17 mayo 2018

Año XV - Nº 1088

El pacto educativo no tiene quien lo llore

Editorial
Alfa y Omega


Fracasado el pacto educativo, la enseñanza seguirá siendo una materia que legislar por el Gobierno de turno según sus preferencias.

No es una buena noticia para nadie el fracaso del intento de lograr por fin una ley de enseñanza de amplio consenso en España.

La subcomisión parlamentaria del pacto educativo puso fin formalmente a sus trabajos el lunes. A consecuencia de la retirada de las sesiones del PSOE, Podemos y los grupos nacionalistas, faltaba la mayoría necesaria para prolongar las sesiones como pretendían el PP y Ciudadanos. 

En un clima político cada vez más prelectoral, ha primado el interés partidista y cortoplacista, frente a la necesidad de poner fin a la anomalía de que la educación sea continuamente objeto de disputa entre los partidos.

La Iglesia apoyó los intentos de acuerdo. Se sumó activamente a través de la mesa eclesial para el diálogo educativo, que aglutinó a los distintos actores católicos implicados en la la materia, como Escuelas Católicas o la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos (CONCAPA). 

La voluntad de contribuir al acuerdo era sincera, más allá de que un objetivo esencial de esta alianza fuera defender la asignatura de la Religión y los conciertos educativos. Seguramente ahora, ante el cariz que tomaron algunas propuestas con respeto a esas materias, no faltará quien, en privado, suspire de alivio por el fin de los trabajos de la subcomisión parlamentaria. Sin embargo, el fracaso del pacto educativo no beneficia a nadie, menos aún a los católicos. 

Aquel acuerdo solo era posible desde la premisa de una ley ampliamente inclusiva, desde los principios del derecho universal a la educación y la libertad educativa reconocidos en la Constitución y en los principales tratados internacionales de derechos humanos. Justo lo que pide la Iglesia. 

Fracasado el pacto, la enseñanza seguirá siendo una materia a legislar por el Gobierno de turno según sus preferencias ideológicas particulares. A menos que la próxima vez que una mayoría parlamentaria intente reformar la ley se encuentre con una amplia contestación por parte de la sociedad y de la comunidad educativa. 

Una hipótesis poco probable, a la vista de la indiferencia generalizada con la que ha muerto de inanición el pacto educativo.

Eutanasia, un paso degradante

Cardenal Antonio Cañizares
Religión en Libertad


Hace unos días el PSOE nos ha sorprendido con la presentación de una propuesta legislativa sobre la eutanasia. Llama la atención que, años atrás, este mismo partido renunció a otro proyecto sobre el mismo tema. 

Lo retiró con gran cordura y gran sentido común y sentido de humanidad, usando en todo caso la razón. Parece que tal cordura y sentido común no lo han tenido en cuenta ahora.

Me referiré primero al contexto en el que se plantea el tema, trataré después de precisar de qué hablamos cuando decimos «eutanasia» y de ofrecer, al tiempo, criterios morales sobre la eutanasia, para pasar a una reflexión oportuna sobre leyes civiles y ley moral y finalizar con unas anotaciones prácticas para nuestra actuación y una conclusión, a modo de resumen.

No conozco el texto de la propuesta que hace el PSOE no sólo en el parlamento nacional sino también el algún otro parlamento autonómico. Sólo conozco por los medios de comunicación que hay un interés en legislar sobre esto. Y anticipadamente a lo que suceda y se legisla, hago una reflexión y ofrezco a todos cuál es la posición de la Iglesia sobre el tema. Cuando me llegue el texto o la propuesta ya me definiré sobre él. Entre tanto aquí tienen lo que como obispo puedo y tengo el deber de decir.

En el llamado mundo desarrollado hay quienes están librando una «lucha» por el reconocimiento social y legal de la eutanasia. Entre nosotros, el goteo propagandístico directo o indirecto en favor de la eutanasia, disfrazada a veces con la expresión de «muerte digna» o «muerte asistida», está siendo constante. Unos se sitúan en favor de esta «muerte digna», como si se tratase de un derecho fundamental. 

Otros, la mayoría, se oponen al reconocimiento de ese supuesto «derecho», pero son acusados de oscurantistas, de represores de la libertad, de impositores de una determinada moral confesional, de no respeto a la libre decisión, de insensibles al sufrimiento personal y al sentir cada vez más común y «moderno» de la sociedad.

Los defensores de la eutanasia están predisponiendo a la opinión pública con distintos y poderosos medios explícitos y subliminales en favor de aquélla. La forma con que se da la presentación de algunos casos y las informaciones que se ofrecen sobre el asunto en cuestión con frecuencia confunden, seducen y hasta, a veces, violentan la conciencia y la libertad de las gentes. Por ejemplo, se presenta este tema como si se tratara de algo ordinario, normal e, incluso, heroico, cuando en realidad no es así.

La Federación Nacional de Asociaciones de Lesionados Medulares y de Grandes Minusválidos, cuando estaba en el candelero aquel caso de una determinada película que representaba la apologética de la eutanasia, declaró expresamente que la inmensa mayoría de los discapacitados es contraria a la eutanasia. 

Hoy siguen teniendo la misma posición contraria a la eutanasia, como bien puede verse, por ejemplo, en los que son asistidos por el Centro Nacional de Parapléjicos de Toledo; ellos ni son ni se consideran a sí mismos como seres indignos de vivir o con una vida indigna de ser vivida; al contrario. Hay que escucharlos en su defensa y anhelo de la vida y no manipularlos.

Las campañas en pro de la eutanasia, entre otros procedimientos, suelen explotar el miedo al sufrimiento antes de la muerte y el atractivo de una muerte dulce que evite padecimientos, o la apelación al compasionismo desde una falsa visión del hombre. 

Lo cual es muy fácil, máxime en una cultura como la nuestra del bienestar y del disfrute, de la eficacia, que no tolera ni sabe afrontar y soportar el sufrimiento, al que ve como el mal por excelencia que debe ser eliminado. Por otra parte, la moralidad contemporánea tiende a poner el derecho a escoger o decidir por encima de cualquier otro valor. 

Encuentra, además, ofensiva la enseñanza tradicional sobre la «sacralidad» o inviolabilidad de la vida humana que ha formado parte del acervo moral común de las sociedades occidentales.

Esta perspectiva moral del «derecho a decidir» tiene muchas raíces y ramificaciones, pero sobre todo muchos efectos profundos. Ha insensibilizado a mucha gente, por ejemplo, hacia la maldad del aborto. Predispone también a muchos para que apoyen la eutanasia e incluso el suicidio, máxime si es «asistido». 

Conviene observar también que se suele presentar el reconocimiento social de la eutanasia como una novedad, como una «liberación» de la opresión ejercida por poderes «reaccionarios» sobre los individuos libres que, gracias al progreso y a la educación, van tomando conciencia de sus derechos y van exigiéndolos cada vez con mayor decisión.

Pues bien, hemos de recordar que la aceptación social de la eutanasia no sería ninguna novedad. En distintas sociedades primitivas, y también en la Grecia y la Roma antiguas, la eutanasia no era mal vista por la sociedad. Los ancianos, los enfermos incurables o los cansados de vivir podían suicidarse, solicitar ser eliminados de modo más o menos «honorable », o bien eran sometidos a prácticas y ritos eugenésicos. 

El aprecio por toda vida humana fue un verdadero progreso introducido por el cristianismo: así hay que decirlo haciendo justicia a la historia, a los hechos que no inventamos y que son tozudos.

Ante la campaña sin duda organizada por sus corifeos, más aún ante este asunto objeto de la campaña, es necesario tener conceptos claros y utilizar un lenguaje adecuado. 

El lenguaje, en efecto, no es nunca neutral. Lo mismo que se hace con el aborto, al que se le denomina eufemísticamente «interrupción voluntaria del embarazo» para no decir que se trata de la eliminación violenta de un ser humano no nacido, así también con respecto al tema que nos ocupa, el de la eutanasia, se usa una terminología que confunde: se habla de «morir con dignidad», «muerte digna», «muerte dulce». 

Existe toda una retórica de la «buena muerte», que eso significa literalmente eutanasia. Pero seamos serios y no juguemos con el lenguaje, que es jugar con la sociedad, con el hombre. La eutanasia, se diga lo que se diga, es destructiva y degradante, antihumana.

Publicado en La Razón el 16 de mayo de 2018.

El casoplón de La Gente

Daniel Rodríguez Herrera
Libertad Digital


Utilizar al Estado para quedarse con lo que roban a otros está en su ADN.

A juzgar por el jolgorio podemita de las redes sociales, Albert Rivera es un sinvergüenza a sueldo del IBEX 35 por comprar un chalet en Pozuelo por un millón de euros, pero Pablo Iglesias e Irene Montero son héroes del proletariado por comprar el suyo en La Navata por sólo 600.000. 

Entiendo que, después de años de críticas de Podemos y de su líder a los ricos en general, a la casta política en particular y muy concretamente a quienes se compraban inmuebles caros como el exministro De Guindos (que se gastó en un ático lo mismo que se va a gastar Iglesias en su chalet), a algunos les pueda parecer una ligerísima muestra de hipocresía. "Que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente", concluía el macho alfa. Y no digamos nada de lo que han dicho de los bancos y el sistema financiero estos señores que ahora han pedido una hipoteca de más de medio millón de euros.

Lo que no puede hacer nadie es sorprenderse. El comunismo nunca ha sido un régimen pobrista en el que los dirigentes viven como el último de los campesinos. Al contrario, la práctica en todos los países donde se ha implantado ha sido la de separar por completo a una mayoría, que vive en la miseria, de los dirigentes de Partido –porque sólo hay uno–, que viven como pachás. Eso es y ha sido siempre la extrema izquierda. 

Cuando protestan contra la desigualdad, nunca se incluyen en los afectados por el "¡Exprópiese!". Utilizar al Estado para quedarse con lo que roban a otros está en su ADN.

La ventaja de pertenecer a la izquierda encantada de conocerse es que nada de lo que hagas te supone un problema moral: tú ya eres bueno porque te preocupas por los pobres y los oprimidos, mientras aquellos que piensan distinto son unos egoístas que sólo miran por su propio interés. Y como tú eres el bueno y los demás son los malos por no pensar como tú, lo que hagas en el fondo no importa demasiado. 

El éxito de la izquierda no estriba en que mejore las vidas reales de los ciudadanos reales, sino en que sirve como salvoconducto moral. De este modo, la pareja revolucionaria puede vivir como la más convencional de las familias burguesas de clase alta sin tener que renunciar a la conciencia de clase de una clase que no es la suya.

Pablo e Irene, Irene y Pablo, tendrán en unos meses un par de niños sin el menor respeto por la paridad, con los que vivirán en un chalet de lujo en las afueras de Madrid. Viajarán a la capital en un Toyota híbrido de esos cuyos anuncios parecen de la campaña electoral de Podemos. 

Los llevarán a un colegio público que, según ellos mismos, es mucho mejor que los colegios públicos donde la plebe lleva a sus hijos, sin que se les ocurra que igual eso de que el pueblo pague impuestos para que los ricos como ellos tengan mejores colegios no parece muy social. 

Se irán de vacaciones a destinos más exclusivos (léase caros) para no tener que relacionarse con personas de una clase social muy inferior a la suya. Y aunque sus corazones sangran por los más desfavorecidos, tener la misma vida burguesa contra la que han hecho su carrera política no les parecerá hipócrita o contradictorio. Porque son de izquierdas, y son los buenos.

14 mayo 2018

La hispanofobia rampante

Hermann Tertsch
ABC


¿Cómo es posible que la televisión pública RTVE envíe a un concurso europeo a representar a España a dos niñatos que solo han llamado la atención por sus ganas de insultar a España? ´

¿Cómo es posible la investidura en una región española de un presidente cuyo único bagaje conocido es su lista de insultos a España y delirantes desprecios racistas? 

¿Cómo se permite romper la Constitución en la tribuna del Parlamento? 

¿Por qué felicita el presidente del Senado a una energúmena que insulta y calumnia a España sin jurar la lealtad como debe para acceder al cargo? 

¿Por qué unos inmigrantes argentinos metidos aquí en política pueden insultar a España y profanar públicamente su bandera, cuando un español que hiciera eso en Buenos Aires sería cuando no linchado, sí procesado y expulsado?

Cuenta Elvira Roca que en 1650 los españoles conocían bien la sarta de mentiras fabricadas para dañar a España por sus grandes enemigos. Y eran conscientes de que se trataba de falsedades con intención política. Lo grave es que, tal como señala la autora de «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Ed. Siruela), en 1750, un siglo más tarde, los españoles ya se creían y difundían como ciertas aquellas mentiras. Y se hablaba mal de España para significarse personal y socialmente. En la corte, las elites y quienes les eran cercanos promovían falsas informaciones para desprestigiar a España. Se magnificaban problemas y ocultaban éxitos. Inmensas gestas eran ridiculizadas. Reveses menores tornaban en catástrofes. Todo invenciones de fuerzas extranjeras, entonces especialmente de Francia, que pujaba por relevar a la dinastía austriaca por una francesa, como en efecto consiguió.

Desde entonces cuestionar a España ha sido hábito, moda e interés. En las clases superiores que se elevan por encima de los demás con ese desdén hacia España. Solo las clases populares han mantenido una relación natural de lealtad a la nación española. Por eso fue capaz de defenderse en 1808, dio una lección a Napoleón y ejemplo al mundo. Las elites han mantenido siempre esa relación enferma con la nación. Y quien ha querido ser elite las ha emulado.

Esta perversión tuvo dos graves escaladas. Una fue la invención decimonónica de los nacionalismos vasco y catalán. A remolque de la tóxica e irracional moda alemana, los intelectuales llevaron el antiespañolismo hasta el extremo de la invención de nacioncitas para proseguir en la península la descomposición de la España americana. La otra se produjo como efecto posterior a la guerra civil y la dictadura. La izquierda identifica a la nación con la dictadura y convierte su odio a esta en odio a aquella. 

Así surge la actual furia antiespañola de la izquierda española y su alianza con las fuerzas hispanófobas nacionalistas. Quizás haya llegado el momento de poner pie en pared. Y de exigir a los gobernantes que persigan las ofensas a la nación española o se aparten porque no cumplen con dignidad. No se puede defender la seguridad, la libertad y la integridad si no se sabe defender y exigir el respeto.

La hora de los traidores

Luís Herrero
Libertad Digital


La decisión del Consejo Político de la Cup de abstenerse en la segunda votación del debate de investidura es una pésima noticia. 

Visto y oído lo que se ha hecho y se ha dicho en las últimas horas, lo mejor, es decir, lo menos malo que podría haber pasado es que los militantes anticapitalistas le hubieran puesto bola negra a Quim Torra. 

En tal caso ya estaríamos asistiendo a los preparativos de otra campaña electoral, abocada -si el CIS catalán no ha pifiado los pronósticos de su última encuesta- a complicar todavía más el panorama político. No es una contradicción. Por paradójico que parezca, cuanto peor esté el patio, mejor para España.

Descartado lo óptimo (un Gobierno constitucionalista con fuerza parlamentaria suficiente para desatar los nudos de la red sediciosa tejida por los separatistas durante décadas), lo ideal hubiera sido que Rajoy se quedara sin margen de maniobra para seguir practicando vergonzosos numeritos escapistas. 

Torra va a llegar a la presidencia de la Generalitat gracias a la pasmosa ayuda de un Gobierno que ha preferido permutar con el PNV la vigencia del 155 a cambio de la estabilidad presupuestaria, para mayor gloria de un presidente que quiere agotar la legislatura a cualquier precio y para desgracia de los intereses de la nación española.

Una vez perpetrada la felonía, mientras el PP clama contra el discurso que el candidato pronunció en la primera sesión del debate de investidura, Rajoy se hace fuerte en el argumento de que a las personas no hay que juzgarlas por lo que dicen, sino por lo que hacen. Si todos utilizáramos esa vara de medir, que por otra parte es la correcta, hace mucho tiempo que el presidente del Gobierno estaría leyendo el Marca en el balneario de La Toja. 

Rajoy, claro, no puede decir que el President designado por Puigdemont y habilitado por él va a devolver a Cataluña a la misma situación que exigió la aplicación del 155.

Aunque se haya comprometido a restablecer la vigencia de las leyes de desconexión. Aunque se declare partidario de cumplir el mandato rupturista del 1-O. Aunque prometa una Constitución Republicana. A pesar de tanta evidencia, Rajoy no puede decir -sin presentar antes su dimisión- que lo que él ha hecho hasta ahora no ha servido para nada. No tiene más remedio, en un absurdo ejercicio de voluntarismo hipócrita, que asegurar que a Torra se le va la fuerza por la boca. 

Pero no es verdad. Y si lo fuera no sería por la eficacia de las decisiones que ha tomado el Gobierno de España en aplicación del 155, que tienden a ser pocas o ninguna, sino por el miedo a la cárcel que inspira la acción de la Justicia. El Tribunal Supremo hubiera actuado exactamente igual aunque el dichoso artículo hubiera brillado por su ausencia.

Si la CUP hubiera devuelto a Torra al corral, ahora no estaríamos a diez minutos de ver en el poder autonómico a un Gobierno, con pleno dominio del entramado institucional, dispuesto a empezar la legislatura con el célebre "decíamos ayer" que acuñó Fray Luis de León tras su paso por la sombra. En lugar de eso, estaríamos encaminándonos a un proceso electoral que hubiera sumido a los independentistas en un lío de tres pares de narices. 

A pesar de la reválida de la mayoría absoluta, Puigdemont ya no podría imponer su ley de líder hegemónico a Junqueras y ambos estarían a merced de los radicales anticapitalistas, que después de haber triplicado su fuerza parlamentaria actual podrían dictar normas de obligado cumplimiento a sus compañeros de viaje.

Su concurso sería necesario para todo. Sin su visto bueno no podría haber ni candidato ni programa. Así que una de dos: o se hubieran tirado los trastos a la cabeza, haciendo inviable cualquier acuerdo entre ellos, o hubieran alcanzado uno tan delirante, en términos de desafío al Estado, que Rajoy no hubiera tenido más remedio que prolongar la aplicación del artículo 155 a pesar de todos sus pesares. 

No hubiera tenido ninguna otra opción, salvo la de aguardar en su despacho la llegada de la guardia civil, con mandato judicial bajo el brazo, para ser conducido a la cárcel de Estremera por la comisión flagrante de un delito de traición al Estado. No hay decisión más fácil de tomar que la que no admite alternativas. La inevitabilidad es el único motor que mueve a los indolentes. 

Sin él, Rajoy ha permitido que la sedición regrese a la sala de máquinas del Palau de la Generalitat. Que la historia se lo demande.

El Papa apaga fuegos

Santiago Martín
Católicos ON LINE


Los teóricamente amigos del Papa, siguen dando qué hablar y le siguen dando problemas al Santo Padre. 

Problemas que luego él tiene que afrontar y que le generan no pocos enemigos, porque es en su cuenta donde se cargan las facturas de los platos rotos por los demás.

Esta semana, por ejemplo, el cardenal de Bruselas se ha descolgado con unas declaraciones a favor de la bendición, mediante una oración de acción de gracias nada menos, de las uniones homosexuales. Como no podía ser de otro modo, muchos han protestado y no pocos han cargado contra el Papa como si éste estuviera de acuerdo con ello.

Además, ha estado lo del desfile de moda en el Metropolitan de Nueva York, utilizando paramentos sagrados. No sé quién habrá sido el insensato que lo ha autorizado, pero es escandaloso que se hayan empleado incluso reliquias -las casullas utilizadas por San Juan Pablo II- y grandes obras de arte -la tiara regalada por la reina Isabel II de España al Papa- para un uso que no tiene nada que ver con el auténtico y original. Una vez más, el Papa -que estoy seguro que no ha tenido nada que ver- ha sido el que ha cargado con las culpas.

Ante todo esto, cada vez se alzan más voces de protesta. Por ejemplo, esta semana ha hablado con mucha claridad el cardenal holandés Eijk, lamentando que el Santo Padre no zanjase con claridad lo de la intercomunión con los protestantes, en lugar de remitir el problema a Alemania para que se encontrase una solución que contentara a todos. Voces que no son sólo internas, puesto que cada vez son más los medios de comunicación que se refieren a la Iglesia como una comunidad en abierta guerra civil y en la que el cisma es cuestión de tiempo que se produzca.

El Papa todos esto lo sabe, porque está bien informado, y esta semana parece como si se hubiera dedicado a ejercer de bombero de los incendios que prenden sus amigos. Si la semana pasada el cardenal Marx (íntimo suyo) alababa el marxismo, esta semana el Papa -que ha prologado un libro de Benedicto XVI que acaba de ser publicado- señalaba los defectos del marxismo, al menos en lo concerniente a su negación de Dios. 

Además, si hace tiempo dijo que todos somos hijos de Dios, con lo que se ganó el reproche de algunos y las matizaciones de otros -entre ellos, yo, que dije que el Papa hablaba así usando un lenguaje coloquial y popular, pero que propiamente dicho eso sólo se podía afirmar de los bautizados-, esta semana ha sido él el que ha recordado la doctrina oficial de la Iglesia afirmando claramente que es por el bautismo que nos hacemos hijos de Dios para siempre.

Además, consciente de que los críticos hacia su forma de gobernar la Iglesia aumentan, ha hecho un acercamiento significativo a dos grandes movimientos, los neocatecumentales y los focolarinos. Los primeros, quizá menos próximos a él, celebraban su cincuenta aniversario y el Papa ha querido sumarse al festejo e incluso enviar familias misioneras. Los segundos, más próximos a él, pero también muy cercanos a los Papas anteriores, han escuchado de su boca grandes elogios.

Hay que rezar por el Papa, para que sea él quien gobierne la Iglesia, pues es él el que ha recibido la gracia para hacerlo, y no sus amigos, que le están presionando para que apruebe cosas que él no quiere aprobar o, al menos, para que las tolere y se presenten luego como hechos consumados.

La investidura del ventrílocuo Puigdemont

Francisco Rosell
EL MUNDO


Imágen Ulises Culebro 

En un mundo de pícaros que no conoce tiempo ni lugar, siempre surte provecho la lectura de las andanzas del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. 

En uno de los episodios, el popular rufián sevillano pone rumbo a Italia y se cruza con dos labriegos manchegos que porfían sobre la naturaleza de la cría recién parida por una yegua. 

Uno de ellos atestigua que "jumento es" y el otro niega que sea un asno, sino que se trata de un muleto, un mulo joven, llegando a tenérselas tiesas en su testarudez. 

En esa disputa se enredaban cuando entró en liza un tercer lugareño. Miró a la bestia, fijándose en hocico y orejas, y concluyó irremisible: "¡Pardiós, no hay que discutir! ¡Tan asno es como mi padre!".

En pareja controversia a la de los gañanes manchegos, se enzarzaban quienes perseguían desentrañar la verdadera naturaleza de la criatura política prohijada por el prófugo Puigdemont y a la que ha ungido como president-títere de la Generalitat moviendo las cuerdas de la marioneta. 

Empero, en este caso, no ha sido preciso que terciara nadie para colegir que Puigdemont ha buscado en Quim Torra un presidente interino a su imagen y semejanza, una suerte de alter ego hasta el punto de aparentar ser siameses. Ambos parecen conformes con este reparto de papeles hasta que El Ausente pueda hacerse presente saltando de la pantalla de plasma y traslade, si es que la Justicia o eventuales medidas de gracia se lo permiten, este Retablo de las Maravillas en que ha devenido Cataluña.

En efecto, tan conformes que Torra habló ayer por su boca lo que el ventrílocuo Puigdemont le dictó con su vientre. De hecho, lo que se vota estos días en el Parlament es la investidura de Puigdemont por persona interpuesta, como perseguía éste desde primera hora. 

Por eso, cuando el ventrílocuo se apresuraba ayer a felicitar a su muñeco estaba haciéndolo -qué duda cabe- a sí mismo. De hecho, cuando Torra aseveró que él no debía estar en el ambón parlamentario, tenía toda la razón del mundo. Pero no por las razones que esgrimió, sino por la farsa que escenificaba en el Parlament.

Curiosamente, ambos emergieron para cometidos tan principales desde puestos hondos de las listas electorales, como si estuvieran agazapados hasta el momento de dar un brinco que les sacara de la madriguera. ¡Tan supremacista y xenófobo, en cualquier caso, el uno y el otro como ejemplares de la misma especie política!

Tras casi medio año de espera, Puigdemont ha resuelto como le ha dictado su real capricho. Si Calígula proclamó a su caballo Incitatus cónsul de Roma, él se ha permitido designar como primera autoridad de una autonomía moribunda y degradada a quien es representación viviente del fanatismo. Al tiempo, puede desplegar la misma desenvoltura de aquel sádico césar con un zapatero galo que le gritó "¡fantoche!" a la cara y al que Calígula le rebatió: "Es verdad, pero ¿crees que mis súbditos valen más que yo?".

Ciertamente, si eso hubiera sido así, se habrían desembarazado de aquel azote de Roma, al igual que lo habrían podido hacer los catalanes y sus fuerzas políticas rehenes de la política enloquecida de este timonel de la nave de los locos que ahora llama a su lado a un vicario para que ejecute sus órdenes sobre el terreno.

Se podrá argüir que, al igual que aconteció cuando Mas debió designar sucesor a Puigdemont por imposición de la CUP, Torra romperá inevitablemente amarras con su patrocinador, pues ello está en la realidad de las cosas. De hecho, un confuso Iceta aventuró que el nuevo hábito puede hacer de Torra otro monje distinto del que, por sus asedios y tuits infames, conocemos. Pero él ha despejado dudas desde el minuto uno, como no podía ser de otra manera por parte de quien ha hecho de ello su modus vivendi y ahora su modus operandi.

En todo caso, no puede quebrar el relato embaucador del populismo soberanistapara generar nuevos e interminables embrollos que hagan definitivamente irresoluble el laberinto catalán si no se alcanza la independencia. Claro que la esperanza de todos sea imaginar que hay un hilo para salir del mismo, como enseña el maestro Borges.

Además, en aquel trance, Puigdemont precisaba matar al padre para solidificar su relación con quienes habían pedido la cabeza de Mas. Ahora, en cambio, en perfecta sintonía con la CUP, pese a la engañosa abstención de ayer, Puigdemont se refuerza poniendo como consejero jefe, más que presidente real, a un personaje delirante como Torra, que simpatiza tanto con éstos como su padrino. 

Al punto de que, como le espetó una atinada Arrimadas, "no ha venido a dirigir un Gobierno, sino un Comité de Defensa de la República (CDR)". Únase a todo ello que no se conoce ninguna marioneta que ande sin hilos, por mucho que lo intente, y no parece que Torra vaya a ser ninguna excepción.

Lo cierto es que, con su designación, se cierra un ínterin en el que Puigdemont ha estirado la cuerda todo lo que ha podido al servicio de sus intereses, sin que la aplicación apocada del artículo 155 haya servido para cosa más distinta que decepcionar a aquellos que salieron a la calle pidiendo su aplicación y luego dieron su mayoría a una opción constitucionalista. 

El president prófugo era plenamente sabedor de que no podía arriesgar la pérdida del Gobierno por parte del independentismo, que podrá proseguir su rebelión en marcha con todos los resortes del poder, además de imponer su propio calendario a la hora de decidir cuando convoca nuevas elecciones.

Así lo explicitó ayer mismo el ventrílocuo, advirtiendo a modo de aviso de navegantes: "Ahora se enterarán de cómo cambia la cosa". Al tiempo anunciaba que habrá un comisionado que investigue el 155 y que se amplificará la internacionalización del conflicto con cargo al Presupuesto. 

Tales desatinos abundan en el despropósito de que España es la única nación que paga su propia destrucción y suicidio, mientras su presidente del Gobierno se va a Jerez a presumir de crecimientos económicos difícilmente sostenibles con esos pies de barro.

La circunstancia de que Torra reúna las condiciones para ser elegible, al contrario de las tres opciones anteriores planteadas por Puigdemont, como reclamaba Rajoy en lo que todo el mundo interpretaba como unas ganas locas de éste de quitarse de encima esta patata caliente, no significa nada. Como en el célebre microrrelato de Monterroso, cuando el lunes sea investido, el dinosaurio todavía estará ahí. 

Aunque realmente no haya desaparecido ni durante estos más de 200 días de vigencia del artículo 155, como se han encargado de televisar a todas horas unos medios audiovisuales públicos al servicio del golpismo, a la par que se acosaba a los constitucionalistas.

Frente a ese estado de cosas, carece de sentido que el presidente Rajoy se haga falsas ilusiones sobre un proceso del que ya debiera estar curado de espanto. No puede permitirse ignorar la realidad que se presenta ante los ojos. Bien claro se lo dejó ayer el muñeco de Puigdemont: "Si el Gobierno levanta el 155, no habrá excusas para construir un Estado independiente en forma de república". Ello obligará, seguramente, a Rajoy a tener que reactivar el artículo 155 a las primeras de cambio.

Por saltar de la sartén, Rajoy puede caer en la brasa. A diferencia de otro de los cuentos cortos de Augusto Monterroso, que relata como "hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió", el independentismo no cejará. Además, se producirá la confluencia de procesos parecidos que se apuntan en el País Vasco, en manos de cuya fuerza hegemónica se encuentra la suerte del propio Rajoy.

Por eso, a Rajoy, más que sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, debiera inquietarle mucho más aún cómo preservar los presupuestos sobre los que se afirman la unidad de España y su Estado de derecho. Ello no va a ser posible, como en otra fascinante historia de Monterroso, aquella en la que narra «la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por el mal tiempo». No siempre la providencia acude para arreglar entuertos del calibre de los desafíos que tiene planteados España.

El independentismo catalán ha ido creciendo a medida que éste le ha tomado la medida al Estado. Como le afeó el Tribunal Supremo, ni siquiera el Gobierno quiso ver delito de malversación en la consulta del 9-N, lo que hubiera reportado una mayor condena a los involucrados, con Mas a la cabeza, teniendo en cuenta que la comisión de ese delito fue flagrante -tal como ha certificado el Tribunal de Cuentas-, al emplearse en la misma incluso fondos estatales provenientes del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), esto es, de la partida estatal destinada a socorrer a Cataluña.

O gana el golpe o gana el Estado. Ése es el dilema de Rajoy, que sigue discurseando como Churchill -"cualquier ilegalidad será reparada y cualquier vulneración de nuestro marco constitucional será respondida"-, pero proclive a las componendas de Chamberlain, como acredita la inaplicación práctica del artículo 155. Más que bomba atómica ha sido bomba de humo con la que cegar los ojos de la opinión pública.

Entretanto, el independentismo más xenófobo se apodera del palacio de la Generalitat y reemprende su rebelión a lomos de un asno independentista -nadie dudará de su condición de tal, sin necesidad de que haya porfía de por medio- presto a cocear desde el Rey abajo a todos los que estén por la unidad de España y por sus valores constitucionales. Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea, si es que ya los ciegos no guían a los sordos.

A pesar de todo, mayo florido y hermoso

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


Este día se abre el mes de mayo, llamado el de las flores recién estrenadas y de los pajarillos recién nacidos. Mes de bellezas y de vida reciente. Mes de apogeos primaverales, que no quiere decir “sazones”, porque esas vendrán más tarde, aunque ya este mes les dé la bienvenida. 

Mes, en una palabra, de fulgores, de fervores y hasta de revoluciones, porque como la sonada de aquel “Mayo del 68” –de la que ahora mismo se cumplen 50 años-, que tantas cosas dió que decir y tantas otras que callar.

Mayo, en fin, es un mes de venturas primaverales, aunque quizás lo sea menos de corduras, si por cordura hemos de entender ese equilibrio que ni se contenta con lo mediocre, ni se extasía demasiado con lo esplendoroso; ese justo equilibrio, que ni es ataraxia o insensibilidad manifiesta, pero tampoco es movimiento continuo de trastorno bipolar. Mayo, como la primavera, un recital de colores vivos, con algunos tonos grises y hasta de negro azabache.

Mayo se me antoja más sonrisa de “gioconda”, aunque sea con frecuencia enigmática sonrisa, que “aguafuerte” de Goya, creado por su mente de artista, para poner en su sitio y liberar de romanticismos aéreos la gesta heroica del Dos de mayo.

“Marzo airoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso”. Así reza ese refrán del “pueblo” que, siendo tal vez más ignorante que docto e ilustrado, “se las sabe todas”, como también se dice, cuando de mirar al cielo y sacar conclusiones de buen sentido y mejor humanismo se trata.

Mayo amanece hoy en Madrid resueltamente decidido a brindarse a sí mismo los honores de ser el centro esencial de una primavera. Un cielo sin nubes; un amanecer cargado de promesas; luz a raudales; y las flores y los pajarillos llenando la tierra y el aire de bellezas, de ilusiones, de colores para todos los gustos y de arpegios que arrullan al amor desde los corazones enamorados de las avecillas del campo. Ni Salomón, en todo su fasto, acertó a vestirse con el primor de la más humilde flor de un campo de margaritas o de violetas.

Por ello, tal vez, ni el silbo galante de un mirlo, ni el nocturno romántico del ruiseñor en vela de su amor han dejado nunca de ser retos vivos para la inspiración de los artistas.

Y todo eso es mayo….

Mayo llega hoy a mi ventana como en los mejores tiempos; sin pizca de marañas en el cielo; anunciando bellezas de luz y color; retando, audaz, a enamorarse de la Verdad, de la Belleza, del Amor y –sobre todo lo demás- de la Vida, que de Dios viene y con Dios está, por mucho que los innumerables francotiradores de la Muerte se empeñen en tirotearla sin piedad por todos los caminos del hombre…

Mayo es “divino” entre los meses del año, tal vez porque nunca deja de ser “humano”. Parece un juego malabar la frase, pero –si se la mira bien- puede que tenga “miga” para esas almas de hombre y de mujer -de un humanismo integral las dos conjuntamente-, siempre que se afanan por “ver donde hay” y no se obstinan en “ver donde no hay”, como me sugiere la óptima idea de Quinto Septimio Severo acerca de las dos cegueras, viejas las dos como los vicios del hombre, pero tan actuales como la post-verdad asentada en todos los proscenios de esta “modernidad” líquida, o ya tal vez gaseosa.

Pero no nos pasemos en romanticismos. Mayo hermoso y primaveral no quita un ápice de realismo y verdad a los buenos y malos augurios de nuestro tiempo.

Por eso, a estas reflexiones mías de hoy, de mayo, no les puedo negar su punto de sal y pimienta; y si se ven y nos sorprenden cosas y más cosas por su negritud, hasta en mayo, hay otras que invitan seriamente a vivir y a ser optimistas, como ese voluntario de hacer el bien que, cual ruiseñor en la noche, canta sus amores del alma; o ese periodista que no se vende a la ideología de quien le paga; o esa joven que –acorralada por una “manada” o ·piara”- no tiene más remedio que “resignarse” a lo peor –el miedo, no se olvide, acobarda y acochina-, con riesgo de que unos ojos poco avispados la tomen por lo que no es: porque “intimidan” los palos y las pistolas, pero también lo hacen los relativos recursos humanos que se llevan dentro y, a veces, no dan para más ante los “matones” cuando acosan en pandilla.

Hoy, desde el amanecer, me estoy asomando a la luz de mayo. Y aunque haya mucho de bonito y optimista, esa misma luz radiante hace que “lo negro” que sigue pisando la tierra aún se vea con mayor nitidez y hondura. Y hoy mismo, a pesar de la promesa de luz de su amanecer, hay noticias tan infaustas como las que saltaron en el “marzo airoso” o en el “abril lluvioso”

Y no es –creo yo- patología bipolar este paso continuo del blanco al negro o del morado al azul y viceversa… Es muestra simplemente del “claroscuro” perenne de que está hecha la humanidad desde que Dios –por fortuna para el hombre- decidió hacernos libres, y se juró a sí mismo mantenerse fiel a su designio, a pesar de todo y pasase lo que fuere de bueno y de malo.

Y es este sino maravilloso, hecho de luces y sombras, el que me ha movido esta mañana del 1 de mayo, antes de volar hacia otras reflexiones, a dirigir a Dios la oración, con que aquella mujer libre que fue siempre Concha Sierra –miembro que fuera de la Comisión General de Codificación y abogada tan experta como recia y firme en sus defensas- se dirigía a Dios cada mañana al poner los pies en el suelo para rogarle: “Señor, no te canses hoy de haberme hecho libre”. Me dijo más de una vez que lo hacía por mayo que es cuando le cuadra mejor a la libertad; pero seguía haciéndolo en los días cortos de diciembre y en los fogosos de agosto.

Y para cerrar este encanto del uno de mayo que es hoy, nada más oportuno que los versos de un poema de los Laudes de un sábado cualquiera del año, aunque no sea mayo florido y hacendoso:

“Alfarero del hombre, mano trabajadora/ que de los hondos limos iniciales/ convocas los pájaros a la primera aurora,/ al pasto a los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,/ de espacio puro y tierra amanecida;/de mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta de los sonoros ríos de la vida

EL árbol toma cuerpo y el agua melodía/ Tus manos son recientes en la rosa/ Se espesa la abundancia del mundo a mediodía/ y estás de corazón en cada cosa

No hay brisa si Tú no alientas, ni monte si no estás dentro;/ ni soledad en la que no te hagas fuerte/ Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro/ Tú por la luz; el hombre por la muerte

¡Que se acabe el pecado! Mira que es desdecirte dejar tanta hermosura en tanta guerra…/ Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte/ de haberle dado un día las llaves de la tierra!”.

Para un amanecer de un uno de mayo como el de hoy, es difícil hallar algo mejor para encararse al vino con el claroscuro de la libertad del hombre y con sus dramas.

Lo dicho: “Marzo airoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso”. Eso reza el dicho popular y eso puede entonar cualquiera que tenga ojos y tino para leer entre líneas las paradojas de nuestra condición.

La fiesta universal del Trabajo. La Cruz de mayo. El mes de las flores y de los gorjeos enamorados... Y sin embargo ayer mismo una bomba en Kabul mataba niños y periodistas…. Una mujer maltratada –en casi todas partes- era acosada o aniquilada en algunos ambientes…. Un niño es aún más hermoso que mayo y, a pesar de eso, se les maltrata y utiliza…. Y algunos rampantes populismos que cantan de mañana a los “dioses” de la verdad, de la justicia o de la libertad, no tienen inconveniente, por la tarde, en aplaudir. o tal vez hacer mutis que es parecido, ante los “matones” de Alsasua, y lo hacen sin inmutarse como si no se viera de sobra que “los votos” les interesan más que “las verdades”…

Lo de siempre. Mayo florido y hermoso, pero, con más frecuencia de la deseada, abierto así mismo a las heladas y a negritudes también. Por eso creo que, hasta en “mayo florido”, es tontería dejar de pensar y reflexionar. Porque, si eso se deja, mayo puede ser enero…

A media mañana, el día se va nublando y el cielo se va cubriendo de luces y sombras. ¿Para no quitar del todo mal a los meteorólogos? ¿Para dejar ver que donde haya luces ha de haber sombras? Bien. Pero , a pesar de todo, amigos, “mayo florido y hermoso”.

El Estado autonómico ha colapsado

Javier Somalo
Libertad Digital


Se llame como se llame el presidente de la Generalidad, nunca podrá ser legítimo un gobierno pilotado desde el extranjero por un prófugo golpista.

El 4 de agosto de 1983, el rey Juan Carlos I presidió por primera vez un Consejo de Ministros tras la llegada de Felipe González a La Moncloa. Fue en el mallorquín Palacio de la Almudaina y el diario ABC destacó entonces en páginas interiores, con gran aparato de portada, el discurso íntegro del monarca: 


Casi todo lo dicho podría traerse hoy aquí como recordatorio del tiempo perdido. 

El Rey reconocía que, junto a la crisis económica, España sufría problemas propios tan graves como el terrorismo o como esas "conductas públicas que ofenden los símbolos de nuestra unidad y reniegan explícitamente del común destino". 

Por ello, el Rey consideraba "una normal relación entre los poderes del Estado" el hecho de que la Corona estuviera informada puntualmente de los problemas más graves de España. 

La máxima expresión de esa "normal relación" era pues, presidir de vez en cuando un Consejo de Ministros para obtener de primera mano el diagnóstico a los problemas de nuestra democracia.

"La Corona –dijo don Juan Carlos– no es una magistratura abstracta y solitaria que se limita a contemplar desde la cúspide el panorama político". Aclaró después que eso no suponía injerencia alguna ni desviaba un ápice a la institución de su función moderadora.

La idea original del rey Juan Carlos era presidir el Consejo de Ministros al menos "cada seis o siete meses", como aclaró en alguna ocasión posterior. Después se fueron relajando las costumbres de todos, incluso las políticas.

Pero la situación en 1983 explicaba por sí sola la necesidad de transmitir una sensación de control: sólo habían transcurrido tres años del golpe del 23-F, con el que aún andamos jugando a las anécdotas del Follonero que, en clave de humor agitador, tratan de convertir en una broma muchas de las realidades de aquella solución Armada que, al menos en el papel, tenía al propio González de vicepresidente de un Gobierno de salvación nacional. El caso es que tres años después del tejerazo la Corona quería dar la impresión –y probablemente lo consiguió– de que aquello no volvería a suceder por mal que fueran las cosas. Buenas palabras.

Ya antes se había tirado al cubo de la basura del Tribunal Constitucional una ley, la LOAPA, que ya quisiéramos para estos tiempos si es que con ella en vigor hubieran llegado. De su esencia sólo quedó el punto de partida: el maltrecho 155 de la Constitución, artículo que la LOAPA desarrollaba con precisión quirúrgica. 


Cierto es que el recurso de inconstitucionalidad fue obra nacionalista pero ni Leopoldo Calvo Sotelo ni, por supuesto, Felipe Gonzálezla querían ver en el BOE. Se dijo, y Calvo Sotelo lo negó, que aquel impecable texto de Eduardo García Enterría era para calmar a los golpistas, aún jadeantes, y dar la sensación de que el nacionalismo no tendría baza alguna en la España constitucional, preocupación lógica más allá de cualquier ruido de sables. Niegan la coincidencia porque la LOAPA fue algo anterior al golpe, como si el 23-F hubiera sido una sorpresa que cogió a la clase política con el pie cambiado.

Sea como fuere, todavía estaban por llegar los gobiernos-bisagra con aquellos que querían desencajar la puerta a patadas: nacionalistas catalanes y vascos, católicos y de derechas. Los dos grandes partidos de la democracia, PSOE y PP, encomendaron sus respectivas minorías al entonces llamado –y siempre contradictorio en sus términos– "nacionalismo moderado". Aquellas hipotecas estaban firmadas con el diablo a interés variable, siempre en contra, y por el mero afán de poder. Jamás se ha dejado de pagar.

Hoy, en 2018, es insostenible el sistema autonómico tal y como está planteado. Levantar la barbilla y andar sobre una cinta como si todo esto se pudiera esfumar con el primer rayo de sol es ya un acto de irresponsabilidad política que supera al pecado original de aquel mal relevo entre la UCD y el PSOE y el posterior españicidio perpetrado impunemente por Zapatero. 


Hoy el presidente del Gobierno es tan culpable –si no más, por no usar el irrenunciable conocimiento adquirido– como aquellos. No le tocará a él desescombrar en busca de algún pilar sano sobre el que levantar algo parecido a España. Pero no cabe duda de que habrá que hacerlo porque Cataluña ha roto, sí, la España democrática conocida.

De momento, no hay programa político que pueda prometer una solución creíble si no refleja la devolución –porque no le son propias a una comunidad autónoma– de determinadas competencias al Estado central. Educación, Sanidad e Interior, por poner tres ejemplos, jamás debieron salir del ámbito estatal porque perjudican directamente al ciudadano, asentando privilegios, sirviendo al adoctrinamiento y poniendo en riesgo la seguridad. 


Los niños empiezan creyendo que los únicos ríos que estudian son propiedad de su comunidad porque pasan por ahí y acaban jugando a tirar dardos –o tirándolos– contra la Guardia Civil pero, desde la hidrografía hasta el adoctrinamiento violento, es de todo punto irracional que una nación pretenda su propia voladura amparándose en un sistema perverso de cesiones autonómicas que ha demostrado su fracaso hasta en la extinción de incendios y su inmoralidad cuando distingue a los enfermos según su procedencia geográfica. Incluso dejando a un lado el golpismo nacionalista, es de locos seguir así.

Cataluña es sólo un nuevo punto de partida en el eterno bucle. El nacionalismo vasco, el que vuelve a ser palanca de acción de un gobierno de España, ya ha convocado cadenas humanas para reclamar su Euskal Herria –huelga hablar pues, de Navarra–, hecho que no tardarán en legitimar desde el gobierno central como preferible a los asesinatos de ETA que, como ya no existe, se traduce en una victoria sin precedentes de la democracia.


 Valencia y Baleares caminan de igual modo hacia esa otra paranoia supremacista, racista, que son los Països Catalans. Con suerte quedarán en medio las "tierras de sangre", las polonias que sufran sendos totalitarismos. O ni eso. Quien pretenda llegar a La Moncloa ignorando esto es porque querrá colaborar en hacerlo realidad.

Y llegamos, por pereza que produzca, a Quim Torra, paradigma de lo que se ha consentido con nuestro dinero: ex de la ANC, de Omnium Cultural, de la agitación elitista subvencionada. Torra ha estado siempre allí donde se fraguaba el golpe consentido, en sus estructuras civiles, porque siempre han existido. A los pocos minutos de conocerse su nombre brotaron los rescatados tuits "polémicos" del candidato. ¿Qué esperaban? 


Al menos, en Libertad Digital y en El Mundo los adjetivamos como lo que son: "racistas", "xenófobos", no polémicos. Un fan de Sabino Arana está fuera de toda polémica. Pero insisto: ¿se esperaba alguien otra cosa? El problema hace mucho tiempo que dejó de ser el hecho cotidiano en la Cataluña golpista. 

Resulta ineludible leer la crónica de Pablo Planas en Libertad Digital para no perder más tiempo en un episodio que no hace sino distraernos del problema estructural.

Se llame como se llame el presidente de la Generalidad, nunca podrá ser legítimo un gobierno pilotado desde el extranjero por un prófugo golpista. De hecho, no es legítimo responder a un golpe de Estado con unas elecciones disfrazadas de aplicación severa de la Ley.

Pero ahora hay prisa por nombrar president, sea quien sea, cuanto antes, para desatar el débil nudo del 155 porque al gobierno Rajoy le abrasa la ley en las manos. Ante un golpe de Estado –¡qué contrariedad, con lo bien que íbamos!–, celébrense elecciones con los golpistas en las urnas, nómbrese a quien sea y volvamos a esa normalidad que tiene encarcelada a la mitad de los ciudadanos de Cataluña, a esa normalidad cuya ley es violar la Ley, a esa normalidad que dejó mil muertos abandonados.

De vuelta a aquel discurso de 1984, no hay más remedio que mirar a la Corona de 2018 personificada en Felipe VI y constatar que, sin necesidad alguna de ser monárquico, es la única institución, acompañada a veces por el Poder Judicial, que ha estado a la altura de las graves circunstancias. 


Podía ser "normal", como dijo Juan Carlos I, en 1983, apenas una década después de la muerte de Franco, con los golpistas del 23-F recién condenados y con la izquierda cubriendo la primera vuelta de la Transición al llegar al poder. 

No lo es en 2018, cuarenta años después de aprobar una Constitución y poner en marcha una democracia de monarquía parlamentaria. Si el Rey es el único dique de contención, la anormalidad política es manifiesta por más que haya que agradecerle el arrojo.

Rajoy no busca estabilidad para España sino la permanencia en el poder, cosa que ya está perdida. Si Albert Rivera consigue que el Parlamento de Twitter le deje llegar a La Moncloa tendrá que hacer en serio el trabajo que no corresponde al Rey y volver a la normalidad, si alguna vez existió, de informarle sobre España. Pero con este Estado autonómico es imposible.


13 mayo 2018

Orban y la batalla por Europa

Francisco José Contreras
Actuall


Viktor Orban, presidente de Hungría, revalidó el apoyo electoral el 8 de abril de 2018 /EFE

La arrolladora victoria de Viktor Orban en las elecciones húngaras confirma la aparición de un nuevo paradigma en los países excomunistas de Europa central y oriental. 

No es cosa de ponerse ditirámbicos, pero cualquiera que haya examinado los discursos y praxis gubernamental de Orban percibe enseguida que estamos ante un estadista con visión histórico-política de profundo calado. Los Rajoy, Merkel o incluso Macron parecen oficinistas a su lado.

Orban impulsó en 2011 una nueva Constitución que, tras celebrar que el país haya sobrevivido a los totalitarismos nazi y comunista, reconocía las raíces cristianas de Hungría (al tiempo que garantizaba una total libertad religiosa), blindaba la concepción clásica del matrimonio (“Hungría protege la institución del matrimonio, entendido como la unión conyugal de un hombre y una mujer”), asumía la necesidad de promover la natalidad (“Hungría promoverá el compromiso de tener y educar hijos”), afirmaba que “la vida del feto será protegida desde la concepción”…

Esos compromisos constitucionales se han traducido en políticas efectivas. Actuall.com ha venido informando sobre cómo se promovía en Hungría la natalidad y la solidez familiar

El aborto no ha sido prohibido, pero sí desincentivado con campañas de concienciación y medidas de ayuda a las madres (por cierto, la primera campaña de sensibilización –carteles con la imagen de un feto y el mensaje “sé que no estás preparada para recibirme, pero dame en adopción y déjame vivir”- fue execrada por la Comisaria Europea Viviane Reding, que aseguró que era “contraria a los valores europeos”). 

El matrimonio –sí, el matrimonio, no la pareja de hecho- es promovido, no sólo con medidas fiscales, de conciliación trabajo-maternidad y de facilitamiento del acceso a la primera vivienda, sino también con contenidos educativos pro-familia y cursos dirigidos a los jóvenes.

Y los resultados han ido llegando. La fecundidad húngara subió en sólo cuatro años de los 1,23 hijos/mujer a los 1,45 hijos/mujer: es pronto para poder hablar de un cambio de tendencia profundo, pero los comienzos son esperanzadores. El número de divorcios descendió en un 18% en sólo dos años (2015-16). El número de bodas anuales se ha incrementado en un 20%. Y el número de abortos se ha reducido en un 23%.

Orban, a diferencia de Rajoy, no cree que “la economía lo sea todo”. Pero, aunque sea mucho más que un gestor, parece haber gestionado la economía con brillantez. Del 11,2% de paro con que encontró al país en 2010, se ha pasado a un 3.3% en 2018. De un crecimiento del 0,7% del PIB en 2010, a otro del 4% en 2017. 

Y todo ello con moderación fiscal y sensatez presupuestaria. Orban, pintado como un monstruo antiliberal por la “derecha” rendida al progresismo socialdemócrata, ha aplicado una política económica liberal y exitosa: “Pertenezco a la escuela económica de [Gyorgy] Matolcsy. Uno de sus principios es que las cuentas públicas deben ser equilibradas. El déficit público debe ser reducido. Hay que rebajar la deuda soberana”. Tras su victoria, Orban ha confirmado un objetivo de déficit público del 2,4% para 2018.

Al convertirse en referencia natural para los europeos conservadores traicionados por la deriva socialdemócrata del centro-derecha clásico, Orban está alcanzando una relevancia que trasciende con mucho el peso de un pequeño país como Hungría.

 Pero es que, además, Hungría no está sola: el programa de regeneración social, relanzamiento demográfico y defensa de la identidad nacional –sin plantear por ello ningún tipo de UE-“exit”- es compartido con ligeras variaciones por los cuatro gobiernos del Grupo de Visegrado(Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría), a los que ahora parece sumarse la Austria de Sebastian Kurz. 

Y también la CSU bávara, hastiada de la vacuidad ideológica de una Merkel dispuesta a aliarse con el diablo (y con Katarina Barley) con tal de seguir en el poder, y crítica con su gran error en el tema de los “refugiados”. Un bloque nacional-conservador podría estar cristalizando en Mitteleuropa.

La reivindicación del derecho de cada país a decidir cuánta inmigración desea recibir –y de qué composición religioso-cultural- se ha convertido en la tesis húngara más notoria, y en su principal foco de conflicto con las instituciones europeas. Es una postura que encaja coherentemente en el resto del ideario orbanita. 

En efecto, ante el invierno demográfico, Europa dispone de dos posibles recetas: reanimar la natalidad nativa o abrir sus fronteras a la inmigración. Europa occidental parece haber escogido la segunda, con los problemas de coexistencia cultural consiguientes. 

Europa oriental está a tiempo de seguir una vía diferente. Pero, si no desea cubrir sus huecos demográficos con inmigrantes, tiene que apostar a fondo por la vida, la natalidad y la familia.

El establishment europeo-occidental intuye que en la Europa danubiana está tomando forma un modelo alternativo; de ahí la virulencia de su reacción: “Hemos dado un ultimátum a los países de Visegrado que rechazan la solidaridad y dar la bienvenida a los inmigrantes”, declaraba el 3 de Febrero el Primer Ministro belga Charles Michel. “La UE debe adoptar acciones firmes para extraer rápidamente el tumor”, declaró a Die Welt –tras conocer la nueva victoria de Orban- Jean Asselborn, miembro del Partido Popular europeo.

Ojalá se consolide el despertar de Visegrado. Ojalá no lleguen a mayores algunos síntomas inquietantes de interferencia en el poder judicial o de presión gubernamental sobre las ONGs hostiles (la campaña ad hominem focalizada en Soros ha sido lamentable). Porque Europa necesita la vía “nacional y cristiana” (en esos términos define Orban su pensamiento) si quiere seguir siendo Europa: ¡qué paradoja que se califique de “eurófobos” a los conservadores húngaros y polacos! 

Ryszard Legutko lo expresaba con brillantez en un artículo de First Things, bajo el apropiado título “La batalla por Europa”: “Las élites [euro-progresistas] han intentado construir una nueva identidad europea, convirtiendo a los pueblos europeos en sociedades post-históricas, post-nacionales, post-metafísicas y post-cristianas, cohesionadas sólo por la ideología universalista del “europeísmo”. […] 

¿Sería, entonces, justo decir que la Unión Europea se está haciendo cada vez menos europea en el sentido genuino del término, y que los verdaderos defensores de la identidad europea son en la actualidad los “catetos” de Europa oriental, más que los ilustrados y brillantes [de Bruselas]? Sí, lo sería”.

Italia contra Europa

Emilio Campmany
Libertad Digital


Angela Merkel | EFE

El martes nuestros medios de comunicación, bastante ignorantes acerca de lo que es Italia, dieron como segura la imposibilidad de que haya un acuerdo para formar Gobierno e inmediatamente saltó la noticia de que podría haberlo.

Berlusconi, en una fina jugada que podríamos calificar de retirada táctica, ha dado permiso a su aliado Matteo Salvini, de la Liga Norte, para que trate de llegar a un acuerdo con Giulio Di Maio, del Movimiento Cinco Estrellas. Hasta ahora, Salvini había exigido que el acuerdo incluyera a Berlusconi y Di Maio había replicado que con el cavaliere no iría a ninguna parte. 

El paso atrás de Berlusconi tiene evidentes ventajas. La primera es la de evitar aparecer como el culpable si finalmente no hay acuerdo y toca volver a las urnas. La repetición de las elecciones perjudicaría al Partido Democrático, el de Renzi, guardián de las esencias de la vieja política, pero también a Forza Italia. 

La segunda es la de obligar a su atrabiliario aliado, Salvini, a retratarse poniéndose de acuerdo con alguien con quien comparte relativamente poco. Y la tercera es dar ocasión a los estrellados de empezar a hacer política en serio e inevitablemente decepcionar a sus votantes.

Lo cierto es que la Liga y el Movimiento están en posiciones muy alejadas. La Liga, que obtiene sus mejores resultados en el rico Norte, defiende un único tramo para el impuesto sobre la renta, en beneficio de sus votantes, y el Movimiento, que triunfa en el pobre Sur, quiere una renta básica en favor de los suyos. Encima, Salvini hace buenas migas con Putin, mientras Di Maio se ha convertido al atlantismo.

Sin embargo, hay algo en lo que los dos están de acuerdo: aborrecen la Unión Europea. Salvini quiere que Italia se vaya de allí y Di Maio exige un referéndum sobre la pertenencia al euro. Ambos son contrarios a las imposiciones de Bruselas y los dos quieren derogar la reforma de las pensiones del Gobierno Monti, que fue impuesta desde la UE. 

Si llega el acuerdo, lo lógico es que ambos líderes aparquen sus programas en aquello que divergen y se propongan ejecutar lo que les une. Y en lo que más de acuerdo están es en lograr sustraer a Italia de los dictados de la Unión.

En Bruselas deben de estar de los nervios porque una cosa es que se vaya Gran Bretaña, que nunca estuvo dentro del todo, y otra muy diferente que uno de los tres grandes fundadores del invento lo haga volar por los aires. 

Podrán decir que Berlusconi es un payaso, Salvini un xenófobo y Di Maio un populista; pero, si la Unión quiere sobrevivir a lo que se le viene encima, Alemania y Francia deberían inventar algo que no consista sólo en imponer disciplina presupuestaria a los demás mientras ellos, cuando les van mal las cosas, hacen lo que les parece. 

Urge reinventar la Unión, como intuye Macron. Pero Merkel no quiere ni oír hablar del asunto.

10 mayo 2018

Año XV - Nº 1087

La eutanasia forma parte del problema, no de la solución

Editorial
Forum Libertas


La vida es el derecho humano fundamental porque de ella dependen todos los demás derechos. La sociedad ha visto con el paso del tiempo que la muerte nunca es solución, ni siquiera para condenar los crímenes más abyectos. 

Los obispos portugueses aciertan cuando recuerdan que en las sociedades primitivas, también en Grecia y Roma era practicada la eutanasia, volver a aquellos usos hoy en día es un retroceso de civilización.

La lucha contra el sufrimiento humano es una prioridad irrenunciable. En el caso de las enfermedades y de la fase terminal de la vida este sufrimiento se hace presente. De hecho, se hace presente en muchos otros momentos de nuestra existencia. El final no tiene por qué ser más doloroso que en otras ocasiones en las que hemos pasado por una enfermedad difícil, un accidente grave o hemos perdido a una persona muy querida. 


Desde este punto de vista, el de la experiencia humana, es evidente que el homicidio provocado o el suicidio asistido no son la solución. Tampoco tiene porqué serlo en el período final. En otras épocas combatir el dolor era costoso y difícil y en ocasiones imposible. Hoy la situación es radicalmente diferente.

Las atenciones paliativas cuando son bastante generalizadas pueden garantizar un final muy digno. Lo afirmó con claridad la OMS en 1990 cuando se publicaron unas conclusiones de un comité de expertos que afirmaban que la eutanasia no se debe legalizar, que lo mejor son los cuidados paliativos De esto hace ya casi 30 años, ahora son mucho mejores… sobre todo allí donde no se ha legalizado la eutanasia.

La eutanasia en los países donde se ha aprobado presenta graves problemas. Uno es el abuso y arbitrariedad en el uso de la ley. El caso de Bélgica es, en este sentido, terrible, y también se han consignado abusos en Holanda. En un país como el nuestro, donde el fraude de ley y la corrupción están muy extendidos, nos parece de una imprudencia radical que se apruebe una norma de este tipo. “Hecha la ley, hecha la trampa” es una expresión muy nuestra.

La eutanasia presenta también otras múltiples contraindicaciones. En Holanda se han llegado a legalizar eutanasias aduciendo alcoholismo. Se utiliza para resolver problemas de sufrimiento psicológico y soledad, es decir, de déficit de solidaridad en nuestra sociedad, que así quedan enmascarados. Es una manifestación más de la desigualdad porque quien se acoge a ella es mayoritariamente la población de más bajos ingresos.

En una sociedad envejecida como la nuestra, con un sistema público de pensiones en crisis, la eutanasia se convertirá en un formidable instrumento de presión familiar y social para que las personas mayores descartadas, como dice el Papa Francisco, se acojan a su práctica, porque en definitiva la decisión de provocar la muerte obedece sobre todo a causas psicológicas y sociales. En Estados Unidos allí donde está legalizada -que es en pocos lugares- el seguro médico deniega tratamientos costosos, pero ofrece los fármacos para que se suicide con un coste que no alcanza los dos dólares.

En definitiva, la eutanasia causa daño y enmascara diversas causas que inducen a la muerte, pero que la sociedad puede evitar. Y sobre todo, como la pena de muerte y la presunción de inocencia, es irreversible, el error no tiene enmienda. La vida siempre tiene una posibilidad más. La respuesta esta en la universalización de la atención paliativa y la construcción de una sociedad más solidaria y atenta a las necesidades de acompañamiento de muchas personas que el único daño que sufren es la soledad.

Gloria a Dios para que haya paz en la tierra. Un texto inédito del papa Benedicto

Sandro Magister
InfoVaticana



El libro estará en venta a partir del 10 de mayo, pero Settimo Cielo anticipa aquí las páginas más nuevas y esperadas: un texto de Joseph Ratzinger que está fechado el 29 de setiembre de 2014 y que nunca antes había sido publicado, sobre la cuestión capital del fundamento de los derechos humanos, los cuales – escribe – o están anclados en la fe en el Dios creador o no.

Es un texto de una claridad cristalina, que Ratzinger escribió en su retiro vaticano, un año y medio después de su dimisión como Papa, como comentario de un libro – editado luego en el 2015, con el título definitivo de “Diritti umani e cristianesimo. La Chiesa alla prova delle modernità” [Derechos humanos y cristianismo. La Iglesia a prueba de la modernidad] – de su amigo Marcello Pera, filósofo de la escuela liberal, ex presidente del Senado italiano.

En su comentario, el “Papa emérito” analiza la irrupción de los derechos humanos en el pensamiento laico y cristiano de la segunda mitad del siglo XX, como alternativa a las dictaduras totalitarias de todo tipo, ateas o islámicas. Y explica por qué “en mi predicación y en mis escritos he afirmado siempre la centralidad de la cuestión de Dios”.

El motivo es precisamente el de asegurar a los derechos humanos su fundamento de verdad, sin la cual los derechos se multiplican, pero también se autodestruyen y el hombre termina negándose a sí mismo.

El volumen en el que está por salir este escrito, junto a otros textos de Ratzinger sobre el nexo entre fe y política, está editado en Italia por Cantagalli:

Joseph Ratzinger-Benedetto XVI, “Liberare la libertà. Fede e politica nel terzo millennio”, a cura di Pierluca Azzaro e Carlos Granados, prefazione di papa Francesco, Cantagalli, Siena, 2018, pp. 208, euro 18.

Es el segundo de una colección de siete volúmenes con el título “Joseph Ratzinger – Testi scelti”, sobre los temas fundamentales del pensamiento de Ratzinger teólogo, obispo y Papa, publicados contemporáneamente en varios idiomas y en diversos países: en Alemania por Herder, en España por BAC, en Francia por Parole et Silence, en Polonia por KUL, en Estados Unidos por Ignatius Press.

Ambos volúmenes publicados hasta ahora tienen el prólogo del papa Francisco.

A continuación, presentamos el texto inédito que abre el segundo volumen de la colección. El subtítulo es original, puesto personalmente por Ratzinger.

*
SI DIOS NO EXISTE, SE DERRUMBAN LOS DERECHOS HUMANOS

Elementos para una discusión sobre el libro de Marcello Pera “La Chiesa, i diritti umani e il distacco da Dio” [La Iglesia, los derechos humanos y el alejamiento de Dios]

por Joseph Ratzinger

El libro representa indudablemente un gran desafío para el pensamiento contemporáneo, y también en particular para la Iglesia y la teología. El hiato entre las afirmaciones de los Papas del siglo XIX y la nueva visión que comienza con la “Pacem in terris” es evidente y se ha debatido mucho sobre ello. Eso está también en el centro de la oposición de Lefèbvre y de sus seguidores contra el Concilio. No me siento en condiciones de dar una respuesta clara a la problemática de su libro, sólo puedo hacer algunas anotaciones que, me parece, podrían ser importantes para una posterior discusión.

1. Sólo gracias a su libro se me ha vuelto claro en qué medida con la “Pacem in terris” comenzó una nueva orientación. Yo era consciente de cuán fuerte fue el efecto de esa encíclica sobre la política italiana: dio un impulso decisivo para la apertura de la Democracia Cristiana hacia la izquierda. Pero no fui consciente de cuál fue el comienzo que ella había representado también respecto a los fundamentos ideales de ese partido. Y, sin embargo, por lo que recuerdo, la cuestión de los derechos humanos adquirió prácticamente un puesto de gran relieve en el Magisterio y en la teología postconciliar sólo con Juan Pablo II.

Tengo la impresión que, en el Papa santo, esto no fue tanto el resultado de una reflexión (que no faltó en él), sino la consecuencia de una experiencia práctica. Contra la pretensión totalitaria del Estado marxista y de la ideología sobre la que se basaba, él vio en la idea de los derechos humanos el arma concreta capaz de poner límites al carácter totalitario del Estado, ofreciendo de este modo el espacio de libertad necesario no sólo para el pensamiento de la persona individual, sino también y sobre todo para la fe de los cristianos y para los derechos de la Iglesia. 


La imagen secular de los derechos humanos, según la formulación dada a ellos en 1948, le pareció evidentemente que era la fuerza racional que hace frente a la pretensión omniabarcadora, ideológica y práctica del Estado basado en el pensamiento marxista. Y así, como Papa, afirmó el reconocimiento de los derechos humanos como una fuerza reconocida por la razón universal en todo el mundo contra las dictaduras de todo tipo.

Esta afirmación se refería entonces ya no sólo a las dictaduras ateas, sino también a los Estados fundados sobre la base de una justificación religiosa, tal como los encontramos sobre todo en el mundo islámico. A la fusión de política y religión en el Islam, que necesariamente limita la libertad de las demás religiones, y en consecuencia también la de los cristianos, se contrapone la libertad de la fe, que en cierta medida considera también al Estado laico como forma justa de Estado, en la que encuentra espacio esa libertad de la fe que los cristianos pretendieron desde el comienzo. 


En esto, Juan Pablo II sabía que estaba en profunda continuidad con la Iglesia naciente. Ésta se encontraba frente a un Estado que ciertamente conocía la tolerancia religiosa, pero que afirmaba una última identificación entre la autoridad estatal y divina que los cristianos no podían consentir. La fe cristiana, que anunciaba una religión universal para todos los hombres, incluía necesariamente una limitación fundamental de la autoridad del Estado, a causa de los derechos y de los deberes de la conciencia individual.

No se formulaba así la idea de los derechos humanos. Se trataba más bien de fijar la obediencia del hombre a Dios como límite de la obediencia al Estado. Sin embargo, no me parece injustificado definir el deber de la obediencia a Dios como derecho respecto al Estado. Y en este sentido era totalmente lógico que Juan Pablo II, en la relativización cristiana del Estado a favor de la libertad de la obediencia a Dios, viera expresado un derecho humano que precede a toda autoridad estatal. 


Creo que en este sentido el Papa pudo afirmar sin más una profunda continuidad entre la idea de fondo de los derechos humanos y la tradición cristiana, aunque por cierto los instrumentos respectivos, lingüísticos y de pensamiento resultan muy distantes entre ellos.

2. En mi opinión, en la doctrina del hombre hecho a imagen de Dios está contenido fundamentalmente lo que afirma Kant cuando define al hombre como fin y no como medio. Se podría decir también que esta definición contiene la idea que el hombre es sujeto y no sólo objeto de derecho. Este elemento constitutivo de la idea de los derechos humanos está expresado claramente, me parece, en el libro del Génesis: “Pediré cuenta de la vida del hombre al hombre, a cada uno de sus hermanos. 


El que derrame la sangre del hombre verá derramada su sangre por otro hombre, porque a imagen de Dios ha sido hecho el hombre” (Gn 9, 5 y ss). Ser creado a imagen de Dios incluye el hecho que la vida del hombre está puesta bajo la protección especial de Dios, el hecho que el hombre, respecto a las leyes humanas, es titular de un derecho puesto por Dios mismo.

Esta concepción adquirió importancia fundamental al comienzo de la edad moderna con el descubrimiento de América. Todos los pueblos nuevos que fueron encontrados no eran bautizados, por eso se planteó la cuestión si tenían derechos o no. Para la opinión dominante ellos se convertían propia y verdaderamente en sujetos de derecho sólo con el bautismo. 


El reconocimiento que eran imagen de Dios a causa de la creación – y que siguieron siendo tales también después del pecado original – significaba que también antes del bautismo ya eran sujetos de derecho y que, en consecuencia, podían pretender el respeto de su humanidad. Me parece que se reconocieron aquí los “derechos humanos” que preceden a la adhesión a la fe cristiana y a cualquier poder estatal, cualquiera sea su naturaleza específica.

Si no me equivoco, Juan Pablo II concibió su compromiso a favor de los derechos humanos en continuidad con la actitud que tuvo la Iglesia antigua frente al Estado romano. Efectivamente, el mandato del Señor de hacer discípulos suyos a todos los pueblos había creado una situación nueva en la relación entre la religión y el Estado. No había habido hasta entonces una religión con pretensión de universalidad. La religión era una parte esencial de la identidad de cada sociedad. 


El mandato de Jesús no significa inmediatamente exigir una mutación en la estructura de cada una de las sociedades. Y, sin embargo, exige que en todas las sociedades se dé la posibilidad de recibir su mensaje y de vivir en conformidad con éste.

En primer lugar, consigue una nueva definición, sobre todo de la naturaleza de la religión: ésta no es un rito y observancia que en última instancia garantiza la identidad del Estado. Por el contrario, es reconocimiento (fe), y justamente reconocimiento de la verdad. 


Porque el espíritu del hombre ha sido creado para la verdad, es claro que la verdad obliga, pero no en el sentido de una ética del deber de tipo positivista, sino más bien a partir de la naturaleza de la verdad misma, que precisamente de este modo hace al hombre libre. 

Esta conexión entre religión y verdad incluye un derecho a la libertad que es lícito considerar en profunda continuidad con el auténtico núcleo de la doctrina de los derechos humanos, como evidentemente ha hecho Juan Pablo II.

3. Justamente usted ha considerado fundamental la idea agustiniana del Estado y de la historia, poniéndola a la base de su visión de la doctrina cristiana del Estado. Y, sin embargo, quizás habría merecido una consideración todavía mayor la visión aristotélica. 


En cuanto puedo juzgar, la visión aristotélica tuvo poca importancia en la tradición de la Iglesia medieval, tanto más después que fue asumida por Marsilio de Padua en contraste con el magisterio de la Iglesia. Luego fue retomada cada vez más, a partir del siglo XIX, cuando se fue desarrollando la doctrina social de la Iglesia. Se partió desde entonces de un orden doble, el “ordo naturalis” y el “ordo supernaturalis”; allí donde el “ordo naturalis” era considerado completo en sí mismo. S

e resaltaba expresamente que el “ordo supernaturalis” era un agregado libre, significando una pura gracia que no puede ser pretendida a partir del “ordo naturalis”.

Con la construcción de un “ordo naturalis” que es posible aprehender en modo puramente racional, se intentó adquirir una base argumentativa gracias a la cual la Iglesia hubiera podido hacer valer sus posiciones éticas en el debate público, sobre la base de la racionalidad pura. Justamente, en esta visión está el hecho que también después del pecado original el orden de la creación, aun estando herido por el pecado, no ha sido destruido completamente. 


Hacer valer lo que es auténticamente humano donde no es posible afirmar la pretensión de la fe es en sí una posición justa. Corresponde a la autonomía del ámbito de la creación y a la libertad esencial de la fe. En este sentido, está justificada, más bien es necesaria, una visión profundizada, desde el punto de vista de la teología de la creación, del “ordo naturalis” en vinculación con la doctrina aristotélica del Estado. 

Pero también aquí hay dos peligros:
a) Muy fácilmente se olvida la realidad del pecado original y se llega a formas de optimismo ingenuas y que no hacen justicia a la realidad.

b) Si el “ordo naturalis” es visto como una totalidad completa en sí misma y que no tiene necesidad del evangelio, subsiste el peligro que lo que es propiamente cristiano parecería una superestructura en última instancia superflua, sobrepuesta a lo humano natural. 


Recuerdo efectivamente que una vez me fue presentado el borrador de un documento en el que al final se expresaban fórmulas ciertamente muy piadosas, y sin embargo a lo largo de toda la línea argumental no sólo no aparecía Jesucristo y su evangelio, sino ni siquiera Dios, razón por la cual parecían superfluos. 

Evidentemente, se creía que era posible construir un orden de la naturaleza puramente racional, pero que entonces no es estrictamente racional, y que, por otro lado, amenaza relegar lo que es propiamente cristiano al ámbito del mero sentimiento. Aquí emerge claramente el límite del intento de idear un “ordo naturalis” cerrado en sí mismo y autosuficiente. El padre Henri de Lubac, en su libro “Sobrenatural”, quiso demostrar que el mismo santo Tomás de Aquino – al que también se remitía al formular ese intento – en realidad no había pretendido esto.

c) Un problema fundamental de un intento similar consiste en el hecho que con el olvido de la doctrina del pecado original nace una confianza ingenua en la razón, la cual no percibe la complejidad efectiva de la conciencia racional en el ámbito de la ética. El drama de la disputa sobre el derecho natural muestra claramente que la racionalidad metafísica, que se supone en este contexto, no es inmediatamente evidente. 


Me parece que tenía razón Kelsen en su última etapa, cuando dice que derivar un deber desde el ser sólo es razonable si Alguien ha depositado un deber en el ser. Pero para él esta tesis no es digna de discusión. Por lo tanto, me parece que al final todo se basa en el concepto de Dios. Si Dios existe, si hay un creador, entonces también el ser puede hablar de él y señalar al hombre un deber. En caso contrario, en última instancia el ethos se reduce a pragmatismo. 

Es por eso que en mi predicación y en mis escritos he afirmado siempre la centralidad de la cuestión de Dios. Me parece que éste es el punto en el que convergen fundamentalmente la visión de su libro y mi pensamiento. La idea de los derechos humanos, en última instancia, conserva su solidez sólo si está anclada en la fe en el Dios creador. Es desde aquí que esa idea recibe la definición de su límite y junto con ello su justificación.

4. Tengo la impresión de que en su anterior libro, “Perché dobbiamo dirci cristiani” [Por qué debemos decirnos cristianos], usted evaluó la idea de Dios en los grandes liberales en una forma diferente respecto a cuanto hace en su nueva obra. En ésta última eso aparece como una etapa hacia la pérdida de la fe. Al contrario, en su primer libro, en mi opinión, usted había mostrado en modo convincente que sin la idea de Dios el liberalismo europeo es incomprensible e ilógico. 


Para los padres del liberalismo, Dios era todavía el fundamento de su visión del mundo y del hombre, de tal modo que en ese libro la lógica del liberalismo hace necesaria la confesión del Dios de la fe cristiana. Entiendo que están justificadas ambas evaluaciones: por un lado, en el liberalismo, la idea de Dios se aleja de sus fundamentos bíblicos, perdiendo así lentamente su fuerza concreta; por otro lado, para los grandes liberales, sin embargo, Dios es y sigue siendo indispensable. 

Es posible acentuar uno u otro aspecto del proceso. Creo que es necesario mencionar ambos. Pero la visión contenida en su primer libro para mí sigue siendo irrenunciable: aquélla para la cual el liberalismo, si excluye a Dios, pierde su propio fundamento.

5. La idea de Dios incluye el concepto fundamental del hombre como sujeto de derecho y con esto justifica y al mismo tiempo establece los límites de la concepción de los derechos humanos. En su libro, usted ha mostrado en forma persuasiva y convincente qué sucede cuando el concepto de los derechos humanos es separado de la idea de Dios. 


La multiplicación de los derechos humanos conduce al final a la destrucción de la idea del Derecho y conduce necesariamente al “derecho” nihilista del hombre de negarse a sí mismo: el aborto, el suicidio, la producción del hombre como cosa se convierten en derechos del hombre que al mismo tiempo lo niegan. 

De este modo, en su libro emerge en forma convincente que, en última instancia, la idea de los derechos humanos separada de la idea de Dios no conduce sólo a la marginación del cristianismo, sino al final de cuentas a su negación. 

Éste, que me parece que es el auténtico objetivo de su libro, es de gran significación, frente al actual desarrollo espiritual de Occidente, el cual niega cada vez más sus fundamentos cristianos y se dirige contra ellos.

© Edizioni Cantagalli / Libreria Editrice Vaticana