14 junio 2018

Año XV - Nº 1092

Los refugiados: España y Europa

Editorial
Forum Libertas


El Papa Francisco ya aportó en Lampedusa el testimonio de la Iglesia y la actitud a adoptar en relación a los refugiados, y la ha reiterado en diversas ocasiones, recordando y actualizando así la doctrina de la Iglesia, que establece principios, define criterios, establece fundamentos, pero en ningún caso plantea soluciones técnicas, que son propias del orden secular, de las instituciones políticas en primer término, y también de las organizaciones e instituciones de la sociedad civil.

La inmigración se ha convertido en uno de los problemas graves de Europa por las discrepancias entre sus miembros y porque es en la mayoría de los países un problema de política interior. Una fuerza capaz, junto a otras causas – eso no debe olvidarse- de derribar y construir gobiernos, como se ha visto en el reciente caso de Italia. En esta dinámica, donde es fácil la demagogia, los hechos no pueden olvidarse. Escuetamente son estos:

* Europa, que tiene políticas comunes para muchas cosas, por ejemplo, para establecer las dimensiones de las jaulas de las gallinas ponedoras, carece de una política y práctica común en el régimen migratorio.

* El PIB per cápita del África subsahariana es once veces menor que el europeo. Es una diferencia brutal, que además tiende a crecer (en 1970 era solo de siete veces), y que, unida a la inestabilidad política y los conflictos bélicos, genera un poderoso efecto llamada.

* Europa tiene una población envejecida y una natalidad insuficiente, con la excepción de contados países. Hoy, la población de África subsahariana es de 1000 millones de personas por 500 de la UE. En unos treinta años serán 2.200 millones contra los mismos 500, además unos mayoritariamente jóvenes y los otros todo lo contrario. La presión demográfica es enorme.

La actitud de los países europeos ha sido la de ir cada uno por su lado. Alemania e Italia hasta ahora mismo han soportado el peso de los recién llegados. En el caso de Italia, donde se concentra el flujo más importante de llegadas, desde que los acuerdos de la UE con Turquía sellaron la vía turca, ha sufrido la insolidaridad de sus vecinos, obligando a los recién llegados a buscar acomodo en la península itálica, ante las dificultades fronterizas de franceses, suizos y austríacos. Tampoco han compartido los costes de esta atención.

Es evidente que esta situación no puede prolongarse, y que la respuesta política desde una perspectiva cristiana ha de combinar la acogida al extranjero sin dañar al propio país, cosa perfectamente posible con los actuales recursos comunes. 

Lo que no es de recibo, caso de España, es que los mismos sectores que reclaman la llegada de los refugiados tengan olvidados, sin ninguna política real a nuestros refugiados internos, las gentes sin hogar que malviven en las calles y que son muchos menos. La solidaridad es sincera cuando comienza con el más próximo y no cabalga a golpe de telediario.

Europa y los países miembros necesitan un plan a largo plazo que combine una acción masiva para el desarrollo y la seguridad del África Subsahariana, un “Plan Marshall”, que también reportaría beneficios económicos en términos de exportaciones. Si hay trabajo y seguridad, hay futuro para los jóvenes, la gente no emigra. 

El establecimiento de flujos seguros y una distribución adecuada a las capacidades demográficas y económicas de países receptores es otra necesidad que debe llegar a alcanzarse, a pesar de las dificultades acaecidas hasta ahora a causa de los desacuerdos entre países. 

El envejecimiento y la necesidad de mano de obra objetiviza el problema, pero requiere planificación y organización. Por último, una política de integración que evite la creación de guetos.

En todo esto hay algo que no puede olvidarse. El rechazo a la inmigración es consecuencia, la mayoría de las veces, de la ausencia de una identidad europea fuerte que dote de sentido y seguridad personal a la vida de las personas. 

Europa por su vacío espiritual. Pero no es solo eso. Los sectores de menores ingresos, castigados por la crisis, tienen la convicción de que son ellos quienes asumen las molestias y riegos que plantean los grandes flujos de habitantes, con quienes conviven, mientras que las elites que defienden su llegada, viven en barrios y condiciones donde el refugiado no existe como experiencia vital.

Combinar todo eso no es fácil, pero si es necesario

Sánchez, buen pagador

Antonio Burgos
ABC


En sus espléndidas crónicas taurinas de San Isidro, plumeadas a la antigua usanza, recordaba Andrés Amorós la muy conocida anécdota de la respuesta de Juan Belmonte cuando le preguntaron cómo uno que había sido banderillero suyo había podido llegar en el régimen de Franco a gobernador civil y jefe provincial del Movimiento: «Degenerando».

El gerundio belmontino no queda en la Historia de la Filosofía del Toreo. Tal gerundio abelmontado lo estamos viendo y viviendo en nuestros días. ¿Cómo puede un partido como el PSOE, tras haber sacado los peores resultados de su historia, con sólo 84 diputados, no sólo llegar a los 176 votos de la mayoría necesaria para sacar adelante su moción de censura para «desalojar a Rajoy de La Moncloa», sin presentar programa de Gobierno alguno, sino alcanzar los 180, o sea, yendo sobrado? 

Pues puede de un modo abelmontado: no sólo «degenerando» los principios que han expuesto como firmes socialistas históricos nada sospechosos cual el propio Felipe González, sino incluso renunciando a la E de «español» de las siglas del PSOE; por no hablar de muchos artículos de la Constitución y recurriendo al odio generalizado que toda la izquierda tenía acumulado contra el PP, aparte de la inquina personal contra Rajoy, que los ponía nerviosos (y hasta a sus votantes, incluso, con esa cachaza de no hacer nada y esperar que las cosas se arreglaran solas con el tiempo o con el olvido... y sin aplicar el 155).

Un secreto muy bien guardado, como los que prometen observar de las deliberaciones en el ridículamente llamado «Consejo de Ministras y Ministros» es lo que Sánchez pactase para llegar a esos 180 votos de censura contra Rajoy. ¿Lo sabremos todo algún día? ¿Qué pactó con Bildu? ¿Qué con Podemos? ¿Qué con los independentistas catalanes? 

Esto último es quizá más fácil: si no saberlo, al menos irlo adivinando. ¿Y saben por qué? Por lo buen pagador que es Sánchez. No hay nada que le guste más a la izquierda que hacer solidaridades, caridades y claudicaciones con el dinero ajeno, ese dinero público que Carmen Calvo dixit (y Pixie) que no es de nadie. 

Y tan buen pagador es que le ha faltado tiempo para mandar a Barcelona a Meritxell Batet. Ojú, mandar a Batet a Barcelona... A mí me suena muy mal. Batet, el general Batet, fue el que en Barcelona, en 1934, abortó en defensa de la Constitución republicana la proclamación del Estat Catalá y metió del tirón en la cárcel a los puigdemones de la época. No he podido saber si esta Batet de 2018 es de la misma sangre de aquel Batet, al que dos años más tarde de 1934 le costó la vida su leal defensa de la República.

Sea como fuere, Sánchez ha mandado a Meritxell Batet a Barcelona para lo contrario que el Cobrador del Frac: para pagar a los separatistas la deuda de su voto en la moción de censura. Le ha faltado tiempo a la señora Batet para preguntar «¿qué se debe aquí?» y decir que hay que acercar a cárceles de aquella parte de España a los rebeldes sediciosos que están en prisión preventiva por haber proclamado la República Independiente de Cataluña; sin contar con los jueces ni nada, hala, a pelo. 

Y le ha faltado también tiempo a la Pagadora del Frac de Sánchez para decir que si hace falta cambiar la Constitución en beneficio de las pretensiones de los separatistas catalanes, se cambia y listo, sin contar con las mayorías parlamentarias necesarias ni nada. 

Ah, y de controlar los gastos a la Generalidad, cero: barra libre, para que el dinero que les manda Madrid se lo gasten en lo que quieran. Por ejemplo, en esa fábrica de odio a España que es TV3 , cuyo presupuesto ya suma 250 millones de euros, es decir, 32 veces el de la Casa del Rey. 

¿Del Rey? Eso: a cuerpo de rey tiene este Sánchez, tan buen pagador, a todos los que les prometió destruir lo que hiciera falta e incluso vender a España a cambio de 180 platos de lentejas, perdón, de votos.

El día que Albert Rivera perdió el futuro inmediato

Fernando Baeta
EL ESPAÑOL


Pedro Sánchez no solo le ha robado las luces de neón a Albert Rivera. 

El pasado viernes 1 de junio el nuevo presidente del Gobierno le quitó también más de la mitad de su Gobierno imaginario y algo mucho más importante: le arrebató de las manos el futuro inmediato que ya toqueteaba a su antojo el líder, ahora marchito, de Ciudadanos.

Rivera se ha quedado desde entonces sin oxígeno –como pez fuera de la pecera– cuando creía que tenía aire de sobra, cuando ya se veía en Moncloa aupado a lomos de la ola de encuestas –casi unánimes– que pronostican su victoria si hubiera hoy elecciones. Pero el caso es que hoy no habrá elecciones. No. Y mañana está muy lejos. Lejísimos. 

De verse coronado en la Carrera de San Jerónimo ha caído en el montón del Congreso, sin apenas capacidad de influencia y con el tiempo –tictac tictac tictac– corriendo en su contra, por mucho que le quieran hacer creer lo contrario.

El líder de Ciudadanos ya se veía presidente pero la ambición desmedida –la misma, exactamente la misma que le reprocha con razón a Sánchez– le ha jugado una mala pasada. Tan lícito, o ilícito, era su deseo de elecciones a la vuelta de la esquina gracias a una moción instrumental, que no existe como tal en la Constitución, como el de Sánchez de sumar escaños vendiendo su alma al diablo, contar hasta 176 y echar al corrupto MR de la Moncloa, que era el origen de todo para ambos, según decían.

Pudo Rivera evitar lo que ahora le reprocha a Sánchez: el haberse puesto en manos de independentistas y nacionalistas. Para ello sólo tenía que haber apoyado al líder del PSOE, recordando aquel ‘pacto del abrazo’ que firmaron el 24 de febrero de 2016 y que acabó poco después, el 2 de marzo de ese mismo, cuando fracasó la investidura del ahora presidente.

Pero no quiso, ninguno de los dos estaba por la labor si somos sinceros, porque uno estaba subiendo y subiendo y subiendo y sólo tenía que esperar que la herencia le cayera encima, mientras el otro bajaba, y bajaba y bajaba y tenía que jugárselo todo a la carta del cadalso de Rajoy para que la cabeza que cayera no fuera la suya. Rivera no quería dejarle Moncloa a Sánchez ni un solo minuto y éste no quería a su lado ni medio segundo al líder de Ciudadanos.

Ahora toca esperar. Y las esperas, a veces, pueden ser muy crueles, especialmente para aquellos que erróneamente creían que había llegado su momento. Porque en política los amores, como dijo Pedro Almodóvar, son pasajeros, van y vienen, y no es lo mismo, por ejemplo, ponerle los cuernos a Mariano Rajoy y votar a Ciudadanos, que negarle una oportunidad al Partido Popular de un aclamado Alberto Núñez Feijóo, por ejemplo, que a priori no tiene más esqueletos que aquellos que le pueda volver a colocar Soraya Sáenz de Santamaría.

Las manecillas de reloj ya no son de Ciudadanos. Su movimiento continuo favorece a los populares, para recuperar el voto de derechas que se fugó a Rivera, y a los socialistas, que al tocar poder quiere que le devuelvan los votos que le robaron Ciudadanos, por un lado, y Podemos, por el otro. Ninguno de los dos grandes partidos quiere elecciones a la vuelta de la esquina. Hay veces que los extremos se acaban tocando. ¿Quién dijo que el bipartidismo había muerto?

Y mientras, Albert Rivera, que lo vio tan cerca, se cuece ahora –entre apariciones del espectro de Rosa Díez– en su chateau de Húmera, sopesando que siempre le quedará Cataluña y lo catalán, aunque allí reine una imbatible Inés Arrimadas.

En el neocomunismo populista no sólo se integra Pablo Iglesias: también Pedro Sánchez

Humberto Pérez-Tomé
Hispanidad


Cuando Jesús Trillo-Figueroa escribió ‘El espectro del comunismo’, no podía imaginar que aquellos tiempos volverían.

Muchos españoles piensan que el retroceso a la era Zapatero es inequívoco con el nuevo Presidente de España, y el revanchismo de la izquierda volverá a dejar plano al país. 

El PSOE, cuyo suelo electoral ha sido robado por Podemos, se encuentra en una situación única para demostrar que la verdadera izquierda son ellos. Sin embargo, no podrá retornar tan fácilmente, porque como dice el subtítulo del ensayo de Jesús Trillo-Figueroa, hemos ido del socialismo a Podemos, el neocomunismo populista de moda que engatusa a todos, especialmente a los más jóvenes, que les falta experiencia y que no tienen nada que perder.

En cualquier caso, el libro refleja la última y reciente evolución de la izquierda española como consecuencia de la aparición de Podemos. Es el regreso a la vieja izquierda marxista y revolucionaria. Posiblemente, con Pedro Sánchez y los socios (independentistas y radicales) que le han aupado hasta La Moncloa, estemos ante el final de la socialdemocracia que representaba el PSOE de Felipe González desde el año 1979, a causa del efecto contagio causado por Podemos. Aunque se haya puesto la venda antes de la herida con un perfil muy político de su gabinete con una fuerte carga de mujeres feministas lo que se presupone un sectarismo importante.

El fenómeno estudiado por Trillo-Figueroa en el libro, demuestra la vuelta del marxismo como ideología, de ahí el título: El espectro del comunismo. Porque en la gran revancha procedente de «la gran derrota de 1989», en expresión de Perry Anderson y Pablo Iglesias, vuelve hacerse real la frase con la que se comenzaba el Manifiesto Comunista de Marx y Engels(1848): «un espectro asedia Europa; el espectro del comunismo».

Esta nueva izquierda radical es hija del zapaterismo y de la extrema izquierda antisistema procedente del comunismo en sus distintas sopas de letras, de la que Sánchez se hace valedor por activa y por pasiva. Y a diferencia del comunismo clásico, el nuevo comunismo del que se impregna el PSOE de Zapatero, y ahora Pedro Sánchez, se presenta pragmático, huyendo de la mística ideológica, tratando de superar la aguadilla propiciada por Iglesias y las pijos-pobres de Podemos.

Y tanto PSOE como Podemos, en una competencia por el empoderamiento, se reviste de “populismo”, con palabras políticamente correctas, entendido como una inequívoca voluntad de llegar al poder (o mantenerlo) como fin en sí mismo; unido a una manipulación de las emociones y los sentimientos populares como medio para movilizar a las masas; al margen del debate racional.

El espectro del comunismo, aunque no sea novedad, es de rabiosa actualidad, y merece la pena ser leído porque descubrirá al lector un montón de claves que le explicarán aspectos vividos en el pasado y podrá prever lo que posiblemente nos llegue del futuro.

El cuento chino de Batet

José García Domínguez
Libertad Digital


Frente al golpe de Estado de la Generalitat, el golpe de Estado del Ejecutivo central. Dos por el precio de uno.

La cabra, es sabido, tira al monte. Nadie se extrañe, pues, de que a la ministra Batet, del PSC, le haya faltado tiempo para correr a Barcelona a anunciar la buena nueva de que desacatar desde el Gobierno de España la sentencia firme del Tribunal Constitucional sobre el Estatut sería la mejor manera de restablecer la legalidad en Cataluña. 

Frente al golpe de Estado de la Generalitat, el golpe de Estado del Ejecutivo central. Dos por el precio de uno. Una doctrina, la del golpismo blando amparado el la quiebra de la autoridad del órgano constitucional encargado de velar por el cumplimiento de la propia Carta Magna, que la ministra Batet ha aprendido a toda prisa de los señores empresarios del Círculo de Economía, genuinos padres intelectuales del invento. Y es que al Ibex 35 le está saliendo últimamente un feo mostacho que empieza a recordar demasiado al de Tejero.

Una doctrina, esa alumbrada por el Dinero que abrazan los socialistas en nombre de la izquierda, que, por lo demás, se fundamenta toda ella en una gran falacia. El embuste de que el origen del proceso separatista remite a una imaginaria irritación popular en Cataluña como consecuencia de la sentencia célebre del TC. Ese es el cuento dominante, lo que los cursis llamarían "el relato", impuesto por los publicistas del separatismo tanto en Barcelona como en el Madrid bobalicón con balcones a la prensa.

Un cuento que, como todos los cuentos, bien poco tiene que ver con la realidad. Porque simplemente es mentira que la frustración por el fiasco de la reforma del Estatut constituyera el factor desencadenante del proceso que se consumó con el golpe de octubre. Eso solo es una leyenda urbana. La reforma del Estatut, un asunto que no interesaba a nadie y que Pujol orilló por considerarlo una pérdida innecesaria de tiempo y energía, fue abanderada por Maragall con el exclusivo propósito de atraerse a la Esquerra para desalojar a CiU del poder y, de paso, incordiar al Gobierno de Aznar. No otra fue la razón de que empezara todo aquel lío. La reforma del Estatut era lo último que preocupaba a los catalanes de a pie.

Lo último. No lo digo yo, lo decía en El País Josep Ramoneda, periodista nada sospechoso de lealtad a la Constitución: "Los catalanes están mucho más preocupados por el trabajo, por las pensiones, por la seguridad, por la inmigración, por la vivienda, por la carestía de la vida (...) Sin embargo, el principal debate que entretiene a la clase política catalana es la reforma del Estatut". No le importaba a nadie. 

Y la prueba de que no le importaba a nadie fue el muy risible resultado del referéndum de ratificación. Una consulta legal, aquella sí, en la que más de la mitad de los catalanes con derecho al voto decidió abstenerse. Sí, más del 50%. Razón por la cual el famoso Estatut que tanto se supone que deseaban los catalanes solo obtuvo el apoyo expreso en las urnas de un pírrico 36% de los ciudadanos mayores de edad inscritos en el censo.

Pero es que acto seguido, en las ulteriores elecciones autonómicas, el único partido que se presentó con un programa expresamente independentista, ERC, sufrió un batacazo histórico, quedándose con apenas 10 escaños. Lo mismo que el PSC, que obtuvo el peor resultado desde su fundación. Ganó CiU, con 62 actas, que para nada planteó la reivindicación separatista a los votantes, sino la demanda de un concierto económico similar al vasco. 

¿Qué ocurrió entonces para que aquella desidia se tornara poco más tarde en furor por la independencia? Pues ocurrió algo muy sencillo que nada tenía que ver con el Estatut: la Gran Recesión. El fervor separatista es hijo de la crisis, no del Estatut maquillado por el Constitucional. Así, el 15 de marzo de 2011 comienza en todas las plazas mayores de España la variante contemporánea del Motín de Esquilache. 

Tres meses después, el 15 de junio, los indignados de Barcelona suben la apuesta insurgente: el Parlament es rodeado por la turba, el president Mas tiene que huir en helicóptero de la Ciudadela y el diputado de CiU Gerard Figueras logra ser inmortalizado por las cámaras de televisión mientras corre despavorido gritando "Auxili!". Ahí, justo en ese instante, nació el procés. Tampoco lo digo yo, lo sentenciaba Enric Juliana, el redactor del editorial conjunto, en La Vanguardia:

"Aquel día también podríamos decir que empezó todo. El jansenismo a pensar que quizá se había equivocado. CiU empezaba a bajar en los sondeos y en paralelo a la protesta ciudadana del 15-M, en las capitales de comarca aceleraba y ganaba adeptos el otro movimiento contestatario: "In-de-pen-dència". Dicho en pocas palabras: "Si es la hora de los radicales, también nosotros vamos a ser radicales".

El resto es sabido. Han utilizado la Gran Recesión hoy como ayer utilizaron el Desastre del 98 y como mañana utilizarán el derrumbe del euro en Italia o Francia si llega a consumarse. ¿La sentencia del Estatut origen de la asonada separatista? No nos venga con cuentos chinos, Batet. Que nos han dormido con todos los cuentos y ya nos sabemos todos los cuentos.

12 junio 2018

Tensión en Alemania

Santiago Martín
Católicos ON LINE


Lo que ha ocurrido esta semana en la Iglesia no es un asunto menor. Al contrario. 

La cosa empezó con la publicación de una nota de Doctrina de la Fe, presidida por el neo cardenal Ladaria, que prohíbe a la Conferencia Episcopal alemana llevar a cabo su propósito de dar la comunión a los luteranos casados con católicos. 

La carta dice explícitamente que está aprobada por el Papa, con lo cual se deja claro que Ladaria no se ha lanzado a la piscina sin haber conseguido el permiso de su superior.

A partir de ahí se produjeron dos reacciones en Alemania. La primera del cardenal Marx, presidente de esa Conferencia Episcopal, amigo del Pontífice e integrante del grupo de cardenales que le asesora: el G9. Este manifestó su disgusto con esa prohibición, a la que calificó de sorprendente, porque el Papa les había pedido que, si fuera posible, llegaran a un acuerdo entre los obispos alemanes, dado que siete estaban en contra de la intercomunión. 


Ese acuerdo, según Marx, pensaba ofrecerse a los “disidentes” en la próxima Plenaria del Episcopado. Por supuesto, Marx omitió deliberadamente en su nota que el Papa había dicho también que lo que se aprobara en Alemania debía tener valor universal y, de hecho, él mismo había declarado semanas anteriores que si no se llegaba al acuerdo, cada diócesis haría lo que quisiera.

Dos días más tarde intervino monseñor Feige, obispo de Magdeburgo y presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo. Sus palabras fueron, simplemente, durísimas. Habló de “desilusión”, “amargura”, “daño imprevisible” e insinuó que los fieles van a hacer lo que quieran al margen de lo que diga el Papa. 


Sobre todo, concluye la nota publicada en la web oficial del Obispado, Feige se pregunta por qué el Papa actúa ahora así y no lo hizo con la misma rotundidad cuando los obispos alemanes decidieron dar la comunión a los divorciados vueltos a casar. 

Lo mismo que antes había hecho el cardenal Marx, el obispo de Magdeburgo oculta deliberadamente que en la “Amoris Laetitia” jamás da el Papa ese permiso y se limita a decir que algunos casos particulares podrían ser estudiados y dar paso a esa comunión; lo que los obispos alemanes hicieron fue una lectura de la “Amoris Laetitia” en ruptura con la tradición y generalizaron esa comunión.

El resultado de todo esto es que la Iglesia alemana, que parecía haber marcado el paso al Papa y al conjunto de la Iglesia en este pontificado, se ha visto desairada y ha reaccionado con dureza e incluso con asomos de amenazas y rebeldía. 


La “sorpresa” manifestada por el cardenal Marx va más allá del rechazo a la comunión de los protestantes y expresa el sentimiento de la mayor parte de los obispos alemanes al ver que, por primera vez, no les dan la razón y les piden que sigan siendo fieles a la tradición católica, que ellos quieren hacer desaparecer.

Ahora hay que esperar a ver cuáles serán las consecuencias por ambas partes. El Santo Padre se ha visto enfrentado públicamente por obispos que se contaban entre sus más encendidos defensores. Estos obispos, acostumbrados a hacer lo que querían y quizá afectados del viejo pecado alemán del supremacismo, se sienten traicionados por un Papa que, según creen ellos, les podría deber incluso el mismo pontificado. El Papa no puede ceder y ellos, probablemente y dada su psicología, tampoco lo harán.

Paralelo a esto está la cuestión de cómo ven los medios de comunicación lo que está ocurriendo. No es casualidad que la revista “Micromega”, referente de la izquierda italiana, haya publicado esta semana duras críticas contra el Papa, mostrando su desilusión con él por no haber avanzado más en las reformas de la Iglesia que, según ellos, había prometido. El Papa no ha llegado al “todo vale” y eso les decepciona.

Y falta aún otro asunto, el destino del llamado G9, el grupo de cardenales que asesora al Papa. Se especula con la posibilidad de que la reunión que tendrá lugar dentro de unos días sea la última y que, a continuación, sea disuelto. De ese modo el Papa evitaría sacar de él a determinados cardenales más o menos afectados por acusaciones de pederastia y también dejaría de enfrentarse abiertamente con algunos amigos, como el cardenal Marx, que habrían dejado de serlo.

¿Qué harán ahora los comentaristas que elogiaban al Papa y que nos insultaban, amenazaban y acusaban, a los que defendíamos la interpretación de sus enseñanzas con un criterio de continuidad, de ser traidores al Pontífice y habernos convertido en sus enemigos? ¿Desde el momento en que el Papa no diga lo que ellos quieren oír, le obedecerán y apoyarán o le criticarán como hicieron con sus predecesores? Ahora se verá si los autoproclamados amigos del Papa eran tales o sólo oportunistas que se servían de él para sacar adelante sus ideas.

Un PP obligado a cambiar de piel

Jesús Cacho
Voz Pópuli


Tenían razón los que decían que Mariano Rajoy Brey se iría a casa cuando así se lo aconsejara su entorno más cercano, cuando su círculo familiar le obligara, cuando se lo ordenara Elvira Fernández, Viri, una santa, la mujer que con excepcional discreción ha soportado sus miedos y aliviado sus dudas estos años. No se podía ir más lejos. Era el momento de plegar velas. 

El desgaste mental ha dejado a este político decimonónico, este perfecto ejemplo de educado cacique de provincias del siglo XIX, al borde del ataque disléxico y del desbarre gestual para risas de tirios y troyanos. Con la neurona dañada, era el momento de apearse del burro. 

Por delante, además, el desgaste de los juicios por corrupción que vienen, el miedo a las sentencias pendientes, una larga lista de causas judiciales, Gurtel valenciana, Boadilla y Arganda, trama Púnica, Operación Taula, caso Lezo… Un horizonte de miseria, con Mariano sometido al pin pan pun de los medios y de una parte mayoritaria de la sociedad española que hace ya mucho tiempo le perdió el respeto.

Y Viri dijo basta. Para sorpresa de todos, porque cuando el buen hombre empezó a recitar ante el Comité Ejecutivo los supuestos logros de seis años y medio de Gobierno, nadie hubiera apostado un duro porque fuera a largarse. Seguir en el machito daba sentido al sinsentido de su no dimisión en la mañana del viernes, justo antes de que la amiga Ana Pastor diera paso a la votación de la moción de censura. 

Mariano se queda, pensaron los paniaguados prestos al aplauso que ayer le rodeaban en la sede de Génova, porque así volvía a su ser, regresaba Mariano a su dolce far niente en la oposición, lo que más le ha gustado siempre, más incluso que la presidencia del Gobierno, “desengáñate, Jesús”, me dijo un día Esperanza Aguirre allá por el 2008, “Mariano no tiene ningún interés en ser presidente porque ahora vive muy bien: tiene chófer, escoltas, secretarias, pelotas a manta, estatus de jefe de la oposición y, además, gana mucho dinerito, porque suma varios sueldos, gana mucho más que el presidente sin tener que tomar las decisiones dolorosas de un presidente. A éste no le sacas de Génova ni con agua hirviendo”.

Le sacaron a la fuerza los electores el 20 de noviembre de 2011. Si hemos de ser serios, aquellas elecciones no las ganó Rajoy: las perdió un miserable apellidado Rodríguez Zapatero que fue capaz de llevar al país a la bancarrota. 

Casi 11 millones de españoles dieron a Mariano carta blanca para que pusiera al enfermo sobre la mesa de operaciones y le abriera en canal, dispuesto a enmendar no solo el rumbo económico, que casi era lo de menos con ser importante, sino la aguda crisis política –con la organización territorial del Estado como mascarón de proa- y de valores que estaban llevando a este gran país hacia el desastre. Desde el principio se vio que aquello era demasiado arroz para tan apocado pollo. 

En febrero de 2012 escribí aquí (“Rajoy ante el síndrome Heat”) que el líder del PP, obligado a hacer frente a la crisis más grave de nuestra democracia, estaba obligado a optar entre convertirse en una reedición de Edward Heat, el premier británico que, tras ganar las generales al laborista Harold Wilsonen 1970 y adoptar las decisiones correctas, dio marcha atrás por miedo a los sindicatos perdiendo las generales cuatro años después, o reencarnarse en una nueva Margaret Thatcher, la mujer de hierro capaz de aguantar las dificultades del momento hasta ver madurar los frutos de sus políticas.

Rajoy no ha sido ni Heat ni mucho menos Thatcher. Se ha limitado a ser un taimado Neville Chamberlain ("peace for our time”), un pusilánime dominado por el miedo cerval a la toma de decisiones, un cobarde dispuesto al appeasement con los enemigos de España. 

La unidad de la nación, entendida como salvaguarda de la igualdad entre españoles, está hoy más en riesgo que nunca en Cataluña, en el País Vasco, en Navarra, en Valencia, en Baleares y en lo que venga. Gran trabajo el tuyo, Mariano. 

En realidad tendría que haberse ido en julio de 2013, con ocasión de los famosos sms (“Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré”) cruzados con Bárcenas que revelaban su implicación en la famosa Caja B del PP y en los sobresueldos cobrados en Génova, el “dinerito” al que se refería Aguirre. 

Y si no se fue en 2013, tendría que haberlo hecho la noche del 20 de diciembre de 2015, cuando, tras el recuento electoral, resultó que en aquella jornada el PP perdió casi 3 millones de votos y 63 diputados respecto a los obtenidos a finales de 2011. Brutal el veredicto de los electores de centro derecha para con el Gobierno Rajoy.

¿Por qué no dimitió el viernes?

Ha tardado en hacerlo, después de año y medio aferrado al poder sin más objetivo que durar, sin más ideología que la de sestear, y sin más proyecto para España que esperar el paso del tiempo cual Deus ex machina

Por eso ahora se entiende menos que nunca que no haya dimitido la semana pasada, que no dimitiera el viernes, cuando tuvo ocasión de hacerlo impidiendo la formación del Gobierno Sánchez y dejando al frente del PP y del Ejecutivo a un presidente/a en funciones con posibilidades, en el peor de los casos, de haber llevado el barco hasta unas nuevas generales. 

Mariano, y con él su guardia de corps, Soraya y Cospedal a la cabeza, han rendido lo que nunca un político de raza debe entregar si queda un resquicio de esperanza para mantenerlo: el Poder. Ni levantaron barricadas, ni construyeron trincheras. Pusieron alfombra roja al adversario en su asedio al Palacio de Invierno junto a populistas y separatistas. 

Mariano el contemplativo prefirió exiliarse en un bareto de la calle Alcalá esquina Independencia, dispuesto a ahogar en alcohol las miserias de su paso por siete años de la historia de España. A punto de soltar la lágrima, el gallego era ayer el Boabdil presto a llorar como mujer lo que no supo defender como hombre.

Se va sin honor y por la puerta de servicio, dejando al partido que ha representado a la derecha española durante 40 años reducido a escombros. “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”, que dijo Borges. 

Un partido obligado a una refundación integral que debería comenzar por la venta de la sede de Génova y por el cambio de siglas, como punto primero, para seguir por la jubilación anticipada de todos aquellos líderes que, con el joven Arenas a la cabeza, han acompañado, en Génova y en Moncloa, la travesía del gallego. Ninguno de los que ayer aplaudían vale para el futuro. 

Desde luego no Soraya, la mujer que ha dispuesto de más poder, para nada, en la reciente historia de España, y que, abdicado su valedor, queda cual barquilla a merced del temporal, y tampoco la señora Cospedal, una mujer que ha tocado techo y que jamás podrá aspirar a presidir el PP y mucho menos el Gobierno de la nación. 

Tiempo de sobra van a tener para buscar con calma ese liderazgo. El PP, o lo que quede de él tras su entrada en dique seco, tardará mucho tiempo en regresar al poder. Con todas sus debilidades, Pedro Sánchez ha venido para quedarse. Que nadie lo dude. De momento, dos años.

El verdadero problema del PP, con todo, no es de sede ni de siglas y, si me apuran, ni siquiera de personas, de quién vaya a liderarlo en el inmediato futuro. Se trata de un partido obligado a cambiar de piel. 

La derecha española, en un momento crítico, está condenada a volver al surco ideológico liberal del que Mariano la arrancó en el congreso de Valencia, a reconstruir su discurso y a liderar un proyecto político desnaturalizado por la tecnocracia y por una praxis socialdemócrata. 

Se trata de un rearme ideológico e intelectual que debe convertir al centro derecha español en algo muy distinto al taller de reparaciones de la socialdemocracia cada vez que ésta hace de las suyas. Es la defensa de las libertades individuales, de la igualdad ante la ley, de una economía libre con un Estado pequeño pero eficiente. 

Es la lucha contra los sapos del zapaterismo y su revisionismo histórico, su obsesión por el género y demás mantras. Es la promoción del emprendimiento, la creación de riqueza, la lucha contra la corrupción, la producción cultural, la búsqueda de la excelencia en la educación. Es la base sociológica e identitaria que comparte un segmento muy relevante de la sociedad española, que hoy no se siente representada por este PP en ruinas.

11 junio 2018

Luna de miel…

Santiago Panizo Orallo
Periodista Digital


Evoquemos hoy –al asomarnos al panorama del día- esa etapa florida que es la “luna de miel” de los matrimonios recién iniciados. 

Evoquémosla, al mirar hoy los primeros pasos efectivos del gabinete de “ministras” y “ministros” que acaba de poner en acto y en marcha el nuevo presidente del gobierno de España, el socialista don Pedro Sánchez. Luna de miel…

La luna de miel, en el sentido más lírico y romántico de la expresión, se constituye por esa primera etapa de la vida en común de los recién estrenados cónyuges, y muestra ese tiempo dulce, risueño, feliz, que los matrimonios viven antes de dar la cara a la verdad del matrimonio, que no está ni puede estar en el “jijí-jajá” de los confettis o del arroz que sigue a la ceremonia, sino que realmente se masca en el dia a día del ir haciéndose efectivamente –con mezcla de amores, de sudores y de voluntad sobre todo- esa “una sola carne”, que proyectara el Divino Hacedor, al diseñar una humanidad emergiendo de la unión del varón y la hembra humanos.

De este modo, la luna de miel se puede llamar la peripecia bonita antes de la verdad del matrimonio; el sueño previo al amanecer y a los sabores –dulces, amargos, agridulces e incluso apestosos- del día; la calma antes de la tempestad o lo que suele significar el caramelo a la puerta del colegio. 

Que algo de todo eso puede ser, o es de hecho, la luna de miel. Es matrimonio, pero no dice casi nunca con precisión lo que va a ser el matrimonio: lunas de miel esplendorosas se han muerto nada más bajar del avión de regreso a casa los esposos.

Don Pedro Sánchez, tras la moción de censura exitosa, ha escogido un llamativo florero de "ministras” y “ministros”, y ha mostrado -al hacerlo- buenas dotes de agudeza y sagacidad. “Demuestra que es listo” –me dijo un avispado amigo, antiguo alumno y buen perceptor de sensaciones a bote pronto, nada más saberse que había escogido a Borrell para la cartera de Exteriores. 

Sí que demuestra ser listo, pero no me basta”, le repliqué al instante; “porque yo distingo listos e inteligentes; y si los listos dan buena imagen por agudos y sagaces, es a los inteligentes –los que saben leer de dentro a fuera la realidad y lo hacen con acierto y acompañamiento de obras- a quienes se han de atribuir los éxitos prolongados y sostenidos. El golpe de chispa del listo es el “flash” vivaz que anima y da esperanza; pero sólo el inteligente consigue hacer buenas las primeras impresiones”. Mi amigo se limitó a escucharme, sin decir ni sì ni no. Tal vez, porque le hizo pensar.

Obra de un tío lislo parece a casi todos -no creo que lo parezca a don Pablo, el de la coleta y el chalet, ni por asomo- el gabinete de don Pedro, que ayer prometía fidelidad a la Constitución ante el Rey.

Pero –me pregunto- este punto de listeza y sagacidad ¿será también muestra de una pareja inteligencia del listo que demuestra ser don Pedro al escoger este gabinete?

Esta calidad –creo yo- aún está por ver. Por buenos que puedan ser los indicios o los augurios que apoyen las caras, la vestimenta, las palabras, las sonrisas, las palmaditas y demás que se están viendo ahora mismo en las ceremonias de trasmisión de los poderes, queda por ver si se trata de meros gestos, guiños para la galería, de apariencias debidamente azucaradas para la ocasión o de verdaderos modos y maneras propios de auténticos personajes de Estado de Derecho y de buen Gobierno. Lo que va de una cosa a la otra puede ser mucha y decisiva para valorar, como es mucho lo que va del guiño al hacer lo que con el guiño se quiere significar o representar.

Me parece claro que, si lo de listo se puede mostrar con primeros actos o pasos, lo de inteligente no se demuestra tanto con las sonrisas, las buenas maneras o las solas palabras de las “ministras” y “ministros”, sino con las obras de hacer buena política –lo de la nueva política, tan cacareada en estos tiempos es para mí otra forma de hemiplejia mental posmoderna-, siempre que, a partir de las apariencias y los relumbrones de primeros planos o de plenas pantallas, se ejerce muy en serio el noble arte de gobernar a un pueblo.

El Sr. Sánchez estrena gabinete y se da un prometedor y reconfortante baño de multitudes, a la vez que descoloca bastante a competidores e interesados amigos; se adscribe, sin embargo, por el momento a una vaporosa e inane “política de gestos”. Del momento, no hay más que eso.

Está mostrando sin duda con ello buenas dotes de listeza y buen tino para la España en que nos hallamos. Pero aún no ha demostrado inteligencia, tal como muchos -y yo con ellos- la entienden: obras racionales, que, secundando primeros impulsos o intuiciones a bote pronto, rubrican trayectorias vulgares y son capaces de hacer de un politicastro cualquiera un providencial estadista. 

Porque gobernar un pueblo en grave dificultad, sin limitarse a unos cuantos experimentos con gaseosa, es ciertamente otro cantar, y cosa de verse mañana o pasado, cuando haya que tomar decisiones, no tanto para la galería o el grupeto de los militantes del partido, sino para los votantes también, e incluso para los que no piensen como él o no le voten y acaso le discuten; sencillamente porque también son “pueblo”, del mismo modo que sus paniaguados de uno u otro signo.

No bastan los gestos en política seria; porque los gestos valen para camerlar adictos, pero no para gobernar un país plural y hacerlo “sin acepción de personas” y con el bien común en el punto de mira de todas las decisiones que tome el gobernante.

Claro que lo tiene difícil el Sr. Sánchez; y, más que difícil, endiablado.

Ya le echan en cara algunos de los llamados al festín de haberse olvidado pronto de quienes le auparon en la moción de censura. Alguno inluso le anuncia el calvario que le espera si no es dócil.

Pero lo ha de tener peor aún cuando los otros –los magnates de la historia falseada, de la mentira por verdad y de la ganancia del pescar a río revuelto- le pregunten una y otra vez: “Y de lo mío, ¡qué!".

Todo el mundo –creo yo- está deseando que acierte y sea, además de listo, inteligente; todos, menos los que esperan de sus “favores” taburetes para subirse a sus hombros y trepar como la hiedra o el musgo pegado como lapa a la corteza del árbol que destaca en el bosque. ¿Será posible que logre adelantar algunos pasos en el arriscado camino por el que ahora mism o transitamos?. Tengo mis dudas…

Hoy, en el primer Consejo de “ministras” y de “ministros” -en esto de la nomenclatura sigue la cursillería-, la ministra portavoz anuncia solamente humo. Que se levanta la intervención –esperemos que no la supervisión- de las cuentas de la Generalitat por cese de la aplicación del art. 155 de la Constitución es humo porque ese cese ya fue anunciado por el PP antes de ser defenestrado Rajoy. 

Y cuando la misma “ministra” entona un canto heroico a una política -“nueva”?- de “escuchar, dialogar y consensuar”, a la vez que desde la Generalitat no se deja de insistir en el derecho catalán a la independencia o se “machaquea” con que la república de Cataluña está ya proclamada y en vigencia desde aquel “referéndum” sin base del uno de octubre último, ¿qué más que humo se podrá ver en el horizonte?.

Está bien, sin duda, todo afán o empeño en quitar hierro a los conflictos, sean dramas o sean comedias esos conflictos. Pero que no se deje de llamar a las cosas por sus propios nombres; y que no se hable de diálogo cuando, a pesar de las palabras bonitas y diálogo lo es, lo que se busca o pretende por los que piden el diálogo es claudicación o tabla rasa de lo que no puede serlo sin caer en injustos o pazguatos.

Y, en cualquier caso, que se pase ya de lo que casi sólo se ve hasta ahora: propaganda, los gestos, las sonrisas edulcoradas o los guiños a la galería o a los tendidos de sol, en merma de las obras de un buen gobernar en democracia. Que la democracia no está en llenarse la boca con el culto o el servicio al “pueblo” para hacer después lo que a uno le parezca; ni es democracia tomar por el “pueblo” a los del partido o a los compadres.

Y sobre todo –cuando los “aupantes” levanten la voz para preguntar “Qué hay de lo mío”, u ofreciendo baratijas o falsificaciones de la historia o del derecho a cambio de las dádivas, pedirle al Sr. Sánchez la 
sabia cautela de “no fiarse mucho de los griegos que hacen regalos”, como sucediera en la antigua Troya. Hay veces que las mitologías enseñan bastante más que algunos brillantes doctorados.

Luna de miel…. ¡Qué bueno y bonito que dure; y que dure lo mas posible!. Pero ¡qué mayor tontería o simpleza fiarse de las “lunas de miel” más que del “día a día” –aunque lo sea con sus dolores, amores, alegrías o pesares, etc.- de los matrimonios; sobre todo de esos matrimonios que, peleándose buenamente a cada paso, no pasa hora sin que extrañen estar el uno sin el otro.

Y ya, al cerrar hoy, no veo cosa mejor para estos días de “luna de miel política” que la frase aquella de La Bruyère (Les caracteres- Les jugements, 87): “Ne songer qu’à soi et au présent, surce d’erreur dans la politique” ¬ Ir o estar en la política para pensar sólo en uno mismo y en tiempo presente es fuente segura de error en un terreno tan delicado y exigente co.mo el de gobernar pueblos.

Por eso me digo a veces que la gente que, siendo “lista”, no es “inteligente”, puede valer para la mercadería o la picaresca incluso, pero no para la política.

¡Ojala don Pedro Sánchez, que en los primeros pasos y nombramientos está mostrando ser listo, resulte también ser inteligente mañana y pasado. Ganarían él y su partido y ganaríamos todos los españoles. Sin duda.

Longevidad y socialdemocracia

Fernando Sánchez Dragó
EL MUNDO


Jodorowsky -que anda ya cerca de los noventa años, despliega una energía formidable y danza a todas horas, como el dios Siva, sobre el filo de la navaja de la realidad- asegura, con la firmeza resultante de su estado de salud y el optimismo irradiado por su prodigiosa inventiva, que sólo envejece quien se programa para ello.

O sea: casi todo el mundo, añado yo, especialmente si vive en un país sometido a la abulia, la pereza, el conformismo y la entropía del estado de bienestar, en el que nadie es hijo de sus obras, aunque muchos lo sean de las ajenas. La socialdemocracia, mi bête noire, obliga subliminalmente a morir. 

Funciona como un Moloch que necesita víctimas dispuestas a inmolarse por involuntaria solidaridad. La longevidad y el antiaging son incompatibles con el sistema económico y social que cuida de los ciudadanos (como sucede en Europa, en Japón y en Nueva Zelanda, pero no en el resto del mundo) desde el primer vagido hasta el último suspiro. 

Suena bien, pero si éste tarda más de la cuenta en llegar, el mecanismo se colapsa, y adiós muy buenas.

En ello andamos. Más vale que vayan arrinconando el sueño de cobrar una pensión. Keynes es uno de los grandes malhechores de la historia y la seguridad social la mayor estafa colectiva que el ser humano ha conocido y padecido. 


En los brutales beneficios que arroja a favor del Estado y en detrimento del contribuyente fluye el manantial que alimenta la corrupción.

La Iglesia en la España de ahora

Cardenal Antonio Cañizares
Católicos ON LINE


La semana pasada entramos en una nueva etapa de nuestra historia española. Conforme a lo democráticamente establecido en la Constitución, mediante una moción de censura legítima, accedió a la presidencia del Gobierno, Don Pedro Sánchez, del PSOE, a quien le deseo todo lo mejor en su mandato, que es desearlo para España.

La gente, algunos medios de comunicación, me preguntan: ¿qué opina la Iglesia? No puedo responder a esa pregunta, sencillamente porque no me corresponde, sus órganos competentes ya dirán lo que tengan que decir. Lo que sí puedo contestar es por mí mismo, y sin comprometer a nadie que no sea mi persona. Y esta respuesta tiene que ver con la fiesta que el domingo celebramos en toda España: la fiesta del Cuerpo de Cristo; ahí se manifiesta el amor más grande, aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos, y por los enemigos si los hay.

En el sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino. En efecto, en este sacramento, el Señor se hace comida para el hombre hambriento, hambriento de pan y de libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres, Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad, la verdad del amor, que es la esencia del mismo Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete a anunciar a todos, «a tiempo y a destiempo», que Dios es amor; y esta es su responsabilidad.

Por esto es tan importante la fiesta del Corpus Christi, providencial este año por las circunstancias concretas en las que la celebramos. ¡Cuántas lecciones podemos y debemos aprender hoy y poner en práctica, sacadas de la Eucaristía! En primer lugar, que no solo de pan o de economía, de riquezas o de sueldos o de presupuestos, vive el hombre, sino de este Pan de Dios, bajado del cielo, que da la vida y la llena de amor, de alegría y esperanza, y fragua la unidad entre todos, y de la Palabra que sale de la boca de Dios: todo esto brota de la Cruz de Jesucristo, que es signo universal de amor y es palabra iluminadora, de sabiduría: la sabiduría de la cruz, considerada necedad para algunos.

Esto es lo que la Iglesia ofrece a los hombres, a la sociedad, en estos precisos momentos: ofrecemos lo mejor que se nos ha dado a la Iglesia, a los cristianos, y esto mejor, su tesoro, es: la fe, el misterio de la fe que celebramos, el Cuerpo de Cristo, el misterio del despojamiento de su rango o condición divina, de su rebajamiento y anonadamiento, de la entrega y el servicio de Dios mismo, Amor de los amores, el servicio y la donación de su amor sin límites a los hombres, para el momento presente y siempre, para que nos amemos con su mismo amor y como Él nos ama, sin avasallamientos ni dominios. ¿Quién puede temer esta fe, o quien puede ver en ella dominio, colonialismo, poder, negación de libertades, intransigencia, perturbación del orden o de la convivencia? Que nadie tema a esta fe, cuya substancia está en el sacramento de la fe, el cuerpo y la sangre de Cristo, que celebramos.

Ahí está el gran cambio que debe operarse: el cambio del odio, la mentira, la venganza que llevaron a la Cruz, a la transformación del amor sin barreras, que se opera y da en la Cruz. No, no es el poder ni la lucha por el poder lo que salva, ni tampoco la amoralidad sistemática, ni carecer de principios y valores fundamentales y válidos para todos, ni la traición, ni las maniobras para vencer e imponerse sobre los otros vencidos y derrotados, ni la falsedad, la mentira o las argucias sibilinas, o el odio, la división, la que nos abren caminos de futuro para edificar una sociedad y una ciudad nuevas: solo nos salva el amor, el que vemos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y se nos entrega sin condiciones ni intereses espurios, o se derrama por nosotros para el perdón y la reconciliación; sólo ese amor es digno de confianza para una mesa común, para una casa para todos, o una ciudad libre abierta sin exclusiones.

Esto es la fe que profesamos en la Iglesia, llenos de alegría, este es el misterio de la fe, que ofrecemos a todos, no imponemos a nadie. Pero exigimos el respeto a esa fe que profesamos, porque es un derecho inalienable que nos corresponde y nadie nos puede cercenar o ningunear. Una lección que los cristianos hoy hemos de aprender, consecuencia de este día de Corpus, de este concreto año, es prioritariamente avivar la fe, tener fe, profundizar y consolidar esta fe: este es el sacramento de la fe, Dios está ahí, Amor de los amores, abre caminos de futuro y esperanza, de cambio profundo y verdadero: este es el servicio de la Iglesia siempre y ahora, entre nosotros, el servicio de la fe que no aliena, sino que compromete con la suerte del hombre, con el hombre. y los abre sobre caminos de vuelta a Dios que es Amor, de vuelta a la fe, de abrazar de nuevo y con renovado vigor la fe, y de aportar con renovada alegría esa fe sin la que nada podemos hacer.

Me preguntaba ayer mismo una periodista, responsable de comunicación de una institución relevante para la sociedad: ¿qué puede y debe hacer, qué puede y debe aportar la Iglesia, en estos momentos de España? Y le respondí con toda sencillez, con mi mirada puesta precisamente en el día de Corpus: «La fe, eso es lo que debe ofrecer y aportar, fortalecer la fe: ser sencillamente Iglesia, que, como el justo, vive de la fe y la comunica. Sin ella, sin la fe, repito, nada podemos hacer ni aportar nada valioso a esta España nuestra: en esa fe, comprometida, pues si no le faltaría algo, en esa fe, además, veremos y sabremos discernir y nos atreveremos a seguir, juntos, los caminos de futuro que unidos, unidos a Dios, hemos de alumbrar y reemprender. La fe engendra esperanza».

El momento de las ideas liberales en el PP

José Ramón Bauzá
EL ESPAÑOL


El autor, senador y expresidente de Baleares, reclama un verdadero debate de ideas en el próximo congreso del PP, en el que se elegirá al sucesor de Rajoy.

Cuando en 1989 se planteó la refundación de Alianza Popular en el Partido Popular el objetivo era claro. Se buscaba crear una gran formación de centro-derecha que aglutinara a las familias ideológicas que no se sentían identificadas con la izquierda, con el propósito de crear un gran partido con capacidad de ganar las elecciones al entonces hegemónico PSOE.

El resultado fue evidentemente positivo. Liberales, conservadores y democristianos convivimos desde hace muchos años bajo el paraguas del PP, que con el denominador común de una serie de principios inquebrantables (defensa de la unidad de España, apuesta por la economía de mercado, promoción de la libertad individual y respeto a las tradiciones) encontramos sustento en una formación política que, si bien es heterogénea, representa nuestros ideales de una forma solvente y directa.

Desde entonces hemos vivido cuatro legislaturas en Gobierno y otras tantas en oposición. Nuestra gestión ha provocado el milagro económico español en dos ocasiones, en las que nuestro país pasó de la ruina socialista a la vanguardia competitiva gracias al esfuerzo de los españoles y a la determinación política de nuestros presidentes.

Hemos generado avances sociales de gran calado, hemos liderado reformas estructurales y nos hemos enfrentado al terrorismo y al independentismo.Nos debemos sentir orgullosos de nuestra herencia, de lo que somos y representamos y, sobre todo, de haber hecho siempre lo mejor para España y los españoles.

Pese a ello, desde hace unos años nuestra formación, probablemente por necesidad, ha priorizado lo urgente frente a lo importante. Ante una situación económica devastadora, el Gobierno de España y gran parte de los Ejecutivos autonómicos y locales han entendido que era el momento de la gestión y, por ende, el debate ideológico debía esperar.

Se ha hecho un esfuerzo ingente por recuperar el bienestar de las familias y la solvencia de las empresas, pero, durante ese proceso, se ha descuidado el planteamiento de qué tipo de proyecto queremos para España más allá de su estabilidad económica.

Formamos parte de un partido nutrido de excelentes gestores, pero, ¿tenemos claro todos hacia dónde queremos llevar a nuestro país? ¿Sabemos qué línea ideológica debe marcar el futuro? ¿Cuál es nuestro proyecto para España? Y, por lo tanto, ¿cómo debemos afrontar los nuevos retos de país? Desde hace tiempo muchos militantes y cargos públicos llevamos reclamando que para ilusionar al electorado hace falta más política.

Tenemos que saber qué opinamos sobre los temas de actualidad que preocupan a la sociedad española, algunos tan concretos como el futuro de las empresas tecnológicas o el blockchain; pero otros de más calado estructural o institucional, como el modelo de Estado, la reforma educativa, el tratamiento a las lenguas cooficiales, el respeto a las tradiciones cristianas en las Administraciones Públicas, la lucha contra la corrupción, o el papel de España y sus aliados en un entorno global.

Tras la renuncia del presidente Rajoy, al que nunca dejaremos de estar agradecidos por haber devuelto al país al lugar del que nunca mereció salir, es tiempo de que el Partido Popular acometa no sólo una renovación de caras y equipos, sino también que se rearme ideológicamente ante los desafíos que plantea la sociedad española. Cualquiera de los candidatos que suena como posible presidente es una garantía de estabilidad y buen hacer político, así que el liderazgo no será un problema para nuestra formación.

Sí puede serlo, por el contrario, que no aprovechemos esta circunstancia extraordinaria que nos proporciona el próximo congreso para decidir qué tipo de partido y de país vamos a querer en el futuro. Tengo clarísimo que, si a algo no hemos dado la importancia necesaria durante los últimos años, ha sido a no apostar de manera más decidida y contundente por los principios que convirtieron a nuestro partido en el referente absoluto de todos aquellos que creen en España y en la libertad.

Es la hora de apostar por una definición sin ambigüedad de ideas, de proyecto, y de planteamiento. Una definición clara que nos permita mantener un mismo discurso en todos los territorios españoles. Yo, por mi parte, al igual que he hecho siempre, defenderé que el liberalismo debe ser el eje central del Partido Popular, que la defensa de la unidad de España debe enfocarse desde la óptica de no ceder ni un solo milímetro de concesión al nacionalismo, que debemos apostar por más libertad económica, mejorar la financiación territorial, blindar nuestras tradiciones culturales, asentar nuestros posicionamientos sobre memoria histórica, educación meritocrática, familia o tecnología y, por encima de todo, que no debemos tener miedo a hacer política en un entorno en el que nuestro futuro como país está, una vez más, en jaque por culpa del socialismo y el independentismo.

Pido, en definitiva, que volvamos a ser el Partido Popular ilusionante por el que tantos de nosotros nos afiliamos hace años. Por nosotros, por nuestro futuro y, sobre todo, por España.

07 junio 2018

Año XV - Nº 1091

¿Están usurpando la cruz?

Editorial
Forum Libertas


Nos ha llamado la atención un articuló de una acreditada y ponderada periodista de La Vanguardia “La política de la usurpación” en el que se sostenía que la decisión del gobierno de Baviera de que la cruz tenga un lugar preceptivo en los edificios públicos de su administración, y el uso electoral del cristianismo en Polonia y Hungría constituían un abuso y, por consiguiente, – afirmaba la periodista- los obispos habrían de reaccionar. Es una reflexión interesante porque da por sentado que: 1) La Iglesia Católica tiene la exclusiva de la cruz  y: 2) El significado secular del cristianismo debe estar sujeto a la intervención de la Iglesia.

A la primera cuestión la respuesta es que no existe tal exclusiva, primero porque el cristianismo es obvio que no se resume en la Iglesia Católica, y también porque la cruz forma parte de nuestra cultura secular, y es usada por banderas y enseñas políticas de todo tipo. 

Si aquella exigencia de intervención de la Iglesia fuera adecuada, cabría pedir una reacción ante las cruces de las banderas nacionales de Suecia y Noruega, cuyas leyes están muy alejadas de toda concepción cristiana. 

Lo que sucede es que lo que no gusta de unos países, si agrada en otros, pero no por su abuso cristiano, sino porque no forman parte en un caso, o si pertenecen, en los otros, a legislaciones de la tradición liberal. Pero es evidente que la democracia no se agota en esta tradición, ni mucho menos.

La segunda cuestión también resulta evidente: los mismos que le piden a la Iglesia que no opine sobre temas políticos de índole religiosa o moral, sí quieren que lo haga en este otro tipo de razones. Es perfectamente contradictorio

En todo esto hay una gran omisión: la crítica al uso masivo de cruces amarillas en las playas de Cataluña. Si hay un uso inadecuado de la cruz, una instrumentación política sistemática es este. Pero ante quienes critican a Baviera, guardan silencio, a pesar de que en este caso el uso de la cruz no es algo formal, si no instrumento de una campaña política agresiva, que por su ocupación del espacio público facilita en enfrentamiento.

Lo que sí nos parece legitimo en cada contexto social respectivo es que la Iglesia llame la atención sobre las posibles contradicciones entre sus políticas y el mensaje de Jesus, de quienes se proclaman en el ámbito político, secular, defensores de la “cultura cristiana”. Afirmar la cultura cristiana y negar toda solidaridad con los inmigrados, aunque pueda tener una explicación histórica y política, carece de justificación cristiana. Sería un ejemplo de los muchos posibles.

Sostenemos que ante esta repentina incursión hacia nuevos deberes eclesiales en el ámbito secular se encuentra la defensa de la llamada democracia liberal, pero en unos términos ceñidos a la ideología liberal, que no es lo mismo, como se puede constatar en esta fuente neutral

Y aquí es necesario introducir una reflexión. El adjetivar la democracia “orgánica” como en la España de Franco, “popular” en los países comunistas, “bolivariana” en el chavismo venezolano, ha sido siempre visto con aprehensión por los demócratas. A pesar de ello, de un tiempo a estar parte es una consigna que va creciendo de la mano de determinados creadores de opinión, de Vargas Llosa a Soros, el especulador. 

Es una estratagema destinada a desacreditar a quienes no comparten determinados supuestos, que no son tanto definidores de la democracia como de la cosmovisión liberal de nuestro tiempo. Aquella que afirma la neutralidad del estado, como teoriza Rawls, pero que en la práctica se traduce en construir otra “moralidad” que ensalza todo lo contrario a nuestra tradición cultural; y a la que sostenemos la importancia de la comunidad y la razón objetiva de la ley natural como fundamentos del bien común. 

Algo que, como hemos visto en Portugal con la eutanasia, o en la crítica demoledora de Horkheimer a la razón instrumental liberal, reúne a gentes no solo de todas las confesiones, sino incluso a aquellos que se afirman como partidarios de una razón objetiva, que no niega la razón instrumental, sino que la sitúa en el orden que le pertenece, desde la perspectiva comunista y marxista.

Adiós, España “católica”, en una Europa cada vez más secular. Pero en Estados Unidos…

Sandro Magister
InfoVaticana


En la última poderosa encuesta del Pew Research Center, de Washington, sobre la situación del cristianismo en Europa occidental, los datos que impresionan más son los de España y de su acelerada mutación de “católica” a ultra secularizada. Se puede leer la encuesta en su totalidad en: Being Christian in Western Europe

Pero aquí basta recordar algunos datos. En primer lugar, el alcance numérico del cristianismo en Italia, Portugal e Irlanda, donde quienes se declaran cristianos siguen siendo el 80% de la población y donde los que practican la religión al menos una vez al mes son el 40% en Italia, el 35% en Portugal y el 34% en Irlanda.

En estos tres países son todavía relativamente pocos, el 15%, los que se dicen ateos, agnósticos o sin una religión en particular, los “nones” estadísticos de la Ilustración.

Pero ellos, por el contrario, constituyen un gran número en los cuatro países decididamente más secularizados de Europa occidental:

– Holanda, donde los que no profesan ninguna religión son ahora más que los cristianos, el 48% contra el 41%;
– Noruega, con el 43% que no profesa ningún credo y el 51% de cristianos;
– Suecia, con el 42% que no profesa ninguna religión y el 52% de cristianos;
– Bélgica, con el 38% que no profesa ningún credo y el 55% de cristianos.

También en otros cuatro países de Europa la secularización está en un estadio muy avanzado: en Francia, Alemania, Suiza y el Reino Unido. Aquí la secularización viene desde hace tiempo y ahora crece a un ritmo menos impetuoso, con los que no profesan ninguna religión que hoy se proclaman entre el 21 y el 28%.

Pero la gran sorpresa está dada por España, donde los ateos, los agnósticos y los sin religión son hoy ya el 30% de la población y han llegado a ese nivel en tiempos muy breves.

Para medir en qué proporción la secularización en España es tan abrumadora, es suficiente advertir que el incremento de los sin religión ha llevado en pocos años a España casi al mismo nivel que los cuatro países más secularizados de Europa occidental, es decir, Holanda, Noruega, Suecia y Bélgica.

Pero con una diferencia significativa. Mientras que en estos cuatro países los que hoy se declara sin religión ya han nacido y crecido en la mayor parte de los casos en un ambiente familiar alejado de la fe, en España cada cinco de seis de ellos eran católicos en su juventud y casi todos ellos fueron bautizados.

El cuadro general en España es hoy el siguiente:

– cristianos con práctica religiosa al menos mensual, el 21%;
– cristianos no practicantes, el 44%;
– sin religión, el 30%.

Se nota también que entre los cristianos practicantes la fidelidad a la Iglesia en algunas cuestiones cruciales es muy incierta. El 40% de ellos, en España, está a favor de la legalización del aborto y el 59% está a favor del matrimonio entre homosexuales, en cifras superiores a las que – si bien ya por arriba del 40% – se encuentran entre los cristianos practicantes de los tres países más “católicos” de Europa occidental: Italia, Portugal e Irlanda, éste último recién salido de un referendo para la legalización del aborto que ha visto vencer al “sí” con el 66% de los votos.

El modo con el que en los distintos países europeos se abandona la fe es descrito por los entrevistados como un “alejamiento gradual” de ésta última, un alejamiento no traumático. Pero en España tres de cada cuatro entrevistados hacen responsable de ese alejamiento a los “escándalos que involucran a jerarcas e instituciones religiosas”.

Del total de la encuesta surge entonces una fuerte diferencia entre Europa occidental y Estados Unidos.

Mientras que en Europa los que con una práctica religiosa al menos mensual son el 31% de los cristianos, en Estados Unidos son más del doble, el 64%. Y aquí también un 9% de ciudadanos que se dicen sin una religión en particular practican al menos mensualmente algún culto.

En Europa reza diariamente el 14% de los cristianos y en Estados Unidos el 68%, más un 20% que no profesa ninguna religión.

Creen en Dios con absoluta certeza el 23% de los cristianos y en Estados Unidos el 76%, más un 27% que no profesa ninguna religión.

Asignan a la religión un lugar “muy importante en su propia vida” el 14% de los cristianos en Europa y el 68% de los cristianos en Estados Unidos, más un 13% de los que no se identifican con una fe religiosa en particular.


La casa que nunca será

Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal


Hay héroes solitarios, guerreros aislados cuyo tesón admira e incluso enternece: gente que lucha a contracorriente incluso cuando, tarde o temprano, comprueba que la victoria estaba descartada desde el principio, y que lo de verdad necesario era luchar. 

Eso es decisivo en el caso de los padres, de los maestros, de todos aquellos que, de una u otra forma, influyen en niños y jóvenes. En este sentido dije alguna vez –éste es mi artículo 1.300 en XLSemanal, así que casi todo lo he dicho alguna vez– que tal como está el paisaje, incluido el familiar, los buenos maestros son nuestra última esperanza. 

Y que debería hacerse con éstos una profesión de élite, rigurosamente seleccionada, con buena paga, respetada, mimada por la sociedad a la que sirve y cuyo futuro, en buena parte, de ella depende.

Pienso en eso al recibir carta de un profesor del instituto Mariano José de Larra de Madrid: uno de los que todavía creen que el combate vale la pena. Me cuenta que hace salidas con los alumnos por el barrio de las Letras de Madrid, lugar mítico donde, en pocas calles, vecinos unos de otros, odiándose como españoles, volcando en filias y fobias su talento y su grandeza, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Calderón, Cervantes y otros autores vivieron y murieron durante el Siglo de Oro, el más fecundo y asombroso de nuestra cultura. Pasea por tales calles con sus alumnos, cuenta el profesor, mostrándoles todo eso: la casa de Lope, la placa donde estuvo la vivienda que compró Quevedo para echar a Góngora, el convento donde enterraron a Cervantes y la casa en la esquina de la calle del León –o lugar en el que estuvo–, donde vivió sus últimos años y murió el autor de El Quijote.

Llegado a ese punto de su carta, el profesor, como buen héroe solitario y quijotesco, hace una sugerencia deliciosamente ingenua. Usted que está en la Real Academia y sus compañeros, señor Reverte –dice–, en una formidable institución que en otro tiempo compró y puso a salvo la casa de Lope de Vega, situada en la misma calle, ¿no han pensado hacer lo mismo con la de Cervantes? 

En estos tiempos en que tanto se derrocha en gastos efímeros, ¿imagina que en vez de una tienda de calzado, como la que hay en la planta baja, se reconstruyera la vivienda del mayor genio de las letras universales, y pudiera visitarla el público? Piense usted –prosigue– en la recreación del ambiente en que pasó sus últimos días Cervantes, los interiores, la calle vista desde las ventanas enrejadas. ¡Lope y Cervantes de nuevo cara a cara, frente a frente, en la misma calle en la que vivieron! ¿Imagina lo que harían ingleses, franceses o alemanes si tuvieran eso?… 

Y concluye con un párrafo cuyo tierno candor casi llena los ojos de lágrimas. «¿El dinero? No faltarían mecenas. ¡Qué gran publicidad! Eso quedaría para el futuro».

¿Qué responderle al buen profesor? ¿Que la Real Academia Española, que con las otras 22 academias hermanas –la última, Guinea Ecuatorial– gestiona la delicada diplomacia de la unidad lingüística de 550 millones de hispanohablantes, lucha prácticamente sola, olvidada por el Estado, asfixiada económicamente por la mala voluntad del gobierno de Mariano Rajoy, que en dos legislaturas –a diferencia de sus predecesores– no ha encontrado media hora para visitar el edificio de la calle Felipe IV? 

¿Que el poco dinero con que cuenta la RAE se destina a mantener las complejas y caras estructuras, la plantilla de personal contratado y los medios técnicos que hacen posible que un estudiante mexicano, un abogado argentino, un profesor colombiano, un médico cubano, utilicen el mismo Diccionario, la misma Ortografía y la misma Gramática? 

¿Que entre españoles capaces de llamar a don Pelayo mito franquista, facha al almirante Cervera o democracia de baja calidad a la que disfrutamos, en este disparate donde cualquier imbécil analfabeto, cualquier pedorra sin cualificar, osan discutirle un concepto a Juan Pablo Fusi, Sánchez Ron, Gregorio Salvador, Javier Marías o Vargas Llosa, o sea, en este antiguo lugar hoy en plena demolición, la casa donde murió Cervantes importa menos que una final de liga o el resultado de Operación Triunfo?

Lo siento, querido profesor, es la respuesta. Su noble sugerencia sólo conmueve a cuatro gatos, y ninguno tiene medios para llevarla a cabo. Seguirá usted luchando solo, como aquí es costumbre. Y cuando lleve a sus alumnos ante el lugar donde murió Cervantes, frente al portal de la zapatería, tendrá que suplir con sus palabras, en la soledad de su voluntad, su lucidez, su imaginación y su coraje, lo que la desidia y la incompetencia dan al olvido en esta España miserable, desmemoriada e ingrata.

06 junio 2018

"No es no", para siempre

Santiago Martín
Católicos ON LINE


Está de moda, dentro de la campaña contra las agresiones sexuales que sufren las mujeres, la frase “No es no”. 

Con ella se quiere decir que cuando una mujer dice “no” no está diciendo “quizá” o “sí”, sino simple y llanamente está diciendo “no”. 

He pensado en esta frase cuando he leído las declaraciones del futuro cardenal Ladaria, prefecto de Doctrina de la Fe, sobre el carácter intocable de la ordenación sacerdotal reservada sólo para los hombres.

El propio Ladaria alude en sus declaraciones a la confusión que hay sobre este tema y al multiplicarse de las voces, dentro de la Iglesia, que afirman que es un asunto a debatir y que en el futuro no sólo puede haber diaconisas, sino también sacerdotisas, obispesas, cardenalas y hasta papisas. El prefecto ha dejado claro que, aunque no se haya producido un pronunciamiento oficial y solemne por parte del Papa, la cuestión pertenece al dogma revelado y goza del privilegio de la infalibilidad. 


Es, pues, dogma de fe y, como tal, al igual que con los otros dogmas, debe acabarse la discusión sobre el tema. En la Iglesia católica el sacerdocio -incluido el diaconado como el primer grado del sacerdocio- será masculino y punto.

Aplaudo a monseñor Ladaria por la claridad y la contundencia con que ha zanjado este tema, que estaba empezando a irse de las manos. Pero tanto como eso me ha gustado la argumentación con que concluye sus declaraciones: “Es importante reafirmar que la infalibilidad no concierne solo a los pronunciamientos solemnes de un Concilio o del Sumo Pontífice cuando habla ex cathedra, sino también a la enseñanza ordinaria y universal de los obispos diseminados por todo el mundo, cuando proponen, en comunión entre sí y con el Papa, la doctrina católica que debe mantenerse definitivamente”


El neo cardenal utiliza el verbo “reafirmar”, con lo cual quiere decir que, aunque no sea muy conocida esta forma de ejercer la infalibilidad, no es nueva y constituye un elemento esencial de la enseñanza dogmática de la Iglesia. No hace falta, por lo tanto, para que una doctrina o un precepto moral sean considerados infalibles y, como consecuencia, intocables, que haya habido un pronunciamiento solemne por parte del Papa, como lo hubo para los dogmas sobre la naturaleza de Cristo o de la Virgen. 

Es suficiente con que esa enseñanza, vuelvo a citar a monseñor Ladaria, forme parte de “la enseñanza ordinaria y universal de los obispos diseminados por todo el mundo, cuando proponen, en comunión entre sí y con el Papa, la doctrina católica que debe mantenerse definitivamente”. 

No se trata, simplemente, de unanimidad, puesto que, en la cuestión del sacerdocio femenino, como hemos visto en algunas declaraciones episcopales e incluso cardenalicias, no la hay. Se trata de que esa enseñanza forme parte y así haya sido siempre de “la enseñanza ordinaria y universal de los obispos diseminados por todo el mundo”.

Esto se puede aplicar, por ejemplo, a la imposibilidad de aprobar el divorcio y, como consecuencia, a dejar de considerar adulterio las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Se puede aplicar al rechazo aborto y a la eutanasia. Se puede aplicar a la no equiparación con la familia de las uniones que no sean entre hombre y mujer. En definitiva, hay que afirmar que goza de la categoría de infalible todo aquello que durante dos mil años ha enseñado la Iglesia, basado en el Evangelio, y que constituye el sagrado depósito de la Tradición.

De alguna manera, con estas declaraciones, monseñor Ladaria se ha presentado en sociedad. Su “No es no” vale no sólo para el sacerdocio femenino sino también para todo aquello que, absurdamente, está siendo discutido como si la Iglesia hubiera decidido empezar de cero y hacer tábula rasa de toda su historia, Palabra de Dios incluida. 


Y no olvidemos que quien puso a Ladaria en el cargo que ocupa es el Papa actual y que el neo cardenal no hubiera hecho estas declaraciones sin la aprobación del Pontífice. Como dije la semana pasada, Francisco está alejándose cada vez más de sus autoproclamados amigos. Deo gratias.

El ocaso de Rajoy y la encrucijada de España

Santiago Abascal
Presidente de Vox
Libertad Digital


Si quienes amamos a España no somos capaces de unirnos bajo el prisma de lo nacional, entonces los enemigos, que son muchos y además internos, acabarán arrasándolo todo.

Rajoy ha caído, y mucho hemos escuchado ya sobre los motivos coyunturales que lo han provocado, como la sentencia del caso Gurtel, la deslealtad del mal llamado "nacionalismo moderado", el oportunismo de un socio de gobierno tan inestable como poco fiable o la enésima traición socialista a España, pactando su llegada a la Moncloa con toda la turba totalitaria y antisistema, cuyo único objetivo es que no haya Moncloa desde la que gobernar nada. 

Sin embargo, poco se escucha acerca de los motivos estructurales que han puesto en jaque al Partido Popular, motivos que pueden resumirse en uno solo, la propia debilidad o irrelevancia del PP, derivada de su política, o más bien de la ausencia de ella.

Rajoy llegó a acumular el mayor poder territorial que se ha tenido nunca en democracia en España. Recibió en 2011 una contundente mayoría absoluta para acometer reformas, algunas incluso impopulares pero que se entendía eran necesarias, y para revertir el insidioso modelo ideológico de Zapatero, basado en la fragmentación social y el caos permanente. 

Pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Es más, lejos de revertir dicho modelo, lo afianzó en todo lo posible. Y lo peor de todo es que lo hizo a sabiendas, como se ha demostrado ahora que el PP enmienda en el Senado sus propios Presupuestos para dejar al PNV sin los 540 millones de euros que consiguió mediante el chantaje parlamentario.

A Rajoy comenzó a consumirlo su traición, no ya a los votantes populares sino a la dignidad, a la decencia y a la moral, cuando aceptó antes incluso de llegar al poder la hoja de ruta que Zapatero diseñó con ETA. Una hoja de ruta por la que renunciaba a derrotar al terrorismo etarra, que tanto dolor ha causado, a cambio del cese de los asesinatos, de manera que una banda criminal que siempre actuó con motivaciones políticas se veía así premiada por dejar las armas mediante la legitimación de los objetivos políticos por los que había luchado. 

Y el responsable de semejante claudicación del Estado y de tamaña condena eterna a las víctimas no ha sido otro que Rajoy. Ese acostarse con ETA comenzó a minar el enorme apoyo popular conseguido por el PP en 2011, pero no ha sido ni mucho menos el único ejemplo de una antipolítica que ha acabado ahuyentando del partido a más de la mitad de su electorado. 

En un ejercicio mayúsculo de cinismo, la Ley de Memoria Histórica no fue derogada, lo que permitió que en torno a lo que fue la Guerra Civil la izquierda construyera un relato falso que blanqueaba sus crímenes, servía de base para la persecución política de todo aquel que haya tenido la más mínima relación personal o familiar con el régimen franquista y silenciaba y criminalizaba al disidente. Y a pesar de todo ello, Rajoy recibió una prórroga de los electores, atemorizados por ese demonio creado en Moncloa y alimentado al calor del chavismo.

Cataluña, sin embargo, ha sido la tumba definitiva de Rajoy, la puntilla a un proyecto político caracterizado por la inexistencia de proyecto y por la ausencia absoluta de política. Pensaron en Moncloa que podían navegar nuevamente entre las declaraciones firmes y los actos cómplices, entre bambalinas, azuzando el miedo al separatismo con el falso mantra de que "España será con el PP o no será". 

Rajoy mintió cuando dijo que no habría consulta el 9-N. Mintió cuando dijo que no habría referéndum. Permitió el acto de declaración de independencia y la fuga de quienes lo perpetraron y, en el colmo de los despropósitos, intervino la Generalidad de mentira y solo forzado por la gigantesca respuesta popular en la calle y el contundente discurso del Rey en aquellos días de octubre, con un 155 tan falso que el bombardeo separatista desde la gran cueva del odio europea que es TV3 continúa con sus actividades impertérrita. 

Y en este punto el PP comenzó su desplome absoluto, siendo de esa soledad de la que nace la oportunidad de Sánchez, legalmente irreprochable, pero moralmente deleznable.

No ha sido la corrupción, como falazmente repiten los medios monstruosamente creados por el propio Gobierno. La corrupción ha sido la munición que ha utilizado el sorayismo para aplastar al disidente interno, a todo aquel que siquiera soñara con suceder a Rajoy, como vía rápida para garantizarse el único objetivo que tan siniestro personaje persigue: la Presidencia del Gobierno. 

Una alianza perfecta para sus propios intereses, que implica por igual a los servicios de espionaje y a los medios de comunicación que ella misma ayudó a crear. Ha sido la destrucción del PP, motivada por el abandono absoluto de sus valores y compromisos electorales.

Su caída fue igual de triste que toda su etapa en Moncloa. Sin dignidad, ausente, encerrado en unas verdades que solo él y sus más allegados, con Arriola y Soraya al frente, ven. Apuñalado por un PNV ante el que hace apenas unos días doblaba la rodilla aceptando los más lesivos e infames presupuestos generales para España en años a cambio de más tiempo en el poder. Porque no ha sido ejercer el poder, sino estar en el poder, el único faro que ha dirigido las decisiones políticas de Rajoy, y de ese egoísmo personal es del que nace nuestra encrucijada. 

Leninistas, bilduetarras y separatistas han sido capaces de dejar a un lado sus diferencias programáticas en aras de un objetivo común, destruir España, más cerca que nunca debido a ese suicidio del partido de la derecha y a la debilidad de un Sánchez a la desesperada. Y es por ello que España tiene que votar, porque todos los españoles tienen el derecho de poder expresarse no sobre la operación política de Sánchez, sino sobre los compañeros de viaje en un momento de extrema debilidad del Estado, con un golpe en curso en una parte de nuestra Patria.

Enfrente de tamaña amalgama de agentes destructivos siempre vamos a estar desde Vox. Y, en ese sentido, el rotundo éxito de actos como el de este domingo en Barcelona, con más de 2.000 asistentes, no hace más que reforzar nuestra convicción de que lo mejor de España está por venir. Y sería extraordinario, casi imperativamente necesario, dada la extrema urgencia de las medidas a tomar, que en la misma trinchera podamos confluir todos los que amamos esta gran Nación que es España. 

Nada sería más bienvenido que un PP que se quite las esposas del sorayismo/rajoyismo y un Ciudadanos que abandonara sus complejos dejando de ocultar bajo la bandera europea la única bandera en riesgo aquí, que es la española. Porque si quienes amamos a España no somos capaces de unirnos bajo el prisma de lo nacional, entonces los enemigos, que son muchos y además internos, acabarán arrasándolo todo. 

Entonces no habrá que preocuparse por nuestras diferencias programáticas en economía, educación, sanidad o modelo social, simplemente porque no habrá economía, educación, sanidad o modelo social del que poder preocuparse. Porque Rajoy, siguiendo el modelo que llevó a Clinton a la Casa Blanca en 1993 contra George Bush padre, pensó que era solo la economía. 

Pero estaba, como muchos hemos dicho siempre, equivocado. No es solo la economía. También es el ideario, los valores, los principios. Es nuestra unidad, nuestra libertad, la igualdad de todos, la propiedad privada. Y, sobre todo, es España.