18 abril 2018

Año XV - Nº 1084

Los valores no suplen la gracia

Editorial
Forum Libertas


Los valores no suplen la gracia, y la gracia solo se alcanza en el camino y la verdad de Jesucristo. La conclusión es una obviedad. 

El primer valor para los cristianos es el anuncio de Jesucristo y la buena nueva. Es a partir de Él y con Él que se desarrollan los restantes valores.

Pero toda una parte del cristianismo no considera lo obvio. ¿Cuántas escuelas católicas anuncian que “educan en valores”, son “Una comunidad de valores”, y todas las variaciones que se quieran en torno a aquella palabra, y a la vez mantienen a la persona de Jesucristo en una rigurosa discreción, cuando no en el anonimato? 

Ahora mismo, una gran organización que depende del obispado de Barcelona celebra su sesenta aniversario. Se trata de la Fundación Pere Tarrés, que tiene su origen y base en el Moviment de Centres d’Esplai Cristians. Se trata de una amplia aplicación cristiana de un movimiento cívico extendido en Cataluña, Baleares y Valencia, basado en el disfrute del tiempo libre de los niños y jóvenes, sobre todo en los fines de semana y durante las vacaciones, y que, como también sucedió con el escultismo, ha tenido un fuerte impulso en el ámbito de las parroquias y diócesis. 

Como define la propia comunicación del evento conmemorativo “la educación en valores ha sido el hilo argumental del encuentro”. Este es solo un ejemplo de los muchos disponibles, referido además a una organización diocesana grande, potente, que funciona muy bien bajo parámetros de eficiencia, pero de la que ha desaparecido el anunció de Jesucristo. Es uno de tantos casos del eclipse de Jesús dentro del propio ámbito cristiano. 

 ¿Cómo puede extrañar entonces que el catolicismo español presente un claro declive, sobre todo entre los más jóvenes? Declive en las conciencias individuales, en el ámbito cultural, en la incidencia de su visión en el ámbito de las leyes.

Los valores, sin más, no definen nada, convirtiéndose en el cajón de sastre del emotivismo. Si se quiere abordar los valores para eso ya existe una disciplina que los estudia, la axiología, en la que más allá de una metodología académica encontraremos una pluralidad de significados. No existe un acuerdo sobre lo que es un valor y ni sobre sentido y jerarquía, como no puede ser de otra manera en el ámbito intelectual construido por la Ilustración.

La visión genealógica de los valores de Nietzsche, poco tiene que ver con la kantiana. Se puede aducir con razón que cuando las instituciones, escuelas, hospitales, universidades católicas hablan de valores, lo hacen a partir del implícito cristiano. Entonces, siendo así, se hace como muy extraño que puedan abordarse sin conocer la vida y el relato de Jesucristo. Seamos claros: es intelectualmente imposible y comporta un riego de relativismo, instrumentalización y subjetivismo extraordinario, porque sin conocer la fuente, su relato, todo queda en manos del interpretador.

Ahora que estamos en tiempo de Pascua vale la pena recordar lo que dice Hechos 5,42 “Cada día en el Templo y en las casas no paraban de enseñar y anunciar la buena nueva de que Jesús es el Mesías”. Esa es la misión de todo católico, y no digamos ya cuando se trata de organizaciones que desarrollan actividades seculares para llegar mejor con el anuncio. 

No se trata solo de escuelas, de educar el tiempo libre, de atender a los enfermos, a los más necesitados. Se trata de que esto se haga anunciando la fe que le otorga todo su sentido.

Las civilizaciones no mueren asesinadas, se suicidan

Humberto Pérez Tomé
Hispanidad


La democracia es eso, libertad. Sin embargo, cuando la libertad está consensuada por unos pocos gracias al empoderamiento al que acceden por medio de las urnas, la libertad no es lo que es, sino la forma ineludible de actuar en sociedad. Libertad. 

La RAE específica hasta 12 acepciones para esta palabra que ha sido sobada, manipulada y deformada por políticos populistas, filósofos interesados y el vulgo siempre cuando le ha convenido. Pero me quedo con las dos primeras que creo que son las que de alguna forma más nos afectan: 

1.- Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. 

2.- Estado o condición de quien no es esclavo. En democracia se vende este concepto porque se nos dice que podemos elegir libremente a quien deseamos que nos gobierne, es decir, a esos cuya confianza formalizamos en las urnas para que cuiden de nuestras vidas y favorezcan el bien común. Una libertad que nos hace creer que si salen los nuestros nuestras vidas mejorarán y, si no, no serán tan buenas como podríamos imaginar. 

Por lo tanto tendremos que asumir la responsabilidad de nuestros actos cuando a los que votaste una vez que gobiernan, no lo hacen pensado en nosotros, sino en sí mismos. Es decir, la democracia actual consiste en que participamos en libertad para que los políticos se blinden con nuestros votos en una dictadura. Una dictadura que, cuando es mayoría, se vuelve en dictadura absoluta. 

Cuando los políticos o las personas que acceden a gobernar no se rigen por los principios que les definen y son corrompidos por el poder, corrompen a los que les rodean y corrompen la razón para que todo esté de su lado, da lugar un Estado fallido porque estafa la libertad prometida al ciudadano. 

Cuando las decisiones de Estado se rigen por la ética del pensamiento dominante y carece de razones morales, el ciudadano está perdido porque no tiene más salida que soportar heroicamente lo que deciden por él. Entonces el punto 2 de la acepción de Libertad deja de tener sentido, porque somos esclavos de una libertad consensuada. 

Populismos llenos de eslóganes y vacíos de soluciones; nacionalismos que excluyen otras formas de pensar y querer vivir; leyes que se ejecutan aboliendo uno de los principios fundamentales de un Estado de Derecho, como es la presunción de inocencia; los medios de comunicación convertidos en voceras de los intereses financieros e ideológicos; y la masa social cautiva por su baja intelectualidad, moral y reflexiva... 

Entonces estamos ante un país camino de la ruina. Toynbee dejó muy claro este punto: Las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan. Llevamos años de vaciado moral, huyendo hacia delante de nuestra identidad cristiana, en una constante disolución de nuestros principios y nuestras costumbres. 

Apisonados por una cultura constante de la muerte: el aborto, la eutanasia, la maternidad subrogada, la degeneración de la lucha de géneros. Unos pocos empujan y empujan para que la sociedad sea una masa enorme y deforme fácilmente manejable. Muchos ya lo ven como algo normal, una vana evolución del ser humano. Menos se rebelan contra este cambio pero callan cómplices, o cobardemente, casi peor. Y pocos, muy pocos, pelean arriesgando su fama, su carrera, su fortuna, estudiando y formándose para combatir desde la intelectualidad este ataque salvaje y democrático contra la dignidad del ser humano. 

La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana (Paidos), de Steven Pinker. Estupendo ensayo que desmonta el planteamiento global de la lucha de géneros solo porque haya modos y formas de pensar o vivir la vida, tratando de explotar ciertas debilidades humanas para crear una falsa antropología moderna. 

La decadencia de las columnas jónicas (Sekotia), de José Antonio Fortea. Breve ensayo que pretende mostrar otra forma de Estado orgánico que controla de forma orgánica a los políticos, las leyes y su comportamiento. Ahora que todos estamos hartos de máster inexistentes, sobres de dinero B, reyezuelos autonómicos que quieren montarse su propia república... Sería bueno revisar ideas nuevas. 

Democracias y falacias (Letra Clara), de Julio Bárceno. Autor de varios títulos basados en la idea de la conciencia del pensamiento hace un recorrido de lo dicho y hecho por la política en España. Elogios, pero sobre todo denuncias de los vacíos éticos, morales y legales que dejan en mal lugar la deseada democracia por todos aquellos que vivieron desde el principio la transición española. 

Dice la sinopsis de la obra: El solo hecho de permitir que los ciudadanos voten de vez en cuando no constituye por sí mismo una democracia, y menos si las mismas votaciones están viciadas antes y después de depositar las papeletas en las urnas.

17 abril 2018

Cristina Cifuentes, agente doble

Antonio Burgos
La Semana


Cuando me pregunté para qué demonios quería Cristina Cifuentes un máster de mentirijillas, qué falta le hacía meterse en ese borde de navaja para presumir en unas líneas de su currículum, subrayé que, al modo de Celia Villalobos, era una dirigente del PP perfectamente intercambiable con el PSOE. 

Díganme qué pinta en el PP una señora que se ha mostrado, y usando maneras populistas, a favor del aborto, de la República, de los vientres de alquiler y de todo cuanto falta hiciere para aparentar progresismo y modernidad, en el eterno complejo de la derecha española, pero acentuado en este caso: hacerse perdonar lo que es.

Pensé en un momento que Cristina Cifuentes era un agente secreto. Aunque esto de "Cifuentes, agente secreto" suene a nueva españolada con Santiago Segura y premio Goya asegurado por los de la Ceja, que me imagino son todos muy amiguitos de la Masteresa Cifuentes, le pega una barbaridad. 

Pensé que era agente doble, encargada de defraudar todavía más a los hartos y hastiados votantes del PP y echar a paletadas sus votos hacia Ciudadanos, que ya dan las encuestas como partido ganador en Madrid.

 ¿No lo van a dar, si el PP tiene al frente de la Comunidad de Madrid a una señora que aventaja a su jefe Rajoy en la especialidad del partido? ¿Qué cuál es la especialidad del PP? ¿Defender los valores conservadores y liberales acaso? No. ¿Defender la libre iniciativa frente al intervencionismo estatalista? 

No. Nada de eso. Eso, en todo caso, puede ser en campaña electoral y de boquilla. Pero cuando llega al poder, la gran especialidad del PP es ponerse de perfil, no dar la cara, no ponerlos sobre la mesa y gobernar contra sus votantes, por cobardía, por tibieza, por conveniencia y por Arriola.

Eso me creía, como les digo, que la Masteresa Cifuentes, aunque intercambiable con el PSOE, era agente secreto de Ciudadanos para perder Madrid cuanto antes. Pero la ola de titulitis que nos invade me hace pensar distinto. De momento, Cifuentes ha vuelto loca a la geografía. Gracias al falso máster de Cifuentes resulta que, investigando a Pablo Casado, otro especialista en roneos de másteres, hemos descubierto algo insólito. 

Descubrimiento geográfico a la altura de la llegada de Colón a América: que la Universidad de Harvard no está en Massachusetts, sino en Aravaca. Al menos allí reparte los másteres de plastilina que tanto gustan en esta nación de falsas titulaciones y de ingenieros de Podemos que no lo son. Me imagino que si Pablo Casado también ha pasado por Yale para coger un Máster Express en cuatro días, Yale no estará en Connecticut, sino, tirando lejos, en Majadahonda.

Una pena que la Masteresa no haya ido para su paripé de currículum a ninguna de estas raras universidades; que sacara su título por la Universidad Rey Juan Carlos y no por Oxford, que estará seguramente en Pozuelo, por no ser lugar menos pijo que la Harvard de Casado. No le hacía falta, porque Cifuentes no ha sacado un máster falso, sino una bomba de humo para tapar los falsos ERE y que no se hable de los ex presidentes de la Junta en el banquillo. 

Se está juzgando la mayor estafa política que vieron los siglos, los ERE amañados por el Régimen de la Andalucía del PSOE. Así que estamos ante un mangazo de 850 millones de euros de dinero público como mínimo, con 170 imputados, 22 altos cargos implicados, una ex ministra y dos ex presidentes de la Junta de Andalucía en el banquillo y ni los telediarios ni los periódicos dicen ni palabra del juicio oral por este gran escándalo: todo lo tapan Cifuentes y la titulitis. Está claro. Cifuentes es agente de Griñán y de Chaves para que nadie hable de ellos y mucho menos de los ERE, que ésos sí que eran falsos.

Despreciar la universidad

David Jiménez Torres
EL ESPAÑOL


Una vez me encontré con uno de mis estudiantes en la parada del autobús. Nos pusimos a hablar, llegó el 627, subimos, nos sentamos juntos y seguimos hablando. Me contó su vida y yo también le conté algunas cosas de la mía. 

Cuando ya llegábamos al final del trayecto me preguntó: “Oye, y tú cuando tenías mi edad, ¿qué querías ser?”

La pregunta me extrañó, y así se lo dije. “Hombre”, me respondió, “no me irás a decir que de joven soñabas con trabajar en una universidad”. Y enfatizó cada sílaba de esta última palabra, como si la estuviera pisoteando, como si se tratara de algún exótico tuercebotas del mundo del fútbol (“y va Guardiola y ficha a Chigrinsky”).

Los estudiantes suelen ser una caja de resonancia de lo que se dice y se piensa en amplios sectores sociales. Es una de las razones por las que dar clase supone una saludable toma de contacto con la realidad. Y es, también, la razón por la que me tomé aquel comentario como muestra de que muchos problemas del sistema universitario español nacen del desdén que nuestra sociedad siente hacia una institución tan fundamental como esta. 

En ocasiones parece que hemos pasado de una idealización de la universidad durante el tardofranquismo -cuando una carrera era un factor clave para la movilidad social- a una idea de la universidad como un purgatorio sórdido y cutre del que tanto los jóvenes como los profesionales con talento deben escapar lo antes posible.

Es indudable que algunos gestores universitarios han hecho mucho para que el sistema adquiera esa mala reputación. Pero, como suele suceder con los tópicos del pesimismo nacional, estamos ante una pescadilla que se muerde la cola. En vez de contribuir a la reforma del sistema, el desprecio hacia la universidad paraliza las iniciativas de mejora al cortocircuitar la mentalidad que las haría posibles.

Lo estamos viendo estos días en la polémica por el máster -o no- de Cristina Cifuentes. Lo que debería enfocarse como un síntoma de problemas del sistema universitario que se pueden y se deben resolver por el bien del país, se está abordando por el lado más superficial, folclórico y televisivo: la titulitis de algunos políticos, las miserias de una universidad concreta, los cálculos electorales de este partido o de este otro. 

Da la impresión de que una vez dimita Cifuentes y Casado haya cumplido con su cuota de patíbulo mediáticola sociedad dará por cerrado el asunto. Se entiende que parezca más sencillo cambiar a una presidenta regional que modificar la educación superior en España, pero no que lo primero se nos venda como más urgente que lo segundo.

Como sugerían los autores de un excelente texto en el blog de economía Nada es Gratis, lo mejor que podría hacer la sociedad española ante este escándalo sería utilizarlo como revulsivo para mejorar la universidad en general, y no solamente aquella que estos días copa el prime time. 

Una mejora que no puede dejarse solamente en manos de los políticos ni de improbables golpes maestros del BOE, sino que requiere también un cambio de mentalidad. 

A nuestro sistema universitario no le falta regulación; más bien le sobra esa cultura de hecha la ley, hecha la trampa que evidencia el caso Cifuentes. Una cultura que se alimenta del desdén hacia la universidad como institución, y que se debe cambiar desde las familias, desde los medios y desde las urnas.

16 abril 2018

Trump busca restablecer la credibilidad de las amenazas estadounidenses perdida con Obama

Hermann Tertsch
ABC


Hay prioridades. Y cuando se prepara una acción militar no son tiempos de diplomacia. 

Es por tanto una pena que Donald Trump suspenda su gira Iberoamericana pero es evidente que si algo no va a hacer Donald Trump es dejar pasar en la impunidad un ataque con armas químicas como el del pasado sábado en la ciudad de Duma. 

Trump está decidido a que la impunidad hacia las armas químicas quede como un estigma indeleble de Barack Obama. Cuando este se negó a castigar un ataque con este tipo de armas por parte del régimen de Assad, el entonces presidente Obama rompió él sus propias reglas y permitió a los demás que se violaran sus propias líneas rojas. Así precipitó toda la crisis en Oriente Medio que hundió la reputación de EEUU y convirtió rápidamente en grandes triunfadores en la región a Rusia, al propio Assad y a la República islámica de Irán.

Una vez establecido que este ataque es responsabilidad del régimen de Bashir el Assad queda claro que va a pagar un precio por ello. Solo quienes diseñan este golpe saben donde se asestará pero parece claro que Trump quiere restablecer una credibilidad de las amenazas norteamericanas y el golpe ha de ir por tanto más allá de una operación cosmética. 

Hace ahora un año, Trump ordenó un ataque con casi 60 misiles contra una base militar siria utilizada por los rusos. Ya fue explicado como una represalia por un ataque químico también de las tropas de Assad pero las circunstancias eran otras. El ejército ruso que utilizaba aquella base aérea fue avisada para que evacuara el lugar antes del ataque.

Pero la situación es hoy distinta y todo sugiere que el ataque tendrá otra calidad. Claro está que tanto EEUU como Israel consideran la consolidación en Siria del régimen de Assad con la presencia reafirmada de Rusia e Iran es un estado de cosas que no puede ser asumido a medio plazo.

Titulitis contagiosa

José de Cora
Bitácora de Cora/El Progreso


Entre los birretes vuela una gorra Hay que ver la modestia que adorna a algunos de nuestros personajes públicos en cuanto a títulos universitarios se refiere. Ada Colau, por ejemplo. 

Mira tú que pudiendo decir que es ICAI-ICADE cum laude, o que se ha licenciado en lenguas moribundas por Moscú, va la tía y se conforma con decir que es abogada. Menuda birria de mentira. Tírate el pingüi, chavala, y sácate un doctorado en Harvard por el mismo precio.

Ella, como se disfrazaba de Robin y corría alegre por entre los desahucios, abogaba por la causa, y claro, de abogar a abogada hay unas letritas de nada. Alguno habrá a su lado que se las ingenia para no dar golpe y dirá que es ingeniero.

El señor Franco _ el de A Pobra de Brollón que acusa a Cifuentes de sacarse un máster de juja, no el del Ferrol _, se puso a sí mismo una licenciatura en Matemáticas que no se la saltaba un galgo, y le ha dicho Pedro Sánchez que no le salen las cuentas. ¿Pero tú no me habías dicho que eras catedrático de Álgebra? No eres franco conmigo.

Eso es culpa de la modestia que atesoran. La propia Cristina solo aspira a un máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Hombre, qué trabajo le costaría estirar un poco más el chicle y hacerse con un diploma en Oxford.

Por la misma puerta de chiqueros sale el secretario de Organización de Podemos en Galicia, vigués él, que ha recurrido al retruécano para redactar su currículum. Dice textualmente el chaval que es “Ingeniero. Se formó como ingeniero industrial…”, que es como si yo digo que soy “cocinero, me formé como chef abriendo una lata de bonito del norte y ahí paré, porque puse la cocina perdida de aceite…”

Modestia y más modestia. Deberían aprender de Ana María B.J., aquella mujer que se hacía pasar por hija del Rey para pimplarles el dinero hablándoles de la Bolsa.

Si el papel todo lo aguanta, ¿por qué quedarse en licenciado?

Yo no me arrepiento de nada. De hecho, soy un cretino

Eulogio López
Hispanidad



No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón; el perdón de poco sirve sin el arrepentimiento. 

Me temo que si no entendemos esta frase de Karol Wojtyla no entenderemos nada de lo que nos ocurre.

Sobre la justicia no se pueden plantear paz alguno, sólo sumisión.
Pero el hombre no es perfecto, y ninguna ley, por justa que sea, puede asegurarnos contra la ofensa.

Por eso, de nada sirve la ley justa sin capacidad para perdonar y, ojo, para ser perdonado. Por eso mismo, la frase debe cerrarse con este remoquete: de poco sirve el perdón sin el arrepentimiento. Todo seguirá igual.

La actitud más nefasta de todas sigue siendo la muy escuchada: yo no me arrepiento de nada. Lo cual debe contemplarse con la siguiente sentencia: soy un verdadero cretino.

Letizia y la educación de una futura reina de España

Jesús Cacho
Voz Pópuli


La reina Sofía, de la mano de sus nietas y el rey Juan Carlos veta a Letizia en el hospital

Un alto cargo autonómico de cuyo nombre no quiero acordarme viajó a Madrid no hace mucho tiempo para mantener en Zarzuela una larga reunión de trabajo con Letizia Ortiz Rocasolano, hoy Doña Letizia. 

Se trataba de discutir los pormenores de la inauguración de un nuevo campus universitario en la capital de una comunidad relativamente cercana a Madrid. A la antigua locutora de RTVE le gusta documentarse y preparar a fondo los actos oficiales en los que interviene. Son sus “sesiones de trabajo matinales”, y en aquella entrevista quiso saber hasta el último detalle de aquella invitación que, no tras mucho cavilar, había decidido finalmente aceptar.

Se trata de inaugurar un anexo al campus universitario, en el que se van a instalar nuevas facultades, que va a ser de enorme utilidad para esta Comunidad Autónoma, y cuya primera piedra, por cierto, pusieron hace ya unos cuantos años don Juan Carlos y doña Sofía

-¿Cóóóómo? ¿Ééééésos? ¿Y yo voy a ir ahora a inaugurar algo que hicieron éééésos hace 20 años? ¿Yo mezclada con éééésos a estas alturas? ¿Yo haciendo lo mismo que éééésos? ¿Yoooooo? –

Los dedos índices en paralelo apuntando hacia fuera, los pulgares hacia arriba, en gesto de profundo disgusto, en ademán desafiante del pistolero a punto de abrir fuego- ¡Quééé horror! ¡Quééé horror! Repetía conmocionada. 

Y el pasmo de la Consorte era tan evidente que se puso en pie dando vueltas alrededor de la mesa, las manos a la cabeza, como si no lo pudiera creer, como si le hubieran insultado gravemente, como si le acabaran de anunciar una desgracia familiar irreparable. 

Porque nada que haya tenido que ver con Juan Carlos I y/o con la sufrida Sofía de Grecia puede/debe contaminar el buen nombre, el inmaculado crédito de esta mujer ridículamente progre que detesta a sus reales suegros, que reniega de la figura de Juan Carlos y Sofía por motivos, para empezar, puramente ideológicos.

Terminó acudiendo a la inauguración. El gesto agriado, la sonrisa glacial que luce en las ocasiones en que quiere evidenciar que le da por el saco el acto de marras, que no está a gusto y que se quiere ir cuanto antes. Y después de la breve inauguración protocolaria, pasaron todos al salón de actos donde esperaban las autoridades regionales, con el presidente de la Comunidad y el señor obispo, puede que arzobispo, cardenal incluso, a la cabeza, y un grupo de estudiantes invitados. 

Letizia, su chaquetita corta y su pantalón ajustado, vestida de “pobre” para la ocasión, porque ella sabe vestir pobre cuando la ocasión lo pide, saludó de prisa y corriendo, mueca incluida, a las autoridades y se dirigió directamente a los estudiantes con los que departió muy animada, mostrando su trasero al señor obispo, durante casi media hora. Cuando se cansó, dio media vuelta, saludó con idénticas prisas a las atónitas autoridades y puso rumbo a Madrid seguida por sus escoltas.

Esta es el reina consorte -¿reina con suerte?- de España. Este es el material humano que anida en esta señora. La soberbia de una señora que no sabe estar, que nunca llegará a saber estar, que no ha interiorizado su papel como representante de la institución monárquica y las obligaciones que ello conlleva, que ignora que las formas son fundamentales a la hora de preservar la institución. 

Han pasado ya unos cuantos días desde el escándalo por ella protagonizado a la salida de la misa de Pascua en la catedral de Palma. Los servicios de información de palacio han logrado adormecer la polémica surgida, sobre todo en los grandes medios, ello con la ayuda de las Cifuentes que a diario sacuden la actualidad de la casa patria. 

Pero el resplandor de la hoguera sigue intacto. Porque este no es un revolcón de prensa rosa. Esta ni siquiera es una pelea matrimonial, por más que afecte a la pareja real. Este es un asunto de Estado en tanto en cuanto afecta a la heredera al trono de España, la princesa Leonor, a la futura Jefa del Estado, y por ello a la propia estabilidad del Reino.

Éramos pocos y parió la abuela. Bueno, quien en realidad parió fue la nuera. Una mujer que ha mostrado en público el sistema de valores que está insuflando en sus hijas, la heredera del trono y su hermana: el de un total desapego hacia los padres del actual Rey de España y hacia toda la familia Borbón, como si esta bella niña Leonor fuera a encabezar la dinastía plebeya de los Borbón-Parla, nada que ver con la italiana de los Borbón-Parma, la dinastía populista del honrado bisabuelo taxista y la abuela sindicalista de CC.OO., desafección como prueba de una falta de respeto hacia sus mayores, y de ahí ese gesto airado, resabiado, con el que la bella niña rubia rechaza la mano sobre el hombro que le tiende su abuela, una Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, una royal emparentada con todas las casas reales europeas, porque ella no quiere que la toque, le da asquito, tantas veces se lo habrá reiterado la consorte, y este es el gesto que ha escandalizado a España entera, un gesto que fue un insulto a su suegra, la reina Sofía; a su marido, el rey Felipe VI, y a todos los españoles de bien a quienes Felipe VI representa, y representa muy bien como demostró el 3 octubre pasado.

Un episodio digno de estudio psicológico

Un incidente –el del rechazo de la mano de su abuela, y ese otro, aún peor, consistente en pasar la mano por la frente de la heredera para borrar de su piel el estigma de ese beso furtivo que le acaba de dar doña Sofía, en episodio digno de estudio psicológico-, que está mal si responde a un incontrolado impulso de la heredera, un arranque de infantil incomodidad, pero que está mucho peor si, al final del camino, es consecuencia de la comedura de coco a la que esta señora está sometiendo a sus hijas en contra de sus abuelos, los Reyes eméritos. Es la auténtica lección que cabe extraer de este penoso incidente, y la pregunta inevitable y dolorosa que plantea: ¿en qué manos está la educación de la futura reina de España?

La inseguridad. Una inseguridad que le lleva a desconfiar de todo el mundo y que le provoca esos prontos linderos con la arrogancia, ese gesto de crispación, esa falta de naturalidad, ese envaramiento. Y la obsesión por proteger a sus hijas, ocultar a sus hijas, evitar todo contacto con sus abuelos, los reyes eméritos, alejarles de la familia Borbón… 

Letizia no autoriza ninguno de los viajes que la futura reina debería estar ya haciendo, con el tiento debido, por los cuatro puntos cardinales de España, y no permite que sus hijas acudan al funeral celebrado en Madrid al día siguiente del escándalo mallorquín con motivo del 20 aniversario de la muerte de don Juan de Borbón, inexcusable falta por parte de una heredera al trono por muy joven que sea. 

Todo como si las jóvenes princesas fueran propiedad privada, como si temiera que pronto se las fueran a quitar, sabedora de que con el paso del tiempo las niñas serán inevitablemente llamadas a tareas de representación que las alejaran de ella, un destino que las aproximará a los Borbones hasta confundirse con el apellido en la misma medida que las alejará de los Rocasolano y su pequeño mundo.

Y ese peculiar universo de Zarzuela que puede acabar explotando entre el entorno del Rey –con Jaime Alfonsín como Jefe de la Casa, con Martínez Palomo como secretario general, con Miguel Herráez como responsable de Seguridad-, y el de la Reina –con José Manuel Zuleta (duque de Abrantes con grandeza de España, y varios títulos más) como jefe de su secretaría, todos con sus correspondientes valet de chambre, dos universos paralelos plagados de celos y dispuestos al enfrentamiento, a la putada consuetudinaria, hasta el punto de que, tras un análisis detenido de las imágenes filmadas a las puertas de la catedral de Palma, de quién las filma, y del “tempo” de su difusión, hay quien llega a la conclusión de que alguien ha dado el visto bueno para que salieran a la luz, de que ahí ha metido mano la dirección general de RTVE, la vicepresidenta Soraya y el señor Alfonsín, entre otros, para ilustrar lo que sería una seria advertencia del entorno de Felipe VI –temeroso de lo que el entourage de Letizia pueda llegar a maquinar un día- a la Reina Consorte. El momento de darle una lección y enviarle un mensaje claro: chica, te estás pasando varios pueblos…!

El entorno de la Casa del Rey, el de la secretaría de la reina, y dos círculos concéntricos más: el espacio exterior de los amigos y aduladores de Letizia, la “corte” privada de la reina consorte, sus celebradas amigas, muchas de ellas periodistas, con las que suele escaparse a cenar de cuando en cuando, y sus amigos periodistas, los Grijelmo, Urdaci y demás, y naturalmente el entorno íntimo de los Ortiz Rocasolano, con la mami Paloma como alter ego, la mujer que se ocupa de cuidar a las niñas cuando los reyes están fuera –doña Sofía no puede poner un pie dentro del pabellón de los Reyes; tiene vetada la visita a sus nietas-, que al parecer pasa más tiempo dentro de Zarzuela que fuera y cuya influencia en las niñas es más que obvia. 

Cuatro mundos atrayéndose y repeliéndose, potaje indigerible, cóctel explosivo que difícilmente puede salir bien y que terminará explotando algún día por algún lado. Temor que el ridículo montaje ideado cuatro días después a las puertas de la clínica donde el emérito acababa de ser operado –la nuera ejerciendo de obsequiosa abrepuertas, y las nietas haciéndose la foto de la mano de la abuela- no ha hecho sino incrementar. ¿Y qué pensarán esas niñas a las que ahora se les dice que no deben rechazar la mano de la apaleada abuelita por mucho asquito que les dé…?

Isabel II y la futura reina Leonor

Una cóctel explosivo cuyo primer responsable es el rey Juan Carlos, quien, en lugar de ocuparse en mantener y sacar adelante una familia unida por el amor y la atención constante, de cuidar la educación y las amistades de sus hijos, se empleó a fondo en ver qué mujer iba a visitar su cama la noche de aquel día y de dónde iba a lograr sacar un duro más para engordar su peculio, por lo que no cabe extrañar que tanto el príncipe Felipe como las infantas Elena y Cristina terminaran haciendo unos matrimonios deleznables. 

Si la princesa Leonor ha de llegar un día a ocupar el trono de España, su reinado no se podrá parecer en nada al de aquella otra Borbón que lo ocupó en la primera mitad del XIX, y mucho menos su educación: “Carecía absolutamente de genio y se convirtió exactamente en lo que su educación hizo de ella, y su educación fue tan mala que difícilmente hubiera podido ser peor… La virtud no estaba en la familia y la virtud política menos aún… No podía por lo tanto aprender nada bueno observando el ejemplo de ninguno de sus padres y pasó sus años impresionables bajo la influencia de cortesanos que le enseñaron que el reino era su propiedad privada, y su capricho un principio suficiente para dirigir la elección de sus ministros.Más aún, a la edad en que aún debería haber estado en la escuela, la casaron con un marido que carecía de los atributos esenciales de un marido. Y eso teniendo le diable au corps”. Es la descripción que de Isabel II hizo su primer biógrafo (“The tragedy of Isabella II”), el inglés Francis H. Gribble.

“A los diez años Isabel resultaba atrasada, apenas si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del pueblo, de la aritmética apenas sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos eran los juguetes y los perritos. Por haber estado en manos de los camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa era deplorable, y esas características, de algún modo, la acompañaron toda su vida”, dijo de ella el conde de Romanones. 

“Yo creo que Letizia ha traspasado todas las barreras que protegían la convivencia en el seno de la familia real y lo ha hecho en público y de forma ostentosa”, asegura alguien que sirvió muchos años en Zarzuela. “Lo ocurrido es muy grave, y me parece que como no la metan en cintura la cosa acabará mal”. 

Un cóctel, el de Felipe VI, para el que solo parece haber una solución razonable, pero que compete en exclusiva a su vida privada. Mucho más importante, casi trascendental, es todo lo que atañe a la educación de la futura reina Leonor. 

¿Corolario? La educación de la princesa heredera no puede quedar ni un día más a cargo de su madre y mucho menos de la abuela Rocasolano. Es una cuestión de Estado. 

Alguien debería tomar cartas en el asunto (algo que no hará el calzonazos Rajoy), como ocurriría en cualquier monarquía parlamentaria del mundo civilizado.

Atrévete a creer

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


Los seres humanos disponen y tienen, entre otras varias, una virtud o fuerza que no tienen los animales; que los diferencia y eleva sobre ellos: la de ser audaces, es decir, capaces de acciones fuera de lo común, de aceptar envites “contra la corriente”, de romper esquemas y evadirse de moldes convencionales y plebeyos. 

 Enmarcado en la quietud de sus instintos, el animal se mueve dentro de sus casillas y –por mucho que lo intente o evolucione- no las puede trascender como los humanos, ni ir más allá de lo que huelen sus narices o gusta su paladar.

Los humanistas cristianos –hay otros humanismos. como el ateo, el comunista, el existencialista y hasta el nihilista…; los humanistas cristianos lo vieron claro mucho antes de los racionalismos y de las “ilustradas” maneras de ver al hombre, de mayores utopías que verdad. Lo plasma certeramente uno de los más conspicuos, Pic de la Mirandola, en su espléndida “Oración sobre la dignidad del hombre:

No te di, Adán, un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel pesito, aquella función, aquel aspecto por el que te decidieras, los obtuvieras según tu deseo y designio.

La naturaleza limitada de los otros se halla limitada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sion estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado.

No te hice ni celestial ni tenerla, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que hubieras elegido.

Podrás degenerar hasta la cosas inferiores que son los brutos; podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores, que son las divinas…”.


Realmente, todo un canto al hombre, hechura de Dios, y sin embargo hacedor de sí mismo, al aire y movimiento acompasado a la batuta de Dios.

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Tras la cruz y el entierro de Jesús, los discípulos andaban sobresaltados, como animales enjaulados o acosados, rotos en sus ansias de volar, recelando hasta de su sombra… Ante el propio Jesús resucitado, los “dedos se les volvían huéspedes” y las verdades, fantasmas o volaterías sin cuerpo. No creen ni en las evidencias. Dicen “¡bah…!” cuando debiera decirse “¡qué bien!”


Estaban acomplejados y con miedo. La cruz había sido para ellos el desengaño del que sueña y, al despertar, no ve nada de los sueños pasados. Es el “descreimiento” por el desencanto de los miedos y de los complejos, y no tanto el que llega desde la suficiencia o la soberbia del “super-hombre”…

Pienso yo que tener fe es una cualidad liberadora y fascinante en la vida de un hombre o mujer realistas. Porque la fe saca al ser humano de su marco reducido y enclaustrado para permitirle volar…, y la ausencia ded fe achica los horizontes

Es fiarse de otro, pero no es negarse a uno mismo…

Es filigrana de amor, porque –para creer- hay que amar antes; y amas porque te fías y gustas, ya antes de creer, el arrebato de saber que, estando en buenas manos, no tienes nada que perder al fiarte… Y por eso ni aman ni creen los tan seguros de sí mismos que hasta el ansia o la gana de creer se les antoja una abdicación en su hombría.

Por eso mismo creo yo que el hombre de fe no es el clásico “chalao” que se aviene a complace en vivir asido al espectro de un fantasma. Es muy distinto; es más bien el ser audaz que –viéndose tal como es- lucha por ir más allá de sí mismo, de su ciencia, de sus artes, de sus precariedades, de sus limitaciones…. El hombre de fe quiere volar más alto de su propio techo o mirar más al fondo de sus posibles o capaciaddes.

¿Un loco soñador? ¿Un idiota de libro de psiquiatría ? ¿Un “minusvalens” que ha de agarrarse a lo que salga?

No. El hombre o la mujer de fe son los que, llevados del afán de creer para poder subir –ese “incroyable besoin de croire” que titula y preside el hermoso libro del mismo nombre de Julia Kristeva-, no quieren defraudar unas ansias que sienten dentro aunque no sepan muy bien donde nacen y a dónde van.

“Atrévete a saber” gritó Kant cuando las Luces de la Ilustración parecían ser las únicas luces…

“Atrévete a creer” es o puede ser el grito de la angustia de los hombres del “nihilismo” que, insatisfechos por no resignarse a ser “nada”, no desdeñan otear horizontes que puedan suponer ser algo más que “nada”.

La estela de Cristo resucitado –es decir, Dios sacando vida de la muerte (eso es la redención)- es la nueva frontera, el gran reto, el gran salto que el hombre de fe es capaz de dar sin que se le caigan los anillos de sus egocentrismos y vulgaridades, aunque sean los de la ciencia o del arte; sobre todo si esas ciencias y esos artes no le sacan –como la historia demuestra que ha sido- de sus miserias. Luchar contra los fantasmas es cosa de hombres de porvenir; de progreso, como dirían los “modernos” señores de la tierra…

Jesús resucitado no era un fantasma, como en sus miedos y complejos creyeron los discípulos…

Como el evangelio de este domingo de Pascua patenta con razones “en bárbara”, “los fantasmas –dice a los desconcertados discípulos- no tienen carne y huesos como veis que yo tengo. Soy yo en persona”. Lo estaban viendo y no se lo creían. Lo tocaban pero hasta la cercanía les despertaba sospechas. Les pidió de comer y le dieron de lo que ellos comían…; hasta que –como el Evangelio dice- se les abrieron los ojos y comprendieron que estaban en otro sistema solar….

“Pour vous, qui est Jesús Christ?”: con esta gran pregunta retaba –en el año 1970- la revista Fêtes et saisons a los hombres y mujeres de entonces para que tomaran posición. Las hay para todos los gustos, hasta la de uno que, al ser preguntado, responde: “¿Y quién es ese señor?”. Merece –ahiora mismo- la pena releerlas porque enseñan que, para casi todos, Jesús no es un “cualquiera”. Hasta mirado de tejas abajo –que no es lo suyo- sobresale entitativa y cualitativamente.

Conestar tan grave pregunta a tono con uno mismo y unas querencias humanas de progrteso humano es una clave maestra para ser hombre de fe.

Un fantasma, dirán algunos, como los discìpulos a pesar de las evidencias… Dios hecho Hombre, dirán también algunos, porque –de no ser así- no cuadra para nada el relato

Encogerse de hombros es otra postura. La de los que no se atreven.

“Atreverse a creer” es –creo yo- trascender las limitaciones humanas para alistarse y embarcarse en retadoras, pero fascinantes y soberbias singladuras hacia mares más calientes que los helados barbechos de esta post.modernidad líquida, gaseosa y sin pizca de porvenir, como no sean los 105 “misiles” lanzados “a lo loco” sobre Siria para causar efecto y tal ves ni eso.

Por ciero, algunos hablan ya del “hombre post-atómico”. ¿No hemos detenido un momento para pensar en esto?

El punto final a estas reflexiones de hoy me viene con este otro pensamiento.

“Levantar barricadas” suelen hacerlo los “conservadores” de toda laya y tiempos.

En cambio, “saltar las basrricadas” lo hacen más bien los rebeldes y los revolucionarios: o sea, todos los que aspiran a ir más allá de sus posiciones fijas.

El “Dios a la vista” del genial ensayo de Ortega y Gasset de hace un siglo, gritado desde la cofa del barco de una vida cualquiera, bien puede ser un reto de audacias infinitas. Un grito, en tiempos convulsos como los actuales, de los que no se conforman con ser “nada”.

Dios no es un “fantasma”. Fantasmas y “fantasmones” quizá mejor, lo pudieran ser otros que aspiran a deshacerse de Dios a sabiendas de que eso –la historia lo demuestra siglo a siglo- es imposible.

Bien por aquellos que, sin haber visto, entienden que es necesario creer; por la insaciable necesidad de creer que se lleva dentro aunque a veces no se entere su portador.

Pesares

Alberto Pérez de Vargas
Europa Sur


He leído –en algunos casos, releído– estos días pasados, algunos trabajos sobre los prolegómenos de la proclamación de la Segunda República Española (SRE). Son muchos los ensayos y artículos que he escudriñado con interés, e indeterminada la cantidad de ellos a los que he prestado especial atención. 

Pero, si tuviera que recomendar a un joven ávido de saberes, alguna lectura sobre el estado de cosas que provocó el advenimiento de la república de 1931, le diría que leyera con actitud reflexiva, “El laberinto español” de Gerald Brenan, obra escrita durante e inmediatamente después de la guerra 1936-39, publicada en español por primera vez en 1943, en la legendaria editorial “Ruedo Ibérico”, y proscrita en España durante los años del franquismo.

En la SRE casi todo es falso. Su proclamación fue consecuencia de algo muy parecido a un golpe de Estado. No hubo plebiscito sino unas elecciones municipales en las que las candidaturas monárquicas ganaron sobradamente en el conjunto de España, aunque perdieron en la mayoría de las capitales de provincia. 

Los líderes republicanos supieron manejar las circunstancias en un tejido propicio a sus intereses y, por citar algo a título ilustrativo de cómo estaba el paño, parece ser que el concejal socialista de Madrid, Andrés Saborit, contabilizó para el PSOE el voto de miles de muertos. El jefe de la guardia civil, el general Sanjurjo, anunció en vísperas del día 14 de abril de 1936, que no contendría un previsible levantamiento antimonárquico y a la pregunta del ministro de Estado, el conde de Romanones, sobre si podía contar con las fuerzas de orden público, Sanjurjo respondió, literalmente, “hasta ayer por la noche”.

La bandera tricolor que adoptó la SRE, no tenía precedentes. Ni siquiera lo fue de la primera república, que mantuvo la tradicional e histórica roja y gualda. En lugar del rojo carmesí, adoptaron el morado al que había derivado aquel por oxidación en una muestra, creyendo que era el color de Castilla.

 Los varios amagos de golpes de Estado, el más importante de ellos protagonizado por el dirigente socialista Largo Caballero, que con mayor o menor virulencia, caracterizaron el desgobierno republicano, la violencia callejera y el terror socializado, dispusieron el mejor escenario para el levantamiento militar de 1936 que sembró de odios y de cadáveres el suelo de nuestra geografía. Dios nos libre de algo semejante en el futuro.

Alemania y nosotros

Serafín Fanjul 
De la Real Academia de la Historia
ABC


«Se pone de manifiesto algo muy sabido, aunque el eterno escapismo español simule creer lo contrario: de los europeos no podemos esperar ayuda alguna para sostener una unidad nacional que nosotros no queremos defender»

"Buen humor» fue la definición de España que me ofreció una señora alemana en uno de mis primeros viajes por su tierra. Aparentemente, un cumplido, como sería sin duda su intención. 

En el fondo, una reducción a lo superficial e irrelevante, un país sin otro interés que playas, sol y manga ancha para gamberrear por las noches, como en modo alguno se tolera en Alemania. Y con mucha lógica. Cuando se insiste a algún alemán muy amigo para que diga su opinión profunda, acaba admitiendo que no estamos a la altura y merecimientos de otros miembros de la UE, los de primera. 

Tal vez con razón y razones, si por nuestra parte somos capaces de reflexionar en torno a debilidades, corruptelas, inconsistencia, chapuzas,más allá y más acá del mero folclore y de los estereotipos. Y en el toma y daca, concluyo que mi simpatía, admiración y afecto, por motivos personales -personalísimos- hacia ese país no se van a conmover por una ministra más o menos, aunque inquieta que nuestra habitual rifa de incompetentes (e incompetentas) intercambiables para los ministerios haya alcanzado a una gente a la que consideramos paradigma y suma de seriedad y perfecciones: da lo mismo Juana que su hermana, también en Alemania. 

¿Y qué decir de los campanudos jueces de Schleswig-Holstein, que enmiendan la plana a nuestro Tribunal Supremo en tiempo récord de dos días?

Desde los prerrománticos del Sturm und Drang (ca. 1770), contrarios al academicismo y racionalismo del XVIII y entusiastas cantores de subjetividades y rebeldías, en Alemania ya se consideraba a España modelo de exotismo, aventura y autenticidad irracional. 

Y por ese camino transitan Goethe, Klinger, Klopstock, Schiller: la trascendentalidad de los hechos históricos reside en el pueblo y así se mantendrá hasta los neorrománticos, aunque estas visiones coexisten con otras más apegadas a la realidad, obra sobre todo de viajeros (J. Hager, Ch. A. Fischer, Wilhelm von Humboldt) que hablan de ateneos, jardines botánicos, academias, obras públicas, datos económicos, monumentos; o, como A. von Humboldt que, en la América hispana a principios del XIX, describe escuelas de minería, teatros, magníficas colecciones y academias artísticas, culminando en su admiración por la ciudad de México. 

Bien es cierto que a mediados del XIX Maximiliano de Austria (que no era alemán pero sí de cultura germánica) contribuye a realimentar la imagen que hemos dado en simplificar como charanga y pandereta y que tanto daño hizo y sigue haciendo.

Un notable ejemplo de quedarse en los tópicos es el de Hitler que, en sus Conversaciones de sobremesa, reproduce la visión vulgar y bien vulgar, a base de textos y refritos de segunda o tercera mano: fatalismo, vagancia, desorden, etc., lo cual nada bueno dice sobre la lucidez y capacidad discursiva del perorante y sus limitaciones intelectuales, aunque no creo que Churchill alimentara ideas muy diferentes sobre España y los españoles.

En todo caso, en las Conversaciones se reflejan ideas corrientes en la Alemania de su tiempo. Y siempre presididas por una noción de superioridad, que ni se saca a relucir ni se discute por estimarse fuera de toda objeción.

En el caso del jefe nazi la explicación es cómoda y fácil: presidía un movimiento de ideología etnicista y despectiva con todos los pueblos no germánicos, que le arrastraba, por ejemplo en el caso de los eslavos, a necedades como considerar imposible -por dogma- que la URSS fabricase muchos más carros y aviones de combate que Alemania, trágico error que acabó reconociendo en sordina cuando ya no había remedio, para él ni para su pueblo. 

Pero en el país actual el panorama debe ser más complejo, para sustentar el intervencionismo -al menos moral- y, en el fondo, la sobrevaloración de sí mismos, si bien una ojeada a la prensa anglosajona, con los famosos The Times y The New York Times a la cabeza y con su regodeo permanente por nuestros problemas y el consiguiente dictado de veredictos inapelables, nos obliga a relativizar el asunto, pensando en nuestra propia responsabilidad en todo el dislate de Cataluña.

Por más que, como sostiene Hermann Tertsch -que sí sabe de Europa Central- el entusiasta ardor neorromántico alemán, de biempensantes y generosos con las cosas ajenas, puede estar jugándoles una mala pasada, con los refugiados musulmanes (El lamentable Wir schaffen es de Angela Merkel, cifra de prepotencia autosatisfecha) o con España. 

Y sin embargo, es preciso formular algunas preguntas. Queridos alemanes que puedan leerme: ¿Qué opinarían ustedes sobre un movimiento separatista y agresivo que pretendiese independizar el Saarland? ¿Y si ese mismo movimiento, siguiendo los métodos de la S.A. (chantajes, palizas, amenazas, boicots) proscribiera la enseñanza en alemán, pongamos en Franconia, sustituyéndola a la fuerza por otra en el divertido dialecto local, ¿qué harían ustedes?

Pero no culpemos a los alemanes de nuestras cuitas, por desinformados que estén o desfacedores de entuertos que se crean. La responsabilidad principal en todo este drama es nuestra. 

No sólo es que tres jueces alemanes lancen un torpedo contra la línea de flotación de la supuesta Unión Europea y muestren qué clase de papel mojado es la Euroorden -que nos publicitaron a bombo y platillo en su momento-, o que la opinión pública de ese país sea claramente favorable a los separatistas, o que Bélgica haya probado cuán relativo es eso de que todos somos uno, como los mosqueteros. 

Simplemente, se pone de manifiesto algo muy sabido, aunque el eterno escapismo español simule creer lo contrario: de los europeos no podemos esperar ayuda alguna para sostener una unidad nacional que nosotros no queremos defender. 

Si no nos respetan y nos toman por el pito del sereno no hay que mirar a los alemanes, sino a la tibieza del Gobierno en la respuesta, fuera y… dentro.

Y tampoco basta con reclamar al PP por incumplimiento de contrato con sus votantes al tirar a la basura su mayoría absoluta, arrumbando sus promesas electorales de 2011 e ignorando el conflicto catalán hasta el 1 de octubre de 2017. 

Sin el discurso del Rey el día 3, seguido de las gigantescas manifestaciones de catalanes hartos de ser rehenes de los separatistas, el resultado que se avizoraba habría sido trágico para España. Pero no es suficiente apuntar sólo al actual PP y su gobierno, último eslabón de una cadena que empieza en 1976: desde los días de Suárez todos los gobiernos centrales -todos- han incurrido, sin parar, en cesiones, concesiones y rendiciones ante los separatistas vascos y catalanes, entregando a veces parcelas de poder y competencias que ni siquiera habían pedido. 

Clama al cielo que la primera ocasión en que oigo formular la pregunta «¿Dónde están los 900 heridos del 1 de octubre?» haya tenido que salir de la boca del actor Antonio Banderas, mientras el delegado del gobierno en Cataluña pedía perdón a la chusma que acosaba a la Guardia Civil y el ministro del Interior sólo se ocupaban de ésta y de la Policía Nacional para maniatarlos e impedirles actuar. 

Y hasta la aparición de Don Felipe, los españoles silbando, o rezongando por lo bajo, que eso sí se nos da bien.

Macron en los Bernardinos: una laicidad no excluyente

Antonio R. Rubio Plo
Religión en Libertad


El discurso de Enmanuel Macron en el colegio de los Bernardinos el pasado 9 de abril ha llenado los titulares de la prensa francesa no solo por su contenido sino también por el rechazo de una parte de la izquierda política. 

El joven presidente ha sido criticado en nombre de la laicidad de la república y por pretender otorgar supuestamente un papel privilegiado a la Iglesia católica en el espacio público. Creo que muchos críticos solo han leído la referencia al sentimiento de Macron de la existencia de un abismo en la relación entre la Iglesia y el Estado, y apenas han leído pocas líneas mal de un elegante y bien preparado discurso que se ha pronunciado bajo las bóvedas de los Bernardinos, el lugar ideado por el cardenal Lustiger para el encuentro y el diálogo entre la Iglesia y la sociedad, y que fue visitado por Benedicto XVI hace diez años.

De las opiniones de los críticos se deduce que su concepto de la laicidad es excluyente. Solamente el Estado es el fiel guardián de los valores de la laicidad, y los actores sociales tienen la obligación de eclipsarse ante él. 

Cualquier intento de preconizar un diálogo o una colaboración entre el Estado y las religiones se considera una vuelta atrás en la historia, la ruptura de una supuesta neutralidad que debería de ser rigurosa. 

En consecuencia, el lugar para la religión no es otro que la esfera privada de los individuos. De ningún modo debe sobrepasar ese umbral porque esto sería considerado como una coacción a la libertad de los ciudadanos.

Esa concepción de la laicidad, que en realidad es laicismo, pretende a la vez suprimir no solo la colaboración personal sino el mero conocimiento del otro. Es la supresión de la posibilidad de amistad, o de algún tipo de empatía, porque si existiera, podría socavar los muros gruesos de la ideología. En mi opinión, esto se llama miedo. 

En cualquier caso, es una concepción de la laicidad, en la que se desearía transformar al presidente de la república, en incisiva expresión de Macron, en “el inventor o el promotor de una religión de Estado con un credo republicano sustituto de la trascendencia divina”. 

Se comete el error de considerar que la laicidad tiene por función negar lo espiritual en nombre de lo temporal, tal y como ha recalcado el presidente, que, sin duda, estaba seguro de que iba a recibir críticas.

El discurso de Macron es extenso, de estilo elegante y bien construido. Se aprecia el bagaje intelectual del presidente en las citas de autores católicos, que forman parte del legado cultural de Francia. Pero solo quiero detenerme en dos aspectos de la intervención que me parecen significativos.

Ha habido durante años un gran debate sobre las raíces cristianas de Europa, pero esta idea no ha sido recogida por la mayoría del Parlamento Europeo. A este respecto, Macron matiza: “Y sobre todo, no son las raíces las que nos importan, porque también pueden estar muertas. Lo que importa es la semilla. Y estoy convencido de que la semilla católica debe contribuir otra vez y siempre a hacer vivir a nuestra nación”

En efecto, el debate sobre el cristianismo ha adquirido muchas veces rasgos historicistas, pero si el resultado se asemeja a una gran catedral gótica, llena de tesoros artísticos, y en la que el culto y la liturgia apenas están presentes, habrá que concluir que las raíces se han secado o han caído en el olvido. 

Si restaurar las raíces es dejarse llevar por la nostalgia de un tiempo pasado, arrebatar al cristianismo su iniciativa y su creatividad, que implican docilidad a los mandatos divinos, habrá que concluir que no merece demasiado la pena. Será otra reacción impulsada por el miedo. 

Es mejor identificarse con un sembrador divino que va arrojando generosamente la semilla que un día u otro ha de fructificar, aunque los cristianos de hoy no estén para recoger los frutos, pero habrán surgido nuevas raíces vivas. Lo que ahora toca es no caer en la tentación de obsesionarse por la situación del mundo y pretender arrancar el trigo juntamente con la cizaña.

“Lo que golpea a nuestro país no es solamente la crisis económica. Es el relativismo. Es incluso el nihilismo. Es todo lo que da que pensar que nada vale la pena. No vale la pena aprender. No vale la pena trabajar. Y sobre todo no vale la pena tender la mano y ponerse al servicio de algo más grande que uno mismo”. 

Es un buen retrato de la era posmoderna hecho por Macron, que subraya el declive de las solidaridades y la esperanza. El individualismo imperante olvida a los enfermos, los aislados, los desclasados, los vulnerables, los abandonados, los disminuidos, los presos, independientemente de su origen étnico y religioso… No tiene ojos para lo que sucede a su alrededor, es insensible a los sufrimientos físicos y morales de los otros.

Macron certifica que no todos los franceses son conscientes de la labor de la Iglesia con las personas necesitadas de ayuda. Probablemente tienen una imagen del catolicismo como mero guardián de la moral y las buenas costumbres, hasta el extremo de la caricatura. 

Y, sin embargo, esta labor, que no es solo social o humanitaria sino que es una consecuencia de la fe, podría llevar a trabajar juntos a personas de distintos credos o ideologías, creyentes o no creyentes, que comparten la convicción de la dignidad del ser humano. 

El filósofo católico Paul Ricoeur, que fue profesor de Macron, animaba a superar lo que él llamaba prospectiva sin perspectiva con esta fórmula: “Aspirar a más, pedir más. En esto consiste la esperanza, siempre aspira a más de lo que puede aspirar”.

Desde esta perspectiva, que carece de límites, existe espacio para el cristianismo en la esfera pública, en los terrenos donde confluyan la solidaridad y, sobre todo, la fraternidad, que no solo es un lema de la república francesa sino que, tal y como recuerda el Papa Francisco, es fundamento y camino para la paz.

Publicado en COPE.es.

12 abril 2018

Año XV - Nº 1083

Tambores de guerra

Editorial
Forum Libertas


Suenan con fuerza los tambores de guerra contra Rusia en un empeño continuado que hace años que dura. 

Ahora, sin haber desaparecido la tensión en la frontera europea con aquel país, que ha llevado a la OTAN -léase Estados Unidos- a un despliegue extraordinario de recursos militares del que nadie parece acordarse, y con el recrudecimiento de las sanciones contra Moscú, después de imputarle el intento de asesinato de dos personas en Londres con un agente tóxico nervioso, se produce la amenaza de una acción militar de alcance de Estados Unidos en Siria, como respuesta a una presunta utilización por el régimen sirio de gas Sarín contra un enclave rebelde, que ha ocasionado numerosos muertos y heridos. Los hechos son bien conocidos, pero de los mismos queremos resaltar dos aspectos.

El primero es que las acusaciones nunca se basan en pruebas claras y fehacientes. El segundo es que automáticamente justifican acciones económicas y militares contra Rusia inmediatas o mediatas

Pero, vayamos por partes. La acusación de que el exespía ruso Serguéi Skripal y su hija fueran víctimas de un atentado ruso se fundamenta en el hecho de que se utilizara un agente neuro tóxico, Novitchok, que lleva la marca indeleble de la URSS, y solo de ella. Utilizarlo en una operación encubierta era tanto como firmar el intento de asesinato. 

La cuestión es por qué Rusia a las puertas de los campeonatos del mundo de futbol, con lo que comporta de proyección de su imagen mundial, iba a atentar contra alguien utilizando un instrumento que automáticamente desvelara su origen. No será -por desgracia- por falta de recursos en la panoplia de crímenes de estado para que precisamente fuera a emplear aquel que le señala como autor. No solo eso. 

No son claras las causas de por qué Moscú podía tener un interés tan extremo con el exespía, precisamente ahora, tanto que le condujera a aplicar una solución tan llamativa. Que todo esto no se aguanta lo constata el hecho de que el informe técnico elaborado por el Reino Unido, aduce que el agente químico utilizado no tenía porque proceder de Rusia en cuanto a su disponibilidad. A ello se le añade el desmentido de Moscú.

No es un dato menor que construir un enemigo exterior para un gobierno que respira a bocanadas, como el de May en el Reino Unido, siempre sirve para desviar la atención de los problemas internos, multiplicados por el absurdo del Brexit, y más si, como sucede en este caso, ofrece un argumento más a la agresiva política exterior americana.

El caso más reciente, y más grave por las consecuencias, es la amenaza en términos irresponsables que ha utilizado el presidente Trump para anunciar un ataque sobre Siriapara castigar el uso de gas Sarín contra la población civil, sin esperar a ninguna confirmación de una instancia internacional independiente y a pesar de la negativa- lógica- del régimen, y la de más peso, de Rusia, garante que no se produciría un episodio de este tipo. 

La cuestión es obvia una vez más. ¿Por qué el régimen sirio, que con la decisiva ayuda de Putin e Irán ya ha ganado la guerra, aunque no haya construido la paz, en un país destrozado y fragmentado, va a utilizar a estas alturas algo tan escandaloso como es un ataque con gas? ¿Cuál es el benefició que se alcanza? ¿Por qué no puede ser cierta la negativa rusa? ¿A quién beneficia la prolongación de la guerra y su internacionalización, después de haber permitido a Rusia y a las milicias xiitas hacer lo que Estados Unidos, el de Obama y ahora Trump, no fue capaz de llevar a cabo: ¿eliminar la amenaza del Dáesh?

Que se entienda bien. No estamos exculpando a nadie. Solo estamos alertando sobre unos hechos que desencadenan una espiral bélica en la que podemos vernos sumergidos simplemente por inercia. Esa fue la etiología de la Primera Gran Guerra. 

Por otra parte, demostrar desconfianza ante el empeño estadounidense de atacar a Rusia acusándola de vulneraciones muy graves, pero indemostradas, tiene la lógica de precedente nefasto de las “armas de destrucción masiva” de Irak. En otras palabras, Washington tiene en su haber una falta de credibilidad abrumadora en este tipo de cuestiones.

Una santidad caritativa y humilde

Santiago Martín
Católicos ON LINE


“Gaudete et exsultate”. De nuevo un documento del Papa que empieza hablando de alegría, como señalaba no hace mucho el secretario de Estado, cardenal Parolín. Se ve en él la experiencia de alguien que, como jesuita, ha sido director espiritual muchos años. 
Una experiencia que también aparecía en los primeros capítulos de la “Amoris Laetitia”, llenos de consejos para los nuevos esposos.

Pero hay mucho más en esta exhortación apostólica. Algunos han querido ver en ella un ataque contra los críticos a su pontificado, sobre todo en el capítulo dedicado a señalar la persistencia de dos antiguas herejías: el gnosticismo y el pelagianismo. 

Frases como “cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino”, “quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios”,quiero recordar que en la Iglesia conviven lícitamente distintas maneras de interpretar muchos aspectos de la doctrina y de la vida cristiana que, en su variedad, ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. Es verdad que a quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión”, o “con frecuencia se produce una peligrosa confusión: creer que porque sabemos algo o podemos explicarlo, ya somos santos, perfectos, mejores que la «masa ignorante»”.

De los pelagianos dice: “En el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico”.

Los “nuevos pelagianos” se manifiestan en “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos”.

¿Está atacando el Papa, como ya han dicho algunos comentaristas, a los que le llaman hereje o le acusan de estar sembrando deliberadamente confusión en lugar de poner claridad? ¿Mientras ellos le acusan de una cosa, él los acusa de otra?

Es imposible conocer las intenciones del Santo Padre, más allá de lo que se ve. Por eso es importante centrarse en las enseñanzas del Pontífice y no caer en elucubraciones. Él cumple con su deber señalando errores y peligros. Lo que hay que hacer es un examen de conciencia para detectar si se está cayendo en alguno de ellos y, si es así, si se está pecado de soberbia, porque se considera uno superior a los demás debido a que tiene más conocimientos o más vida piadosa, hay que volver a la senda de la humildad que han transitado todos los santos. 

A veces, ciertamente, se percibe en algunos miembros de grupos y movimientos, ese aire de superioridad que huele al azufre del demonio, pero no sólo entre los que defienden la ortodoxia, sino también entre aquellos que se sienten superiores porque, supuestamente, han hecho una opción por los pobres, opción que con frecuencia es más teórica que real.

El Papa está proponiendo un modelo de santidad que, sin despreciar la oración, pone el acento en la caridad hacia los necesitados, incluidos los emigrantes. Dice que está bien defender la vida del no nacido, pero que también hay que defender el derecho del que ya ha nacido a llevar una vida digna. No puedo estar más de acuerdo. 

Es muy importante acoger esa llamada de Dios que nos llega a través del Pontífice. Y, sobre todo, confiar en la misericordia divina y seguir adelante haciendo, como aconsejaba San Agustín, todo lo que se pueda y pidiendo lo que no se pueda.

11 abril 2018

Viktor Orban arrolla y se abre paso para un tercer mandato

Hermann Tertsch
ABC

El primer ministro tendrá una cómoda mayoría de dos terceros en el Parlamento húngaro

El primer ministro húngaro, Viktor Orban, consiguió este domingo un arrollador triunfo frente a toda la oposición de derechas e izquierdas y frente a la campaña internacional contra su persona y su política. 

Claro está que Orban contará de nuevo con esa abrumadora mayoría de dos tercios en el Parlamento que le permite mano libre para gobernar y legislar. Al final, los resultados son abrumadores. Sin ser definitivos otorgan 134 de los 199 escaños a Fidesz; 26 a la extrema derecha de Jobbik, cuyo líder dimitió nada más conocer la victoria de Orban; 20 escaños a los socialistas del MSZP; 8 a los Verdes, y otros, sueltos.

Orban compareció cerca de la medianoche en la fiesta junto al Danubio, en el Centro Balna. «Hemos ganado», comenzó su alocución ante una multitud entusiasmada con los resultados que aparecían en la gran pantalla cerca de la tribuna. 

Entre cánticos y banderas húngaras, el jefe del Gobierno dio las gracias «a todos los que habéis rezado por nosotros y a los que habéis rezado por mí. Esta es una victoria importantísima porque nos da los medios para defender con eficacia a la patria». Después del himno de la revolución de 1848 y del nacional, se despidió con un «Larga vida a Hungría» y, en latín, «Soli deo gloria».

Los húngaros habían ido a votar como nunca con una participación que llevó a muchos a descartar esa mayoría de dos tercios de los 199 escaños del Parlamento húngaro. La altísima participación disparaba las esperanzas de la oposición de acabar también con la mayoría absoluta de la alianza de Fidesz y los democristianos de KDNP. No obstante, si hubo movilización en Budapest del voto urbano anti Orban, se dio una inmensa afluencia a los colegios en todo el país y al final Orban sale muy fortalecido en Hungría y fuera.

La actitud hostil de Bruselas, de muchos gobiernos europeos, de la inmensa mayoría de los medios de comunicación occidentales y todas las ONG izquierdistas, muchas pagadas por el gran enemigo de Orban y también protagonista de la campaña, George Soros, no han logrado cambiar el escenario político. El resultado tendrá también consecuencias para el conflicto entre Orban y la UE, especialmente por la firmeza de su oposición a toda cuota de inmigrantes o refugiados.

Altísima participación

La participación sorprendió a todos. Se siguió votando pasada la hora del cierre en muchos locales en Budapest que tenían aún largas colas, y en las embajadas húngaras también se registró una afluencia sin precedentes. Unos decían que por fin muchos húngaros se habían dado cuenta de que tenían que votar para derribar Orban, y otros señalaban que los llamamientos del primer ministro a darle el apoyo para combatir a la UE y sus intentos de imponer cuotas de inmigración tendrían sus frutos. Así ha sido.

Sin los dos tercios aún podía gobernar Orban con comodidad. No sin la mayoría absoluta. Porque todos los partidos de la izquierda y la extrema derecha de Jobbik descartaban apoyar al actual primer ministro.

Orban había votado con su mujer en su barrio y llamado a todos los húngaros a votar porque, según él, también «está en juego el destino de Europa», que ve en Hungría una forma alternativa de afrontar el futuro. 

El primer ministro ha conseguido, a pesar de liderar un país tan pequeño, un altísimo perfil en el debate ideológico actual en Europa y se ha convertido en un referente para muchas nuevas fuerzas de la derecha que han surgido tanto en Centroeuropa como en Europa occidental.

Como líder político en el grupo de Visegrado con Polonia, Chequia y Eslovaquia, el primer ministro húngaro ha destacado en presentar un discurso político alternativo al de Berlín y París y sobre todo al de su gran adversario, Bruselas. Esto, y los furibundos ataques que recibe desde el exterior, fortalecen su imagen de padre protector de la patria.

Orban se presentaba como el único capaz de impedir que las fuerzas exteriores impongan a Hungría unas medidas que nadie, ni la oposición, quiere, como son las cuotas de inmigración. El primer ministro acusaba a la oposición de seguidismo de las «fuerzas mundialistas» que quieren traer a Hungría la sociedad multicultural que existe en los países occidentales. 

Orban siempre cita a Alemania o Suecia como la amenaza directa que solo él y su partido son capaces de neutralizar. El resultado dispara su prestigio entre los sectores de la derecha europea que se ha alejado de las cristianodemocracias asimiladas a la socialdemocracia en muchos países y en especial en Alemania.

El candidato del partido socialista MSZP- Dialog, Gergely Karacsony, aún manifestaba por la tarde a ABC que estaba feliz con la alta participación. Tanto que advirtió al presidente de la República, Janos Ader, de que no podría encargar a Orban la formación de gobierno sin la mayoría absoluta, porque todo el resto de partidos le niegan el apoyo. Al final, Karacsony dimitirá como enésimo rival que devora el animal político que es Orban.

Viktor Orban, enemigo del multiculturalismo

Viktor Orban ha sido primer ministro tres legislaturas. Este abogado de Szekesfehervar que con 25 años fundaba el partido Fidesz, aún bajo el régimen comunista, ya irrumpió en la historia con su memorable discurso ante cerca de un millón de húngaros en el homenaje y entierro en 1989 de Imre Nagy, el primer ministro que lideró el levantamiento de 1956 contra el régimen comunista y la URSS y ejecutado por ello. 

Estaba aún en pie el muro de Berlín. Orban exigió elecciones libres, la retirada de las tropas soviéticas y el fin del Pacto de Varsovia. Todo se cumpliría. Fue el interlocutor favorito de los occidentales en la transición. Receptor de una beca de George Soros para estudiar en Oxford, no sabía entonces el multimillonario que fomentaba la carrera de su peor enemigo. 

Porque Orban se hizo un político de la derecha que busca la lucha frontal con la izquierda para batirla en la urna y en la batalla cultural e ideológica. En 1998 ganó las elecciones y, según cuenta él, se precipitó tanto que las perdió cuatro años después. Volvió Orban y ha gobernado ocho años con éxitos económicos innegables. Pero su postura ideológica y su rechazo a la sociedad multicultural le han generado inmensa hostilidad en el exterior. Cada vez tiene más seguidores entre una creciente derecha que se distancia del centrismo socialdemocratizante.

Orgullos de ser y bellezas de ver y tocar

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA


Yo pienso que los complejos, en psiquiatría, -al de inferioridad he de referirme aquí- son indicadores flamantes de inestabilidad personal y de inseguridad; de inmadurez por tanto. 

No sólo denotan lagunas o carencias, o que faltan hervores y sazones al sujeto agraciado con estos complejos, sino que, al sentirse minusválido, lo achican y, en su quehacer, lo ponen a merced de personajillos más audaces que solventes y, sobre todo, más aventureros que razonables. 

El así acomplejado es un tipo de persona desconcertante a fuerza de alistarse -a cada paso que da- al gremio del servilismo. Se calla, disimula o hace farsa cuando habría de dar la cara; y habla, generalmente para zurcir hipocresías, cuando lo más prudente sería callar.

Por eso, el acomplejado no es una persona normal. Es más bien –creo yo- un disminuido psíquico que se debate, infeliz, en una lucha de sentimientos encontrados de amor y odio que le retrae en la afirmación de sus posibilidades y creencias. Viene a ser una suerte de esclavo voluntario, un impotente del alma. Un problema humano, en una palabra.

Hoy regreso a Madrid desde mi querido Bierzo. Confieso que es para mí una delicia estar en mis tierras bercianas. Lo da y lleva consigo el nombre que, en sí mismo, sugiere ya un sinfín de ensoñaciones asociadas a la idea o escenario de un jardín florido. 

 Su entidad y calidad le vienen de muchas facetas, y no es la menos linda de todas la de su fisonomía vegetal, o la de ser encrucijada de caminos, o cerco de montañas, o venturas de un mini-clima benéfico o paraje natural de culturas que, al contrastarse, han ido poco a poco abonando recursos humanos de cordialidad, tolerancia y “entente”, sin excesivo esfuerzo. 

Son por eso sus tradiciones y sus gentes, su cultura y sus peculiaridades múltiples lo aue hacen que El Bierzo sea él mismo y no otra cosa diferente. Tal vez haya bien fundadas razones para que “los bercianos” fuéramos “nacionalistas”; aunque no lo somos, si por ello se ha de entender –como suele pasar- mirar a otros, de otros lares y otras tierras, por encima del hombro, o creerse más que nadie, o con derechos que otros no deban tener. No. No somos “nacionalistas”, salvo algún extraviado de mente que puede salir en cualquier sitio… 

Aunque Asturias y León fueron reinos y ensayaron democracias, antes que Cataluña fuera “condado” y otros “creídos” de la misma progenie ni eso siquiera, no nos sentimos más que nadie -quizá menos tampoco-, y nos contentamos –eso sí- con amar -como el que más- a la tierra que nos vio nacer, aunque sin por ello hacernos -ni de lejos- a la idea de que no puede o pueda haber otras como la nuestra. Que amar a nuestra bonita tierra no hace que nos volvamos memos o idiotas.

Aunque atrasada este año por mor de las “ciclogénesis explosivas” y las borrascas que no cesan, la estación andaba mostrando ya cada mañana una sorpresa primaveral: unas mimosas amarilleando provocativas a orillas de algunos caminos; mirlos silbando sin cesar y rondando a sus novias; un “coco de luz” –“rara avis” ya en estos tiempos de progreso, al igual que los ruiseñores y hasta los jilgueros- daba fe también de la primavera bajo la fina lluvia de alguna de estas tarde-noche vividas en mi pueblo hasta hoy mismo. 

Una semana apenas en él me ha hecho soñar en una sociedad más auténtica y menos proclive a desvanecerse, o incluso a morirse de éxitos o relumbrones nada serios y firmes… Creo por eso que no defrauda venir al pueblo alguna vez para recibir lecciones de autenticidad y equilibrio.

Fui esta vez al pueblo para bautizar al pequeño Alejandro; nieto de mis amigos Eladio y Carmen; segundo hijo de Mari Carmen y Alejandro. Alejandro-hijo me recibió con una sonrisa de ángel bailando en sus ojitos morenos.. Después mostró tener personalidad al enfadarse y llorar en serio cuando le parecía. Normal. Al fin y al cabo, recibir el bautismo es cosa de un día solemne y no, como la “teta” de la madre, que, aún siendo tan pequeño, se conoce al dedillo… Alejandro se portó bien aunque dejando nota de que no es un “pedrusco”.

Dirigí, antes del bautizo, unas palabras al niño en las personas de sus padres, padrinos, familiares y amigos.

Nicodemo –fariseo de pro-, que –aún siendo cobardica- fue a ver a Jesús de noche, pero fue; porque vale más ir de noche que no ir y porque sentía más fuerte la llamada de la verdad que hacer farsa con lo que va dentro… 

Nicodemo me brindó la idea de que quien busca a la verdad y a Dios tiene siempre sobrados caminos para ir por ellos, aunque sea de noche o a contrapelo, porque en la sociedad sea más de moda fusilar a Dios o hacer añicos de la verdad. Hasta los cobardes pueden, a veces y si quieren, hallar caminos para redimirse de sus cobardías.

Jesús lo recibe –cómo no!- y, sin andarse con rodeos, va de inmediato al grano. Para ir a Dios y por tanto a la Verdad, hay que renacer, regenerarse, trascenderse y no quedarse en el “super-hombre” nihilista de Nietzsche pudiendo ser eso mismo, pero con bastante más que “nada” en las manos.

En consonancia con lo anterior, realcé con brevedad el timbre de honor que puede ser sentir y decir “el orgullo” de ser creyente y de ser católico.

Estamos al cabo de la calle de los orgullos de unos y de otros. “Yo soy comunista”, dice uno con orgullo; “yo soy ateo”, pregona otro complacido; “yo soy homosexual” y se hace un festival con procesiones y todo; “yo soy fémina liberada” y el feminismo enardecido piensa en el no va más de la “grandeur”….

¿No es justo y necesario que un católico haga lo mismo? ¿Es que no hay mayores y más serias razones para fiarse de Dios que de cualquier otro sedicente propagandista de sus ideas o hechuras, creencias y modos de ser?

Por superar de una vez este acomplejado comportamiento de muchos católicos ahora mismo, recordé a los padres y padrinos del pequeño Alejandro que –al querer que su hijo sea bautizado-, si han de ser coherentes con esa voluntad, han de prepararle para estar en condiciones -en una sociedad como la presente, que parece tener a gala “liberarse de Dios”- de no jugar a farsante ocultando por fuera lo que se lleva dentro y haciendo bastante menos que esos otros del “orgullo”, cuando en verdad hay al menos tantas razones con en ellos para mostrarse por fuera como uno dice ser por dentro. A no ser que se transija con los complejos o se piense que es más cosa de hombres ser comunista que ser católico.

Y recordaba también, de paso, la estupenda y nada ridícula frase de Chateaubriand –en sus “Memorias de ultra-tumba”-, cuando afirma rotundo que “La religión –y Dios, por tanto- es el único poder ante el que inclinarse o ponerse de rodillas no envilece al que se inclina o arrodilla”. Inclinarse o ponerse de rodillas, por ejemplo, ante lo que representa un cura, un obispo o el mismo papa, no envilece. Aunque el representante pueda ser, o sea de hecho, un zoquete. Como no envilece besar la madera o el papel con la imagen de un Santo si el beso va más allá de la madera y del retrato.

Al regresar hoy a Madrid y pergeñar en el autobús estas reflexiones del día, sigue posada en mi retina la estampa de las mimosas amarilleando al borde de algunos caminos de mi tierra; resonando en mis oídos el silbo enamorado de los mirlos en la floresta ya verdeante; y sobre todo eso me persigue el buen talante de unas gentes, a las que –aún a pesar de su tierra privilegiada- no se les sube a la cabeza el humo de sus bellezas, el tono de sus valores y tradiciones o el recuerdo del oro de esas Médulas, que los Romanos –nada menos- supieron descubrir en las tierras de mi Bierzo, las cuales –a parte de haber sido mi ”natura”- se vuelven –siempre que puedo, como estos días pasados- también mi “ventura”.

Rodando con el autobús por los llanos de la Castilla majestuosa y señorial. dentro de su adusta reciedumbre, saludo a mis amigos de reflexiones para deciros esta vez, con el rótulo de las mismas: Orgullos de ser y bellezas de vivir y tocar.

Pero también, orgullo de ser católicos:¡¡¡ claro que sí!!!. Orgullo, y sin jugar a exageraciones o melindres. Con toda verdad. O al menos con la misma con que otros jalean también sus orgullos. ¿O es que a Dios no se le acosa con mayor fuerza y con menos razón con que otros se sienten acosados?

Somos pocos y seguramente mañana seremos menos tal como se ven venir las cosas. Pero lo que somos lo hemos de hacer valer, en las calles, en el parlamento, y por supuesto en las urnas; sin excesivas gesticulaciones o alardes, pero con la fuerza y vigor de unas creencias, en las que “estamos” asentados y en las que nos sentimos razonablemente bien. Que la marca del bautismo no se conforma con menos.