseo de rebanar el pescuezo al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

Sea como fuere, conviene insistir en que ningún homenaje a la Constituciónsería mejor que ver cómo se cumple y se hace cumplir en Cataluña.

Escuelas católicas ante la Navidad

Daniel Arasa
Forum Libertas


Una escuela católica catalana anunciaba la supresión del belén viviente esta Navidad “porque no hay nada que celebrar” ante el hecho de que algunos altos cargos del Gobierno de la Generalitat y líderes sociales independentistas han sido encarcelados y otros están en Bélgica. 

Otros colegios han adoptado decisiones similares. Es decir, para los directores o miembros del Consejo Escolar de aquellos centros, y posiblemente para algunos miembros del AMPA, revivir el Nacimiento de Jesús carece de importancia. Para ellos la Navidad no tiene que ver con la alegría de la llegada del Salvador.

Para expresar el desacuerdo con aquellas detenciones, los directivos escolares no suprimen una excursión, o la copa de champán de fin de trimestre, o una comida navideña, o los turrones, ni anuncian dejar de celebrar el cotillón en la Nochevieja. Eliminan el belén.

Espero y deseo que cuando este artículo aparezca en Forum Libertas estén en libertad aquellos Consellers y dirigentes de entidades nacionalistas. Creo que en ningún momento debían haber ido a la cárcel, aunque tampoco los considero “presos políticos”, sino “políticos presos”, porque no se les encarceló por su forma de pensar favorable a la independencia –si fuera así estarían en prisión muchísimas decenas de miles de catalanes- sino por actuaciones efectuadas.

Pero más allá de un aspecto político opinable, lo sustancial en el tema es de si el cristianismo pinta algo en los centros educativos de determinadas instituciones católicas, o al menos en algunos de aquéllos. Tales decisiones referentes a la Navidad son solo una pequeña muestra de cómo en estos centros enfocan lo referente a la formación religiosa. Ni siquiera es la punta del iceberg. 

La formación cristiana ha sido borrada o reducida a vaguedades genéricas, y en algunos casos sustituida por otras prioridades no precisamente espirituales. No pocos padres y madres cristianos me han confesado que, en lo que concierne a la formación religiosa, prefieren enviar a sus hijos a una escuela pública, donde seguramente en aquel campo no les darán ninguna, que a algunas escuelas de instituciones religiosas. Porque en casa o en la parroquia se puede construir mejor desde cero que desde la deformación.

Entiendo que si tienen clara conciencia cristiana, los padres con hijos en aquellos colegios deben plantearse si merece la pena que sus hijos sigan allí. Desde luego, yo los cambiaría de centro.

Lo sucedido traslada en otro campo, el de la presencia cristiana en la vida pública. Una muestra, pequeña pero muy significativa y relacionada con el asunto, es la lucha por la instalación de belenes en espacios públicos en el período navideño. Es sin duda manifestación de una tradición cristiana, pero va más allá de las creencias por formar parte de la cultura básica del país, al menos en España. 

Frente a los intentos de eliminarlos o de convertirlos en raros esperpentos como han hecho los ayuntamientos de algunas ciudades, una gran parte de la sociedad aboga por su mantenimiento. Para unos es una bonita tradición llena de sentido humano y de valores. Los que somos cristianos, además, creemos que contribuye a aportar para todos aquel derroche de virtudes y gracias que derivan del Niño Dios: Amor, generosidad, humildad, alegría… 

Complementariamente, es una muestra de arte muy valiosa y enraizada en la vida de las familias y las ciudades, y un medio de dar vida familiar al centro de la población en estas fechas, más allá del consumo desbocado.

Bien. Resulta que luchamos por defender la presencia cristiana en el espacio público frente al laicismo que presiona, mientras se da la paradoja que dentro del propio cristianismo están algunos supuestamente católicos que erosionan la retaguardia. 

Volviendo a los colegios, les diré ideas expresadas por algunos ante el apabullante analfabetismo religioso de los jóvenes de nuestro país: aparte de que muchas familias fallan y de gran parte de los que van a la escuela pública no reciban formación religiosa, tampoco la tienen la mayoría de los cientos de miles que pasaron por centros confesionalmente católicos.

Tuiteo y tuteo

Fernando Sánchez Dragó
EL MUNDO


El tuteo elimina las jerarquías, lo que equivale a proscribir la excelencia, la cultura y la pedagogía.

La expresión es de Manolo Hidalgo. Me topé con ella en una de sus columnas. 

El tuteo, mal generalizado ya en una expatria que corre hacia el suicidio, certifica el triunfo de la rebelión de la chusma. La de las masas, que anunciase Ortega, está tan apolillada como la de los bolcheviques en la Rusia de los zares. Eliminar el usted y, de paso, prescindir nada menos que del respeto al prójimo no sale gratis. 

Por algo lo impusieron en su día los comunistas y los fascistas. Mussolini sustituyó el lei por el voi. En el Partido Comunista, donde estuve, yo tuteaba a Carrillo y habría tuteado al mismísimo Stalin si lo hubiese tenido a tiro de conversación. En la Falange todos eran camaradas, como en el partido citado, y compañeros son quienes militan en el hipócrita igualitarismo de la izquierda. El tuteo elimina las jerarquías, lo que equivale a proscribir la excelencia, la cultura y la pedagogía. Tutear sin ton ni son es hacer alarde de ignorancia. 

Hace unos años vino a verme una joven periodista, licenciada en Ciencias de la Uniformización. Quería entrevistarme. Era simpática. Lo primero que hizo fue disculparse porque, según me explicó con un atisbo de sonrojo, no sabía manejar los tiempos verbales ni las concordancias que el uso del usted exige. 
¡Hale, pensé, a freír monas de Darwin la tercera parte de la gramática! 

Los miembros de la Generación del 98, amigos y colegas todos, se trataban de usted. Lo mismo hacían en la Resi y en los tugurios del Madrid castizo quienes pertenecieron a la del 27. De usted trataban Cánovas, Sagasta, Primo, Negrín y Franco a sus ministros. Eran otros tiempos. 

En los de ahora hay, incluso, gentes de edad, de bien y de buena educación que interpretan el usted, campechanos ellos, como trato vejatorio y te piden que lo apees. Llevo a mis espaldas ochenta y un años, cuarenta y cuatro libros, un millar de conferencias, cinco mil piezas de prensa, tres lustros de docencia... La tele ni la menciono. 

Pues bien: llaman ahora a la puerta de mi casa, la abro, es un repartidor sin estudios, en chándal y con acné que me trae un libro. “¿Fernando?”, pregunta. “Sí”, respondo. “Pues firma”

En casos así, una vieja amiga, que estuvo en el Partido, inquiere: “¿Nos han presentado?”. Yo, más tímido, no me atrevo a hacerlo, pero aplaudo su estrategia. 

¿Tuteo o tuiteo?, apunta Hidalgo. ¿Pero no es lo mismo? Seguro que en las Redes, donde el tú y el vosotros son preceptivos, escribirían husted.

Fiesta de la belleza

Raniero Cantalamessa
Religión en Libertad


Diciendo que María es la Inmaculada decimos de ella dos cosas, una negativa y una positiva: negativamente, que ha sido concebida sin la «mancha» del pecado original; positivamente, que ha llegado al mundo llena ya de toda gracia. En esta palabra está la explicación de todo lo que María es. 

El Evangelio de la fiesta lo subraya haciendo que volvamos a escuchar la palabra del ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

La palabra gracia tiene dos significados. Puede significar favor, perdón, amnistía, como cuando decimos de un condenado a muerte que ha obtenido gracia. Pero puede significar también belleza, fascinación, amabilidad. El mundo de hoy conoce bien este segundo sentido de gracia, es más, el único que conoce.

También en la Biblia gracia tiene estos dos significados. Indica ante todo y primariamente el favor divino gratuito e inmerecido que, en presencia del pecado, se traduce en perdón y misericordia; pero indica después también la belleza que se deriva de este favor divino, lo que llamamos el estado de gracia.

En María hallamos estos dos significados de gracia. Ella es «llena de gracia» ante todo porque ha sido objeto de un favor y de una elección únicos; ella ha sido también «agraciada», esto es, salvada gratuitamente por la gracia de Cristo. (¡Ella fue preservada del pecado original, «en previsión de los méritos de Cristo»!). Pero es «llena de gracia» también en el sentido de que la elección de Dios la ha hecho resplandeciente, sin mancha, «toda bella», «tota pulchra», como le canta la Iglesia en esta fiesta.

Si la Inmaculada Concepción es la fiesta de la gracia y de la belleza, ésta tiene algo importantísimo que decirnos hoy. La belleza nos toca a todos, es uno de los alicientes más profundos de la acción humana. El amor por ella nos une a todos. «El mundo será salvado por la belleza», dijo Dostoievski. Pero debemos añadir inmediatamente, el mundo también puede perderse por la belleza.

¿Por qué tan frecuentemente la belleza se transforma en una trampa mortal y en causa de delitos y de lágrimas amargas? ¿Por qué muchas personificaciones de la belleza, a partir de la Helena de Homero, han sido causa de enormes lutos y tragedias y muchos modernos mitos de belleza (el último el de Marilyn Monroe) acabaron de forma tan triste?

Pascal dice que existen tres órdenes de grandeza, o categorías de valores, en el mundo: el orden de los cuerpos y de las cosas materiales, el orden de la inteligencia y del genio, y el orden de la bondad o santidad. Pertenecen al primer orden la fuerza, las riquezas materiales; pertenecen al segundo orden el genio, la ciencia, el arte; pertenecen al tercer nivel la bondad, la santidad, la gracia.

Entre cada uno de estos niveles y el sucesivo hay un salto de calidad casi infinito. Al genio no quita ni pone nada el hecho de ser rico o pobre, bello o feo; su grandeza se sitúa en un plano diferente y superior. De la misma forma, al santo no añade ni quita nada el hecho de ser fuerte o débil, rico o pobre, un genio o un iletrado: su grandeza se sitúa en un plano diferente e infinitamente superior. El músico Gounod decía que una gota de santidad vale más que un océano de genio.

Todo lo que Pascal dice de la grandeza en general, se aplica también a la belleza. Existen tres tipos de belleza: la belleza física o de los cuerpos, la belleza intelectual o estética, y la belleza moral y espiritual. Igualmente aquí entre un plano y el sucesivo hay un abismo.

La belleza de María Inmaculada se sitúa en el tercer plano, el de la santidad y de la gracia, más aún, constituye su vértice, después de Cristo. Es belleza interior, hecha de luz, de armonía, de correspondencia perfecta entre la realidad y la imagen que tenía Dios al crear a la mujer. Es Eva en todo su esplendor y perfección, la «nueva Eva».

¿Es que los cristianos despreciamos o tenemos miedo de la belleza, en el sentido ordinario del término? En absoluto. El Cantar de los Cantares celebra esta belleza en la esposa y en el esposo, con entusiasmo insuperado y sin complejos. También ella es creación de Dios, es más, la flor misma de la creación material. Pero decimos que ella debe ser siempre una belleza «humana», y por ello reflejo de un alma y de un espíritu. No puede ser abajada al rango de belleza puramente animal, reducida a puro reclamo para los sentidos, a instrumento de seducción, a sex appeal. Sería deshumanizarla.

Todos podemos hacer algo para entregar a las generaciones que vendrán un mundo un poco más bello y limpio, si no de otra forma eligiendo bien lo que dejamos entrar en nuestra casa y en nuestro corazón, a través de las ventanas de los ojos. Aquello que fue para María el punto de partida en la vida es para todo creyente el punto de llegada. También la Iglesia de hecho está llamada a ser un día «sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 27).

Rajoy: ¡Pero qué se ha “fumao” Félix esta mañana!

Jesús Cacho
Voz Pópuli


El director del CNI, Félix Sanz Roldán EFE

Una anécdota, real como la vida misma, resume el desconcierto del Gobierno –como el de la inmensa mayoría de españoles-, al enterarse de la bomba de relojería que se estaba preparando en las cocinas de JxSí, la coalición electoral entre ERC y CDC que había logrado 62 diputados en las elecciones autonómicas del 27 de septiembre de 2015, quedando a 6 de la mayoría absoluta necesaria para formar Govern. 

Muy a primeros de enero de 2016, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que dirige el general Félix Sanz Roldán informó al Gobierno del nombre del sustituto de Artur Mas, obligado a abandonar el liderazgo de la coalición después de que la CUP se negara en redondo a apoyar su investidura. 

Y cuentan que Sanz Roldán tiró aquel día de teléfono, como hace todas las mañanas, para contar la nueva a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, su superior jerárquica. Soraya se apresuró a comunicar la novedad al presidente del Gobierno en el propio recinto de Moncloa.


-Pusdequé…? –inquirió Mariano arqueando la ceja.

-Puigdemont, CarlesPuigdemont. Es el alcalde de Gerona.

-¡Pero qué se ha fumao Félix esta mañana…!

El jefe de nuestros espías no se había fumado ninguna yerba alucinógena. Simplemente había cumplido con su obligación de facilitar al Gobierno de la nación esa información confidencial sensible que le permite tomar decisiones políticas con conocimiento de causa. Mariano Rajoy no había oído nunca el nombre de un hombre que con el paso de los meses llegaría a colocar a España frente a su mayor crisis política desde la Guerra Civil. 

El Ejecutivo, sin embargo, estuvo informado puntualmente de lo que iba a ocurrir en Cataluña. Como lo ha estado siempre a lo largo de los últimos meses. El papel de los servicios de inteligencia ha sido, sin embargo, puesto en duda por unos y abiertamente criticado por otros, acusado incluso de haber sido pillado en fuera de juego en momentos críticos de la crisis catalana, acusaciones que han llegado a saltar a las páginas de algunos medios en la Red intoxicados por el inevitable comisario Villarejo, enemigo declarado del director del CNI. De haber sido incapaz de localizar las urnas del patético referéndum del 1 de octubre pasado, por ejemplo.

“El CNI pidió a la Guardia Civil que abandonara la investigación de las urnas del 1-O”. Tal era el titular de apertura con el que uno de estos medios sensacionalistas trataba de dañar la imagen del Centro por encargo del famoso ex comisario. 

“El fracaso del CNI: ni encontró las urnas ni el 95% de los Mossos ha cumplido la orden del juez”. “Esas informaciones son absolutamente falsas”, aseguran en el Centro, “y desconocen la naturaleza de las funciones que tiene encomendadas y que vienen reflejadas por su Ley Regulatoria. Las urnas fueron escondidas por cientos de ciudadanos en sus casas. ¿Alguien se imagina al CNI siguiendo los pasos de un millar de paisanos? No hay juez capaz de autorizar una cosa semejante, ni está entre nuestras obligaciones. Esa no es función del CNI, y sí trabajo del CNP, de la GuardiaCivil y de los propios Mossos. Un servicio de inteligencia se dedica a buscar información, a contrastarla y a pasársela al Gobierno para que pueda obrar en consecuencia. Y lo hace a través de los agentes que tiene desplegados en las zonas de conflicto. Eso es todo, que no es poco”.

“El CNI no es una fuerza policial, y no hubiera podido efectuar detenciones en caso de haber estado al corriente de la fuga de Puigdemont, por ejemplo. Otra cosa es que el Centro haya estado trabajando muy intensamente en asuntos que ha llevado a buen término la Guardia Civil y en los que nuestra presencia ha quedado en la sombra, como es el caso de la neutralización, en la sedes del CTTI y del CESICAT, de los programas informáticos relacionados con el 1-O, impidiendo así el recuento y el voto telemático, operación realizada por la Benemérita el 30 de septiembre, víspera del referéndum, un golpe maestro que contó con nuestra experiencia, muy alta, en la materia”, y que indujo al Gobierno a pensar que la votación había sido abortada del todo, con lo que sabemos sucedió después: la aparición de las urnas y el intento de la Policía de hacer cumplir el mandamiento judicial impidiendo las votaciones e interviniendo en los colegios cuando ya era demasiado tarde, intervención frenada a partir de las 11 de la mañana tras los incidentes registrados. 

El CNI habla catalán

El Centro asegura estar perfectamente al corriente desde hace tiempo sobre lo que ocurre en Cataluña. Los efectivos dedicados al desafío catalán se han multiplicado por cuatro en los últimos años, al punto de que prácticamente todos los nuevos agentes que han entrado a formar parte de la casa están en Cataluña y hablan catalán. Incluso la mujer que dirige la División de Inteligencia Económica, uno de los cargos más relevantes del CNI, es catalana. 

De centralizar la información se encarga una “célula Cataluña” que reporta directamente a Sanz Roldán. “El Centro ha ofrecido al Gobierno información puntual y concreta de todos y cada uno de los pasos que ha ido dando el independentismo, los planes, las leyes, las alianzas, en cada una de sus fases, mediante una labor callada, muy especializada, siempre por medios legales y con la prudencia debida. ¿Cómo? A través de nuestros agentes y de sus fuentes, entre las que lógicamente figuran políticos, empresarios, periodistas y profesionales de muchas ramas de actividad”.

Los servicios de inteligencia están convencidos de la necesidad de proceder a reorganizar la arquitectura de la Seguridad en España, sobre todo en cuestiones que atañen a la privacidad y seguridad de las telecomunicaciones, asunto crucial como ha puesto de manifiesto la presencia masiva de hackers en asuntos de tanta importancia como la elección de Donald Trump, el referéndum sobre el Brexit o la propia experiencia catalana. 

El Consejo de Ministros dio este viernes un paso importante en esa dirección al aprobar la Estrategia de Seguridad Nacional para los próximos años, de la que pasarán a formar parte los ciberataques en todas sus vertientes, y no solo en los procesos electorales, y la difusión masiva por la Red de noticias falsas (fakenews). 

En el Centro están convencidos de que “España se ha convertido en el laboratorio de la desestabilización de la Unión Europea y del propio euro, y debemos ser conscientes de ello. La historia de Europa está jalonada de episodios en los que confluyeron la propagación de bulos, el miedo al futuro, las crisis económicas y la desafección de unas masas cuyas aspiraciones dejaron de encauzar las instituciones”.

Se trata de centrarse en la llamada “guerra híbrida”, que incluye desde la intervención mediante fuerzas convencionales hasta la presión económica o los ciberataques, con el foco puesto para el CNI en la Rusia de Putin (hasta 8 miembros de la embajada rusa en Madrid han sido expulsados de España en los últimos tiempos), donde están alojados gran parte de los servidores de los que procedían muchas de las noticias falsas vertidas sobre la crisis catalana.

La guerra en la Red y la guerra, brutal, contra el terrorismo islamista, desafíos que deberían centralizarse en el CNI en lo que atañe a sus vertientes de inteligencia e información. Esa reorganización, poniendo fin a la dispersión del trabajo que en el mismo sentido realizan los servicios de información del CNP, de la Guardia Civil y de las policías autonómicas, se antoja urgente a la luz de los acontecimientos.

Especial atención a los medios de comunicación

Si la guerra moderna, por no hablar de los cambios políticos y sociales, se desarrolla en buena medida en las redes sociales y tiene como objetivo la información (o la desinformación), no es extraño que en la Cuesta de las Perdices presten especial atención a los medios de comunicación en sus distintas vertientes. 

Es lo que explica el perfecto conocimiento que en el Centro tienen de la “geografía” de los medios, desde la composición del accionariado, hasta la ideología que los mueve, pasando por su puesta al servicio de intereses políticos (muy patente en televisión y en internet) y empresariales, por no hablar del seguimiento puntual de “golferías” tan notorias como la utilización editorial de algunos medios para alterar las cotizaciones bursátiles y permitir operaciones especulativas.

“De todo tiene información puntual el Ejecutivo. Esta es una institución sujeta al control del Gobierno, que trabaja bajo las directrices de inteligencia que Moncloa le entrega a principios de cada año, y sometida a la crítica de la sociedad como no podía ser de otro modo. Lo que haya hecho después el Gobierno con esa información no es asunto que sea de la competencia del Centro, que debe limitarse a mantenerle informado”. 

El Gobierno Rajoy, pues, no puede echar la culpa a la falta de información o a información errónea sobre lo que iba a ocurrir en Cataluña. Las instituciones, con todos sus fallos, están demostrando que funcionan. Lo que no funciona es nuestra clase política, en general, y el Gobierno de la nación, en particular, que ha reaccionado tarde, mal y nunca ante el desafío separatista, siempre a rebufo de un nacionalismo que desde 2012 ha llevado la iniciativa, una circunstancia que, más que a la debilidad parlamentaria actual, tiene que ver con el marco mental de un personaje como Mariano Rajoy, dispuesto siempre a procrastinar los problemas en espera de que sea el paso del tiempo quien se los solucione. El día 21 sabremos si esta vez ha acertado.

Una soberanía de Dios sobre Jerusalén «la incomprendida»

Graziano Motta
Religión en Libertad


Bastaría con recordar este extraordinario entramado de hechos y memorias, indelebles en la veneración de los fieles de las tres religiones monoteístas, para reconocer la validez y la actualidad de la solución "internacional" para Jerusalén encontrada en 1947 por las Naciones Unidas: paradójicamente rechazada, todavía hoy, tanto por judíos como por musulmanes, y propuesta en vano por los cristianos.

Se ha reabierto la disputa por Jerusalén, o mejor dicho, por la reivindicación exclusiva de su soberanía musulmana, con motivo del anuncio del presidente estadounidense Donald Trump de la decisión de su país (tomada hace veinte años, pero dilatada cada seis meses y por tanto abandonada de hecho) de transferir la sede de su embajada desde Tel Aviv a la Ciudad Santa. 

Una intención anunciada por el mismo Trump durante su reciente y victoriosa campaña electoral, pero que la opinión pública palestina y la Autoridad Nacional del presidente Abu Mazen, como gran parte del mundo islámico y en particular sus representantes institucionales, consideraban congelada, en la práctica letra muerta, por las mismas razones que la habían mantenido congelada durante tantos años.

Agitando la amenaza de un gravísimo deterioro del ya de por sí alterado escenario en el Cercano y Medio Oriente, y de sus inevitables repercusiones en todo el universo islámico, la Autoridad Nacional Palestina ha reaccionado rápidamente, por un lado promoviendo tres jornadas de “rabia” y por otro advirtiendo a los líderes de los países occidentales (también al Papa Francisco) de que el proceso de paz auspiciado por ellos queda aún más comprometido.

Para el mundo islámico, y de modo especial para el árabe, la embajada de Estados Unidos en Jerusalén significa el reconocimiento de la capital del Estado de Israel por parte de la gran nación norteamericana. Una evidencia inaceptable. Porque ningún musulmán puede ni siquiera concebir que al Quds, su ciudad santa por antonomasia (como la llaman y sienten), sea la capital de un estado infiel como el judío, que ni siquiera debería existir sobre una tierra que, a raíz de su conquista en el año 630, se convirtió en “musulmana para siempre”.

A la luz de esta convicción (que, para quienes no son musulmanes, resulta como mínimo una presunción discutible), el 29 de noviembre de 1947 los once estados musulmanes que eran miembros de las Naciones Unidas votaron contra la Resolución 181, esto es, contra el plan de partición del territorio entre el Mediterráneo y el Jordán, hasta entonces bajo mandato de Gran Bretaña, entre dos estados nacientes, uno judío y uno musulmán, y contra la sustracción a ambos de la soberanía sobre Jerusalén con la creación para la ciudad y para su espacio vital circundante de un corpus separatum sujeto a soberanía internacional. 

De esta forma se eliminaba sobre el papel la razón de un conflicto fuertemente animado por motivaciones religiosas y claramente irresoluble. Por amor a la Historia, debe recordarse que la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU fue aprobada con 33 votos favorables y 14 contrarios, pues a los 11 “noes” de los países musulmanes se unieron Cuba, Grecia y la India. Hubo 10 abstenciones.

Para dar a entender su persistente rechazo a la decisión de las Naciones Unidas (en virtud de la cual, el 14 de mayo de 1948, cuando concluyó el mandato británico, se proclamó la creación del Estado de Israel y se estableció su capital en Tel Aviv), los estados árabes de Oriente Medio declararon la guerra al estado judío y salieron derrotados.

 Al igual que en otras dos guerras: la de 1967, denominada por su duración la Guerra de los Seis Días, y la de 1973, recordada como la Guerra del Yom Kippur, porque estalló justo el día en el que todos los judíos piden perdón a Dios con ayuno y oración y estaban muy lejos de pesar que serían atacados por sus vecinos.

Estas guerras llevaron al reforzamiento y a la ampliación del territorio del estado judío diseñado en la Resolución de la ONU. Años después, mediante los tratados de paz con Egipto y Jordania, Israel les restituyó sus territorios ocupados. Por el contrario, incorporó al territorio de su Estados los estratégicos Altos del Golán, arrebatados a Siria, y la parte oriental de Jerusalén, que en la época de la conquista, en 1967, estaba bajo soberanía de Jordania.

Así unificada, el 30 de julio de 1980 Jerusalén fue proclamada “capital eterna” de Israel por su parlamento (la Knesset), y como tal se celebra anualmente en la exaltación tanto del Rey David, quien la eligió como expresión emblemática de la unidad de su pueblo, como de su hijo el Rey Salomón, quien erigió allí el Templo donde se instaló el Arca de la Alianza con Dios, memorial santísimo de la elección del pueblo y lugar privilegiado para su oración.

Ciudad de Dios en el anuncio y testimonio expresos, a lo largo de los siglos, de escritores-profetas que han tejido el Antiguo Testamento, y en la profesión diaria de los fieles judíos desde hace milenios.

Y Ciudad de Dios para los cristianos porque allí vivió, murió y resucitó el Mesías, Jesús, el Hijo de Dios, quien estableció en ella la Nueva Alianza con el hombre. Los cristianos recibieron también del Apocalipsis del apóstol y teólogo Juan el anuncio profético de la Jerusalén celestial, denominada así y no con otro topónimo.

Ciudad de Dios, al Quds, la santa por antonomasia, también para los fieles de la religión musulmana, quienes, en nombre del exclusivismo fruto del supuesto cumplimiento de la revelación divina por el profeta Mahoma, quisieron poner sobre ella un sello propio y definitivo, justo sobre la explanada del antiguo Templo judío, transformando en mezquita, al conquistarla, la iglesia erigida allí por los cruzados, y denominándola el Aqsa (la lejana), en recuerdo del aterrizaje de Mahoma a caballo sobre Buraq, su yegua alada; y construyendo pocos años después la mezquita de la gran cúpula dorada, justo sobre la piedra donde los judíos veneran desde siempre el sacrificio de Abraham.

Bastaría con recordar este extraordinario entramado de hechos y memorias, indelebles en la veneración de los fieles de las tres religiones monoteístas, para reconocer la validez y la actualidad de la solución “internacional” para Jerusalén encontrada en 1947 por las Naciones Unidas: paradójicamente rechazada, todavía hoy, tanto por judíos como por musulmanes, y propuesta en vano por los cristianos. 

Hay un documento de 1994 de los patriarcas y cabezas de las Iglesias cristianas de Tierra Santa (Memorandum sobre el significado de Jerusalén para los cristianos) que tiene todos los títulos para ser punto de referencia en cualquier intento de paz, porque llama a todas las partes interesadas a comprender y aceptar la naturaleza y el significado profundo de Jerusalén, Ciudad de Dios, de la cual “nadie puede apropiarse de forma exclusiva”

Esperemos que, en vez de mantener el orgullo en los ánimos, de aumentar las divisiones y rencores, de fomentar el inicio de nuevas violencias, el anuncio de Trump sirva para “redescubrir” el camino que conduzca a una auténtica pacificación. Y ésta pasa por el reconocimiento de la “soberanía divina” sobre “Jerusalén la incomprendida”.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.
Graziano Motta es un periodista especializado en Oriente Medio, donde vivió treinta años y fue corresponsal, entre otros, para Radio Vaticana, Avvenire y L'Osservatore Romano.
Traducción de Carmelo López-Arias.